Chapter 14: XIV

El despertador insistía por tercera vez. Fabián se levantó con muy pocas ganas de iniciar su día. Hacía su mejor intento, en mucho tiempo, de habituarse a una rutina de ejercicio. La noche le había dado muy poco. Solo un extraño sueño en el que estaba en el colegio, pero no traía zapatos, y de su ex novia ni rastro. Aún estaba oscuro. Revisó el móvil para ver las llamadas recientes. Buscó el número de Leticia y presionó la opción llamar. Si no contestaba culparía al horario. Pensar que ya no existía nada, de lo que alguna vez fue todo, lo hacía sentirse miserable. No hubo respuesta.

Se vistió con la ropa deportiva que había dejado en el sillón la noche anterior. Sudadera, camiseta sin mangas, pantalones de tela polyester y los zapatos deportivos más limpios que pudo encontrar. Salió con cuidado para no despertar a su padre, quien ya no estaba en el sofá. Ramiro había despertado hace una hora y se había recostado en su cama sin poder conciliar el sueño.

Fabián caminó a prisa hacia el parque a manera de calentar un poco las piernas. Ramiro veía a su hijo por la ventana. Esta vez Fabián no estaba llegando a la casa a las seis de la madrugada. Esta vez se iba de la casa a las seis de la madrugada. Así de fácil pueden cambiar las cosas. <> se dijo Ramiro a sí mismo. Dieciocho años y él no podía cambiar. Aun pensaba en la mujer que lo fue todo para él, aun pensaba en la mujer que lo había abandonado sin importarle nada, aun pensaba en la madre de su hijo.

El día anterior había recibido en su oficina una llamada que se repetía dos veces al año, con suerte.

–Te envié, un regalo te llegara pronto –le dijo Silvia.

–Gracias, supongo que sé lo que debo esperar –respondió Ramiro.

Cuando eran novios, él siempre le regalaba peluches, tarjetas, flores y si la ocasión era demasiado especial alguna joya de no muy alto costo. Ella siempre le obsequiaba ropa. Camisas, corbatas, guantes…

–¿Cómo esta Fabián? –preguntó Silvia.

–Siempre me pregunta por ti.

–¿Todavía le respondes con lo mismo?

–Ya no es un niño Silvia. Voy a decirle la verdad.

–Debiste hacerlo desde el principio. Sabes bien que no volveré.

–Eso depende de ti Silvia, pero tu hijo no va esperarte por siempre.

–Tiene a su padre.

Siempre que esa llamada ocurría Ramiro se entregaba al dolor. A veces se iba beber, procurando que Fabián no se entere. En otras ocasiones se iba a caminar solo por la ciudad, a esos lugares que frecuentaba en su juventud. Alguna vez montaba su vieja motocicleta Jawa rememorando sus días de rebeldía. Esta vez se entregó al llanto. Lloró como nunca antes lo había hecho. Atrás quedó esa imagen de hombre duro e insuperable. El peso de su propia vida pudo más y doblego su fuerza como el viento a una rama tierna.

–No sé por qué sigues con lo mismo –le dijo Ernesto, su colega y viejo compañero de estudios, que había ingresado a su oficina a pesar de las advertencias–. Ella te amo, pero nosotros sabemos bien que de amor no se vive amigo mío.

Silvia se había embarazado a los dieciséis años. Ramiro aun estudiaba en la universidad. No se casaron, prefirieron vivir juntos los primeros años sin contratos. Entre trabajo y estudios, Ramiro no tenía tiempo para su nueva familia. Ella en cambio debía entregarse a un oficio tan exigente que necesitaba de toda su dedicación y amor: ser madre. Al cabo de dos años, Silvia había elegido. Era mejor mientras Fabián aun no podría recordarla. No se llevó nada, simplemente salió una mañana con lo que traía puesto y no volvió más.

–Sé que ya la has perdonado hace mucho tiempo –dijo Ernesto–, el problema es que tú sigues culpándote. Perdónate a ti mismo.

–¿Y olvidarla? –preguntó Ramiro– ¿Eso es lo que dices?

–No se trata de olvidarla, se trata de la manera en que vas a recordarla el resto de tu vida. ¿La recordaras como la mujer insensible que te dejo solo con tu hijo sin darte ninguna explicación? O la recordaras como la mujer a la que amaste, que te dio una razón para vivir y ser mejor persona cada día, pero que también tenía ilusiones propias y no podías obligarla a estar contigo.

Ramiro en verdad se alegró de ver a su hijo en casa esa noche. Se alegró de compartir siquiera un pequeño momento juntos. Y al verlo cambiar su vida con tan solo cambiar la dirección de sus pasos pensó que ya era hora de perdonarse a sí mismo.

Se vistió como siempre para el trabajo, camisa a rayas delgadas y corbata de color oscuro. Era las seis y media de la mañana y no hacía mucho frio. Buscó una chaqueta de cuero negro que tenía guardada en el ropero. Al ponérsela notó que le quedaba exactamente como cuando tenía veintitrés años. <>, pensó al ver la motocicleta cubierta con la tela plástica. Montó y encendió la moto con un solo movimiento de su pie derecho. Aceleró poco a poco para ir calentando el motor. Tenía planeado volver a las siete y luego irse en taxi a la oficina, pero cuando sintió la maquina rugir al acelerar al máximo se encontró a si mismo libre. Libre de todo recuerdo, los cuales eran demasiado lentos para alcanzarlo.

Fabián corría detrás de Karen todavía con bastante dificultad para seguirle el paso, pero sentía que esta vez el aire entraba con más facilidad en sus pulmones. Al verla tan libre y bella sintió algo nuevo en su interior. No se parecía a esas ansias desesperantes que sentía cuando estaba con Leticia, o ese vacío en el estómago que no le dejaba ni comer cuando tenían discusiones. Era una sensación por completo diferente, al punto que no le importaría seguir corriendo tras de ella, aunque en el proceso se quedara sin piernas.

–¿Tienes novio? –preguntó Fabián algo nervioso, mientras descansaban en una de las bancas del parque.

–¿A qué viene eso?

–Es solo una pregunta.

–¿Por qué? ¿Te interesa el puesto?

Fue como una sacudida de cerebro para Fabián. Aun andaba diciendo por ahí que amaba a Leticia por sobre todas las cosas, y que era ella o quedarse solo el resto de su vida. ¿Cómo podía intentar algo con otra persona?

–Hay cosas más importantes en que pensar –dijo Karen ante el silencio del muchacho.

–¿Cómo cuáles? –preguntó él.

–¿Ya pensaste que vas estudiar?

–Para ser honesto, no soy bueno en nada. Pero encontré algo el otro día, creo que era de mi padre.

–¿Qué?

–Una cámara fotográfica.