XXI

Llegó temprano de la oficina sabiendo lo que le esperaba. Martina y su hijo lo aguardaban en la casa con un pastelito de cumpleaños recién horneado, adornado con merengue de azúcar, rodajas de duraznos en almíbar y su nombre bordado con jarabe de fresa. Ramiro sonrió al ver a su hijo y a su leal consejera y compañera de tiempos buenos y malos, sentados en la mesa de la cocina aguardando por él.

–¿Y esto? –preguntó Ramiro fingiendo sorpresa.

–No eres bueno disimulando papá –dijo Fabián–, y lo sabes.

Ramiro apagó las velas, que no delataban su edad al no ser demasiadas. Comieron juntos y hablaron de todo un poco. Ramiro sentía nostalgia al ver su hijo de nuevo disfrutando una ocasión como esa.

–Llego la hora de los regalos –sugirió Fabián.

De su bolsillo sacó un llaverito en forma de calavera, del mostrador de recuerdos de la tienda de Manu.

–Pero es tuyo –dijo Ramiro al ver las llaves del auto de su hijo colgando del llavero.

–Tú lo necesitas más –respondió Fabián–, además así te deshaces de una vez de la chatarra vieja que ya no tiene remedio.

Ramiro se empeñó por no aceptar el regalo de su hijo, aludiendo que fue él mismo quien se lo regalo primero. Fabián le hizo ver con sus palabras, que los verdaderos regalos se hacen cuando uno está dispuesto a renunciar a algo que en verdad aprecia para que otro lo tenga. En realidad, esas eran las palabras que Karen le había dicho hace unos días, cuando él le pidió una sugerencia para un adecuado regalo para su padre, pero venían perfectas y no cambiaría por nada aquel momento en que parecía que por fin él tenía más razón que su padre. Ramiro abrazó a su hijo aceptando el regalo y su buena intención.

–También tengo algo para ti –le dijo a Fabián y se fue para su habitación donde había dejado sus cosas al llegar.

Esa tarde Ramiro había recibido un paquete que Silvia le había enviado por su cumpleaños. Era una camisa casual de color azul y de marca, para él, desconocida. Se la puso en la oficina esperando, como siempre que le quedara perfecta. Así fue. Silvia nunca le había preguntado su talla, y en cada ocasión especial le regalaba ropa. <> le decía entre bromas. Ramiro se quitó la camisa y la volvió a guardar tal y como estaba, y tal y como hizo con todos los regalos que Silvia le había dado. Su ropero tenía un cajón especial donde la camisa compartiría espacio junto a unos pantalones vaqueros, una infinidad de corbatas de toda naturaleza, otras dos camisas más elegantes y unos simpáticos calcetines que según decía Silvia eran únicos en el mundo. <>, había dicho en su momento. No, ese no era el lugar para esa bonita camisa.

–Es para ti hijo –le dijo a Fabián alcanzándole la prenda cuando volvió a la cocina.

–Pero el del cumpleaños eres tú –alegó Fabián tomando el regalo con extrañeza.

–¿Por qué no te la pruebas? –le pidió Martina.

Fabián se fue a su cuarto a ponerse la camisa. Al volver, Ramiro sintió una alegría enorme viendo que también a su hijo le quedaba perfecta.

–Eres igual a tu padre –dijo Martina con alegría dibujada en el rostro.

–No es mi estilo, pero creo que me gusta –mencionó Fabián.

Para Ramiro, las palabras de Martina no eran solo un comentario. Su hijo ya era igual que él. No solo en lo físico, también en la forma de ser, ya que todo lo que a veces le reprochaba a Fabián, también lo hizo él mismo en sus tiempos de juventud.

–Esto es de mi parte –dijo Martina dándole un bonito maletín de cuero negro con costuras a mano.

La noche se hizo presente y la nostalgia también. Entre anécdotas graciosas y otras no tanto, los tres recordaron momentos de una vida vivída en tan poco tiempo. Fabián se fue a su cuarto otra vez y volvió con la cámara Minolta.

–¿Donde la encontraste? –preguntó Ramiro.

–Ni te lo imaginas –respondió Fabián con una sonrisa de satisfacción.

Luego de varios intentos y un par de rollos de película fotográfica desperdiciados, Fabián al fin había conseguido dominar los parámetros de la cámara. Tuvo que leer un texto de fotografía analógica que encontró en internet, pero había valido la pena. Puso el temporizador, ubico la cámara sobre un pequeño trípode que había comprado, enfocó la escena de manera correcta y se unió al cuadro familiar que se había formado en el sofá de la sala.

Daban las nueve de la noche. Martina ya se había retirado a dormir. Ramiro y Fabián veían televisión juntos sentados en el sofá que ya no parecía tan grande.

–La compre para que tu abuelo viera que me interesaba algo –comentó Ramiro.

–¿Qué? –dijo Fabián sin poder comprender, ya que estaba concentrado en las imágenes del noticiero nocturno.

–La cámara. La verdad nunca aprendí a usarla.

–La técnica es algo difícil. Pero hacer que el arte fluya por el lente es el verdadero reto.

Oír hablar así a su hijo, que hasta hace una semana prefería estar bebiendo en un bar que estar en su compañía, lo dejaron perplejo.

–Para ser más sincero también la use para atraer a las chicas –se animó a decir Ramiro.

–No creo que te haya funcionado –dijo Fabián provocando la risa de ambos–. Eso me recuerda ¿No te molesta si salgo un momento? Tengo una cita.

–¿Una cita? –Ramiro encontró extraño que ahora le digan cita a una salida de copas.

La ilusión se rompió. Pero bueno, sabía que el cambio no es fácil. En especial uno tan radical. Fabián se fue, vistiendo el regalo de su padre y prometiendo llegar temprano. Ramiro se quedó viendo un rato más la televisión, hasta que cayó en cuenta de un detalle en particular. Hace varios años que su hijo no le pedía permiso para salir.

Fabián en cambio, mientras caminaba por la calle para llegar al lugar donde se encontraría con Karen, pensaba en el hecho de que su padre no sonreía en varios años como lo había hecho ese día.

Llegó al lugar pactado, la entrada principal hacia el boulevard Recoleta. Karen todavía no llegaba. Vio en su reloj que faltaban diez minutos para la hora fijada. Se sintió raro llegando temprano a un lugar. Otra vez los recuerdos de tantas citas con Leticia, a las que llegaba mínimo con media hora de retraso, se apoderaron de su mente. Tomó el celular que tenía en el bolsillo y buscó un número, el número de esa persona que al parecer jamás le contestaría. Estaba a punto de llamar…

–Sí que eres puntual –mencionó Karen.

Fabián levantó la mirada y la observó extasiado y algo sorprendido. Sí que era bella. Llevaba puesto una blusa y pantalón negro que combinaban perfectamente con su collar y pendientes dorados. Calzaba tacos de mediana altura y el pelo suelto le caía hacia atrás completamente lacio. Sus ojos se delineaban unos milímetros más de lo debido con una delgada línea oscura haciendo que su mirada sea como contemplar una gema oscura sobre lino blanco y puro.

–En definitivo el negro es tu color –dijo Fabián saludándola con un beso en la mejilla.

–También te ves genial –respondió Karen acariciándole la mejilla, como lo hizo la noche que él estaba tirado en la acera.

–Cortesía de mi padre –dijo Fabián señalando la camisa.

Le ofreció la mano para caminar juntos. Ella lo vio fijamente por unos segundos, esbozó una sonrisa amplia y entrelazo sus finos dedos con los de él.

Parecían la pareja ideal, aunque aún no lo eran. Caminando tomados de la mano por las calles de boulevard, poco a poco ignoraron con más facilidad las miradas que los rodeaban. <> pensó Fabián mientras sentía que el calor en su mano se intensificaba. <>. Llegado el momento de elegir, se decidieron por entrar a un restaurante que ofrecía comida tradicional.

En casa, Ramiro destapaba una botella de vodka que había comprado en la tarde y que había dejado discretamente en el umbral de la puerta envuelto en una bolsa de papel. El vaso cristalino de grueso fondo que tenía en las manos, se llenaba y vaciaba entre lágrimas mudas frente a una foto de Silvia. La última de las fotos de su amada que quedaba en toda la casa. Estaba radiante, como siempre, con su vestido verde y pendientes y pulseras a juego. Su mirar era indefinido. A veces esa mirada le decía “Te amo”, otras veces “Perdóname” y últimamente más a menudo, le decía “Olvídame”.