Capítulo Cincuenta y Tres
—Si, y así como saliste de esa, lo harás ahora. Si no jamás te lo perdonaré. —. Escuchaba su risa y eso me daba vida, llegábamos al hospital. Zach bajaba rápido y lo ayudaba para que bajara del auto, después lo hice yo y corrí para avisar en el hospital, salían dos enfermos con una camilla para acostarse y llevarlo, me invadía un dolor y una ausencia al advertir que lo llevaban, Zach se acercaba a mí pasando un brazo sobre mis hombros y así me ayudo a entrar al hospital, guiándome hasta la silla sentándome en ella y Zach sacaba un pañuelo de su bolsillo, secándome las lágrimas.
—Lizbeth, debes estar tranquila, si no me pondré mal yo también.
—No Zach, si te pasa algo también a ti, ya moriré de tristeza —. Sin poder aguantar más volvía a llorar, sentía demasiado dolor. Él se sentaba a mi lado abrazándome y me dejaba estar con él. Venía una enfermera para llevarme a un consultorio, atendiendo mi herida.
Salía y Zach me estaba esperando afuera.
— ¿Te sientes un poco mejor? —. Sonreí y verlo me hacía sentir un poco mejor.
—Si… También me hace bien volver a verte Zach —. Caminaba hacia él abrazándolo, él correspondía y así caminamos para sentarnos, me había dado un analgésico, lo cual me había relajado, pero el estar sentada de nuevo y viendo a donde se habían llevado a Thomas. —. Zach, no han dicho nada ¿Cuánto más tendremos que esperar? Si él estaba bien… o ¿era mi ceguera que no me dejaba ver bien?
—La que tiene que estar bien, eres tú. Deja de preocuparte por los demás —. Me apoyaba en él sin dejar de mirar a las puertas.
—Alexander… odia a Thomas por algo que hizo. Me dijo muchas cosas en contra de él… ¿Tú me contarías que sucedió? —. Hacia la pregunta, de igual modo, sabía que él tampoco querría hablar conmigo, inclusive Amelia. Ninguno quería involucrarme, pero nadie se opuso cuando Thomas me sacó de mi casa. Si alguien le hubiera dicho que no lo hiciera, no estaría sufriendo, sintiendo esta eterna tortura que es el amor.
—Lizbeth, eso debe contártelo Thomas, yo no debería hacerlo… porque me metería en algo privado de él y su familia. Tienes que tratar de entender esta extraña situación —. Me molestaba lo que decía, sin embargo, tenía razón, pero la pregunta era que me hacía a mí misma ¿Cuánto tiempo aguantaría? Dios daba paciencia y la mía, dependía de un hilo.
—Olvida lo que te dije Zach, perdóname por ser tan molesta con este tema, por cierto ¿llamaste a Amelia? —. Se acomodaba en la silla, negando.
—No, aún no se lo he dicho, pero es mejor que no lo sepa, ha estado muy nerviosa desde que te fuiste…
—Y con mi llamada la puse aún más nerviosa… Debería disculparme con ella —. Jugaba con mis manos, Zach me agarra ambas manos y fijaba mi vista en él.
—Te lo digo, no para que te sientas mal, Amelia se preocupa como si fuese tu madre, es algo natural en ella —. Escuchándolo provocaba que sonriera y nos cortaba ese momento cuando sonaba el celular de él —. Debo atender, permiso —. Se levantaba dándome un beso en mi cabeza, viendo cómo se iba, llevaba mi mano al pecho y cerraba los ojos para tratar de calmarme yo misma, debía dejar de refugiarme en los demás, pero era algo imposible y más cuando es que se abrían las puertas saliendo un doctor, me levante rápido y me acerca a él.
— ¿Usted es familiar del Señor Evans? —. Su pregunta me ponía nerviosa, pero lo que me quitaba el aire y mi tranquilidad, era lo que seguía después de eso.
—Si…—. Respondía con un hilo de voz, los nervios me estaban comiendo viva.
—Él Señor, se encuentra bien y fuera de peligro.
— ¡Ay Dios mío, gracias doctor! —. Lo interrumpía el escuchar eso, me devolvía el aire, la vida, inclusive mi felicidad y bienestar. El saber que estaba bien, era lo más importante.
—Pensamos que había tocado su pulmón, pero gracias a Dios, todo fue una falsa alarma. —. Deducía que estaba sonriendo por cómo se le marcaban los pómulos debajo del barbijo.
— ¿Puedo pasar a verlo? —. Preguntaba un tanto ansiosa por saber cómo se encontraba.
—Después que pase a sala común, una enfermera te avisará —. Asentía y volvía a sentarme, pasaban unos minutos y sin poder aguantar, me levanté, quería darle las buenas a Zach, en eso me agarraban del brazo, girándome para ver quién era, quedaba atónita al observar a Thomas.
— ¡¿Thomas, que haces aquí?! —. Gritaba y él posaba su mano sobre mí boca.
—Shhh, ven conmigo —. Su voz me erizaba la piel y verlo con esa bata, un calor se apoderaba de mi cara y me hacía caminar rápido.
—No puedes estar parado y menos caminando, Thomas vamos a tu habitación. —. Lo decía tratando de hacerlo entrar en razón, pero él no me respondía al instante.
—Si allá vamos, Lizbeth —. Comentaba y eso encendía mi rostro, sus palabras prometían, pero no dejaría que nada sucediera o era lo que trataría de hacer, llegando y esquivando a los enfermeros, médicos. Llegábamos a la habitación y este cerraba la puerta dejándome sola en el medio de la sala, cuando me giraba él se apoyaba en la puerta mirándome o a mi parecer estaba enojado, camina sin quitarle la mirada de encima chocando con la parte inferior de la cama. Trataba de mantenerme alerta, los hermanos Evans me estaban volviendo loca.
—Ven y acuéstate en la cama —. Lo decía muy en serio y él, con una sonrisa pícara, me hacía poner nerviosa, tragaba saliva, sabía que esto era peligroso —. A la cama, ¡Ya Thomas! —. Escuchaba una carcajada de su parte y veía como se acercaba a mí, alzaba las manos en dirección a él para detenerlo y de un momento me sujetaba del antebrazo mirando detenidamente.
— ¿Qué te sucedió? —. Mis piernas flaqueaban al escuchar su voz, con mi mano libre me sujetaba del pie de cama —. Responde —. Levantaba un poco el timbre de voz, sobresaltándome.
—Me caí en la casa en donde me quedaba —. No iba a decirle la verdad, no quería que se llenara de odio con su hermano.
—Lizbeth… ¿Me dices la verdad? —. Desviaba la mirada asintiendo—.
—No cambies el tema, ve a la cama… —. Lo miraba haciéndome la sería, él se inclinaba acercándose a mí brazo, besaba a donde estaba lastimado, sintiendo que mi corazón palpitaba más rápido, mi respiración se agitaba, sin mencionar que mis mejillas ardían por el calor que él provocaba. Sus besos duraban mucho y luego se acercaba a mi cara, mi vista iban de sus ojos a su boca y él sabía lo que producía en mí, pero se alejaba agarrando mi otro brazo para depositar suaves besos, no dejaba de mirar lo que hacía. Yo también sabía lo que él pretendía, tenía que mantener mi mente clara si no terminaríamos haciendo otra cosa.
—Thomas…—. Murmuraba su nombre con una voz que dejaba saber que estaba excitada. Al escucharme fijaba su vista en mí y en un abrir y cerrar de ojos, me daba un beso profundo, correspondía siguiendo su ritmo, no me daba cuenta de lo mucho que lo había extrañado y necesitado. Sus manos se posaban en mi cintura apretándola, cuando se separaba del beso, para ir directo a mi cuello, respiraba profundo y besaba, mordiéndome, provocando jadeos en mí.
—Thomas… Detente —. Lograba alejar sus manos y él apoyaba su cabeza en mi hombro, apretando mi cintura, volvía a cerrar los ojos, solamente Dios me daba fuerza de voluntad para rechazar a este hombre, también que había recibido una puñalada, respiraba profundo y deposité un beso en su mejilla —. Tienes que ir a la cama —. Murmuraba y él se ponía derecho quedando clavada mi vista en su pecho, pose ambas manos para acercarme depositando un beso en este.
—Deja de hacer eso.
—No hago nada Thomas.
—No voy a controlarme, si sigues así. —. Se alejaba para irse a la camilla cubriéndose con la sabana, ni siquiera me miraba, sonriendo ante su repentino cambio de humor.
—Oye… No seas tan enojón, estás herido y debes hacer reposó… —. Continuaba sin mirarme, suspiraba profundo y aliviada, miraba a mí alrededor para sentarme en una silla —. Me alegra verte que estás bien y que tengas fuerza, también tu habilidad está intacta. Estoy tan agradecida… —. Me limitaba al silencio, no podía seguir si no rompería en llanto.
—Lizbeth… Ven —. Levantaba la vista y me acerqué a él, enseguida me rodeaba con su brazo alrededor de mi cintura, lo abrazaba haciendo que apoyara su cabeza en mi pecho. —. ¿Estas tristes? —. Su pregunta me asombraba y posaba mi mano sobre su cabeza para acariciar su cabello.
—No, no estoy triste… Solamente me siento feliz y aliviada al verte bien, el tenerte en mis brazos. —. Me quedaba callada unos segundos —. Dios mío Thomas, no hagas algo así, nunca más, te he dicho que si te ocurriese algo… Yo —. Me brotaban lágrimas y llevaba mi mano para secarlas. Él, sin mirarme, me cargaba, haciéndome sentir como si pesará como una pluma, depositándome en su regazo, mirándome me sujeto del mentón para que no rompiéramos contacto visual.