Capítulo Cincuenta y Uno
— ¿A dónde crees que vas?
—A ningún lado, solo quería darte ese vaso de jugo por si tenías sed. —. Volvía a donde estaba para no alterarlo, él se quedaba de pie apoyado en la encimera, agarraba el vaso de jugo bebiéndolo, tragaba saliva, trataba de mantener la calma, pero no sabría cómo actuaría o como se pondría, era lo bastante susceptible ante todo lo que decía hasta de como actuaba.
Me sobresaltaba cuando me acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja, escuchando que se le escapaba una risa.
—Dices que no me tienes miedo y eres igual a los demás… —. Al decir eso se alejaba para sentarse en el sofá, debía seguirlo con la vista, no sabía cómo responderle, por lo que me dedique por completo a calentar la comida, mientras estaba en el horno, sacaba dos platos, un vaso más y los cubiertos. Cuando escuchaba el sonido de la carne, asarse, la sacaba del horno para servirla en ambos platos, hacia lo mismo con el puré que lo había puesto en el microondas, llevaba ambos platos en una bandeja con el vaso y cubiertos, agarraba esta y la llevaba hasta la mesa del comedor, apoyándola miraba de reojo a Alexander que tenía perdida su mirada en la chimenea, acomodando todo en la mesa, me sentaba en el otro sofá más pequeño.
—Siéntate a mi lado —. Comentaba y sin darle brazo a torcer, me levanté y me senté a su lado agarrando el plato con los cubiertos, comencé a comer y él hacía exactamente lo mismo, por lo que comimos en un silencio incómodo, pero a la vez lo bastante tranquilo, era una sensación rarísima. Terminando de comer me dispuse a beber el jugo.
—Lizbeth… Thomas te comento alguna vez de lo que sucedió antes… —. Comentó haciendo que me ahogara con el jugo, dejaba el vaso en la mesa y él seguía comiendo, lo hacía a un ritmo lento o realmente no le gustaba.
—Nunca me lo mencionó y no me interesa saberlo, Alexander. Por favor come más… Se va a enfriar —. Él me miraba cuando escuchaba lo que decía.
—No, soy de comer mucho.
—Pero ahora lo harás, tienes que comer todo.
—Ok —. Sin discutirme siguió comiendo, me relajaba un poco, aunque sea porque la reacción que está teniendo era lo bastante tranquila.
Me levantaba a recoger todo una vez que él terminaba de comer, pero él me volvía a sujetar de la mano para hacer que me volviera a sentar, mirándolo volvía a tomar asiento.
—Algo desde el día que supe de ti, me carcome la conciencia, Lizbeth, ¿tú me ayudarías con eso? —. Todo lo que decía, lo hacía sin mirarme.
—Sí, puedo ayudarte lo haré. —. Mi vista se fijaba en sus manos, las mantenía apretadas, podía verlo en sus nudillos que se volvían blancos, porque lo ponía hacía, cuando escuchaba lo que decía.
—Lizbeth, no quiero perder el control —. Escuchando eso sentía que el pánico se apoderaba de mí, mirando hacia todos lados para tratar de ver la ruta de escape.
—Porque… —. Su voz trataba de mantener la calma, pero en un segundo cambiaba—. ¡¿Por qué diablos, lo salvaste?! —. Gritaba aún más fuerte, estaba perdiendo la razón, cuando me iba a levantar me sujetaba del cuello con su mano, hacía parecer a mi cuello una mantequilla por como lo apretaba, trataba de alejar su mano, pero era en vano todo esfuerzo. La falta de aire me estaba dejando sin fuerza hasta tal punto que comenzaba a ver borrosa y al darse cuenta dejaba de ejercer fuerza, y al instante tosía.
—Contéstame… Lizbeth —. Notaba que se esforzaba para no volver a perder la cordura.
—No… Puedo —. Era lo único que pude decir, soltándome, seguía tosiendo y él me alcanzaba, el vaso de jugo, lo agarraba, bebiendo un solo trago no me daba para más volviéndolo a dejar en su lugar, podía notar el peso de su mirada, observando o más bien juzgándome —. ¿A qué te refieres? ¿A quién salvé? —. Lograba preguntarle y él negaba.
—Deja de hablar, Lizbeth, te hará daño —. Negaba y me levantaba agarrando la bandeja llevándolas a la cocina, no me importaba ya lo que hiciera, este chico realmente estaba mal dejando la bandeja en la encimera, me dispuse a fregar la loza y de repente venía a mí, el recuerdo del callejón soltando el plato que tenía en la mano, cayendo este en el fregadero salpicando la encimera en sus alrededores —. Gracias a Dios, no se rompió… —. Suspiraba aliviada mirando el plato, pero lo menos que pensaba era en eso, Alexander le había disparo a Thomas, ¡a su propio hermano! Por fuera parecía lo bastante tranquila, pero en realidad estaba muy nerviosa. Veía como una mano me tomaba las mías, quedaba quieta, todavía no había procesado que le hubiera disparado. ¡Lizbeth tranquilízate! Me decía a mí misma.
— ¿Estás bien? —. Comentaba mirando y acariciando mis manos, no entendía por qué tenía que ponerse detrás de mí para verme las manos.
—Si, se me resbaló de las manos —. Comentaba alejando sus manos y continuaba lavando, quitando todo el detergente.
— ¿Recordaste verdad? —. Su pregunta me dejaba perpleja, dejando el plato en la encimera, no sabía qué responder. —. Cierra el grifo, Lizbeth, debes cuidar el agua —. Cerraba el grifo y ya no se escuchaban ningún ruido en la casa —. Sigues sin hablar, y sé lo que estás pensando, ¿Por qué le disparo a su propio hermano? —. Imitaba en tono de burla mi voz, no me sorprendía su mala imitación, me asombraba como sabía lo que estaba pensando, ¡Debo dejar de pensar!
—Es un problema de ustedes, no debo meterme en él —. Respondía evadiendo sus preguntas, agarraba un vaso para llenarlo de agua del grifo para beber un sorbo, dejando el vaso de nuevo en su lugar.
—Te equivocas Lizbeth —. Me sujetaba del brazo, jalando de este para obligarme a mirarlo, posaba mi mano libre en su pecho para mantener la distancia, este juego ya comenzaba a molestarme, mirándolo fijamente. —. Te estoy haciendo enfadar, eso es bueno.
—Dime, en que me equivoco, deja de darle vueltas al asunto… ¿Qué fue lo que hice? —. En su rostro se borraba todo rastro de burla, mirándome fijamente.
—Lo sabes.
—No, no lo sé.
— ¡Sí! ¡Mierda! —. Su grito me sobresaltaba como quinta vez en ese día.
—Lo sé…—. Se notaba que de poco se iba a calmando o era a mi parecer —. Yo ese día lo ayudé, pero él se ayudó y sobrevivió porque es un hombre fuerte —. La punzada se había más presente, hablar de él, me hacía querer tenerlo conmigo, no debo pensar en eso, tengo que mantener la calma.
—Lizbeth…—. Arrastraba mi nombre con su voz, tomándome de nuevo de la cara, inclinándose para estar a mi altura —. Si tú, no lo hubieras ayudado, no te hubieras hecho la heroína, él no habría sobrevivido —. Comenzaba a ejercer fuerza, posaba ambas manos sobre las de él.
—Lo ayudé como lo hubiera hecho con cualquiera, no lo hice porque fue Thomas —. Se alejaba de mí solamente por decir el nombre de su hermano.
—Tú —. Me señalaba mientras caminaba de un lado a otro —. No debiste hacerlo, si él moría en ese lugar, yo sería feliz —. Sus ojos se llenaban de lágrimas, no sabría decir si de felicidad o de tristeza y enseguida dejaba de mirarme.
—Alexander, no pienses en eso, no sé qué sucedió entre ustedes dos… —. Al decir eso volvía a mirarme, acercándose a mí.
—Tu amado Thomas —. Lo decía con repulsión al propio nombre de su hermano —. Es un asesino, un psicópata, no siente emociones, no siente remordimiento o empatía, es un enfermo —. Escuchando lo que decía, me hacía sentir tristeza, era algo difícil de explicar, ¿Cómo que mi amado Thomas era un asesino? Entendía que yo misma le decía psicópata por el hecho de que manipulaba todo a su alrededor, pero jamás pensé que un propio familiar de él, me dijera que él es un asesino, negaba, pero él estando con la mafia por algo que sucedió en su pasado, ¿lo había convertido en un asesino? Sin embargo, él que debía de contarme lo que sucedió era Thomas, no Alexander. No sé cuándo llegaría el día en que Thomas me contará la parte de su historia, pero no sé cuánto tardaría y cuanto sería lo que yo esperaría.
—Alexander… Eso ya lo sé —. Decidí actuar como si lo supiera a lo que me decía respecto a Thomas.
—Tú no lo sabes, si lo supieras, no amarías a ese hombre —. Me soltaba empujándome, apoyando ambas manos en la encimera, esto último que decía me dejaba lo bastante aturdida como si hubiera recibido un golpe fuertísimo en la cabeza, Alexander se estaba haciendo el misterioso, o quería manipularme para que yo odiara a Thomas, no entendía cada que me reponía de sus acciones me hacía volver a destartalar.
— ¡Entonces dime de una vez, lo que sucedió! ¡Hazme saber y entender para que yo deje de amarlo! Pero… Dímelo de una vez —. Sin darme cuenta levantaba la voz y eso lo perturbaba, en un abrir y cerrar de ojos estaba frente mío, sujetándome de la coleta me obligaba caminar con él —. ¿Por qué te pones agresivo? —. Caminaba torpemente, agarrando sus manos para tratar de aliviar un poco el dolor, llegábamos a las escalares y me soltaba haciendo que cayera, sin poder sujetarme, daba contra el borde del escalón, sintiendo como si algo me caía de la cara, me sentaba y él me cargaba en sus brazos, con este golpe me había dejado aturdida, agarrándome un fuerte dolor de cabeza.
—Lizbeth, porque… porque, dime —. Repetía, pero solamente pensaba en cómo iba a salir de esto y eso hacía que me doliera aún más.
Me acostaba en la cama y al estar recostada pude hacer más presión en la herida para que dejara de salir sangre.