XXXIII

Todo paso tan rápido. Leticia no podía creer lo que había pasado. Los días habían transcurrido normales y con buen ritmo. Diego era de lo mejor, atento, cariñoso y detallista. Pero ya se lo había advertido Fernanda, la luna de miel tendría que acabar tarde o temprano. Y así sucedió cuando Leticia sintió la irresistible curiosidad de revisar el teléfono de Diego mientras este salió un momento de la habitación para ver quien tocaba la puerta. Estaban en su casa, un departamento de tres habitaciones cerca del centro de la ciudad que compartía con sus hermanos. El teléfono estaba sobre la cama, lo mismo que Leticia. Solo tuvo que estirar el brazo y tomarlo. Lo primero, ver los mensajes. Solo es simple curiosidad, se repetía ella para ignorar la culpa. Nada que llamara la atención. Hasta que vio la lista de llamadas. Muchas, entrantes y salientes, con Carlos. No le causo mayor impresión. Ya sospechaba que tendría algún informante que le siguiera los pasos. Qué más da, todos son así pensó.

–¿Qué haces? –Diego entró de repente.

–Nada, solo veía algo de tu vida –respondió Leticia sin sobresalto.

–¿Por qué? –insistió Diego quedándose estático en la puerta de la habitación.

–Curiosidad, es todo.

–¿Curiosidad? ¿Segura que no buscabas algo en especial? –el tono de Diego se iba agravando más.

–No seas paranoico, no pasó nada –Leticia odiaba estar a la defensiva.

–Bien no pasó nada, como tú digas, solo no vuelvas a hacerlo ¿Quieres?

–Está bien, pero no es para tanto.

–Claro que lo es. Yo no reviso tus cosas, y si quisiera hacerlo te pediría permiso –gritó Diego.

Esa era una cara de su personalidad que Leticia aun no conocía. Bien sabía que las personas se esfuerzan en mostrar aquello que no son, por vergüenza a lo que en verdad son. ¿Acaso Diego escondía una personalidad sulfúrica debajo de su amabilidad y atención que a veces rondaba extremos? Quizás sí y quizás no. Aunque Leticia no tenía ganas de pelear, y aunque sabía que lo que hizo no estaba bien, era mejor conocerse tal y como eran de una vez.

–¿Que tienes algo que ocultar? –Leticia dejo su postura defensiva y lo miraba con ojos enojados.

–Más parecía que tú buscabas algo. ¿En serio desconfías de mí?

–Ya te dije que solo era por curiosidad. Y es cierto, aun no te conozco del todo.

–Así que te acuestas con desconocidos.

Esas palabras significaron un verdadero golpe bajo. Leticia tomó sus cosas con un solo movimiento y se abalanzó hacia la puerta empujando a Diego para poder salir. Diego comprendió que se había sobrepasado y no tardó mucho en correr para alcanzarla a las afueras del edificio. Gritó su nombre un par de veces, pero ella no hacía caso. Tuvo que tomarle del brazo para hacer que se diera la vuelta.

–Lo siento, a veces digo cosas de las que luego me arrepiento.

–No importa si después te arrepientes. Son cosas que piensas y por eso las dices.

–No en serio a veces no pienso lo que digo.

–Pues deberías dejar de hablar tanto.

–No entiendo por qué te sientes con derecho de estar enojada si tú fuiste la del error.

–Está bien, está bien lo admito. Buscaba algo. Es que apareciste tan oportunamente que… hace tres meses ni siquiera sabía que tú existías.

–Pues yo sí, yo te estuve esperando mucho tiempo. Incluso cuando salías con el estúpido ese hijito de papi.

–Si ya lo sé. Carlos y tú son muy amigos.

–Bueno ya viste que no tengo secretos. Pero tú sí.

¿Secretos? ¿A qué demonios se refería? Leticia le había contado todo lo que él quería saber. Había respondido todas sus preguntas acerca de su familia, la relación con sus padres, asuntos del colegio, con sus amigas… entonces se dio cuenta. ¿Por qué Diego nunca le había preguntado acerca de Fabián? Así se ahorraron momentos poco agradables es verdad, pero hasta ella le había preguntado sobre sus relaciones pasadas.

–¿Qué oculto según tú? –preguntó Leticia disimulando su rabia lo mejor que pudo.

–Él te llama todo el tiempo, lo sé.

–¿Cómo lo sabes?

No le quedo de otra que confesar. Bajó la mirada y como si fuera un niño regañado lo murmuro entre dientes.

–También vi tu teléfono.

Una por otra no es trampa se dijo Leticia. Al menos ya no se sentía tan culpable. Pero eso no borraba lo último que dijo. Lo más conveniente era calmarse. Ella no era de las personas que dicen las cosas sin pensar, y si iba a decirle algo a Diego tenía que pensarlo bien.

–Ahora estamos juntos. ¿Entiendes? Te veo luego –dijo Leticia y se alejó del lugar.

Diego se quedó en la acera y la vio perderse entre los transeúntes. No se había percatado que mucha gente iba y venía por la calle a esa hora y muchos de ellos presenciaron su reciente pelea. En especial un vendedor de revistas que tenía su puesto a las afueras del edificio, y quien le dedicó una sonrisa burlona cuando Diego giro su mirada hacia él.

Leticia tomó un colectivo que pasaba a unas cuantas cuadras de su casa. El asiento estaba en plena agonía, ya no le quedaba nada de esponja y parte de su esqueleto metálico se asomaba en las esquinas, pero por suerte no había muchos pasajeros y pudo tener un viaje tranquilo. Sacó sus audífonos y puso a Muse desde su teléfono. Esa seria oficialmente la primera vez que peleaba con Diego. Tal vez sería divertido llevar la cuenta. Peleo tantas veces con Fabián que ya no recordaba a ciencia cierta cuando fue la primera ocasión. Pero sí que recordaba la última. Esa noche se suponía debía ser especial. Tanto él como ella la habían planeado días antes. Una cena en un bonito lugar. Un paseo quizás, si sobraba algo de tiempo. Y luego quien sabe, la noche prometía. Leticia vestía unas zapatillas con tirantes, un vestido blanco unos dedos arriba de la rodilla y llevaba una chaquetilla negra en la mano para ponérsela más tarde. Las últimas ocasiones en las que los dos conversaron llegaron a entenderse; algo que no parecía tan extraño considerando todo lo que habían pasado. Su compromiso de cada uno para con el otro iba a pasar a un nuevo nivel si todo salía bien. Pero todo saldría mal. Primero, Fabián llegó media hora tarde al lugar donde lo esperaba. Segundo, cuando llegó no se veía para nada en óptimas condiciones, era evidente que había bebido, su ropa estaba arrugada y no era formal. Pantalones de mezclilla y camiseta oscura de manga corta. Y tercero, era como si quisiera desquitarse de alguien y fue Leticia la que pagó las consecuencias. Al principio ella trato de ignorar esos detalles, aunque minuto a minuto el ambiente dentro del automóvil se hacía más pesado.

–Quieres estar en otro lugar ¿Verdad? –preguntó Leticia hasta de soportar el mal humor del muchacho.

–Pero que dices Leti –respondió él con una sonrisa falsa–, esta noche será de las mejores.

–Si quitas esa cara que tienes lo será.

–¿Mi cara? Tu eres la que está enojada.

–¡Por qué estás ebrio imbécil! –Leticia ya no pudo ocultar su rabia.

–Tengo problemas en casa, ya te lo dije.

–Sabes que así no los vas a resolver.

–Quieres dejarme en paz. Dios tú sí que lo arruinas todo.

–Se acabó. Para –Leticia bajó del auto y sin cerrar la puerta se alejó a paso largo.

–Maldita sea –Fabián golpeó el volante.

La puerta se iba cerrando poco a poco por si sola. De pronto se abrió del todo otra vez. Leticia tomo su chaqueta. Fabián se bajó en ese instante para detenerla.

–¿Pero qué demonios te pasa Leti?

Leticia se dio media vuelta, tenía los ojos llenos de lágrimas.

–¿A mí? Creí que habías cambiado.

–Otra vez lo mismo. ¿Por qué tengo que ser yo el que está mal? No crees que tú también deberías cambiar.

–Esas no son tus palabras. Pero claro a mí nunca me escuchas.

Leticia tenía razón. Esa tarde Fabián se había quedado escuchando a Marcelo, quien presumía ser el dueño de la vida de su novia. Todo cuanto él quería, ella lo complacía sin objeción. Desde simples cosas como decidir el horario para verse, aunque sea en hora de clases, hasta los secretos de cama que Marcelo contaba sin mayor reparo ni respeto. Fue él quien le dijo a Fabián que no debería cambiar tanto por una persona que no cambiaría nada de sí misma por él.

–Soy yo quien te habla –Fabián se acercaba paso a paso con cada palabra–. Solo te puedo ver cuando tienes tiempo. No quieres ir conmigo a los lugares que me gustan, pero yo me aguanto cada idea que tienes. Y no quieres hacer el amor conmigo, aunque te jure que no volverá a…

–¡Basta! –Leticia dejo salir su llanto– ¿Quieres que beba contigo hasta no poder ni estar de pie? ¿Quieres que vaya a esos bares de mierda donde te gusta estar cada noche? ¿Quieres que me vuelva un vago como tú? ¿Quieres que te abra las piernas cada que te de ganas? ¿Eso es lo que quieres?

Fabián se quedó mudo. Dentro de sí mismo debía admitir que en verdad era eso lo que quería de ella. El silencio lo decía todo. Leticia dio media vuelta, pero esta vez se alejó a paso lento. Y otra vez Fabián solo atinó a verla irse. Quería alcanzarla y decirle que la amaba, aun estando cansado de darle la razón y quedar como un eunuco frente a sus amigos. Fue su orgullo lo que se lo impidió y sus ganas de ser por fin el macho que decía ser. Pasarían varios días antes de aquel encuentro en puertas del colegio donde darían por terminado todo cuanto hubo entre los dos.

Al bajar del autobús, Leticia se esmeró en dejar esos malos recuerdos debajo del asiento. Se preguntaba en que momento Diego vio su teléfono. Por lo general siempre lo tenía en algún bolsillo de su ropa, o si fuera necesario lo llevaba en la mano. Tal vez se introdujo en su casa a hurtadillas por la noche. Ignoró esa opción de inmediato por que de nuevo venia acompañada de malos recuerdos, y también de buenos momentos, pero ya había dejado en el colectivo todo lo referente a Fabián y lo vio irse doblando la esquina de la avenida Melchor Pérez. Tendría que haber sido mientras estaba con Diego. ¿En qué momento se distrajo? Tendría que haber estado dormida para no darse cuenta de que alguien tomaba sus cosas... Claro, fue esa noche, en el hotel.

–Bastardo –dijo en voz baja y apretando los dientes.