XVI
–Es raro verte bajar de un taxi –observó Alex.
–A mi padre le dio por usar la moto –respondió Fabián algo somnoliento.
Karen y él no habían salido a trotar esa mañana. Al ser su día libre, ella prefirió visitar a sus padres, a quienes no veía más que una vez al mes, y pensaba darles una sorpresa llegando muy temprano.
Alex y Fabián entraron en un taller mecánico. Había varios vehículos, de marcas, diseños y colores diferentes, siendo revisados, restaurados, desarmados y retocados. Al fondo, listo para ser entregado, estaba el Mitsubishi Eclipse convertible de color negro, que Ramiro le había regalado a su hijo para que tuviera las suficientes ganas para graduarse del colegio.
–Bueno caballeros, yo cumplí mi parte. ¿Y ahora quien será el que cumpla con la otra? –pregunto Roberto con un tono alegre que solo usaba al momento de cobrar. Era el dueño del taller, de mediana estatura, vientre prominente y figura pesada, tenía una sonrisa desgastada que mostraba siempre al momento de enseñarles la factura por las reparaciones.
Alex tomo la factura y sacó su billetera. Sin mayor reparo tomo unos billetes de amplio corte, de los cuales tenía muchos, y pagó el monto requerido. Guardó el resto como si nada. Fabián no podía concebir lo que había visto.
–¿De dónde sacaste tanto dinero? –preguntó temiendo lo peor.
–Hey, no eres el único que se está reformando –respondió Alex–, tengo trabajo, por si no lo sabias.
–¿Trabajo? ¿Tú? –Fabián no podía dar credibilidad a esas palabras, y no pudo evitar soltar una risita burlona, pequeña pero sonora– ¿Desde cuándo?
–Pongámoslo así. He trabajado mucho más tiempo que tú.
Entre risas, Fabián escondió lo ofendido que estaba por el comentario de su amigo. En toda su vida, nunca se había gastado ni un centavo que hubiera ganado con su propio esfuerzo. Todo el dinero que le llegó a las manos era por cortesía de su padre.
–Seguro hay algo más –insistió Fabián e intento levantarle la camiseta a Alex.
–Tranquilo hombre, que no es así como trabajo –respondió Alex alejándose del muchacho desconfiado.
–¿Qué nombre te tatuaste ahora? ¿Por quién estas cambiando tanto?
–No todo se hace por una mujer amigo.
Roberto le entregó las llaves a Fabián, que insistió en conducir su auto a pesar de las peticiones de Alex. A esa hora, el tráfico los encerró en una calle céntrica de la ciudad sin poder moverse más que unos metros cada cinco minutos. Fabián vio en una de las calzadas de la calle un estudio fotográfico.
–Conduce un rato, ahora vuelvo –le pidió a Alex, quien lleno de entusiasmo tomó el mando del volante.
Bajó del auto y entró en el local. Era grande y espacioso, con varios mostradores y vitrinas. Al fondo había enormes estantes llenos de cajas y junto a estos, había una escalerita de madera plegable. También había varias fotografías en todas las medidas, enmarcadas en las paredes o pegadas desde adentro en el escaparate. La mayoría era de acontecimientos públicos como bodas y graduaciones. En la vitrina de los mostradores había varias cámaras fotográficas. Todas eran analógicas, desde las más antiguas con diseños curiosos y totalmente metálicos, hasta las más modernas con formas sofisticadas y atractivas. Fabián se quedó mirando una que era idéntica a la que tenía. Una Minolta plateada con lente de cincuenta milímetros y correa de cuero. Cuando encontró la cámara de su padre guardada en una caja junto a pisapapeles y lámparas viejas, le había llamado tanto la atención, que se la llevo a su cuarto para limpiarla y examinarla.
–¿En qué puedo ayudarlo? –preguntó un hombre mayor que salió a atenderlo con paso lento. Su cabello era por completo blanco y solo alcanzaba para poblar los costados y la nuca. Sus manos gruesas estaban cubiertas con guantes plásticos. Tenía un vientre no tan voluptuoso y los pies avanzaban como si pesaran más de lo debido. Vestía una camisa y pantalón de tela perfectamente planchados y un suéter de lana color verde con botones. Sus anteojos de marco amplio y delgado le daban una apariencia de maestro de matemáticas.
–Necesito película para una cámara analógica, una como esta –respondió Fabián señalando la cámara en la vitrina.
El hombre esbozó una sonrisa amplia y llena de satisfacción. Para su edad sus dientes eran blancos y casi perfectos. Fabián no tardo en notar que eran postizos. Avanzo lento, se dio vuelta hacia los estantes mientras miraba a todos lados buscando entre varias cajas. Fabián lo observaba atento y listo para apartar los ojos si le parecía que estaba incomodando al anciano. Con la escalera, después de haber rebuscado con los ojos, el hombre alcanzo una cajita que estaba en un nivel superior entre otros cajones. Dejo caer algunas otras cosas mientras trataba de agarrar lo que buscaba. Cuando al fin lo hubo logrado luego de varios minutos, y con la frente sudorosa, le entrego lo que había pedido.
–Esta es de la mejor –le dijo–. Ya no hacen de esta marca.
Fabián tomo la cajita en sus manos y la examinó sin saber que revisaba exactamente. Le gustaba aparentar ser un conocedor de todo tema que llegaba a abordar. Muchas veces se había metido en embarazosos momentos cuando le hacían preguntas que no podía contestar. Resignado al darse cuenta de que no tenía ni idea de la fotografía hizo su orgullo a un lado.
–¿Puedo pedirle un favor? –le preguntó.
–Adelante muchacho lo que quieras –su tono era amable y paternal.
–Podría decirme ¿Cómo le pongo esto a mi cámara?
El hombre soltó una carcajada al ver que la pregunta del muchacho era por completo seria. Fabián no se molestó en lo absoluto ya que de verdad necesitaba la ayuda.
–Hagamos un trato –se adelantó a decir Fabián–, veo que necesita a alguien que le ayude, yo puedo hacerlo así pago lo que me enseñe.
El hombre lo miró con ojos severos, su sonrisa se le había desvanecido. Fabián casi se arrepintió de sus palabras. De repente el hombre asintió con la cabeza aprobando la solicitud.
–No estoy tan viejo muchacho, pero si necesito ayuda.
–Muy bien ¿Cuándo empiezo?
–Depende de cuanto quieras aprender.
Era extraño. Un hombre que ya no podía caminar con normalidad tenía la mente más ágil que Fabián había visto. Cada pregunta era contestada con respuestas sencillas, pero a la vez ingeniosas.
–Cada vez que dispares, mueve esta palanca –le explicaba–, así haces que la película avance.
–¿No funciona automáticamente?
–Ah sí, olvidaba que todo hoy en día es automático. Pues esto no. Tienes que hacerlo tú mismo, así si lo olvidas aprenderás mejor la lección.
Con un apretón de manos firme, Fabián se despidió de Demetrio, como dijo que se llamaba, y prometió estar de vuelta en dos días por la tarde.
Al salir de la tienda, solo fue cuestión de caminar media cuadra para alcanzar su vehículo. El embotellamiento era agobiante, el calor sofocaba y el aire olía a humo de motor y sudor. Alex estaba extrañado al ver a Fabián subiendo al auto silbando una canción de Bon Jovi y quitado de toda pena, mientras él traía la ropa húmeda de traspiración.
–¿Estas saliendo con la chica que conociste en el bar? –preguntó Alex.
–Son muy amigos al parecer –respondió Fabián evadiendo la primera pregunta–, sé que le has contado toda mi vida.
–Solo respondí sus preguntas –concluyó Alex.
–Las cosas personales me corresponde decírselas yo, no tú.
–Ósea que la cosa va en serio.
–¿Quieres ponerle atención al camino?
Fabián prefirió no volver a tomar el volante, pero antes le advirtió a su amigo de que sea cuidadoso en extremo, ya que necesitaba el auto en perfecto estado para el día siguiente.