I

Amanecía.

Los primeros rayos de sol que superaban las cumbres, centinelas guardines de la ciudad, se filtraban entre edificios medianos y desnudos, dibujaban líneas de luz tibia sobre el pavimento y rompían el aire frio. En las calles ya caminaban unos cuantos, los primeros de un día como cualquier otro. Sus ojos pretendían haberlo visto todo. Ignoraban el espectáculo que ofrecía el tiempo y su avance, puesto que ellos mismos intentaban correr más rápido que el reloj. Esa mañana, sin embargo, en lo alto de un puente, estaba un muchacho. Sentado en el barandal y con las piernas colgando hacia el vacío, parecía que en cualquier momento daría fin a su existencia. Ignorando horarios y agendas varias personas se detuvieron a ver que podría pasar.

Una hora antes, Fabián se había detenido ante el puente para contemplar el renacimiento del sol. «Anota está en la lista de tus estupideces de deprimido». Pensó mientras se trepaba al barandal. Entre otras cosas se veía a sí mismo como el último de un mundo nocturno. Los demás como él, ya se habían retirado huyendo de la luz como espectros.

—¿Qué piensas hacer niño? ¬—le dijo un hombre de traje desgastado al igual que sus gafas.

Fabián seguía sumergido en sus pensamientos. Ni siquiera quiso ver quien le hablaba. No quería perderse un segundo de la luz. El sol le calentaba los pies y le relajaba el rostro.

—Baja de ahí de una vez chiquillo loco ¬—insistió el mismo hombre tomándole por el brazo.

Fabián giró un poco la cabeza y vio a algunas personas a su alrededor expectantes de aquello que haría de su día algo más interesante. Miró hacia abajo y también había curiosos. Extrañó la noche, donde, abrigados por la oscuridad, las personas bailan a su propio ritmo. No hay miedo, no existe la culpa, nadie siente vergüenza. Un mundo de letreros de neón, rostros fáciles de olvidar y voces irreconocibles. Sexo, alcohol, amor, drogas, gasolina y sangre. Una mezcla perfecta. De día todos podían verlo. Todos podían juzgarlo.

—Solo estoy viendo el amanecer —dijo Fabián dándole la cara al sol y cerrando los ojos.

—¿Estás ebrio? —le preguntó el hombre apretando su agarre.

—Un poco ¿y usted? —respondió Fabián con una sonrisa.

—Déjate de locuras y vete a tu casa.

—Solo estoy pensando, esperando, recordando y si, también, y solo un poco, quizás soñando.

—Vete a la mierda mocoso estúpido ¬—le gruñó el hombre luego de un bufido de asco y soltándole el brazo.

Retomó su camino al tiempo que alguien le gritaba que no lo deje, a lo que el hombre respondió: “No vale la pena”.

Poco a poco todos perdieron el interés. Fabián decidió que era tiempo de volver a casa. «No vale la pena», volvió a escuchar en su mente. Había pasado toda la noche yendo de bar en bar como si huyera de algo. Él prefería pensar que estaba buscando algo, aunque no sabía qué.

Fabián era la representación humana de un punto intermedio. No era pequeño, pero tampoco era alto. No era delgado, pero no podía demostrar la musculatura suficiente. Sus ojos se perdían entre un café oscuro y un negro profundo. Tenía el cabello negro bastante rizado y despeinado y, su piel se debatía entre un bronceado intenso en las manos y el rostro, y se aclaraba por debajo de la ropa.

Una señora seguía observándolo desde el otro lado mientras los demás seguían su camino en ambos sentidos. Fabián quería decirle que eso de ver el mundo desde el puente lo había hecho siempre, era su lugar preferido para pensar. No quería parecer un suicida. La señora se fue tras decirle con sus ojos: “No vale la pena”.

Bajó del puente con las piernas aun dormidas y la espalda cansada. Al enderezarse escuchó el sonido de su columna acomodándose y aliviándole un poco. Montó una vieja motocicleta Jawa de color negro que estaba mal estacionada al pie de las gradas de la estructura. Era propiedad de su padre, estaba en buen estado y tenía una apariencia de colección. Con sus piezas originales y sin vestigios de ningún accidente, la motocicleta presumía de haber tenido una buena vida. Fabián sintió envidia. Él preferiría mil veces su auto, pero estaba descompuesto. Maldijo a Alex, su amigo, y responsable de tener que aguantar el frio aire de la madrugada que sus jeans azules, chaqueta negra y zapatos de cuero café no podrían evitar. Una última mirada al puente le sirvió para recordar esa fantasía que conservaba desde muy niño, cuando el arco de concreto que cruzaba la avenida América le parecía inmensa, tanto que imaginaba que alguna vez pasaría un avión bajo el puente, y él estaría ahí para verlo desde arriba.

Su cuerpo le reclamaba descanso. Arrancar la motocicleta se le hizo difícil. No menos de cinco patadas a la palanca. Se puso su nuevo casco cortesía de su padre y condujo a media velocidad. Su cabello rebelde hacia que peinarse sea la mínima de sus preocupaciones. El tráfico de vehículos a esa hora no era nada agobiante, así que el viaje fue lento, tranquilo y continuo. El camino de regreso a su casa era siempre el mismo, y aunque podría tomar otro más corto y directo, se empeñaba en pasar por aquella casa de dos plantas de estilo inglés, que ocupaba la esquina entre la avenida Beijing y la calle Álamos. Iba a menos de veinte kilómetros por hora, así podía observar la casa con calma. Esa ventana de marco grueso por la que alguna vez trepó, esa puerta principal de roble tallado que solo cruzó para salir, los arbustos del jardín podados cada primero de mes, los árboles de la acera pintados con cal hasta medio tallo, en fin, todo era bueno para recordar. Sintió la tentación de detenerse. Leticia, su ex novia, y la razón por la cual pasaba por esa calle sin la menor necesidad, no estaría activa sino hasta las ocho de la mañana. Dos meses, si la cuenta no le fallaba, habían pasado desde que ambos dieron fin a su relación de pareja, atribuyéndose cada uno la iniciativa al momento de contarlo a terceros.

Fabián tuvo que frenar abruptamente y con un ruidoso derrape de ambas llantas cuando la luz cambio a rojo. «¿Y eso de dónde salió?» se preguntó al ver un semáforo reluciente que hace dos días no estaba ahí. El motor de la vieja Jawa se apagó.

—Ya salgo mamá —dijo una delgada voz femenina al otro lado de la acera, que pudo oírse solo gracias al silencio de la mañana.

Era una voz muy conocida para él. Giró un poco la cabeza y vio a una joven de unos dieciocho años que salía de la casa de estilo inglés. Era ella. Dio la vuelta por el frente de un Rav4 azul que su madre, la señora Fátima, acababa de estacionar. Subió y ocupo su lugar habitual, el asiento trasero del lado izquierdo.

—¿Dónde está tu hermano? Mira que si llegamos tarde no será mi culpa —gritó Fátima mientras tocaba la bocina y le clavaba al volante sus uñas color carmesí.

—Si me dejas conducir a mí, llegamos en un instante —respondió Leticia abrochándose el cinturón y acomodándose su largo cabello castaño que le caía suelto en ondas largas por la espalda y los hombros. Su piel era blanca, algo quemada por el sol, sus ojos cafés ligeramente claros, su cuerpo quizá demasiado delgado, era disimulado por un uniforme deportivo de color negro y blanco que le quedaba holgado.

—Si, como no. Leticia entra a ver qué hace tu hermano.

La orden firme de Fátima debía ser cumplida de inmediato. Con desgano la muchacha bajó del automóvil y volvió sobre sus pasos.

«Ha de ser algún evento deportivo en su colegio» pensó Fabián, eso explicaba el uniforme y lo inusual del horario.

Ambos, al dar terminado su noviazgo, habían acordado una especie de orden de restricción. Él no se acercaría otra vez a la casa de ella y viceversa, para ella sería más fácil ya que nunca había estado en casa de él. A pesar de estar violando el acuerdo, Fabián agradeció en lo más profundo de su ser la oportunidad de verla después de muchos días. Sabía que era cuestión de tiempo para que ella note su presencia, así que se dio a la dura tarea de arrancar la motocicleta y evitarse un mal rato. La luz del semáforo ya estaba en verde y después de varias enérgicas patadas a la palanca del motor aun no lograba encenderlo. «Por fin», pero el sonido de la maquina volviendo a la vida fue lo que hizo que Leticia se detuviera en el pórtico y volteara la mirada hacia la esquina para ver lo que ocurría. Fabián aceleró en primera velocidad haciendo aún más ruido, y se alejó sin apartar la mirada del retrovisor que le mostraba el reflejo de la bella joven con la vista hacia él.

Henry, el hermano menor de Leticia, salió arrastrando los pies vestido como un pequeño futbolista, con camiseta ancha, pantalones cortos, zapatos deportivos y con un balón en la mano. Su cabello, del mismo color que el de su hermana, estaba enredado en pequeños mechones, y sus ojos sin lavar aún tenían sueño. Rodeó a su hermana para darse paso, pues ella se había quedado inmóvil, y subió al asiento del copiloto, su lugar por derecho. El auto comenzó a avanzar lentamente, mientras Fátima regañaba al pequeño a voz en cuello. Leticia seguía contemplando esa esquina, cada vez más segura de que esa persona que acababa de ver en una motocicleta era Fabián García. Estaba preparada para algo así, conociéndolo como lo conocía, así que sabía que eso solo podía significar una cosa: problemas.

—¿Leti vienes o no?

La voz de su madre la sacó de sus pensamientos. Ocupó otra vez su asiento en el auto, pero sin quitar la vista de la esquina del semáforo. Frunció sus delgadas cejas arrugando la frente y apretando los puños, esperando como nunca antes estar equivocada.