II

Estacionado a media cuadra de su casa, Fabián, sentado de lado sobre la motocicleta, revisaba sus bolsillos a detalle. En los delanteros de su pantalón, nada, solo un par de cigarrillos partidos por la mitad, una servilleta arrugada y la envoltura de un chocolate que no recordaba haber comido, es decir, nada. En los bolsillos traseros tenía dos monedas de cinco pesos y algo que parecía un billete de cincuenta, pero que gracias a la lavadora ahora era solo una especie de pergamino descolorido.

–Perdona colega –le dijo al hombre dibujado en el billete y sonrió algo molesto.

Su chaqueta resguardaba su billetera en un bolsillo interior. Esa costumbre de mantener seguro su dinero se la enseñaron a fuerza sus propios amigos, tanto así que hacía que le añadieran ese bolsillo secreto a todas las prendas que carecían del mismo. De todas maneras, no se molestó en revisarla ya que la noche anterior no se había gastado ni veinte centavos.

–Excelente –dijo en voz baja al encontrar lo que buscaba.

Entre un par de facturas por combustible de días anteriores, en el lado derecho de su chaqueta, estaba un papelito donde tenía anotado un número telefónico. Tiró el resto de papeles al suelo y se concentró en su hallazgo. Le había costado conseguirlo, no podía dejar que se le perdiera tan fácilmente.

–¡Mierda! –exclamó a tal volumen que llamó la atención de un par de señoras que transitaban por la acera ataviadas con vestidos largos, carteras y sombrillas.

La razón del grito, no traía consigo su teléfono celular. Su anterior auto inspección confirmaba su desaparición, y le daban a escoger entre dos opciones, la primera, lo perdió, que sería muy poco probable, o la segunda y la más segura, se lo robaron. Fabián escogió la segunda como la más lógica. Ahora esto le daba otras dos opciones: fue algún ladronzuelo que lo atrapó desprevenido en el bar, o fue alguno de sus amigos.

–Malditos idiotas –dijo otra vez en voz baja, esbozando una sonrisa mezclada con rabia, al decidirse por la segunda de sus posibilidades.

No era la primera vez que se lo hacían. En anteriores y frecuentes ocasiones sus amigos le robaron las llaves de su auto, de su casa, su billetera, sus cigarros y otras cosas, las cuales le devolvían luego entre carcajadas y burlas. Nunca antes le habían quitado el celular. No le importaba que muchas veces tuviera que quedarse toda la noche en la calle, o que en el peor de los casos se lleven su auto, es más ni siquiera le importaba que le devuelvan su billetera vacía, pero esta vez el celular le era tan necesario como el aire, que juró que nunca más seria víctima de las estúpidas bromas de sus compañeros de juerga.

Sin más que hacer retomó su anterior propósito, dormir. El cielo se había nublado de pronto. El clima en Bolivia gustaba de ser rebelde a las estaciones. Todavía era invierno, pero en cualquier momento podría llover como si fuera verano. Sería imposible encontrar a ninguno de sus amigos a esa hora y con ese tiempo. Solo media cuadra, incluso menos, lo separaban de su casa. Desmontó de la moto y con el casco en la mano la arrastro a pie para no tener que sufrir otra vez tratando de encenderla. La estacionó en la cochera, que hasta hace un buen rato estaba desierta, salvo por la Jawa. El auto de su padre peregrinaba de taller en taller buscando arreglo. El señor Ramiro García se lo llevaba harto de las estafas. Unos le decían que era el carburador, otros que eran las bujías, algunos el sistema eléctrico, y hasta le dijeron que debía cambiar todo el motor. Cómprate otro, le había recomendado Fabián. No era tan fácil para su padre como parecía, su última inversión en un vehículo le había resultado desastrosa. Solo había fomentado el espíritu libertino de su hijo. Además, la economía familiar no iba por buen camino. Como el arreglo de su auto lo tenía que pagar Alex, a Fabián no le importaba lo que quisieran cobrarle.

Terminó de arrinconar lo mejor que pudo la motocicleta. No tenía por qué hacerlo, el espacio sobraba, pero era cuestión de hábito. Colgó el casco en uno de los puños del manubrio y luego la cubrió con una tela plástica evitando hacer demasiado ruido. Su casa era de una sola planta con un techo a dos aguas, era amplia y tenía varias habitaciones, además de un jardín trasero gobernado por un enorme árbol de paraíso que cubría todo con su sombra. Hace años que le había comenzado a gustar el hecho de no tener que subir escaleras cada vez que llegaba, sobre todo cuando llegaba ebrio. Un taxi se estacionó cerca a la entrada y tocó la bocina. Su padre seguía en casa. No podría huir, a pesar de sentir la tentación de esconderse en el garaje, así que enfrentó el incómodo encuentro que estaba tratando de evitar hasta hace dos noches. Echó un último vistazo a su aspecto utilizando el reflejo de una sierra y se revisó el aliento por si acaso, aunque no había bebido mucho.

–Que tal papá –balbuceó y se acercó al pórtico justo antes de que su padre cerrara la puerta de la casa con llave.

Formal como siempre, Ramiro García vestía de traje de oficina oscuro, camisa clara y corbata en perfecta combinación. Su portafolios, ya bastante desgastado, tenía en su interior los documentos necesarios para varias licitaciones y otras cuestiones legales. Era de espalda y brazos medianos en grosor, pero mantenía el vientre plano sin mayor dificultad. Su cabello, corto y bien peinado aún se negaba a dejar en evidencia algunas canas. Eran las marcadas ojeras y las arrugas de sus mejillas que a veces escondía bajo la barba tupida, lo que delataba el paso de los años y el trabajo incesante.

–No pienso preguntarte donde estabas –dijo Ramiro, sin responder al saludo y con su fría expresión característica–, solo espero que no sea lo que me estoy imaginando.

Fabián intentó evitar el tema, aunque no sabía a qué se estaba refiriendo.

–Veo que todavía no te devuelven tu auto –sugirió el chico, como posible tema alternativo a una discusión. Su padre revisaba la hora en su teléfono, o eso parecía.

–Veo que a ti tampoco te devolvieron tu celular –contestó Ramiro, que había llamado toda la noche a su hijo para siquiera poder ubicarlo, y acababa de hacerlo nuevamente solo para cerciorarse.

Fabián se quedó inmóvil y sintiéndose incapaz de hablar para dar la mínima excusa, solo esperaba que ninguno de sus compinches haya estado lo suficientemente ebrio para contestar las llamadas y decir la primera estupidez que le viniera la mente.

–Vuelve a meterte en líos y lo pierdes todo ¿Me entiendes? –le amenazó. Fabián solo atinó a asentir con la cabeza–. Será mejor que entres de una vez. Te espera mucho trabajo.

¿Todo? se preguntó Fabián. La definición que tenía cada uno de esa palabra era muy distinta. Para su padre todo, era el techo sobre su cabeza, la comida de cada día y el dinero para satisfacer necesidades. Para él, todo era la oportunidad de hacer algo nuevo cada noche. Eso nadie podía quitárselo, o al menos no su padre.

Ramiro abordó el taxi y se fue sin despedirse. Era algo que se había hecho habitual, ya que nada servía decirle a su hijo “nos vemos en la noche, porque eso era virtualmente imposible. Al entrar en la casa, Fabián, se encontró con un desorden que daba lastima y pereza a la vez, muy parecido al de su habitación, seguramente un hombre tan obsesionado con el orden y la limpieza como era su padre, lo había dejado así a propósito.