XXXIV
–Mira qué bonito –dijo Karen agarrando un pequeño calcetín para bebe de no más de un año.
Estaban en la sección de ropa de un centro comercial. Fabián no entendía como habían terminado en esa sección si lo que habían ido a comprar era material de oficina. En una bolsita de papel con tirantes de hilo trenzado llevaba bolígrafos, cuadernos y hojas para la impresora. Por insistencia de Karen él volvería a intentar entrar a la universidad. Accedió de mala gana, ya que se sentía cómodo con la afición que tenía. Cualquiera que lo hubiera conocido antes y que lo viera en la calle no notaria la diferencia. Pero él sí y eso era suficiente. Caminaba lado a lado con Alex, su hermano y debes en cuando con el cobarde de Marcelo. Todo como siempre. El detalle estaba que ahora colgaba de su brazo esa vieja camarita analógica, con la que capturaba el tiempo y lo congelaba en un momento irrepetible cada que se presentaba la oportunidad y eso le encantaba.
–Y mira este otro, que suave es –Karen estaba contentísima presionando contra su mejilla un gorrito de lana con orejas de conejo. Cerraba los ojos y disfrutaba la suavidad.
–¿Hay algo que no me hayas dicho? –a Fabián le temblaba el labio.
–Ah sí, tengo un nuevo hermanito.
Con un suspiro se sintió más liviano. Karen se reía para sus adentros. Fabián siempre le pareció un chico demasiado inocente por más pinta de duro que quisiera aparentar. Cuando lo vio por primera vez, bebiendo en el bar y lloriqueando por una tal Leticia no pudo evitar reírse. Lo que llamó su atención fue que aquel muchacho no pretendía ocultar nada de lo que sentía. Le dolía y lo demostraba. Estaba desahogando sus penas por amor y no le importaba hacer un escándalo. Por eso le dio mucha lastima ver como ese gigante lo maltrataba. Después de esa noche, Karen dedicaría sus ratos de ocio a pensar en Fabián García, de veinte años, a quien le gustaba beber, sin estudios superiores por el momento, abandonado por su madre y dedicado a hacerle la vida de cuadritos a su padre. Le recordaba mucho a un amigo que tuvo en la adolescencia, casi con la misma historia. Las circunstancias se encargaron de separarlos, pero le dejaron buenos recuerdos. De todas formas, de eso se trata la vida. Reúnes todo lo bueno de las personas que has conocido, tomas nota de todo lo malo que ya no quisieras volver a ver y esperas, que, con suerte, se cruce en tu camino una persona que sea la perfección que tú buscas, al menos en cierta medida. Fabián significaba eso para Karen. Era ingenuo, así que la escucharía. Era alegre, así que cuando estuviera triste ella lo sabría. Era testarudo, eso haría las cosas más interesantes. Era nuevo en el sexo, por más que dijera lo contrario tenía que aprender muchas cosas y eso sería divertido. Amaba a su padre y su nodriza, pero no lo andaba pregonando. Era libre, a su estilo poco ortodoxo, pero libre. Eso era quizás, lo que más le gustaba a Karen de su novio.
–Estoy embarazada –mencionó como quien habla del estado del clima.
Fabián estuvo a punto de ahogarse con la soda que se estaba tomando.
–¿Hablas en serio? –preguntó cuándo se recuperó, con una mezcla de sorpresa, pánico y algo que parecía emoción.
–No tonto. ¿Por qué crees que no quise hacerlo anoche? Se cuidarme. Solo quería ver tu reacción.
–¿Mi reacción?
–Sí, y me gusto.
Una sonrisa de oreja a oreja se formó en el rostro de Fabián. Abrazó a su novia con fuerza y comenzó a devorarla a besos.
–Hey tranquilo camarada –le dijo Karen apartándolo para tomar aire–. ¿Estas así porque no estoy embarazada?
–Como dices eso. No es el momento, eso lo sabemos los dos, pero me encantaría que pase algún día.
–Primero te casas conmigo.
–Vaya pero que religiosa me saliste.
Riendo, jugando y tomados de la mano, caminaban siendo uno solo. Fabián sabía muy bien que no sería así todo el tiempo. Pelar con Leticia se convirtió en su momento en un competitivo deporte obligatorio, y aunque las reconciliaciones a veces tenían un buen sabor, al final todo termino en mal plan.
–¿Serias mi amiga si terminamos lo nuestro? –él lo preguntó con toda la naturalidad que se pudo permitir.
–¿Tu amiga? ¿A qué viene esa pregunta? –Karen disimuló su risa. Fabián sí que le inspiraba ternura.
–No sé, solo se me ocurrió de repente.
–Dime algo ¿Eres amigo de tu ex novia?
–Claro –mintió–, hablamos en todo momento.
–¿Y de qué hablan? ¿De cuánto extrañan el sexo salvaje que tenían?
Fabián se quedó sin palabras y prisionero de su propia mentira.
–Querido, si eres amigo de tu ex, lo que tuvieron no fue intenso, no lo gozaron ni lo sufrieron, en pocas palabras no valió la pena.
–No entiendo.
–Empezaron como amigos y terminaron como amigos. ¿De qué valió lo que tuvieron? Es como si no hubiera existido.
No valió la pena. Esas palabras de nuevo.
–Vaya –Fabián estaba sorprendido–, creí que dirías lo contrario.
–Ósea lo que todos consideran lo correcto –Karen se abrazó más a su novio y lo detuvo para verlo a los ojos–. Si un día lo nuestro acaba, no te quiero como amigo. Quiero que te alejes de mí. Porque si terminamos es porque ya no te amo mas ¿Para qué quiero tener cerca alguien que ya no amo?
–No te preocupes, eso no pasara nunca. Estaré contigo para siempre.
–Cuidado con tus palabras mi superhéroe, por que tendrás que cumplirlas.
A Fabián se le borró la sonrisa del rostro.
–Ya le había dicho algo así a alguien en el pasado.
–El amor verdadero no tiene que ser para siempre, con que sea inolvidable es suficiente.
El guardia de seguridad del centro comercial sintió ganas de decirles a los dos muchachos que se retiren, pues la sesión de besos que protagonizaban llamaba la atención de más de una persona. Algunas señoras apartaban con la mano las miradas de sus niños. Otros jóvenes que también andaban en pareja querían hacer lo mismo preguntándose si estaba permitido. Los más curiosos observaban sin cuidado el espectáculo de amor que se ofrecía gratuitamente. El guardia movió la cabeza de un lado a otro en desaprobación, y se fue silbando.
–¿Quieres comer algo? –preguntó Fabián cuyas manos ya estaban debajo de la cintura de Karen acariciándole parte de los glúteos.
–Creo que todos nos están mirando –dijo Karen presionando su cuerpo contra el de Fabián para sentir el despertar de su hombría bajo sus pantalones y ocultarla.
Se separaron lentamente y sonrieron con un poquito de vergüenza a todos los espectadores. Se marcharon casi corriendo, tomados de la mano, con la cara enrojecida y dando carcajadas. Corrieron y corrieron sin saber dónde iban exactamente. Como si quisieran dejar atrás algo, alguien o algún lugar, cruzaban las calles esquivando los automóviles, serpenteaban entre transeúntes y sorteaban puestos de vendedores callejeros con agilidad atlética.
–¿Hace cuánto que no salimos a trotar? –preguntó Fabián con la respiración acelerada y sin aminorar el paso.
–No sé, tú resultas un verdadero perjuicio.
–¿En serio? ¿Es que ya te cansaste?
Habían llegado a una bonita fuente en medio de una plaza. Los chorritos de agua danzaban formando arcoíris diminutos. Fabián freno justo en el borde, pero Karen termino por empujarlo para que cayera como un ruidoso chapuzón. Karen se doblaba de la risa.
–Deberíamos dejar de llamar la atención ¿No lo crees? –dijo él mientras se exprimía la camiseta. Al tantear sus pantalones sintió su celular, que al revisarlo no era más que un pedazo de chatarra remojado. Karen de reírse y lo miro con algo de culpa en los ojos. Fabián levantó la vista y la tranquilizó con una sonrisa.
–De todas formas, ya me hacía falta uno más moderno –dijo sin mayor preocupación y dejando caer el celular nuevamente al agua.