Capítulo Sesenta y Dos
Estaba de nuevo en la casa donde me había mandado Alexander, me encontraba sola y de repente, tenía al frente de mí a Thomas, al igual que la realidad, ¿esto era un sueño? Y escuchando un ruido de disparo, veía ante mis ojos como caía Thomas ante mí, gritando fuerte, me despertaba mirando hacia todos lados, me daba cuenta de que estaba en el hospital, todavía veía borroso, pero se iba aclarando más, cuando escuchaba unos paso, buscaba con mi vista quien era, y observaba a Thomas caminando de un lado a otro, sonreía notando lo bien y saludable que estaba, sin olvidar que seguía perfecto para mí, al verme él se acercaba a mí.
—Thomas… Alexander, ¿Está bien? —. Preguntaba un tanto nerviosa por la respuesta y el solo asintió.
—Sí, está bien… —. Fue lo único que respondió.
—Eso es bueno —. Me sentía ahora mismo relajada, al final mis sueños eran solo pesadillas, solo eso. Pero recordaba al bebé, cuando iba a llevar mi mano a mi abdomen, Thomas empezaba a hablar.
—Lizbeth, estás bien y nuestro bebé también lo está. —. Posaba su mano sobre mi abdomen, no caía en cuenta a lo que decía, lo miraba a él y a su mano, sobre todo su reacción, mis lágrimas no tardaban en salir, Thomas fruncía el ceño, secándolas.
—Lloro por felicidad, al observar tu reacción… Felicidades, Thomas vas a ser Padre —. Diciendo esas palabras, sonreía feliz y llorando a la vez, Thomas esbozaba una sonrisa, inclinándose sobre mí, apoyaba su frente sobre la mía sin dejar de acariciar mi abdomen—. Para ti también, Lizbeth —. No sabía muy bien que decir, por lo que opto por depositar un suave beso sobre mis labios, correspondía tomándolo de nuevo de sus mejillas para profundizar el beso, hacia todo lo que él me enseñó, nos separábamos aún no creía todo lo bueno que estaba pasando, seguía pensando que era un sueño, él tomaba mi mano y yo sin apartar la mirada de él.
—Sé que es tarde para decir esto y no sé cómo mierda se hace pero... ¿Quieres casarte conmigo? Te amo… necesito tenerte conmigo hasta que del último suspiro de mi jodida vida —. Sin dejarme responder y emocionándome, sacaba un anillo del bolsillo de su pantalón, poniéndome el anillo de compromiso, en mi dedo anular de la mano izquierda.
—Déjame decirte... —. Veía su expresión de miedo y sonreía asintiendo —. ¡Sí!, ¡si quiero Thomas!
Ya habían pasado varios días y estábamos en casa con los preparativos de la boda, teníamos una boda íntima solo para nosotros e invitados de Thomas, él jamás dejaría de ser un mafioso, pero esta vez era mío, mi mafioso. Nunca me metía en sus negocios, sin embargo, trataba siempre de que hiciera lo correcto.
Amelia me había ayudado a elegir un vestido de novia, me miraba frente al espejo vestida así y no lograba creerlo. Acomodaba y pasaba mis manos sobre las curvas, tenía ya dos meses de embarazo, aún no se notaba, pero me sentía linda, y para Thomas me seguía viendo sensual, sentía que me ardían las mejillas, en eso entraba Amelia.
—Mi niña te ves muy preciosa, ¿Te puedo colocar el velo? —. Preguntaba, al mirarla, sonreía feliz, mirándola.
—Claro que si Amelia, eres mi dama de honor —. Me agachaba un poco, el estar con tacos me hacía más alta que Amelia, ella lo colocaba y lo acomodaba.
—Thomas, está en la puerta, le dije que no entrará porque era de mala suerte, así que está afuera refunfuñando —. Nos reíamos y en ese instante entraba, Thomas en la habitación, su vista se clavaba en mí y al observar sus ojos, mi cuerpo se estremecía, sintiendo un calor que recorría todo mi cuerpo, sobre todo en mi parte íntima.
—Bueno… los dejo solos —. Me daba un apretón de mano y ella se retiraba cerrando la puerta.
—Te ves… perfecta —. Comentaba y en un santiamén tenía sus manos sobre mi cintura y yo apoyaba ambas manos sobre su pecho, acariciándole.
—Siempre dije y pensé que eres perfecto…—. Lo miraba y agradecía de tener tacos altos—. Asimismo en trajes, te ves muy sexy para mí —. Su sonrisa era pícara y sin esperar más, se inclinaba dándome un beso profundo, anhelaba ese beso, me aferraba a su cuerpo, necesitaba tenerlo cerca de mí y él también lo necesitaba.
—Para mí, te ves preciosa y sexy con todo tipo de ropa, pero desnuda, eso es exclusivamente para mí —. Se iba agachando subiendo la falda del vestido, mi corazón se aceleraba, porque deseaba que pasara eso. Pero nos interrumpía golpeando la puerta.
—Señor y Señora Evans, el Pastor los está esperando —. Se escuchaba y yo trataba de detener a Thomas.
—No, no lo hagas… por favor Thomas. Si no, no querré salir más de esta habitación —. Explicaba en contra de mi buen juicio. Él se levantaba, posando ambas manos sobre mis nalgas.
—Esta noche, nadie te salvará —. Sus palabras estaban tan llenas de promesa, me excitaba aún más, ofreciendo su brazo, me aferré a él, caminamos hasta llegar al patio, al hacerlo el Señor James, me estaba esperando.
—Señor Evans, permítame llevarla —. Este lo hacía de mal modo, me sujetaba del brazo de él—. Gracias por darme este privilegio.
—Gracias a ti, Señor James.
Salíamos, sonaba la orquesta tocando la marcha nupcial, había hecho una decoración divina, el mismo Sr. James, un grupo de gente con traje acompañados de exuberantes mujeres y otros con sus familiares. Mi vista iba a donde estaba Amelia, sonriendo y más al ver a Zach, como padrino de su hermano, llegando al altar, Thomas se giraba para mirarme y al fijar mi vista en él, mi mundo se detenía, él extendía su mano, enseguida aceptaba esta. Parándome frente a él, el Pastor comenzó a hacer los honores, nos salteamos la parte de decir nuestros votos, porque no deseaba hacer sentir mal a Thomas, ya le costaba mucho todo esto.
— ¿Thomas Evans, acepta como esposa a Lizbeth Lloyd? ¿Para amarla y respetarla, en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad? —. Mis ojos se llenaban de lágrimas, no aguantaba, el estar embarazada, me volvía muy sensible.
—Sí, aceptó. —. Respondía Thomas sujetando suavemente y acariciando mis manos—. Ella me cambió, me hizo conocer de nuevo lo que era la palabra amor… Y la palabra confiar… Algo que nunca tuve, maldita sea… pero estoy loco por Lizbeth Lloyd y quiero que todos aquí presentes lo sepan —. Todos se ponían de pie aplaudiendo, soltaba su mano para secar mis lágrimas, este hombre pretendía que me enamorará aún más de él.
—Bueno… Lizbeth Lloyd ¿Usted acepta por esposo a Thomas Evans? ¿Para amarlo y respetarlo, en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad? —. Continuaba el pastor.
—Si… —. Susurraba con una voz de hilo, por la emoción, trataba de calmarme y Thomas se acercaba más a mí para que me apoyara en él, levantando mi velo, secando mis lágrimas —. Sí, aceptó… Dios mío, siempre te aceptaré Thomas, ya sabes que hablo de más cuando estoy nerviosa, pero ahora hablo de más porque estoy emocionada… creo que la única palabra que puedo decirte y repetirla hasta el fin de los tiempos, es que Te amo, mi Señor Evans —. Él sonreía, esa sonrisa que solo conocía y la hacía para mí.
—Ahora los declaró marido y mujer, puede besar a la novia —. Nos daban permiso y Thomas me tomaba del rostro acariciando mis mejillas con sus pulgares.
—Al fin eres mía, solo mía. Señora Evans —. Sonría al escuchar lo que decía y sin esperar más nos besamos, y todos se volvían a levantar de sus asientos para aplaudirnos.
La mayoría de la noche, durante la cena estuvimos juntos, Thomas no se separaba de mí. Amaba tenerlo así, Bailamos el vals o más bien solo estuvimos abrazados, mirándonos y acariciándonos, como dos locos enamorados y considero que así era.
Nos volvíamos a sentar, comía algo para sentirme llena, y él se levantaba para ir a hablar con sus hombres. Yo hacía lo mismo, todos bailaban, y Zach me sacaba a bailar, disfrutaba de pasar tiempo con él.
— ¿Por qué nunca me dijiste que eras hermano de Thomas?
—Lo siento, Mi Lizbeth, pero era un secreto, solamente lo sabíamos Thomas y yo. Era la única forma de detener a Alexander. Pero ahora no hablemos de eso, él está bien y Thomas también. —. Me abrazaba y yo correspondía, él depositaba un beso en mi frente y yo lo obligaba a inclinarse para besar su mejilla, sentía que lo alejaban y Zach se reía.
—Zach, ¿Quieres morir?
—Estoy bailando con mi Lizbeth, no es solo tuya.
— ¿Qué mierda estás diciendo? —. Me metía en medio de los dos y en eso Thomas me cargaba estilo princesa, llevándome lejos de la fiesta. Ya dentro de la casa subía las escalares hasta llegar a la habitación, su habitación, la cual ahora era nuestra, entraba y cerraba con llave la puerta, para sentarme en la cama.
—Thomas… Todavía no se han ido las personas…—. Me agarraba calor cuando se arrodillaba, levantando mi falda, dejando ver mis muslos.