Capítulo Cincuenta

—Dios mío, ayúdame… —. Susurraba para que solo se escuchara para mí misma, agarrando el celular, presionaba llamar a “Amelia Collins” escuchaba que sonaba el tono, pero no atendía —. Por favor atiende Amelia… —. Murmuraba aún en voz baja.

—Mi niña, ¿Paso algo? —. Se le escuchaba la voz de dormida, sintiéndome culpable por llamarla.

—Amelia, perdón por despertarte...

— ¿Dime paso algo?

—No, no pasó… Bueno, hace un momento mientras acomodaba las cortinas, miré por la ventana y vi un hombre parado en frente de la casa…—. Ella me interrumpía.

— ¡¿Qué?! El Señor Evans, no es, porqué él está en casa. Dios mío mi niña, ahora mismo le cuento a Zachary —. Se escuchaba que caminaba rápido por su respiración, pero en un momento mi corazón se aceleraba y no era por el susto.

— ¿Qué sucede Señora Collins? —. Era la voz de Thomas Evans y por teléfono su voz grave se escuchaba más sensual, negaba ante ese pensamiento involuntario.

—Nada, señor, me olvidé de decirle algo importante a James —. Mentía y me dolía saber que ella mentía por mi culpa.

—Señora Collins, estoy seguro de que usted no me mentiría —. Él presionaba y por como su voz se escuchaba más cerca era porque se acercaba a ella, eso lo podía sentir yo, que estaba detrás de un teléfono, pero que hombre intimidante.

—Es un problema personal, Señor. Por favor discúlpeme —. Que habilidad para salir de un problema, pensaba —. Mi niña perdón por hacerte esperar.

—Amelia, escuche todo, perdón por meterme en este lío, no le digas nada a Zach si no se preocupara también y saldrá de la casa, y eso alarmara a Thomas… no deseo preocupar a nadie más, perdón por hacer esto…

—Lizbeth, déjame decirle y ¿si te pasa algo?

—No digas eso, no quiero que nadie te escuche, no sucedió nada… solo ve a tu cama perdón por hacerte preocupar.

—No tienes que pedir perdón, mañana si me desocupo iré a verte o mandaré a Zachary, si escuchas un ruido o algo raro no dudes en llamarme aquí estaré para ti a cualquier hora, por favor llámame mi niña.

—Sí, eso haré, mañana voy a ver qué tal me va en el trabajo y si quedo para ser mesera… Perdón de nuevo Amelia, duerme bien, te quiero y Buenas noches.

—Te deseó suerte mañana, yo también te quiero mi niña y no dudes en llamarme.

—Si ante cualquier ruido, te llamaré —. Sonríe, me hacía sentir tan feliz al hablar con ella.

—Buenas noches, Mi niña.

—Buenas noches, Amelia —. Cortaba la llamada acomodándome en la cama, me dispuse a relajarme, el hablar con ella me hizo olvidar el mal momento.

No sabía en qué instante me dormía, despertaba exaltada por la imagen que me venía de repente de lo que ocurrió en la noche, sentándome rápidamente miré por todos lado y me encontraba sola. Me levantaba de la cama para apoyar ambas manos en la baranda, viendo que la silla seguía en su lugar y las cortinas, baje por las escaleras entrando en el baño para sacarme la falda entablada y el suéter, las dejaba al lado del lavado junto con la ropa interior, me di una ducha para quitarme esos miedos y malos pensamientos.

—Bueno, hoy día será un día nuevo, voy a dar lo mejor de mí —. Me cepillé los dientes y luego me peinaba con una coleta, subía de nuevo las escaleras para ponerme unos jeans azules, tiro alto, con una blusa blanca optando de nuevo por las confiables zapatillas blancas, bajaba las escaleras nuevamente para prepararme unos huevos revueltos de nuevo, sirviéndome jugo de naranja en un vaso, llevando todo a la mesa donde estaban los sofás me senté en él, para comenzar a comer y beber.

Terminando, lave lo que ensucie, acomodando y limpiando un poco la casa.

—Bueno, tengo tiempo de sobra, puedo seguir leyendo un libro —. Iba directo a la librería tomando enseguida el libro de William Shakespeare —. ¿Por qué siempre te elijo? —. Le preguntaba al libro y me dispuse a leer, así paso el tiempo dejándolo sobre la mesa, me puse de pie para ir arriba a buscar el celular y el bolso, teniendo todo lo que necesitaba baje para salir de la casa, cerrando con llave, pero al darme vuelta mis manos comenzaban a sudar recordaba a ese hombre, negando tomé valor y caminé por el jardín delantero, justo pasaba un taxi tomándolo le daba la dirección.

Al llegar camine hasta llegar a la cafetería, ingrese y viendo que no había nadie, espere en el mostrador apareciendo de repente “Mike”.

—Bueno, ponte esto —. Me entregaba un delantal color negro—. Puedes dejar tus cosas en la parte de atrás —. Me señalaba una puerta, fui caminando hasta allí ingresando, dejé el bolso, pero al celular lo guardaba en el bolsillo del Jeans. Volviendo él me detenía.

—Vamos a ver qué tal te manejas, esta será una semana de prueba, ¿estás de acuerdo?

—Sí señor. —. No debía hablar más de lo que quería.

Atendía de la misma forma en que lo hacía con la gente de la confitería, recuerdos esos buenos días, pero al tener a Amelia, Zach y James en mi vida, eso lo hacía ser mucho mejor. Lavaba los trastes no tan diferente como en casa y así paso mi primer día sin ningún tipo de problemas saliendo de allí, le había preguntado a Mike, a donde quedaba la parada del Autobús y me indicaba a donde, entonces esta noche volvería a casa en ello, ya no podía darme el lujo de viajar en taxi, camine hasta la parada y venía Autobús, subía sentándome directamente realmente estaba cansada. Mi cuerpo se había acostumbrado a otra vida, suspiraba mirando por la ventana. Llegando a mi parada, bajaba del autobús caminando a paso acelerado porque ya había anochecido, y por alguna razón llamada susto por culpa de ese hombre me sentía perseguida, por lo que casi salía corriendo hasta llegar a casa, entrando por el patio trasero, abría la puerta y esta se abría, entraba cerrándola, buscando las llaves en el bolso, poniéndole la llave.

—Qué raro… la puerta estaba sin llave, pero al irme yo la cerré con llave, ¿o no? —. Entonces un chirrido proveniente de las escaleras me hizo sobresaltar, girándome lentamente para advertir de qué se trataba.

—Hola Lizbeth —. Lo miré estupefacta, no podía creer qué era él, ¿pero que querría conmigo? Su rostro no mostraba nada de asombro. Él seguía bajando las escaleras y me giré rápido para sacarle la llave a la puerta, pero él me sujetaba de la muñeca apretándola con tanta fuerza que hacía que soltara la llave —. Tienes que portarte bien, no deseo hacerte daño, si no Thomas se molestará —. Me tomaba torpemente de mi mentón para acercarse a mi rostro —. Tú… Tú eres la culpable de que yo venga a por ti —. Sin entender lo que decía y eso parecía molestarle, por lo que me empujaba hacia atrás cayendo al suelo, me ponía rápidamente de pie sobando mis antebrazos que había amortiguado el golpe.

—Alexander… ¿Qué es lo que quieres? —. Preguntaba y daba pasos hacia atrás, trataba de mantener la distancia con él.

— ¿Por qué me tienes miedo? —. Su pregunta me tomaba por sorpresa, negando enseguida. Su rostro al no mostrar ningún tipo de emoción o expresión no sabría cómo se encontraba, con Thomas era distinto, bueno, todo con él era diferente, pasara lo que pasará, no dejaría que le hiciera daño a él y menos que se hiciera daño así mismo, debía mantener la calma.

—No, no tengo miedo… Me asustó o más bien me asombro como entraste. —. Suspiraba y esbozaba una sonrisa mirándolo, podría estar calmada, pero al mismo tiempo debía estar alerta.

—Ven… Acércate a mi Lizbeth —. Ordenaba, su mirada era vacía, ¿qué había sucedido con los hermanos Evans? Me acerqué a él y enseguida se acercaba para abrazarme, quedaba tiesa, no sabía cómo debía actuar. Él era una persona extraña, pero no iba a confiar en él, ya los Evans no lograrían nada conmigo —. ¿Por qué piensas en él? Mmm —. Apoyaba su frente contra la mía, mirándome con una vista amenazante, negaba enseguida.

—No, no estoy pensando… —. Él me interrumpía.

— ¡No mientas Lizbeth! —. Gritaba haciéndome sobresaltar —. No, no, no te asustes —. Posaba ambas manos sobre mis mejillas haciendo que lo mirará, esto era desconcertante, tenía que encontrar la forma de salir de acá sin salir lastimada y obviamente sin lastimarlo a él, era evidente que no se encontraba bien. Sin saber que decir o que hacer lo primero que salió de mi boca fue.

— ¿Tienes hambre, Alexander? —. Fue lo primero que se me ocurrió, pero parecía agradarle, lo que pregunté con una sonrisa asintió, era como estar tratando con un niño, que era un hombre, alto, corpulento, con el doble de fuerza que yo. No debía tomarlo tan a la ligera, por lo que sujete sus manos para alejarlos de mi rostro —. Voy a calentar la comida… hoy día la preparé antes de irme —. Comentaba cosas banales del día como para mantenerlo distraído de sus pensamientos, que parecían que lo mantenían bastante confundido y nervioso, camine hasta la cocina sacando la comida que guarde en un táper, en otro tenía el puré. También sacaba la jarra de jugo para agarrar un vaso sirviendo jugo. Me servía como excusa perfecta para ver lo que hacía, pero cuando me giraba en donde lo había visto, ya no estaba. Dejaba el vaso en la encimera y me tomaba del antebrazo sujetándome con bastante fuerza con sentir su mano fría, al igual que su mirada, hacía que me asustara.