XXIII

Contemplando el techo de cielo falso, y con el teléfono móvil pegado a la oreja, Leticia no paraba de reírse. Además de muchas otras cualidades que le había notado a Diego, también era buen conversador. Hacia chistes oportunos y de buen gusto, se cuidaba de no criticar a los demás antes de no darse una ojeada a sí mismo y sabía escuchar. Fernanda le advirtió que su luna de miel seria efímera, pronto acabaría cuando comience a darse cuenta de sus defectos. <>, le contestó Leticia. Aún tenía la toalla enrollada en la cabeza y una bata gruesa de color blanco la cubrían del frio. Afuera, negras nubes amenazaban con relámpagos y truenos lejanos.

–Algo me decía que era cosa tuya –le dijo Leticia acomodándose entre sus almohadones.

–Así no podrás negarte, ¿Qué dices? ¿Iras conmigo? –preguntó Diego, confiado en su astuto plan.

Las entradas para el concierto que Carlos le había dado a Leticia antes de huir corriendo sin dar explicaciones, las había comprado Diego y eran para el fin de semana entrante. En un pub céntrico, se presentarían unas cuantas bandas de rock alternativo de integrantes jóvenes y con ideología ambientalista. De hecho, lo recaudado iría para una fundación que se empeñaba en reforestar la ciudad. Tan solo eso bastó para convencer a Leticia del todo. No solo se divertiría, ya que ese género de música era de su agrado, sino también haría algo bueno por los demás y por la Tierra. El problema, una vez más, era su madre. El horario era algo inusual. Comenzaría casi a la media noche.

–Suerte –le deseo Diego–, claro que, si no acepta, yo puedo hablar con ella.

–Te tienes mucha confianza, pero no la conoces –mencionó Leticia jugueteando con el collar de cadenita de plata que se había quitado para bañarse.

–Tú también ten confianza, si te ve segura de ti misma no dudara en darte el permiso.

–Cuídate, te llamo luego para decirte la buena o mala noticia.

Colgó y se incorporó con un movimiento ágil. Se puso lo primero que tuvo a su alcance. Un pantaloncito corto que usaba de pijama, y una camiseta de manga larga. Se hizo una cola con el pelo amarrándolo con una liga, y este le caía por la espalda humedeciéndole la ropa. Caminó despacio por el pasillo hacia la habitación de su madre que estaba en el fondo, para evitar ser inoportuna.

–Mamá. ¿Podemos hablar un momento? –dijo tocando levemente la puerta. El silencio dentro del cuarto le hizo pensar que quizá su madre estaba en otro lugar de la casa.

–Adelante Leti –respondió Fátima después de un largo rato.

Leticia entró en la fría habitación de cortinas grises con ceremonioso paso. El ambiente estaba con muy poca luz, con un olor a medicina muy notoria. Sentada frente a su peinador, Fátima se secaba los ojos con un pañuelo de papel. Estaba despeinada, con un camisón de seda de corte suelto hasta media rodilla y el maquillaje se le corría por la cara en gruesas líneas de tinta negra sobre las mejillas. Leticia ya había visto a su madre en ese estado anteriormente, solo que Fátima no sabía que su hija la había visto así. Frágil y derrumbada, era solo la sombra de la mujer dura y estricta que ocupaba la cabeza de la familia. Leticia se maldijo a sí misma. Si no hubiera estado tan ocupada tratando de descifrarse a sí misma, quizá hubiera notado en su madre aquel dolor que tanto la estaba embargando. Estaría preparada y sabría qué decir. Pero ahora se sentía como un soldado desnudo en pleno campo de batalla. ¿Qué podría decirle a su madre?

–Dime hija ¿Qué se te ofrece? –la voz de Fátima estaba apagada. Miraba a su hija de soslayo por el reflejo del espejo.

–Quería pedirte algo –dijo Leticia cada vez más arrepentida de tener que hablar con su madre en ese estado–, habrá un concierto, es por una buena causa y quería asistir. Será este sábado, en un lugar por el centro de la ciudad, quizá empiece un poquito tarde, pero no iré sola –dándose cuenta de que hablaba demasiado, Leticia hizo una pequeña pausa–… ¿Puedo ir?

Fátima se levantó de su silla para sentarse de nuevo en su cama. Pasó en frente de Leticia como si no estuviera ahí. Tomó otro pañuelo de uno de los paquetes que tenía en el cajón de su velador, se secó la nariz con delicadeza y clavó su mirada cansada en Leticia.

–¿Con quién iras?

La muchacha, al ver los hinchados ojos de su madre, no tuvo el valor de mentirle.

–Diego es un muchacho que conocí hace tiempo –Leticia recordó que Diego le había dicho que debía demostrar confianza–, somos buenos amigos. Él vendrá por mí y me traerá de vuelta.

Preparada para recibir una larga lista de razones por las cuales esa idea no era para nada buena, condimentados con la dura y autoritaria voz de su madre, Leticia dio medio pasito hacia atrás.

–No llegues muy tarde –Fátima cerró los ojos y dio un largo suspiro–, y contestaras cada vez que te llame.

–Gracias mamá –Leticia sonrió solo lo necesario y se dio vuelta para irse.

Emocionada por contarle a Diego que había conseguido el permiso, estaba a punto cruzar la puerta. Había caminado lento para no sobresaltar a su madre, aunque si por ella fuera hubiera salido corriendo e incluso dando saltitos. Se detuvo y en vez irse, cerró la puerta y la aseguro por dentro. Volvió con Fátima, que la observaba algo confundida. Se sentó junto a ella, muy cerca, le puso una mano en el hombro y la atrajo hacia ella recibiéndola con un abrazo. Fátima, se olvidó en ese instante de su papel de madre severa e inquebrantable, abrazó a su hija con todas sus fuerzas apoyando la cabeza en su hombro. Tenía un olor a enfermedad que le cubría todo el cuerpo. Sus ojos comenzaron a desbordarse en llanto. Sollozaba y gemía como una criatura indefensa y herida y se dejó caer sobre el regazo de su hija. Leticia le acariciaba el pelo y no pudo evitar derramar también un par de lágrimas.

El reloj de pared se había detenido a las cuatro treinta y cinco de la madrugada, quien sabe en qué día. El segundero consumía lo último de batería en inútiles intentos por tratar de avanzar. Leticia lo observaba intrigada en saber en qué día, el tiempo en aquella habitación se había detenido. Fátima estaba casi en silencio total. Solo unos cuantos respiros forzosos daban cuenta de que seguía ahí. Leticia le seguía acariciando el pelo sobre la cabeza y sobándole el brazo con tiernas caricias para calentárselo un poco.

–Lo siento hija –dijo Fátima después de un respiro profundo–. Debí hablar contigo, decirte lo que pasaba. Pero quería protegerte.

–¿Y a ti quien va protegerte mamá? Si la persona que tendría que hacerlo ya no lo hará más –Leticia tenía muchas cosas que decirle a su madre, pero sintió que solo debía decir lo necesario por el momento.

–Tu padre te trato mal, siempre te trato mal, y yo nunca hice nada para impedirlo.

–Él ya no puede hacerme daño. Nunca lo hizo. No estuvo nunca a mi lado. Tú estuviste siempre conmigo mamá.

Fátima se incorporó, se acomodó el pelo y tomó entre sus manos las manos de su hija.

–No quiero quedarme sola Leti, no quiero.

–No estás sola mamá. No lo estarás. Siempre estaré contigo.

Con una sonrisa amarga de aceptación, Fátima negó con la cabeza.

–Tú tienes tu vida, te iras, tu hermano crecerá y un día se ira también. Tu padre se fue hace mucho. He estado sola en esta cama tanto tiempo que ya no puedo recordar cuando empezó todo esto. No tengo a nadie, estoy vieja, estoy cansada. Me duele despertar cada mañana Leti, y ver que lo único que he conseguido en la vida es una casa vacía y fotografías muertas. La vida va a matarme antes de que la muerte lo haga hija, y solo me queda esperar a que suceda.

La piel se le erizó a Leticia con esas últimas palabras. Quería gritarle a su madre que no se quede esperando a que las cosas pasen. Quería gritarle que se levante y luche por vivir. Que hasta que el final no llegue, nada se debe dar por perdido. Pero sabía que si alguien le hubiera dicho algo así cuando ella se sentía mal, lo más seguro es que no lo habría escuchado. Para Fátima todo era dolor en ese momento y nada podría cambiarlo. Era un dolor que se acumulaba desde hace años, mucho más grande que ella. Dolía al respirar, le arrebataba el sueño y la sumía en una depresión que la dejaba sin esperanzas ni fuerzas. Lo mejor era dejar que su madre dejara salir todo lo que llevaba dentro que se libere de ese peso que la aplastaba. Era el momento para sentir dolor y al igual que los momentos felices se deben vivir intensamente.

–¿Sabes que puedes hacer mamá? –preguntó Leticia. Fátima levantó la vista quedándose las dos mirándose directo a los ojos– empieza por perdonarte a ti misma.

El silencio se apodero de la habitación. Madre e hija no necesitaban palabras para comunicarse. Estaban una junto a la otra, en cuerpo y alma, como nunca lo habían estado antes. Sus respiraciones se acompasaron y sus manos se daban calor mutuamente. Se despidieron con un par de besos en las mejillas y las buenas noches más dulce que se habían dado. Era sincero y esperanzador, y no por compromiso.

Ya metida en su cama, Leticia no sintió ganas de cepillarse el pelo. Sería una tortura desenredarlo en la mañana, pero lo único que quería era dormir. Un dolor de cabeza leve comenzó a molestarla. Pensaba en lo que le había dicho a su madre <>. Ella sabía en carne propia lo difícil que es perdonar a otra persona. Pero no sabía nada acerca de perdonarse a sí misma. No sabía de donde le habían salido esas palabras. Aun así, sabía que era lo más sensato que había dicho en muchos años. Si le sirvió a su madre, también le servirían a ella en un futuro.

Su sueño no fue tranquilo. El recuerdo de aquel día irrumpió en sus sueños como una pesadilla.

Fabián se había ido de la casa saliendo apenas por la ventana por la que había entrado la noche anterior. Leticia lloraba y deseaba que se resbale y se rompa el cuello. Hizo un enorme esfuerzo para que nadie note como se sentía. En la casa era fácil. Un par de gritos a Henry y el chiquillo respetó su espacio, aunque luego se arrepintió de tratarlo mal ya que él no tenía la culpa de nada. Fátima era la menor de las preocupaciones. Si mantenían sus distancias como lo hacían siempre no habría problemas. En el colegio ella era quien iniciaba las conversaciones y sugería todo tipo de temas de los cuales sus compañeras tenían una extensa opinión. Logró aguantar por varios días. Se guardó sus lágrimas en lo más profundo de sí, incluso estando sola. No llamo a Fabián y él no la buscaba. Era prácticamente el fin.

–¿Vas a decirme que te pasa? –le preguntó Fernanda desde su asiento, luego de observar a su amiga vagar toda la mañana como si fuera un ser carente de alma.

–¿Prometes escucharme sin decir nada hasta que termine?

Fernanda asintió con la cabeza presintiendo que no era algo simple y fácil de decir. Por la tarde la visitó en su casa, escuchó atenta cada palabra de Leticia y se apretó los labios para no gritarle. Al final, no tenía nada que decirle más que una pregunta.

–¿Vas perdonarlo verdad?

–Lo amo.

Esa misma noche, preocupada por Fabián y rogando porque no haya hecho algo malo, lo llamó por teléfono. La voz del muchacho se escuchaba débil y temerosa. Apenas quedaron en verse al día siguiente. Leticia salió de su casa diciéndole a su madre que tenía un trabajo grupal que realizaría en casa de Tania. Ya dudaba que Fátima se siga creyendo tales cuentos, pero no se iba a detener a averiguarlo. Se puso un vestido blanco bajo un suéter color crema de tela delgada. Llevaba el pelo suelto ondeando a cada paso. Quería aparentar lo más posible que estaba entera y sin daño permanente. Vio a Fabián a lo lejos sentado en un columpio del parque. Estaba como siempre, vestido con jeans y chamarra de cuerina. Sus ojos enrojecidos delataban que había bebido o que no había dormido. Leticia prefirió inclinarse por la segunda opción.

–Perdóname por favor –pidió Fabián al ver que Leticia viniendo hacia él.

Se puso de pie y se acercó a ella. Leticia se detuvo en el acto e incluso dio un par de pasos hacia atrás. Fabián comprendió que no era tan fácil. No podía pretender que sencillamente algo como lo que le había hecho a Leticia se olvide o se supere de la noche a la mañana.

–¿Por qué lo hiciste? –Leticia se esforzó para que su voz no se quebrara.

Fabián no se atrevía a levantar la mirada y darle la cara.

–Solo quería que todo fuera perfecto –respondió y comenzó a sollozar –no sabía que iba a ser así. No era yo. No sé ni quien era.

–¿Qué tomaste?

–Ni siquiera sé cómo se llama. No pregunte.

El parque estaba algo vacío. Solo unos cuantos niños jugaban en un sube y baja a unos metros de distancia.

–Debes alejarte de ellos –le dijo Leticia acercándose un poco a Fabián–, no son tus amigos y van a acabar muy mal. No quiero que tú acabes así.

Le tomó la mano. Estaba temblorosa. Con la otra mano le levanto la cara para que este a su altura. Leticia estaba seria, exigía una respuesta que no tardo. Otra promesa vacía. Se alejaría de ellos según sus palabras y cambiaria de vida. Ella estaba acostumbrada a escuchar esas palabras, aun sabiendo que no eran del todo sinceras, se esforzó por creerlas. Amaba a ese muchacho con toda el alma y quería verlo bien. Seguía doliéndole lo que le había hecho, pero quería perdonarlo por más difícil que le resultara.

–Te amo Leti –Fabián acercó sus labios a los de ella.

Leticia no respondió a su beso. Apartó su cara después de un leve contacto de humedad de la piel.

–Aun no te perdono –le dijo sin apartase, en vez de eso le abrazó la cintura–. Trataste de hacerme lo peor que se le puede hacer a una mujer. Si de verdad me amas, no quiero solo tus promesas.

Dicho esto, le dio un leve empujoncito poniendo medio metro en medio de los dos.

–Hare lo que tú me pidas –dijo Fabián y se limpió la cara con ambas manos.

–Bien, entonces no esperes a que te pida algo.

Dando media vuelta y se fue caminando a paso largo con dirección al lugar al que se supone debía haber ido, aunque no la estaban esperando. Tania no era como Fernanda, la acribillaría con preguntas sin descanso. Prefirió decirle que pasaba por ahí de casualidad y le dieron ganas de tomarse un té en su jardín. No hubo ni té ni jardín, solo un cuarto desordenado y un par de cervezas. Eso estuvo mejor.

Al volver a su casa, ya finalizando la tarde, se sentía más aliviada y tranquila. Tenía ganas de ver a su novio, pues lo seguía siendo, ya que en ningún momento hablaron de dar por terminado nada. Quizá lo llamaría más tarde. Solo faltaba doblar por la esquina. Lo primero que notó era que no estaba el auto de su madre. Lo segundo y que por poco hace que se le pare el corazón, era que ahí estaba Fabián, en la acera de su casa jugando futbol con Henry.