XXXII

Tan solo había salido por un rato para comprar el periódico, pero ya llevaba casi toda la mañana en las calles. Ramiro sintió, de repente, ganas de ir a lugares que no visitaba desde su juventud. Desayunó en un pequeño restaurante, donde cada mañana durante su época de estudio comía unos panes con mermelada que le parecían mágicos. Para su mala suerte ya no los servían. Se dio una vuelta por la universidad, que estaba cerrada al ser domingo, y que había cambiado mucho desde aquellos días. Su facultad tenía nuevos edificios y una bonita plazuela para el esparcimiento de los estudiantes. Las palmeras habían crecido, habían cambiado las bancas viejas por otras más nuevas y el óxido de las rejas de los jardines daban testimonio del tiempo transcurrido. Le vino una nostalgia que no le duró mucho. En vez de eso, se distrajo con una nueva aparición. Al otro extremo de la plazuela, sentada en una banca bajo una joven palmera, estaba Silvia. Vestía un bonito vestido color verde y un enorme sombrero con flores. Ella lo veía fijamente moviendo la cabeza de un lado a otro y entrecerrando los ojos. No estaba sola. Junto a ella estaban otras dos mujeres de edad avanzada. Otra vez no, pensó Ramiro y decidió alejarse ignorando la aparición. Además, esto es el colmo. Silvia era tan pulcra con la vestimenta, que no saldría con un sombrero tan feo.

–¿Qué te pasa Silvia? –preguntó una de las ancianas que acompañaban a la mujer del sombrero.

–Creo que vi a Ramiro –respondió Silvia.

–¿Tu ex marido?

Silvia se limitó a sentir con la cabeza. Acompañaba a esas dos mujeres en una visita temporal a la ciudad por motivos legales y problemas familiares. Esa mañana les había ofrecido salir a tomar aire a un lugar que conocía y le traía algo de recuerdos.

–¿Y por qué te pones así? –comentó la otra mujer– Tu dijiste que vivía aquí, es normal que te lo encuentres.

–Es cierto –dijo Silvia con tristeza–, pero siempre creí que si nos volvíamos a ver…

–El tiempo no pasa en vano querida –dijo una.

–O quizá no te reconoció –dijo la otra.

En los ojos de ambas mujeres se reflejaba la tranquilidad que deja el paso del tiempo, y la confianza que se puede depositar en el mismo como cura para cualquier herida.

–¿Quieres ir a ver a tu hijo? –le preguntó la primera mientras se levantaba y se colgaba el bolso al hombro.

–No, no es conveniente –respondió Silvia con la voz algo quebrada–. No vinimos para eso.

–Me sorprende que hayas aceptado venir a pesar del pasado que tienes aquí.

–No vine a buscar a nadie.

Ninguna de las dos mujeres dijo nada más. Conocían a Silvia ya bastantes años y sabían bien que era una mujer de pocas palabras. Ellas eran de las pocas personas que conocían una parte de su historia. No la juzgaban, pero la cuestionaban, con cuidado de no ofenderla. Una vez le preguntaron si no extrañaba a su hijo.

–Me pregunto si él me extrañara a mí –respondió Silvia, sin apartar la vista del computador que usaba en su trabajo.

A paso lento las tres se fueron de nuevo al hotel donde se alojaban. Silvia no entendía por qué Ramiro ni siquiera la saludo. No había razón alguna, dentro de su entender, que justificara una actitud así. A pesar de todas las veces en que Ramiro le dijo que la amaba y que la aceptaría si volvía, esta vez parecía otro hombre. Silvia llegó a considerarlo un amigo y siempre tuvo cuidado en sus palabras, para no lastimarlo al momento de rechazarlo.

La confusión que Ramiro tenía en la cabeza se iba disipando paso a paso mientras llegaba a su auto. Si, tal vez estaba más loco que una cabra, pero le fue pareciendo divertido los trucos que su mente le jugaban. Se preguntó en donde más volvería a ver a su ex mujer. Le pareció gracioso pensar que quizás un día llegaría a su casa y confundiría a Martina con Silvia. Tan pronto como sacó el llaverito de calavera de su bolsillo, vio la enorme traba metálica de color naranja, que apresaba la llanta delantera de su auto, y se llenó de rabia. Le dio una patada a la grapa e ignoró el dolor de sus dedos bajo el zapato de lona que se solía ponerse los domingos.

–¡Maldita sea, si hoy es domingo! –gritó.

Le quedaba muy claro que no era una broma de mal gusto, era un intento de aprovecharse de él. Apretando el móvil y clavándole las uñas llamó al número del servicio de tránsito. Hizo más de cinco intentos antes de ser atendido. Le dijeron que tal hecho era imposible, que los domingos no existía restricción de estacionamiento. Pero eso era algo que Ramiro ya sabía y solo estaban colmándole la paciencia. No le quedo de otra que esperar a que el gracioso regrese a la escena, para enseñarle lo que le pasa a quien se mete con un abogado que en su juventud mando al diablo a cientos de tipos como ese.

Pasaban las horas. En más de una ocasión Ramiro sintió la tentación de tomarse un taxi para ir a su casa y almorzar con su familia. No. No se iba a mover de ahí por nada del mundo. Gramo a gramo se fue ahorrando la ira para dejar que fluya libre en el momento justo. Se tomó una soda solo para matar el tiempo mientras esperaba. Las dos de la tarde y aun nada. De repente, una grúa pesada dio la vuelta por la esquina. Ramiro estaba acostado a media altura en el asiento del conductor. Apenas vio que la grúa se acercaba se preparó como un tigre que acecha en la maleza. El conductor de la grúa se estacionó a unos metros. Estaba vestido con ropa casual, así que no estaba trabajando. Tenía una sonrisa que le cubría todo el rostro y caminaba muy sobrado de sí mismo. Esto enfureció más a Ramiro. Al salir del auto dio un portazo tan fuerte que, por muy poco, casi quiebra el vidrio de la ventanilla. La sonrisa del dueño de la grúa se desvaneció en ese instante.

–¿Te parece gracioso? –Ramiro estaba rojo y con los músculos de los brazos tensos.

–No puede ser, usted no es… pero el auto… –tartamudeo el hombre.

–Este auto es mío. Y tú imbécil querías aprovecharte de mí ¿verdad? –rugió Ramiro poniéndose frente a frente con el hombre, que, si bien lo superaba en corpulencia, parecía bastante asustado.

–Pero ¿Y el muchacho? –dijo el hombre confundido –Conozco bien la matricula, no pude equivocarme.

Ramiro comprendió que se referían a Fabián, a su hijo. Esto en lugar de calmarlo, al saber que no era algo contra él, lo enfureció aún más. Quién sabe cuántas veces ese tipo se aprovechó así de su hijo, inmovilizándole el auto y luego extorsionándole para que lo deje libre.

–¿Te refieres a mi hijo? ¿Cuántas veces le sacaste dinero?

Era como si Ramiro no se controlara a sí mismo. Su puño se estrelló contra la cara del hombre, sin que ninguno de los dos pudiera evitarlo, dejándolo en suelo y con el tabique magullado.

–Maldita sea señor. Esto solo era una broma –dijo el hombre limpiándose algo de la sangre que le salía de la nariz y levantándose del asfalto–. Usted no sabe las que me hizo pasar ese muchacho.

Ramiro se esforzó en calmarse. Fabián no era para nada un santo y eso tenía que aceptarlo, tal vez incluso se merecía la broma que le querían jugar.

–Siempre que me llevaba su auto, inventaba un montón de basura para no pagar la multa –comenzó a explicar–, y lo mismo les hacía a otros de mis compañeros que solo cumplimos con nuestro trabajo. Cuando le hacíamos notar su falta, nos salía con que su padre era abogado y que nos iría muy mal. Con un demonio señor, yo no trabajo gratis.

Para ese entonces, un policía ya hacia presencia en el lugar. No había manera de salvar la situación. Uno por provocar sin razón aparente, y el otro por agresividad y escándalo público, terminaron en una celda de la estación policial. Al cerrase la puerta con barrotes Ramiro se dio cuenta de las innumerables veces que le había advertido a Fabián que no se metiera en líos con uniformados. A pesar de la fama de rebelde de su hijo, él nunca le había fallado en ese aspecto. Y ahora era él mismo, el primero en estar detenido. Debía cumplir ocho horas de arresto, debido a que ni él, ni el dueño de la grúa, levantaron ninguna denuncia. Llamó a su casa para decir que no iba a volver sino hasta la noche o quizás más tarde, pero no dio mayor detalle, en parte por vergüenza, y en parte porque no quería preocupar a nadie. Eran las cinco. Saldría la una de la mañana del día siguiente. La celda la tenía para el solo. El hombre de la grúa salió libre a los pocos minutos, gracias a que Ramiro lo defendió más a él que así mismo, como forma de disculparse por el golpe. Entendió su posición e incluso le sorprendió saber que tomaba con gracia todas las cosas que su hijo le había hecho pasar. Cuantas veces había sentido ganas de ahorcar a su hijo con sus propias manos para que así se corrija siquiera un poco.

La celda era fría e incómoda para dormir, aunque lo que menos tenía Ramiro era sueño. Ya era de noche y se podía escuchar el goteo de la lluvia sobre el techo de la estación. Después de un rato, el sonido se fusionó con en el ambiente haciéndose fácil de ignorar. Ramiro se cubría con la chaqueta de cuero que tomo de su auto antes de ser encerrado. Sabia de historias de peleas en celdas de detención que no terminaban nada bien para hombres como él. Agradeció mucho el estar solo, aunque en una de las esquinas, una araña tejedora de patas largas lo observaba con curiosidad. Ramiro les tenía pavor a las arañas. Muchas veces Silvia tuvo que aplastarlas antes de que a él le dé un ataque de pánico. Pero estando tan solo esa noche. La araña se volvió poco a poco en buena compañía. Un mosquito zumbaba en la oreja de Ramiro, quien por la oscuridad no lograba atinarle para librarse de la molestia. Fue la buena araña quien se deshizo del insecto, o eso parecía, ya que ella comía algo y el mosquito había desaparecido. Entonces Ramiro se percató, por el sonido de su estómago, que no había comido nada en todo el día. Faltaba unos cuantos minutos para la media noche. La puerta de la celda se abrió con un estrepitoso ruido oxidado.

–Ya vete hombre –dijo un policía que se notaba cansado.

Ramiro se enderezó la espalda y salió sin decir una sola palabra. No quería ofender al oficial con sus quejas y volver a la sombra, pero tampoco iba a agradecer su estadía. Aún faltaba una hora para que pudiera salir legalmente; que más importaba si ya estaba libre.

Una leve llovizna humedecía el aire. Ramiro se cerró la chaqueta al salir de la estación para evitar el frio. Su auto estaba en el estacionamiento de las patrullas. Por suerte. Si lo hubieran llevado al depósito seria otro tramite eterno para sacarlo de ahí. Condujo con algo de prisa, aprovechando las calles vacías, para encontrar un lugar abierto a esa hora donde pudiera comer algo. Decidió no llegar a casa sino hasta el amanecer. No iría a trabajar al día siguiente, de todas maneras. Encontró un pequeño restaurante abierto. Devoró un par de hamburguesas y se quedó descansando en su mesa para matar el tiempo. Unos jóvenes algo ebrios a un par de mesas de distancia, discutían sobre el resultado del partido de futbol de esa tarde. Ramiro los observaba con cuidado de no incomodarlos. Hace tanto tiempo ya que él no había asistido a un partido de futbol. Tenía su equipo preferido claro y un par de camisetas guardadas en el ropero. Los jóvenes comenzaron a canturrear el himno de su equipo y a Ramiro se le llenaron los ojos de lágrimas. No estoy tan viejo pensó. Alguna vez lo estuve, pero ya no. La mesera que lo atendió les llevaba su pedido a los muchachos y Ramiro se dio cuenta de lo atractiva que era. Era joven, pero a la vez madura. Como de unos treinta años. De cuerpo esbelto, piel canela y cabellera marrón. Sus ojos no estaban cansados. Estaba claro que trabajaba de noche y dormía de día. Ramiro la imaginó junto a él, charlando y conociéndose. Volveré mañana, se decidió. Aunque ¿Para qué esperar tanto? El sol salía algo oculto por las nubes. Ramiro conducía a poca velocidad para alargar el momento, ya que en el asiento del copiloto estaba Andrea, quien luego de mucha insistencia, aceptó que Ramiro la lleve a su casa al terminar su turno solo porque le quedaba de camino.