Capítulo Cuarenta y Cinco

— ¿Qué sucede mi niña, te encuentras bien? O ¿Te sintió mal la comida? —. La miraba notando en su expresión su preocupación, negaba a lo que decía.

—Amelia… Lo siento de verdad, tú debes estar muy triste por todo lo que está sucediendo con el Señor Evans, y la causante de todo, estos males soy yo, por eso te pido disculpas. Tú siempre debes elegirlo a él, no te preocupes por mí, él es tu familia. —. No tenía el valor de mirarla, hasta que posaba su mano sobre la mía, apretándola suavemente.

—A Thomas lo quiero y a ti también, como dije, ustedes, son tal para cual, tú le cambiaste la vida a ese chico. Jamás se desvivió tanto por alguien, sé que hago mal en contarte todo esto Lizbeth. Así que por favor primero termina de comer y luego seguiré hablando, debo verte comer bien —. Me dejaba boquiabierto lo que escuchaba, cada palabra que articulaba Amelia se clavaba en mi pecho, mejor dicho se instalaba en mí, pero debía mantener la cordura para no ilusionarme de nuevo con falsas ilusiones, solo asentí y continúe comiendo obedecía como si fuese una niña, sin embargo, mi lado enamorado, mi lado inocente seguía creyendo y deseaba saber que había ocurrido desde el día en que lo encontré en ese callejón, donde me cambio la vida por completo y encontraba el amor para mi suerte un amor no correspondido. Ella también comía conmigo acompañándome, era lindo tenerla de nuevo antes de comer el último bocado, bebí del jugo de frutas que estaba sabroso y al terminar ambas nos levantamos al mismo tiempo y sin decirme nada levantamos las cosas llevándolo a la bacha y lavando.

—Amelia, el jugo estaba perfecto al igual que la comida, gracias por venir hasta aquí y cocinar para mí. Me has mimado muchísimo y estoy muy agradecida. ¿Quieres que bebamos un té así charlamos tranquilas? —. Comentaba mientras lavaba, ella asentía y enseguida se encargaba de preparar las cosas para el Té.

Terminando, seque y guardaba todo, buscaba a Amelia y la encontraba sentada con el juego de tazas totalmente desiguales, me causaba gracia y dejaba todo para ir a sentarme al lado de ella.

—Mi niña por terminar la cena te tengo que dar las gracias, no sabes lo feliz que me hace que estés comiendo bien. Cuando Zach me dijo que no tenías nada y que te había traído lo esencial supe que tenía que venir a cuidarte para que comieres bien.

—Amelia, te agradezco por cuidarme tanto, eres la persona que me ha enseñado lo que puede ser el amor de una madre —. Sujetaba su mano y ella posaba la suya sobre la mía.

—Eres como mi hija, y sabes cuánto es lo que te quiero, y por todo este cariño que siento por ti, te contaré como está la situación en la casa —. Agarraba la taza de la mesa para beber un trago, no entendía por qué me sentía nerviosa y a la vez deseosa por saber que sucedía, volvía a dejar la taza y fijaba su vista en mí, tragaba saliva de los mismos nervios —. Cuando volvió del hospital, estaba hecha una furia y creo que lo debiste escuchar cuando te llame…—. Hacia una pausa que se transformaba en una eternidad, anhelaba saber cómo estaba, pero mi pobre e ingenuo corazón se conmovía —. Él me pregunto si tú me mandaste un mensaje o si me habías llamado, te juro que me dolió mentirle. De los años que trabajo junto con Thomas, jamás lo había visto con su mirada llena de miedo, estoy segura de que era miedo… de perderte —. Sujetaba mi mano cuando lo decía y me quedé mirando nuestras manos, antes de que siguiera hablando opte por cortar esta charla.

—Amelia, no tenía miedo por perderme, estás cegada igual que yo con algo que nunca va a pasar. Yo escuche muy bien cuando hablaba por teléfono, no sé con quién, pero esa conversación me dejó muy en claro lo que piensa o lo cree de mi Thomas.

—No, no es así Mi niña.

—Si, si es así Amelia, no trates de contradecirme, no quiero escuchar cómo está él —. Intentaba levantarme, pero me sujetaba de la mano.

—Lizbeth Lloyd, siéntate y escúchame, en ocasiones tenemos que dejar atrás el orgullo y escuchar la otra campana, no de mí, sino del Señor Evans. Ahora solo te estoy pidiendo que escuches, lo que vi y escuche —. Levantaba el tono de su voz, por lo que enseguida me quedé sentada, prestando toda mi atención a ella.

—Está bien Amelia, te escucharé… Solamente porque eres tú. —. Ella sonreía y daba unas suaves palmadas sobre mi mano.

—Gracias Mi niña, continuo en donde quedé. Él a su modo siente miedo, es un joven muy distinto a los demás. Tienes que entender eso, bueno… Luego de que le mentí se fue y por lo que yo vi, se había ido destruido… Zachary vino y me comentó que al también le hizo las mismas preguntas e incluso no ha dormido en casa, se ha ido. Por eso pude venir tranquilamente a verte, le pregunté a Zachary si había mandado a buscarte y me dijo que no. No lo malinterpretes mi niña como te dije, tienes o al menos trata de entenderlo, es muy difícil —. Terminaba de hablar con un suspiro, me dejaba sin habla lo que me contó. Había o estaba sufriendo, nunca lo sabría, pero si se una cosa que el saber que no me buscaba me fue causando un dolor punzante en mi pecho, ¿debería sentir alivio? Porque por fin desistió de toda esta locura —. ¿Cómo te sientes? Perdóname, jamás debí contarte lo último. —. Negaba ante lo que decía.

—No, Amelia, al contrario, me siento feliz de que tengas confianza de contarme todo. Estoy muy agradecida porque eres sincera conmigo —. Sonreía aliviada de saber que Amelia era igualitaria con su amor y cariño conmigo y Thomas —. No te negare, que me duele… Pero voy a salir adelante, debo buscar empleo para cambiar mi vida.

—Entiendo que te duela, pero ya sabes que te puedes apoyar en mí, en cuanto al trabajo podemos encontrar uno para ti a su debido tiempo. No te apresures con ello, ahora quiero que bebas tu té —. Comentaba y asentí agarrando la taza para beber el té.

—Quieres que salgamos a dar un paseo y de paso aprovechamos a comprar algunas cosas —. Lo decía bastante entusiasmada.

—Muy bien, esa idea me agrada. Vamos Amelia. —. Me levantaba para agarrar las tazas y llevarlas a la bacha para lavarlas, ella se puso a revisar su celular y yo me puse las zapatillas, fui hasta donde estaba ella —. Estoy lista Amelia.

—Vamos —. Me ofrecía su brazo y antes de aceptarlo agarraba las llaves junto con el celular, saliendo de la casa cerré con llave y las volví a aguardar en el bolsillo del buzo, sujetándome del brazo de Amelia.

Caminamos disfrutando de un hermoso día, no comentábamos nada, solo nos concentrábamos en contemplar las bellezas Richmond.

—Es muy hermoso, sería muy lindo vivir aquí. Tendríamos muchos vecinos —. Se reía de lo que ella decía.

—Pero la casa del Señor Evans es muy bella… a pesar de que no tenga vecinos —. Comentaba mirando a mis alrededores —. Quiero ir a caminar por allá —. Señalaba un puente y Amelia miraba.

—Por supuesto, mi niña, andando —. Caminamos por la vereda donde había bancas para sentarse y disfrutar de la vista del Río Támesis, los barcos, los árboles. Era perfecto el escenario que tenía al frente de mí, respiraba profundo del aire.

—El Puente de Richmond es hermoso, sigamos Amelia —. Ella estaba igual de emocionada, caminaba hasta llegar al puente, caminamos por él disfrutando de todo, al estar en el medio del puente nos detuvimos a disfrutar de la vista del Río Támesis —. ¿Nos tomamos unas fotos Amelia? —. Preguntaba sonriendo.

— ¡Claro que sí! Mi niña —. Seguía aferrada en su brazo sacando el celular del bolsillo, puse la cámara frontal, posando ambas, nos tomamos fotos en diferentes ángulos y luego unas cuantas solas, me acerque a ella a mostrarle las fotos —. Me encantan, me las puedes enviar después… Que pase todo esto —. Su voz cambiaba y yo nada más asentí.

—Sigamos caminando hasta llegar a donde están las tiendas —. Me sujeté de nuevo de su brazo caminando por el puente hasta llegar al final, nos mantuvimos muy entretenidas viendo todas las tiendas de ropa o de accesorios. No podía creer que estábamos pasando un hermoso día a pesar de que esa punzada continuaba en mi pecho, pero trataba de ignorarla.

Había entrado a varias tiendas y tuve que detener a Amelia de que me comprará ropa.

—Amelia, no tengo trabajo, espera a que lo tenga, así nos regalamos mutuamente —. Trataba de hacerla entender, pero no había caso.

—Mi niña, yo lo haré igual y tú lo usarás. No se hable más del tema —. Sentenciaba y así fue toda la tarde, comenzaba a oscurecer y por algún motivo, el motivo era el sueño, me había dejado con miedo, miraba a Amelia que buscaba vestidos, jeans, blusas, sonreía al verla tan distraída ajena a todo lo que estaba sucediendo. Debería contarle sobre mis sueños, negaba ante la idea de mis pensamientos, claramente pensaría que estoy volviéndome loca y bien que tendría razón. No entendía nada absolutamente nada de lo que pasaba con mi mente y mis sueños, en sí el cambio de personalidad de Thomas me preocupaba, pero era otra duda que no podría preguntarle a nadie, ni siquiera a Amelia y Zach. El único que tenía que decirme la verdad, no me quería cerca de él, suspiraba ante tales pensamientos otra vez sufriendo por mí misma.