XXXV
El plan era perfecto, o eso parecía. El permiso en el trabajo ya era un hecho. Leticia saldría a medio día de su colegio. Fátima no iría por ella debido a su nuevo empleo, y como Henry se quedaba en su práctica de futbol después de clase, era la menor de las preocupaciones. Deshacerse de Fernanda y Tania sería fácil, al parecer él les simpatizaba a las dos. Solo tenía que conseguir el número de teléfono de una de ellas, con ayuda de su infiltrado, y pedirles un tiempo a solas con Leticia. Hasta ahí todo sencillo. Diego estaba que se moría de los nervios, debido a que faltaba saber si Leticia estaba dispuesta a querer hablar con él. No le había llamado por teléfono durante los últimos tres días después de su discusión, porque sabía que las palabras estaban de más. Lo mejor y más emocionante era hacer algo que la sorprenda y la impresione de verdad y no le deje más opción que reconciliarse.
–Te estas metiendo en camisa de once varas –le advirtió Carlos cuando le contaba su plan la noche anterior–. Las mujeres son insaciables en este tipo de cuestiones. Si haces algo así al primer malentendido, tendrás que hacer algo cada vez más complejo e impresionante cada que peleen.
–Claro que no. Solo cuando ella tenga la razón –respondió Diego sin perder una gota de entusiasmo.
–Pero si tú adoras tener la razón, eres prácticamente un amante de tu propio intelecto. Al parecer ahora si estás enamorado de verdad.
Sería algo normal que Leticia no quiera hablar al principio, así que de seguro tendría que insistirle. Una vez logrado ese cometido, la llevaría a algún lugar tranquilo. Un parque quizás sería lo más conveniente, con poca gente, árboles para la sombra y un lugar donde pudieran sentarse en la hierba. Armaría un picnic medio improvisado, ya que no había ni canasta ni mantel para dar la atmosfera de día de campo. El detalle estaba en la comida, que preparo él con sus propias manos, y que le tomó toda la mañana dejando su cocina hecha un desastre. Hablaría lo menos posible. Tal vez escribir lo que quería decir seria lo conveniente para no cometer errores. No se trataba simplemente preguntar ¿Me perdonas? esperando recibir un sí, sin mucha gracia acompañado de un Pero no lo vuelvas a hacer y listo, se acabó el problema. No, las cosas nunca son tan sencillas como uno esperaría. Hacer algo dice más que decir algo. Así es como Diego se movía por la vida. Fue por eso que no se le acercó desde un principio a Leticia, porque sabía que estaba junto al payaso mimado de Fabián García.
–Que tonta es Leticia –le comentó a Carlos, un día que la vieron subirse a ese automóvil descapotable, a la salida del colegio, e irse sonriente ondeando su corbata con el viento.
–¿Que puedes hacer? –dijo Carlos que se estaba zampando un sándwich– Él llego primero.
–Esperar, eso puedo hacer, por el momento.
–Pues te vas a hacer viejo. Tan solo míralos, esos dos no se van a separar nunca.
Los meses pasaban y Diego no perdió un solo ápice de su esperanza. Los observaba cada que podía, pero le era difícil adivinar lo que pasaba entre ellos. A veces parecían novios recién casados, corriendo sonrientes el uno hacia el otro para finalmente fundirse en un abrazo. Otras veces traían una cara tal, que ninguno levantaba la vista del suelo mientras hablaban. Carlos no era para nada un buen informante, aunque al menos lo mantenía al tanto en cierto grado.
–¿Por qué no te buscas a otra chica? –le preguntó hartado de tener que responder preguntas– El rio está lleno de peces.
–¿Peces? ¿Así es como ves a las mujeres?
–Ah sí, olvidaba que hablaba con el señor todo lo puedo.
–No se trata de buscar, por mi estaría solo todo el tiempo. Yo la quiero a ella.
–No sé qué le vez de especial. La conozco desde que no sabía ni limpiarse la nariz ella sola y para mí no ha cambiado nada.
Cuando Diego se enteró de que al fin Leticia había roto todo contacto con su novio, decidió esperar un poco más. Tenía mucho que decir, mucho que hacer y mucho que dar, pero no quería aprovecharse de la fragilidad de Leticia producto del dolor de su separación. Si ella iba a aceptar que entre en su vida, tendría que ser porque ella quería darse otra oportunidad con alguien más, libre del todo de la sombra de ese imbécil. Y fue así, que estando del todo convencido de que él sería una mejor persona y que podría hacerla feliz, se lanzó al vacío sin paracaídas, ya que por más autosugestionado que se sentía, en realidad no estaba preparado para una relación. Que bellos fueron los primeros días, las primeras citas, las primeras insinuaciones, las primeras muestras de cariño y caricias inocentes. La conversación nunca fue incomoda, le cayó bien a su madre, tenía la aprobación de sus amigas. Que fácil fue entenderse. Que fácil fue quererse. Y cuando estaban juntos en la cama unidos en carne y alma, que fácil parecía amar.
–Tu problema es que no confías en nadie –le dijo Leticia sin mucho interés de comerse un emparedado de queso con lechuga que Diego le había ofrecido. No fue necesario insistir. Al verlo a las afueras del colegio, fue ella misa quien se acercó a él ya que tenía cosas que decirle.
–Creo que así, nada podría sorprenderme jamás –Diego tampoco tenía mucha hambre, su bocadillo era de jamón y lechuga, pero ambos ya estaban marchitos por la sequedad.
–Si quieres estar conmigo, tienes que confiar en mí.
–¿Tu confías en mí?
–Tú puedes hacer lo que consideres con tu vida, pero quiero saberlo a su tiempo. No voy a mentirte nunca, aunque la verdad te lastime te la diré siempre. Y espero lo mismo de ti.
–Yo nunca te haría daño Leticia.
–Amar y proteger no es lo mismo Diego. Yo no quiero que me idolatres y pretendas ser la fórmula de mi felicidad, quiero que estés conmigo en todo momento, bueno o malo. Y que me digas siempre la verdad.
–Te amo Leticia, esa es la verdad.
–Y yo quiero aprender a amarte.
Las sonrisas volvieron a sus rostros casi espontaneas. Diego esperaba mucho del encuentro. Esperaba poder declamar en su presencia componiendo sobre la marcha un poema con sus palabras donde le decía cuanto la amaba y que siempre estaría con ella. Su idea de amor era muy diferente de la que tenía ella, pero todo al final resulto bien. Guardó la comida a medio consumir en su mochila, aún faltaba la lasaña de verduras que constituía el plato fuerte pero ya no era necesario. Se recostaron sobre el pasto húmedo contemplando el cielo que comenzaba a nublarse. Un silencio placentero se apoderó de los dos y acompañó el danzar de las nubes al compás del viento. Como una araña cazando en la oscuridad, la mano de Diego se acercó lentamente al antebrazo de Leticia con pasitos lentos. Al primer contacto la piel de ella se erizó y dio un ligero sobresalto. No se esperaba eso. Deslizándose suavemente Diego alcanzó la mano de ella y entrelazó sus dedos sin ninguna resistencia, presionando para entrar en calor.
–He estado pensando –comenzó a decir Diego en voz baja– que me gustaría volar.
–¿A qué viene eso? –preguntó Leticia confundida.
–Así podría entrar por tu ventana en las noches sin que te dieras cuenta.
–¿Y para qué demonios harías eso?
–Me gusta verte dormir.
Todo iba por un mal camino. Leticia se daría un tiro antes de permitir que cualquier otro, sin importar que fuera su novio, se metiera otra vez por su ventana. Tenía que cambiarse de habitación urgentemente o mejor, mudarse al último piso de un edificio. Y claro estaba el hecho de que a Diego le gustaba escudriñar entre lo que no era suyo si veía a la propietaria dormir. De inmediato se incorporó liberando su mano de la de él.
–¿Y ahora qué pasa?
–Pasa que ya no somos niños.
Diego seguía sentado en la hierba alzando la vista para alcanzar los ojos enfadados de Leticia. No entendía la reacción de ella cuando ya parecía que estaban recuperando la magia.
–¿Qué tiene de malo? –preguntó arqueando las cejas.
–Piénsalo. Dices que te gusta verme dormida. Pero si solo paso una vez. ¿Y qué hiciste esa primera vez? Revisar mi teléfono.
–Espera, espera. Ya nos prometimos confianza. Por lo tanto, eso quedó en el pasado.
–Bien, pero quítate de la cabeza esas tonterías de entrar por mi ventana o verme dormida o cosas así.
A Diego no le quedó más que asentir con la cabeza. Qué raro, Leticia parecía otra persona, si fue con detallitos como ese que la conquistó en un principio. El paseo en la bicicleta, los anillitos gemelos, las entradas para el concierto. Es por culpa de ese maldito imbécil pensó lleno de ira. Leticia volvió a su puesto, no sin antes fijarse en la hora de su reloj. No se acostaron. Permanecieron sentados y sin muchas ganas de seguir hablando, más por el miedo a equivocarse que por no tener algo que decir.
Una pareja de esposos paso frente a ellos. La mujer empujaba con notorio esfuerzo un carrito para bebes gemelos. El hombre vociferaba por el celular. De pronto uno de los niños comenzó a llorar. El esposo lo hizo callar con un siseo y con el dedo en los labios y así comenzó todo. El escándalo estaba compuesto por los gritos de él, los gritos de ella y el llanto de ambos pequeños. Era algo tan innecesario que rondaba en lo ridículo. Ambos esgrimían argumentos descabellados al reclamarse temas domésticos. Leticia y Diego no querían ser tomados por curiosos. Se levantaron con cautela y se fueron.
–Te fijaste en lo estúpido que era el tipo –comentó mientras caminaban sin rumbo–. Como le puede reclamar que ella no cuida bien de sus hijos si él mismo no sabe ni cual es cual.
–Pues ella no se salva –añadió Leticia–, fue su gritó lo que despertó al segundo niño.
De ese tema pasaron a otro y a otro, riéndose, haciendo comentarios sarcásticos e incluso burlándose. No se dieron cuenta de que ya le habían dado como tres vueltas al parque. Al cabo de la segunda, fue esta vez Leticia la que se acercó para agarrarse del antebrazo de Diego.
–Ahora si me dio hambre –dijo Leticia al ver una banca bajo un bonito sauce llorón que hacia una cortina con sus ramas.
A Diego se le iluminó el rostro, tanto esfuerzo no sería en vano. Se sentaron, sacaron de la mochila los envases que tenían la comida y al abrirlos vieron, en lugar de lasaña y emparedados, un revoltijo de todo tipo de ingredientes. Había trocitos de legumbres mezclados con migas de pan. El queso derretido invadió todo el espacio que pudo. El jamón y el queso en rebanadas se arrugaban junto con la lechuga. Diego iba perdiendo la sonrisa hasta que Leticia cogió un pedacito de pasta, que aun lucía firme, y se lo llevó a la boca. Acto seguido él hizo lo mismo con unos un poco de legumbre y queso.
–Sinceramente no sabes cocinar –le dijo Leticia riéndose y masticando su bocado a duras penas.
–Lo sé, es lo que peor se me da –respondió él aceptando que lo que se comía no sabía para nada a lasaña.
–¿Sabes que creo?
–¿Qué?
–Que es más fácil entenderse cuando odias las mismas cosas que la otra persona, que cuando a los dos le gusta lo mismo.