Capítulo Cuarenta y Seis
— ¿Te encuentras bien? ¿Quieres que volvamos a casa? —. Me tomaba de la mano mirándome con muchísima atención.
—Estoy bien Amelia, solo me dejé llevar —. Reía para despejar toda duda de ella.
—Muy bien igual ya terminé, vamos a pagar. —. Camino primera para ir a la vendedora, fui detrás de ella, negaba al ver el precio de su compra.
—Amelia, eso es demasiado, deja algunas cosas —. Seleccionaba algunas prendas, pero ella me la arrebataba de las manos.
—Me llevo todas, disculpe a la joven, se siente un poco mal —. Me sujetaba del brazo para acercarme a su lado —. Quieta mi niña, pórtese bien —. Me causaba gracia lo que hacía, por lo que miré hacia otro lado.
Saliendo de la tienda respiraba hondo, este aire me estaba sentado muy bien, me hacía sentir viva, pero no debía olvidar lo que pasó.
— ¡Amelia! ¡Me hiciste quedar como una tonta! —. Gritaba un poco fingiendo estar enfadada, tratando de no reírme.
—Pero mi niña era solo para hacerte reír —. Sin poder aguantar soltó la carcajada contagiándome por lo que nos reímos las dos.
—Eres mala Amelia… Te acusaré a Jaime, ya lo verás —. Lo decía tono amenazador y comenzamos a caminar, ella se detenía en un restaurante.
—Cenemos afuera.
—Por mí está bien —. Ingresamos al lugar que ella había elegido, nos sentamos en una mesa lo bastante alejadas de las ventanas, necesitábamos un poco de discreción.
—Me siento un poco nerviosa, no te voy a mentir… Creo que en cualquier momento podría pasar algo…—. Le confesaba sintiéndome un poco incómoda.
—No sucederá nada, solamente será una cena. No pensemos en nada negativo —. Llamaba al mozo para ordenar la cena, nos pedimos un plato de espaguetis.
—Lo siento por estar tan nerviosa… Trataré de disfrutar de pasar tiempo contigo Amelia. Una linda tarde de mujeres.
—Esa es la actitud que tienes que tener mi niña.
En un par de minutos llegaban nuestros platos, comenzamos a comer en silencio y a disfrutar de ello.
Ya habíamos pagado, salimos del restaurante, caminando lentamente por la vereda a la orilla del Río Támesis.
—Que linda noche —. Comentaba y Amelia afirmaba lo que decía.
—Mi niña cuando lleguemos a casa, yo tengo que irme, pero quiero que sepas que puedes llamarme cuando lo necesites. Voy a estar siempre para mi niña —. Asentí y seguimos caminando, ya estábamos pasando por el puente, no pude responder nada porque no quería hacerla poner mal con mi llanto. Ya suficiente había hecho por mí viniendo hasta aquí para no dejarme sola, no quería perjudicarla.
Llegábamos a casa, ingresamos por el patio delantero, abría con la llave la puerta para ingresar ambas, al cabo de unos minutos de acomodarnos se escuchaba una bocina de auto.
—Bueno, mi niña, lo haré corta a la despedida, porque si no lloraremos ambas por nada, porque nos volveremos a ver —. Nos abrazamos y la acompañé hasta la puerta viendo cómo se subía al auto y se marchaba, ingresaba rápidamente cerrando con llave, me di vuelta para ir directo al sofá que estaba al lado de la biblioteca, pero antes de sentarme curiosee los libros, leyendo los títulos atrayéndome uno directamente.
—Los Sonetos de William Shakespeare…—. Murmuraba y enseguida lo sacaba, estaba lleno de polvo, por lo que fui hasta la cocina buscando una servilleta para quitar todo ese molesto polvo, en semejante obra, volvía a mi lugar para sentarme a leer, antes sacaba el celular dejándolo en la mesa por si Amelia llamaba, enseguida me sumergía en las maravillosas palabras y perfectos poemas de William Shakespeare, leyendo el primero y seguía devorando con mis ojos los sonetos hasta que llegaba al 116 que tuve que leerlo en voz alta: —
No admito impedimentos al enlace
De almas fieles; el amor no es amor
Si por cualquier mudanza es demudado
O se desvía ante el menor desvío.
Oh no, es señal fija que contempla
Inconmovible la borrasca oscura,
Astro que guía a la barcaza errante,
Misterioso, aunque a altura mensurable.
No es bufón del Tiempo, cuyo acero
Siega labios rosados y mejillas,
Ni se altera en horas y días breves
Más perdura hasta el mismo umbral del juicio.
Si yerro, y así me lo demuestran,
Nunca escribí, jamás amó hombre alguno.
Al terminar de leerlo mis lágrimas recorrían ambas mejillas, recordaba que una película basada en un exitoso libro de Jane Austen lo nombraban y me entendía cada verso, haciendo que esa punzada se hiciera aún más dolorosa.
—Él jamás va a confiar en mí, Dios mío —. Rompía en llanto alejando de mí el libro para no mojarlo dejándolo en la mesa, negaba ante el inmenso dolor que estaba sintiendo —. Jamás fue amor, si solo una parte ellos lo vivieron y lo sintieron…—. Posaba mi mano sobre mi pecho, apretando el buzo que me había puesto—. ¡Como odio el amor! —. Gritaba para descargar un poco la ira que residía en mi interior, si hubiera tenido unos carteles de advertencia para evitar el enorme dolor que tenía —. ¿Sería así para todo la vida? —. Me secaba con la manga del buzo las lágrimas, suspirando profundo, me sentía un poco aliviada.
—El llorar en ocasiones, ayuda y mucho —. Aturdida de todo el dolor que sentía o más bien había liberado, dejé el libro en su lugar, pero deseché a esa idea, lo abrace a mi pecho y fui directo a las escaleras para subirlas, camine rápido hasta las luces de noche para encenderlas. Después del sueño no deseaba estar en la oscuridad, dejé el libro en la cama metiendo mis manos en el bolsillo del buzo, buscaba el celular —. ¿A dónde dejé mi celular? —. Recordando, baje de nuevo las escaleras para ir directo a la mesa, agarrando el celular, lo guarde en el bolsillo, dando un vistazo por toda la sala, notaba que las cortinas no cubrían bien la ventana, camine hasta las ventanas para acomodar bien las cortinas, chequeando todo, volví a subir las escaleras yendo directo a la cama para cubrirme con las sábanas. Agarre el celular buscando el contacto de Amelia a punto de presionar el icono de llamar, negué dejando el celular al lado mío acostándome volvía a suspirar mirando a la nada.
—Otra vez sola en una casa que ni siquiera me pertenece y ahora como broche de oro, término hablando sola, me doy lastima a mí misma —. Cerraba los ojos para volver a agarrar la almohada abrazándola y así pude conciliar el sueño, pasando una noche tranquila.
Me movía en la cama por un ruido molesto hasta que caía, que era mi celular que estaba sonando. Me sentaba en la cama agarrándolo, no lograba distinguir con claridad la pantalla, pero veía el nombre de Amelia. Contestaba la llamada.
—Hola Amelia, perdón por tardar en responder, recién me despierto, ¿está todo bien? —. Comentaba y guardaba silencio esperando la respuesta de ella, pero se tornaba un silencio molesto. —. ¿Amelia, estás bien? —. Preguntaba ya preocupada por cómo guardaba silencio.
—Sí, si mi niña. Perdón por no hablar, me puse a controlar un poco la comida. Te llamaba para decirte que estoy bien y para saber si tú estás bien. Perdón por despertarte, debes dormir bien. Lo siento mi niña —. Negaba al escuchar cómo se disculpaba.
—Amelia, no hace falta que te disculpes, siempre voy a estar para ti.
—Lo sé Mi niña, lo sé —. Respondía y comenzaba a tener duda sobre su actitud.
— ¿Segura que todo va bien? —. Preguntaba con más insistencia.
—Sí, Mi niña. No te preocupes por ello, ahora ve a desayunar y controla que estés comiendo bien, más tarde te llamo de nuevo. Adiós mi niña —. No alcanzaba a devolver el saludo, porque ella cortaba la llamada, me quedé mirando unos segundos el celular.
—Qué situación rara —. Murmure y en un instinto fui a ojear los mensajes de la aplicación WhatsApp, pero no había nada, solo los mensajes de Zach y Amelia. Y por supuesto, los del Señor Psicópata, me reía ante mi ocurrencia de agregarlo con ese nombre, desechando rápido los buenos pensamientos hacia él, guardaba el celular en el bolsillo y me levante de la cama para estirarme, caminando hasta el borde de las barandas veía la hermosa vista de la casa, sonriendo no sabía por qué razón me sentía un poco más relajada y liviana.
—Será porque no tuve pesadillas —. Comentaba aliviada bajando las escaleras, me metí al baño, para lavar mi cara y luego cepillar mis dientes, no entendía como una persona podía ser tan detallista —. Es increíble Zach, cuando termine le mandaré un mensaje agradeciéndole —.
Terminando salí del baño cerrando la puerta, me dispuse a poner la pava eléctrica para prepararme un té, pero lo acompañaría con unos bocadillos que había traído Amelia.
—A pesar de mi vida, he encontrado a personas maravillosas que me dan un montón de detalles… Algo bueno me has enviado Dios. —. Servía el agua en la taza con el saquito de Té, echaba dos cucharadas de azúcar, al terminar camine para sentarme en el sofá grande para beber un sorbo de Té, me sentía relajada al beber algo caliente. Una mañana tan tranquila y relajante me entraban enorme ganas de salir a pasear por lo que al terminar deje la taza en la bacha, subí las escaleras y me puse un vestido de mangas tres cuarto y largo hasta los tobillos de color rosa pastel con estampados de rosas, me parecía encantador por lo que enseguida me lo puse con unas zapatillas blancas, también llevaba un pañuelo para cubrir mi cuello, agarré el celular y así volví a bajar, busque el bolso que me había dado Amelia, guardando este salí de casa, pero antes entre de nuevo al baño para recoger mi cabello en un rodete alto con la gomita que me había regalado ella también, ahora lista salí de casa cerrando con llave, camine por el jardín delantero para salir caminando yendo directo a la vereda cerca de Río Támesis, me gustaba caminar, ayuda a despejar la mente alejaba los pensamientos tristes y todo lo malo que ocurría a mi alrededor. Miraba y contemplaba todo a mí en torno, observaba como las personas disfrutaban, entonces me invadía una tristeza y me sentía abandonada. Deseaba tener a Thomas a mi lado, yo aferrada a su brazo mientras caminábamos, pero jamás debía pensar en un futuro, negaba y continúe caminando hasta llegar a una cafetería comprando un sándwich y un té, nunca estaba de más un segundo desayuno, me senté en una mesa que residía en frente para que viera pasar a las personas.
—Es un hermoso día, este debe ser el comienzo de algo bueno en mi vida —. Murmurando para mí misma, comencé a comer el sándwich y beber el té, me tomaba mi tiempo para complacerme de los pequeños placeres que me podía dar, gracias a Amelia, hasta dinero me había dado.