III

El balón cruzó el cielo y pasó como a metro y medio del tablero. Leticia no se lo podía creer. Jamás había fallado un tiro de tres puntos en un partido oficial y menos de una forma tan ridícula. La silbatina del público que observaba el cotejo no se hizo esperar. Sintió como la sangre se le agolpaba en las orejas y le subía la temperatura de las mejillas.

–¿Pero que pasa contigo? –le gritó una de sus compañeras, que estaba furiosa ya que iban perdiendo por once puntos ante rivales del colegio Adela Zamudio.

Leticia no respondió, prefirió correr hasta su posición pues se le venía encima el contra ataque. Las jugadoras enemigas avanzaban sin problemas, hacían pases rápidos y certeros. Una joven bastante alta y con el pelo por completo recogido en un rígido moño sobre la cabeza, entró con velocidad y encestó con un salto al mejor estilo de la NBA. Leticia no era para nada buena bloqueando o atacando, su especialidad eran los tiros infalibles de tres puntos, y a los cuales les debía su lugar en el equipo, a pesar de su baja estatura y pobre constitución atlética. Ahora estaba segura de que la echarían porque nada resultaba como debía, tanto así que al cabo de dos cuartos no había anotado ni un punto. Por suerte no había muchas suplentes en el equipo o hace un buen rato que hubiera sido reemplazada.

En su cabeza, la imagen de esa persona montada en una motocicleta le atormentaba. Si bien no pudo verle el rostro debido a que llevaba puesto un casco, estaba segura de que era él, como siempre fastidiándole la vida, y quien sabe cuántas veces lo habría hecho. Se sintió acosada otra vez por el recuerdo de aquellos días de dolor, decepción, rabia, frustración, pero sobre todo amor, un amor que maldecía al no poder entenderlo y mucho menos olvidarlo. Fabián no se acercaba ni un poquito al príncipe de sus sueños y fantasías infantiles, y mucho menos al compañero ideal que se había formado en sueños e ilusiones escritas en papel de cuaderno, en base a cualidades que comenzó a considerar indispensables en una persona, la mayoría físicas. Aun así, lo amó, y ante su temor, debía aceptar que todavía sentía algo.

–¡Leti! –Leticia alcanzó a oír el grito de Fernanda, sin embargo, el balón que le habían lanzado le impactó en toda la cara, provocándole un pequeño rasguño en el labio inferior y un agudo dolor en la nariz.

El árbitro detuvo el partido y todas sus compañeras corrieron a socorrerla, algunas disimulando su risa.

–No es nada, estoy bien –dijo mientras se habría camino entre sus compañeras de equipo. Su maestra de deportes, una mujer enorme y de hombros anchos, que hacía de entrenadora, la detuvo para revisarla.

–No es grave, ve a limpiarte –le ordenó.

Leticia se dirigió hacia el baño de señoritas viendo a sus compañeras de uniforme blanco, rostros sudorosos y piernas fuertes dando su mejor esfuerzo ante el enemigo. Sabía que fue un alivio para su maestra, para el equipo y también para el público lo sucedido porque solo estaba estorbando en la cancha.

–Lo siento Leti, no quise hacerlo –le gritó Fernanda antes de perderla de vista. Leticia le dio una sonrisa con los labios cerrados a modo de aceptar sus disculpas.

Terminó de limpiarse, era solo un cortesito casi invisible, aunque insistía en tocárselo con la lengua sintiendo un dolorcillo agudo y un sabor a sangre que de repente se le hizo conocido. Permaneció frente al espejo, cerró los ojos y dejo que el recuerdo de hace unos meses la invadiera.

Las tres de la mañana. Acababa de encender el móvil para poner la alarma a las siete. Como esperaba, la primera llamada fue de Fabián. Decidió responder, con un poco de desgano, pero se había dado cuenta de que no era motivo suficiente para romper con él, el hecho de encontrarle una bolsita de marihuana en su pantalón, que además él aseguraba que no era suya. Se habían prometido confianza mutua luego de su última reconciliación, y ella quería cumplir su parte dándole siquiera el beneficio de la duda.

–Hola ¿Leticia? –esa no era la voz de su novio.

–¿Alex? ¿Qué pasa? ¿Dónde está Fabián? –respondió Leticia que aún estaba acostada cubierta por gruesos edredones de algodón. Reconoció la voz, aunque esta sonaba algo extraña.

–No reacciona, lo golpearon –contestó Alex.

–¡Pero llévenlo al hospital que esperan! –gritó y se tapó la boca de inmediato, temerosa de que su madre despierte.

–¿Estás loca? A estas horas siempre hay un policía en la entrada de emergencias.

Leticia no se lo podía creer, esos supuestos amigos preferían tenerlo inconsciente, antes que enfrentarse a las preguntas de un policía.

–Llama a su padre entonces –dijo Leticia enfadada.

–Prefiero mil veces a los otros. ¿Puedes venir tú?

Ni hablar, ella no era doctora y ni siquiera conocía lo más básico de primeros auxilios, pero sabía que, si el padre de Fabián se enteraba de lo que estaba pasando, su novio iría directo al ejército.

Los muchachos estaban a unas dos cuadras de su casa cerca de una plaza. Se levantó cautelosa, se puso unos jeans y una chamarra frisada sobre el pijama y se cubrió la mitad del rostro con una bufanda de lana. Reina, la pequeña perrita peluda de la familia, dormía en el cuarto de su hermano, pero podría estar alerta y ese sería su fin. Caminó despacio sobre el piso alfombrado y abrió la puerta de su habitación con sigilo felino. Los escalones le parecieron infinitos, cada paso con sus zapatos deportivos era todo un escándalo sobre la madera, a pesar de que se los había puesto para precisamente evitar el ruido. Con el frio que hacía hubiera preferido unas botas. Se arrepintió de no haberse puesto unos guantes, porque el barandal estaba frio como un tempano de hielo al igual que el pomo de la puerta principal, que nunca se aseguraba cuando su padre estaba de viaje, y ese era el caso, por suerte para ella.

No era la primera vez que salía de su casa a esas horas y sin que nadie se entere, y sabía que tampoco sería la última, así que podía considerarse una persona con experiencia en el rubro de las fugas, pero esta vez la preocupación la desesperaba. No quería pensar que algo malo le había sucedido a Fabián.

Caminó lento por la calle, para no llamar la atención de algún noctambulo. Su respiración libre formaba nubes de vapor. Se había aflojado el nudo de la bufanda por que la asfixiaba. En unos minutos divisó el auto deportivo negro de su novio, que estaba mal estacionado en la parte oeste del parque Lincoln. Alex andaba de un lado a otro como un vigilante aturdido, excepto que no apartaba la vista del suelo. En ese momento Dennis sacó la cabeza por la ventanilla del auto y fue quien la reconoció cuando ya estaba a unos metros. Leticia sabía muy bien cómo distinguir a los dos hermanos, que tan solo se llevaban con un año. Uno presumía de rapero, con pantalones de mezclilla anchos, chamarra con capucha y el cabello corto. El otro tenía aspecto de rockero, con ropa ajustada de colores oscuros y unos mechones crespos que le caían libres por la frente.

–En serio gracias por venir Leti, no sabíamos que hacer –dijo Alex al momento de interceptarla. Estaba vestido con sus típicos pantalones negros y chaqueta de cuerina.

–Al menos no hubieras tardado tanto –protestó Dennis.

Leticia se tragó un insulto y prefirió no hacerle caso. Alex en cambio le lanzó una mirada amenazante a su hermano menor, que era diez centímetros más alto que él.

–¿Cuánto tiempo lleva así? –preguntó Leticia al ver a Fabián tirado en uno de los asientos delanteros con la cara magullada y con algo de sangre en los labios.

–Poco más de una hora. Ese salvaje lo masacró –explicó Alex.

–Fue tu culpa. ¿Cómo se te ocurre volver a dejarlo? –añadió Dennis saliendo del auto y poniéndose en frente de Leticia.

No le sorprendió para nada el hecho de que ellos ya estuvieran al tanto de lo sucedido en la tarde.

–Una palabra más y te dejo peor que a Fabián –le gritó Alex agarrándolo por la chamarra tratando de apartarlo de Leticia.

Ella los empujo para poder llegar a su malherido novio. Entró al auto, pero al acercarse, un olor demasiado notorio y un incómodo ronquido la detuvieron en seco.

–Esto es un chiste ¿verdad? –los apuñalaba con la mirada y ninguno de los dos hermanos pronuncio una palabra–. ¡Está borracho! –gritó sin que el volumen de su voz la preocupara.

–No lo entiendo Leti. Se tomó un par de tragos nada más –argumentó Alex encogiéndose de hombros.

–¿Masacrado? Apenas y tiene una herida en el labio.

Salió del automóvil dispuesta a irse. Alex la detuvo por el brazo antes de que comience a caminar y se puso a suplicar.

–Es verdad Leti, y tenías que ver al tipo que lo dejó en el suelo, era enorme.

Era evidente que él también traía unos tragos encima.

–Por favor quédate con él, si no llegamos en media hora a casa nos matan.

Leticia consideró la tentadora oferta de verlos muertos, pero decidió quedarse luego de que Dennis explicara que él era el dueño de la marihuana que le encontró a su novio y que él solo le hizo el favor de guardársela por un momento.

En su reloj ya daban las cuatro, así que puso sus condiciones para quedarse con el ``malherido´´ cuerpo de Fabián. Primero, debían entregarle las llaves del auto y cualquier objeto que le hayan sustraído últimamente. Segundo, esa noche no debería convertirse para nada en alguna de sus anécdotas que ellos disfrutaban contarse. Nadie debía saber que ella estaba en la calle a las cuatro de la madrugada. Y, por último, debían largarse de inmediato.

No hubo objeciones.

Dicho y hecho esto, condujo el auto hasta un almacén que abría las veinticuatro horas. Compró una botella de agua, unas toallas húmedas y unos cigarrillos, todo por cuenta de Fabián. Limpió la cara y la boca del muchacho con delicadeza, le acarició la mejilla y le dio un suave y cariñoso beso a modo de reconciliación. Sintió un sabor a sangre que no le molestó en lo absoluto. Se fumó los cigarrillos uno a uno hasta que ya casi eran las seis de la mañana. Condujo de nuevo al parque y esta vez estacionó correctamente el auto. Abrió la botella de agua y la vació completa en la cara del muchacho.

Leticia abrió los ojos de repente, volviendo a la realidad. El partido ya había acabado. El bullicio parecía confirmar una victoria de su equipo, aun así, prefirió seguir mirándose en el espejo antes de salir para unirse a la celebración. Sonrió recordando como Fabián jadeaba, se ahogaba y se retorcía dando arcadas mientras ella se alejaba rumbo a su casa. Se acomodó el pelo y planchó su uniforme con las manos. Algo en su reflejo había cambiado, pero no sabía que era. No. No cambio nada, volvió a ser como antes. Maldita sea.