XV
El día estuvo fatal. Primero, despertó con el sonido del teléfono celular media hora antes de que se active la alarma. Era él, otra vez. Tuvo que apagar el aparato y tenerlo así durante todo el día. Viéndose en el espejo para peinarse y arreglarse noto de nuevo ese cambio en su mirada que tanto la molestaba al no poder saber por qué ocurría. La incomodaban como dos ojos vigilantes cuando comes en público. Luego, en el colegio, ni Fernanda ni Tania tenían interés de hablar de otra cosa que no sea de su ex novio.
–¿Podemos hablar de otro tema? –insistió Leticia por quinta vez.
–Como quieras –respondió Fernanda torciendo la boca–. ¿Supiste que esta fuera del equipo?
Al llegar a su casa, el ambiente estaba por demás tenso. Su madre había tenido una discusión con un maestro de Henry debido a su hiperactividad y poca predisposición a acatar las órdenes. Esto había desencadenado un nuevo altercado con su padre, quien se empeñaba en defender al niño. <
–Díselo a mamá si quieres –amenazó Leticia– y no vuelvo a ayudarte con tus tareas nunca más.
Ni hablar, si Henry no cumplía con los deberes escolares tendría que despedirse del fútbol, de sus juguetes y quizá hasta de sus amigos.
Por último, y para coronar el mal día, ya entrada la noche, al encender el móvil vio como diez llamadas perdidas de Diego a distintas horas. Se sintió culpable y lo llamo de inmediato.
–Tranquila, solo estaba algo preocupado –dijo Diego al oír las desesperadas excusas de Leticia.
Eso no estuvo tan mal. Diego sí que era diferente. Y fue precisamente el notar esas diferencias con Fabián lo que le trajo a la mente algunos recuerdos.
Ya llevaban un tiempo como pareja. Ocho de mayo, la fecha del primer aniversario (aunque solo fuera un mes). Fabián no dejo de llamarla durante todo el día. Fátima le había confiscado el móvil, debido al bajón en sus notas en casi todas las materias en las últimas semanas. Por suerte Fátima dejo el teléfono en su recamara. Por suerte Leticia lo había puesto en modo silencioso. Por suerte a Fabián no se le ocurrió ir a buscarla al colegio. Por suerte Henry había ganado el campeonato de futbol en su colegio. Y por suerte su padre se lo llevó a él y a su madre a festejar, dejándola a ella sola, con un malestar fingido y con la casa a su disposición.
Entró al cuarto de sus padres, tomo el móvil y llamo a Fabián para que fuera hasta allá. Se arregló lo más que pudo antes de oír un derrape de ruedas en la calle. Fue directo a la puerta solo para descubrir que estaba cerrada con llave. Solo su madre podría hacer algo así.
–Tampoco piensas abrir –reclamó Fabián desde afuera.
–No es eso, mi madre no me dejo la llave –respondió Leticia.
–¿Qué acaso eres una niña? Ni siquiera quieres contestar cuando te llamo.
–Mi madre me quito el teléfono.
–Quieres dejar de culpar a tu madre por todo.
Había algo raro en su voz y en su forma de hablar. Fabián estaba ebrio. Sería la primera vez que Leticia lo vería en ese estado.
–Espera un segundo si –le pidió y subió corriendo las escaleras hacia su cuarto–. Sube –le dijo desde su ventana que daba directo a la calle.
Fabián la miro de reojo y arrugo el rostro mientras soltaba una maldición entre dientes. Cruzó el jardín de la entrada y se trepo a la pared usando el canal para el agua. Trató de agarrarse del alero de la ventana, pero el impulso no fue el suficiente, perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre el césped. Leticia soltó una risita inocente que a él no le hizo nada de gracia.
–Por qué no mejor bajas tú –gritó enfadado y aun tirado en el pasto del jardín.
–Intenta de nuevo, vamos –le animó Leticia.
–Olvídalo, no estoy para estas estupideces. Mejor me voy.
–Pero hoy cumplimos un mes.
–No creí que te importara.
Se levantó con dificultad y le lanzo una mirada acusatoria llena de rabia.
–Basta por favor. Ya te dije fue mi madre… –comenzó a decir Leticia.
–¡Deja de culpar a los demás! –rugió Fabián.
–Deja de culparme a mí.
Fabián se dio la vuelta y caminando rumbo a su auto. Al intentar pasar la reja del jardín, tropezó y volvió a caer, pero esta vez de bruces y sobre la acera. Leticia no sintió ganas de reírse.
–No te vayas así –le pidió con voz llorosa.
–Siempre me haces lo mismo –respondió él levantándose adolorido al tiempo que se sacudía la ropa–, no quieres contestar cuando te llamo, no quieres salir cuando vengo a buscarte…
–Te dije que subieras ¿Lo olvidas? Pero claro, estás tan borracho que ni siquiera puedes caminar bien.
Herido en su orgullo, Fabián volvió a cruzar el jardín, trepo por la pared agarrándose del canal vertical para el agua, y esta vez sí consiguió sostenerse del alero de la ventana. Se acercó lo más que pudo, Leticia lo agarró por la chaqueta y jaló hacia arriba para ayudarlo a subir. Cruzó a duras penas la ventana y se quedó tendido en el suelo una vez que tuvo todo el cuero dentro de la habitación. Reina ladraba y rascaba la puerta para poder entrar y ver lo que pasaba.
–Lo ves, no fue tan difícil –jadeó Fabián.
Leticia se acostó junto a él, le dio un beso en los labios y se abrazó fuertemente a su pecho ignorando el aroma a alcohol de su aliento y los ojos enrojecidos que le daban un aspecto de trasnochado.
–Aunque pudo ser menos ruidoso –le dijo.
–¿Me perdonas? –preguntó Fabián.
–No vuelvas a beber así –puso Leticia como condición–, pudiste haberte lastimado.
–Al menos te hice reír.
Fabián comenzó a besarla, primero en la frente, luego las mejillas hasta alcanzar sus labios. Respiro de su perfume hasta que le dolió la nariz. El sonido de una grúa estacionándose en la calle los puso en alerta. Leticia se incorporó de inmediato y se asomó por la ventana. Fabián tardo un poco en adquirir equilibrio, un tanto por el cansancio y otro tanto por los tragos que traía encima.
–¿Por qué nunca te estacionas bien? –le reclamó Leticia.
Algo referente a su vehículo ocurría ahí abajo, pero no le dio mayor importancia. Si subir le había costado, bajar sería una odisea.
–No importa –le respondió Fabián.
La abrazó por la cintura y se quedaron viendo al operario de la grúa enganchando el auto para llevárselo.
–Iré por el en la mañana –gritó Fabián.
El hombre se dio media vuelta para ver a la pareja abrazada y despreocupada mirándolo por la ventana.
–Tu nunca aprendes ¿Verdad muchacho? –dijo para sí mismo el hombre mientras abordaba su vehículo.
A pesar del mal día, ese recuerdo le hizo sonreír, y considero que tal vez no tenía nada de malo contestar la llamada de Fabián. De todas maneras, no importaría lo que quisiera decirle, nada cambiaria. O quizás sí. Aún conservaba algo de él en su interior y tal vez desecharlo de una vez haría que esa horrible sombra molestosa en el rostro dejaría de agobiarle el día. <