XXII
La cena, estupenda. La conversación, amena. El paseo, placentero. Antes de que termine la velada, entraron en un Café y continuaron hablando. Era un lugar tranquilo y tenue, perfecto para entablar conversaciones íntimas de cualquier tipo. Ambos pidieron un café negro para descansar el estómago y que de seguro les quitaría el sueño, aunque muy en lo profundo esa era la intención. Recordaron la forma en la que se conocieron, al menos de manera oficial y formal.
Un par de días después de haber sido golpeado en el bar, Fabián aún no se animaba a regresar al lugar de los hechos, temiendo que a Cero le diera ganas de terminar lo que había dejado pendiente. Leticia y él se habían reconciliado a duras penas. Luego de casi ahogarse en su propio coche con el agua de una botella, y tener una seria conversación donde era torturado con cada toquecito que Leticia le daba y que para Fabián era como el azote de un látigo. Obviamente ella sabía eso y lo tomó como ventaja. Terminaron en un largo abrazo que a Fabián le dolía como el infierno.
Esa noche no tenía donde ir. Su novia tenía que cenar con sus padres y no había otro bar donde se sintiera tan cómodo como en la Mundana. Ambos acordaron verse al día siguiente luego del colegio, para resolver la discusión que tenían, ya que Fabián opinaba que Leticia no le dedicaba mucho tiempo, y ella a la vez decía que él no daba su espacio; en fin, ya habría tiempo para resolver ese asunto. Aún quedaba un lugar: el puente. Todavía no podía caminar con decencia, y la herida en su labio tampoco sanaba del todo, pero logró subir las gradas sin mucho esfuerzo. No podía observar el amanecer, así que solo se apoyó en él y observó el brillo de la ciudad. Era como ver un cielo sobrecargado de estrellas amarillas, titilantes y arrítmicas. De fondo unos cerros oscuros pero notorios le hacían sentirse encerrado. No importaba a donde quisiera mirar, esos vigilantes de piedra, tierra y arboles le recordaban que si quería escapar tendría que superarlos.
–Llevo días buscándote –dijo Karen hablándole por la espalda.
Fabián dio media vuelta y vio a una joven vestida con traje de oficina impecable y una postura elegante viéndolo de frente. Por un momento pensó que era una detective que había dado con él para arrestarlo, porque hace unas semanas junto a sus amigos se habían metido a pintarrajear con aerosol las paredes de una posta policial mientras todo el personal había salido por una llamada de emergencia que ellos mismos habían hecho.
–¿No te acuerdas de mí? –preguntó al ver al muchacho petrificado, con mirada confundida y sin poder pronunciar palabra alguna.
Fabián recordó que segundos antes de perder la conciencia, cuando Alex y Dennis lo levantaban del suelo, había una chica que se acercó al lugar donde había caído y que a él le pareció que era Leticia.
–Eres tú –dijo Fabián como si estuviera seguro de lo que decía, aunque en realidad temía equivocarse.
–Veo que ya estas mejor –mencionó Karen observándolo de pies a cabeza.
–Si gracias. Lo siento, mi nombre es…
–Fabián García, lo sé.
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–Soy Karen.
–Es un placer conocerte, pero no entiendo por qué me buscabas.
–Estaba algo preocupada, la verdad no te fue bien esa noche.
Él sabía muy bien eso, aun le dolía el cuerpo a cada paso. Charlaron un buen rato, hablando de lo que hacían a diario y quejándose de lo que no podían hacer, mirando por el lado del puente como transitaba el tráfico. Las preguntas comunes ¿A qué se dedicaban? ¿Qué hacían en su tiempo libre? ¿De dónde era cada uno?... Karen sugirió ir al bar y tomarse una copa ya que no siempre tenía tiempo para eso. Fabián le dijo que no tenía muchas ganas de ir a ese lugar. Nunca habría admitido que le tenía miedo a algo o a alguien, pero la presencia de Karen era tan reconfortante y se lo dijo sin pensarlo dos veces.
–No te alarmes, él no es así todo el tiempo –le dijo Karen–, es más, te conviene tenerlo como amigo.
–¿Es tu amigo?
–No. Lo veo de vez en cuando por ahí y más de una vez lo vi rehusarse a pelear. De todos modos, podemos ir a otro lugar.
Fabián se dio cuenta de que en realidad él lo había provocado todo, y ahora le tocaba asumirlo. Aceptó la sugerencia ý se dispusieron a bajar del puente, pero en ese momento algo ocupó toda la atención de Fabián, dejándolo congelado con la mirada hacia el camino. Un camión tráiler de alto tonelaje se acercaba a poca velocidad. Eso no era nada raro. Era lo que traía en su remolque lo que importaba. Una avioneta reluciente de un solo motor sujetada con cuerdas a la carrocería. Fabián se apresuró a situarse en el barandal en la misma posición que estaba antes de que Karen llegara. Ignoró por completo al tráiler fijando su vista solo en la aeronave. Era de color rojo escarlata en casi todo el fuselaje, y tenía líneas amarillas que lo recorrían de punta a punta. Estaba casi por completo ensamblada, excepto por parte de las alas que venían por separado en otro camión. No importaba en lo más mínimo. Para él era como si volara sola. Paso justo por debajo del puente, tal y como se lo había imaginado siempre. Volvió a ser un niño, con sueños, ilusiones y fantasías. La siguió con la mirada mientras pasaba se acercaba y pasaba por debajo de ellos, corrió al otro extremo para seguir admirando el espectáculo, esta vez mientras se alejaba.
–¿Sucede algo? –preguntó Karen con los pies en los escalones y sin poder entender lo que estaba sucediendo.
–No es nada –respondió Fabián sin poder esconder una sonrisa que le llenaba el rostro–, es solo que volví a tener seis años.
La avioneta y su transporte se alejaban y perdían en la lejanía. Fabián solo podía pensar en que el tiempo puede acabar con todo, menos con nuestros recuerdos, ya que es nuestra memoria la mayor victoria conseguida contra el paso de los años. Y son los sueños que anhelamos ver cumplidos, la principal arma para hacer que el tiempo nunca pase en vano.
De vuelta al presente, ya iba a ser media noche. Salieron del Café y caminaban por el boulevard a paso tranquilo, Fabián la abrazaba rodeándole la espalda con el brazo y Karen le correspondía aferrándose a su cintura y apoyando su cabeza en el hombro de él. Ya quedaban pocas personas en los alrededores. Deambulaban en grupos ruidosos y joviales, o en parejas tan apretujadas entre sí que cabrían en un solo ataúd sin problemas. La noche fue excelente, entre recuerdos y chistes, ninguno de los dos se empeñó en decir si sentía algo por el otro, era como si no fuera necesario. Cansados de caminar, tomaron un taxi hasta la casa de ella.
–¿Puedo acompañarte hasta tu cuarto?
Karen buscaba la llave para abrir la puerta principal del edificio en el que vivía, según le había dicho ocupaba el último piso por un precio mínimo, ya que los dueños del lugar eran amigos de sus padres. El departamento era de tres habitaciones y ella solo ocupaba una, el resto estaban vacías ya que sus compañeras de cuarto se fueron al extranjero. Encontró la llave abrió la puerta y se paró frente a Fabián que esperaba ansioso una respuesta. Se acercó lento hacia él y le dio un beso profundo e intenso en los labios. Fabián se lo esperaba así que respondió con toda naturalidad haciendo que el momento sea cómodo y relajante. La envolvió con sus brazos acercándola más hacia su cuerpo, y ella a su vez se aferró a su cuello con ambas manos.
–Será otro día –respondió Karen dando media vuelta para entrar al edificio.
Fabián la sostuvo por una mano atrayéndola otra vez hacia él con un ligero jaloncito. Nuevamente sus labios se encontraron y fundieron con la humedad mutua. La tenue oscuridad y el silencio que la noche y la calle desierta proporcionaban hacían que lo único que escucharan sea el sonido de sus besos.
–Esperare entonces. Pero será algo difícil.
–¿Difícil? Extraña palabra para alguien que se da por vencido tan fácil.
Se liberó de la mano de Fabián, y lo miro fijamente a los ojos antes de empezar a subir las gradas. La puerta principal seguía abierta. <
Karen se movía rápido, sus pasos eran inaudibles. Fabián, en cambio, hacia un escándalo con cada pisada.
–Si hay quejas por ruido te las vas a ver conmigo –le advirtió Karen.
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Al entrar al departamento, un olor a flores viciaba el aire. Estaba oscuro, pero Karen no se molestó en encender las luces. La silueta de unos cuantos muebles se distinguía con la débil luz de las ventanas. Ella le agarró la mano para guiarlo hasta su cuarto. La habitación era cálida y acogedora, las paredes estaban tapizadas de verde claro y el piso alfombrado. Un par de lamparitas de noche eran suficientes para iluminar el ambiente. Tenía un par de estantes con peluches y adornos de mesa además de libros de contaduría.
–Vivir sola tiene sus ventajas –comentó Fabián al ver la cama de Karen cubierta con un edredón de Hello Kity–, mira nada más, esto sí que es raro.
–Si quieres puedes mudarte.
Fabián se quedó mudo. <<¿Está hablando en serio?>> pensó. Karen comenzó a reírse dándose cuenta que él en verdad lo había considerado.
–Tranquilo muchacho no te apresures, todo a su tiempo. Espera aquí –le dijo y se fue al cuarto de baño.
No se sentía nervioso, estaba más bien encantado. Todo salía excelente por primera vez sin la necesidad de planearlo a detalle como trataba de hacerlo siempre. Karen volvió solo con la ropa interior encima, Fabián contemplo por un momento la figura de la preciosa chica que tenía en frente, sin poder explicarse exactamente como había llegado con ella hasta ese lugar y en ese momento. Se fundieron en un abrazo y dejaron que sus labios hicieran el resto. Recorrieron sus cuerpos, explorándose en la oscuridad con caricias y besos, escuchando sus cuerpos y sintiendo el aroma a perfume y respiración que llenaban el aire. Fabián se dejó llevar sin miedo por la atmosfera que se elevaba a cada segundo en ese cuarto que más parecía de una adolescente que de una mujer madura. Karen le daba otro significado a la palabra pasión con cada uno de sus movimientos y caricias. Se entregó a él por completo, y él dio todo de sí para ella.
Abrazados bajo las sabanas, esperaron el amanecer. Karen no tenía que trabajar al día siguiente, ya que era sábado. Se durmió poco a poco acurrucada junto a Fabián mientras hablaban de anécdotas en la oficina.
Fabián no podía dormir, ese momento que tanto había deseado por puro capricho sucedió al fin, y fue totalmente distinto a todo lo que le habían dicho sus amigos, sus profesores, las películas y las páginas pornográficas de internet. Se sentía feliz hasta que varias preguntas invadieron su mente: ¿Y ahora que somos Karen y yo? ¿Y Leticia dónde queda? ¿Qué dirá mi padre cuando vuelva a llegar de madrugada? ¿En qué momento apagamos la luz?