Capítulo Cincuenta y Cuatro
—No sé cómo se hace esto… —. Comentaba agarrando mi mano para entrelazar nuestros dedos.
—Decir… lo siento, ya con tu acción me lo haces sentir Thomas. —. Comentaba sonriendo, lo notaba un poco cambiado, pero ¿Por qué se encontraba así?
—Lizbeth, debo preguntarte algo.
—Dime. —. Me entraba curiosidad el saber que me preguntaría.
— ¿Alexander te dijo algo inusual? —. Enseguida me percataba de lo que trataba de preguntarme, me decepcionaba al escucharlo, pensaba que me preguntaría, si yo lo había extrañado. Pero al advertir en su mirada, olvidaba mi decepción, necesitaba responderle y con sinceridad.
—Mencionó unas cosas, sobre su pasado en el que tú habías hecho algo… y no me dijo más nada —. Apretaba suavemente mi mano, yo le devolvía el apretón. Sin romper el contacto visual, siendo él, el primero en romperlo.
— ¿No dijo más nada?
—No, no dijo nada. No te preocupes Thomas, no reflexiones en eso. Solo tienes que pensar en tu recuperación —. No respondía nada, nos invadía un silencio ensordecedor, sabía que tenía que ser yo la que hablará de nuevo —. Thomas, tienes que dormir —. Me trataba de levantar de su regazo, pero él me lo impedía.
—Lizbeth, Tú… Me prometes, que si te enteras de lo que hice…—. Se encontraba bastante nervioso con lo que decía, sin mirarme a la cara siguió hablando—. ¿No me dejarás? —. Diciendo lo último, nuestras miradas se encontraban nuevamente, estaba atónita, no solo por su pregunta, sino por su avance y su miedo… por ¿perderme a mí? Sin creer en los por menores o en lo que había sucedido en su pasado.
—No, no te dejaría Thomas, no huirá de ti —. Respondía con esa sinceridad que nace del alma, si apartar la mirada, me soltaba de su agarré, para acariciar su mejilla, él se encontraba atemorizado, me dolía el corazón verlo así.
— ¿Me mientes? —. Murmuró.
— ¡Claro que no! —. Me dolía el saber que todavía no confiaba en mí.
—Tú… te irás —. Comentaba y sin poder aguantar más pose mi mano sobre su boca para callarlo, él me miraba ahora si estupefacto.
—No me iré Thomas, ¿Cómo podría dejar al hombre que amo? Te lo diré incontables veces hasta que entre en tu cabeza dura y entiendas cuanto te amo —. Seguía emocionada por lo que volvía a llorar, me secaba las lágrimas y el poso su mano sobre mí mejilla.
—Lizbeth… —. Acariciaba mi labio inferior con su pulgar y notaba que su vista estaba fija en mi boca.
—Thomas, mírame…—. Susurraba y al mirarme, advertía su color de ojos, el turquesa se tornaban oscuro, ese instante mi boca se secaba, mi deseo carnal volvía, pero estaba vez con mucho más anhelo la distancia entre los dos, había hecho crecer aún más mi hambre.
— ¿Puedo besarte? —. Su pregunta, negando, me tomaba en un momento de excitación, pero debía empezar a pensar con la cabeza y no con mi cuerpo; sin embargo, deseaba con toda mi alma.
—Sí, puedes Thomas.
Al escuchar mi respuesta, esbozaba una sonrisa que me hacía acelerar mis latidos de mi corazón, me esfumaba las dudas junto con la voluntad que había tratado de retener en mí, se acercaba a mí teniéndolo tan cerca que con impaciencia quería romper la distancia que nos separaba, pero él me detenía lo miraba fulminándolo.
—Me preguntas si puedes besarme, te digo que sí y cuando quiero hacerlo, me detienes… No te entiendo Thomas —. Mi respiración se aceleraba aún más por él enojó de no dejarme que lo besara.
—Haz silencio Lizbeth Lloyd —. Murmuró y deposito un beso suave para capturar mi labio inferior jalándolo, cerraba los ojos dejándome llevar por la perfecta sensación, después me besaba de verdad, un beso profundo, seguía su ritmo rodeándolo con los brazos alrededor de su cuello él metía su mano debajo de mi blusa acariciando mi espalda, haciéndome estremecer, arqueando la espalda, podía sentir como sonreía sobre mis labios volviendo a besarme llevando ahora su mano directo a mis senos, apretándolos provocando que jadeara sobre sus labios, estos se endurecían al toque de su mano, el continuaba con él juego de estimularlos.
Mi cadera comenzaba a moverse, dejaba de acariciarme para deslizar su mano por mi abdomen hasta llegar al botón de mi jeans, desprendía el botón y cuando metía su mano, recordaba que estaba en mis días por lo que tuve que separarme de su boca rompiendo el beso, él me sujetaba de la nuca para volver a besarme correspondía, nunca podía negarme ante sus besos caía rendida ante él. Llevaba ambas manos a sus hombros para detenerlo, notando mi reacción se separaba, ahora era el quién me fulminaba con la mirada.
— ¿Qué mierda te sucede? —. Preguntaba de mal modo.
—Estoy en mis días, bueno es mi último día, Thomas, es vergonzoso decir esto ya no me mires —. Respondía sintiéndome lo bastante avergonzada, volvía a abrochar el botón de mi jeans.
— ¿Y qué sucede con eso? —. Posaba mi mano sobre la mía, jugando con el botón de mi pantalón, me ponía nerviosa este juego, se estaba divirtiendo con mi situación.
— ¿Y? De verdad me preguntas eso… Es vergonzoso, para mí. Yo —. Me ponía nerviosa el decirle estas cosas a él, tragaba saliva, trataba de levantarme, pero él no me dejaba levantar, la situación me hacía sentir incómoda —. Sabes muy bien que tú fuiste el primero… a lo que quiero llegar es… que jamás lo he hecho, estando con mi periodo —. Todo lo que trataba de explicar, lo hacía sin mirarlo, por lo que él me volvía a sujetar mi mentón para hacer que lo mirará.
—No lo haremos… pero —. Se acercaba para susurrarle a mi oído—. Estando así, te vuelves aún más sensible —. Su voz se clavaba en mi parte íntima, mordiéndome sin darme cuenta el labio inferior con fuerza, me volvía a encontrar con su mirada—. Se va a sentir muy bien —. Murmuraba esperando y disfrutando de la reacción que tenía.
—No… Intentes jugar conmigo Thomas —. Dejaba de mirarlo, no paraba de pensar en lo que había mencionado, eso de que se sentiría mejor, ¿qué yo estoy más sensible? No lograba evitar que mi cuerpo y sobre todo mi parte íntima le diera curiosidad, más bien, me excitaba sintiéndome nerviosa con la situación, moviéndome sobre sus piernas, Thomas posaba su mano sobre mi muslo apoyando su cabeza en mi hombro, sabía que él notaría como me encontraba.
Trataba de mantener la calma, él deseó, especialmente mi deseó carnal, anhelaba estar de nuevo con él, volver a ser uno. No lograría ganar la batalla contra mí misma, el amor, el estar enamorada me hacía perder el control. Jamás creí que un día estaría peleando con mi propio deseo sexual, claramente estaba perdiendo, posaba mi mano sobre la de él acariciándole, sentía mis propios latidos de mi corazón que se aceleraban, un suspiro de él me sacaba de mis pensamientos.
—Lizbeth, no haré nada —. Murmuraba y alzaba la vista para mirarlo, notaba enseguida que estaba un poco pálido por lo que me levante de la camilla.
—Acuéstate bien, Thomas —. Sin quejarse me hacía caso, acostándose —. Voy a ir a buscar un Doctor —. Lo cubría bien con las mantas, cuando estaba por alejarme, él me tomaba de la mano —. ¿Qué sucede? ¿Te sientes mal? —. Preguntaba posando la mano sobre su frente —. Thomas tienes un poco de fiebre, maldición y yo pensando en… —. Me quedaba callada y él se reía de mí.
—No te escaparás de mí, Lizbeth —. Sujetaba fuerte mi mano, él cerraba sus ojos, esto me ponía nerviosa, pero debía mantener la calma. Se volvía repetir la misma escena en la ocasión en la que lo conocí y lo salvé, también por ello su hermano me odiaba y ahora, por mi culpa, Thomas resultó herido. Solo Dios sabía lo culpable que me sentía, dejaba de pensar, volver a revisar su temperatura.
—Parece que está subiendo… Esto pasa porque te levantaste a merodear por el hospital cuando salías de quirófano —. Voy a buscar al Doctor —. Susurraba en voz baja, me soltaba suavemente de su agarré. Logrando salir de la sala para ir a buscar al doctor, este me acompañaba volviendo a entrar a la habitación, Thomas se encontraba de pie y al verme entrar se abalanzó sobre mí, sujetándome del rostro, acariciando mis mejillas con sus pulgares, me dejaba atónita su reacción tanto así que no supe cómo actuar. No podía apartar la vista de sus ojos, notaba que estaba “asustado” o “perdido” me partía el corazón en dos, que le habrá pasado en su pasado para que él estuviera así.
—Señor Evans, debe mantenerse haciendo reposo.
Él trataba de alejarlo, entonces caí en cuenta de que debía hacer algo, posaba ambas manos sobre las suyas.
—Doctor, yo me encargo… —. Ordenaba sin apartar la vista de él ni un segundo —. Thomas vamos a la camilla… —. Él negaba a lo que decía sin responderme, por lo que trataba de hacerlo caminar, pero todos mis esfuerzos eran en vano—. ¿Quieres ir a la cama conmigo? —. Diciendo eso sentía como ardían mis mejillas por el calor de la vergüenza al tenerlo con nosotros al Doctor en la misma habitación.
— ¿Por qué te fuiste? Maldición… Lizbeth… creí que… —. Se quedaba callado, apartando la mirada.
—Me fui porque te estaba subiendo la fiebre, no lo hice a propósito Thomas. Basta de charlar, ve a la cama —. Ordenaba con la poca autoridad que llegaba a tener, me sorprendía observándolo como caminaba sin pronunciar ni una palabra, acostándose en la camilla, el doctor se acercaba para revisarlo y permanecí a un costado en la sala. Me mataba por dentro el verlo así, posaba la mano sobre mi pecho como si eso fuera a calmar mi dolor.
También me angustiaba el no saber cómo ayudarlo, trate de alejarme y los problemas me alcanzaban, sin darme cuenta mis propios problemas alcanzaban a los que estaban a mi alrededor. Negaba ante estos pensamientos negativos que tenía, volvía a concentrarme en ellos, el doctor llamaba a un enfermero dejando que este se encargará de ponerle la intravenosa, el doctor se acercaba a mí, mi vista iban desde el enfermero y volvía a mirarlo, observaba como le ponía suero para estabilizarlo.
—El suero lo pondrá bien, bueno, señorita, le voy a pedir que se retire.
—Muy bien y gracias doctor —. Comentaba asintiendo a lo que decía, él se despedía y pedía permiso para abandonar la habitación, en ese preciso momento Thomas tomaba asiento en la cama, el enfermero lo regañaba y este lo tomaba muy mal.
— ¡Demonios! El único que se va de esta sala, es usted —. Le decía de muy mal modo, acercándome a él para tratar de apaciguar.
—Perdón —. Murmuraba, avergonzada y sintiéndome mal por ese pobre chico, enfadada, mire a Thomas, fulminándolo con la mirada —. ¿Qué te pasa contigo? Cómo vas a tratar así a ese pobre chico…—. Él también me fulminaba con la mirada, sintiéndome un poco intimidada por lo que deje de mirarlo.
—Tengo mis razones.
Fue lo único que me respondía, sentándome en el sofá mirando en dirección contraria, no quería ni mirarlo, ¿Cómo se podía de pasar de un momento excitante a un muy mal momento? Suspiraba profundo, entendía la situación y caía de nuevo que Thomas estaba así por mi culpa, debía hallar la forma de encontrarme con Alexander, negaba ante mis malas ideas, me tomaba de la cabeza masajeando suavemente.