Capítulo 65. Para siempre.

Dos meses después...

—Mamá, mamá —grita Aarón, cuando me ve llegar—. Mira lo que estamos haciendo papá y yo.

Corre emocionado hasta llegar donde estoy. Yo lo recibo con un abrazo enorme, pero Aarón no dura mucho entre mis brazos, tan ansioso de lo que lleva trabajando con su padre desde temprano en la mañana.

—Es una casa del árbol. Mira mamá. Mira —sigue gritando, sin parar a respirar siquiera. Me jala del brazo para que lo acompañe.

Yo voy de su mano, sonriendo. Miro hacia donde está Aiden y se me hace agua la boca. Está sin camisa y su escultural cuerpo brilla con el sudor provocado por el trabajo duro. A nuestro pequeño se le ocurrió que quería una casa del árbol que fuera su lugar secreto, su fuerte o su castillo, depende de la dinámica del día. Y pues, a su padre se le ocurrió que él podría satisfacer sus deseos, por lo que lleva varios días intentando complacerlo. Cuando hago contacto con sus ojos, él me sonríe. Una sonrisa maravillosa, enamorada. Yo se la correspondo, porque con solo verlo, la felicidad se refleja en mi rostro, me llena el cuerpo.

Dejo de mirar a Aiden, para evitar embelesarme todavía más y me enfoco en el árbol. La verdad, se ve bien. El árbol no es alto y tiene una rama, fuerte y gruesa, casi a ras del suelo, lo que facilita el trabajo y el acceso a la casa.

—Aarón, sabes que no puedes venir aquí tu solo, ¿verdad? —pregunto, con el ceño fruncido, pensando en todos los riesgos que acarrea la grandiosa idea.

«Nótese mi ironía, respecto a grandiosa idea».

—Jo, mamá —reclama mi niño haciendo un puchero.

Aiden se acerca, sin perder la sonrisa. Levanta a Aarón, no sin antes hacerle un guiño, señal universal de “no vamos a hacerle caso” y mi niño sonríe, sabiendo que se saldrá con la suya porque su papá lo consentirá.

Con él en sus brazos llega hasta mí. Me da un pequeño beso, solo un piquito y luego se queda mirándome, intensamente.

—Estás hermosa hoy —murmura con voz profunda—. Te extrañé —continúa y vuelve a besarme. Esta vez un poco más largo. La mano que lleva libre, rodea mi cintura y presiona.

Cuando se nos va de las manos el recibimiento, nos vemos interrumpidos por la vocecita graciosa de Aarón.

—Guacala... —bufa, poniendo una mueca de asco en su inocente carita.

Aiden y yo sonreímos. Él mantiene su frente apoyada en la mía y con ojos ahora serios, expresa:

—Te amo.

Mi reacción, no puede ser otra que soltar un profundo suspiro de adoración. Para luego, con ojos soñadores y sonrisa complacida, responderle como se debe.

—Te amo.

(...)

POV: Aiden.

«Todo está listo», pienso, mientras reviso nuevamente que todo esté en el lugar previsto.

—Todo saldrá bien. —Me doy ánimos porque, ahora mismo, unos nervios crecientes se establecen en mi pecho.

Yo estoy seguro de que resultará, lo siento en mi piel, en mis huesos y en lo más profundo de mi alma. Pero un paso de esta magnitud, igual trae a la luz mis miedos más constantes. Hoy es el día en que por fin me atreveré. Llevo estos últimos meses planificando el momento exacto en el que me llene de valor y le pida a ella, a la mujer de mi vida, que sea mía para siempre.

Sé que ha pasado poco tiempo desde que pudimos resolver todos nuestros problemas, incluso tomamos la arriesgada decisión de vivir juntos, bajo el principio básico de recuperar todo eso que dejamos de vivir estos años atrás. Pero la propuesta que le haré hoy, no solo justificaría lo que nuestra vida diaria es actualmente, sino, será el principio de un vínculo perpetuo con nuestros sentimientos. La prueba real y permanente de que nos amamos por encima de todas las cosas. Y que queremos compartir juntos lo que nos resta de vida.

Una vibración en mi bolsillo me saca de mis pensamientos. Saco mi teléfono y me espera un mensaje de Jackson.

»Ya está de camino. Suerte ;-)

Su extraña forma de darme ánimos, me hace sonreír. Pero en un instante, al reaccionar, las manos comienzan a temblarme con anticipación. Ella ya está de camino. Dentro de poco sabré si acepta mi petición o no. Vuelvo a revisar que todo esté bien y la espero. No sin antes responder al mensaje de Jackson, dándole las gracias por el aviso.

No hacen falta. Solo necesito que esta vez, sea para siempre.

La respuesta de mi cuñado no me sorprende para nada. Generalmente nos llevamos bien, pero no pierde oportunidad de tirarme a la cara lo estúpido que fui al no aclarar las cosas con ella en el momento.

Diez minutos después, estoy que me como las uñas cuando siento que ella llega. En estos días, cada vez que necesita salir, le dejo mi auto para que pueda moverse sin problemas, por lo que al sentir el portón abrirse, sé que ya llegó.

«Bueno, ya es hora».

-------

POV: Maddie.

Llego a la casa bastante pensativa. Mientras parqueo el auto, solo pienso en que Jackson y Aarón estarán solos toda la noche. Mi hermano, extrañamente, me pidió pasar la noche con su sobrino. Al principio me negué, porque esos dos juntos y solos son un peligro. Pero luego rectifiqué y tomé la decisión de complacerlos. De más está decir que Aarón estaba más que emocionado con la idea de pasar el día con su tío.

Salgo del auto y con mi despiste, no logro ver a Aiden, hasta que casi choco contra él.

Me espera justo en la puerta del garaje, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans. Los últimos rayos de sol, inciden sobre su cabello, proyectando una imagen digna de fotografiar, con su porte, su estilo y su atractivo, incluso vestido de forma sencilla.

Sonrío embobada y voy a su encuentro. Cuando llego hasta él, subo los brazos y rodeo su cuello. Él me abraza por la cintura y baja su cabeza, hasta rozar mis labios. Apoya su frente en la mía y, con los ojos cerrados, me hace una petición que no entiendo del todo, pero por la que asiento en respuesta, dejándolo a él justo ahí.

Con intriga, voy hacia la casa. Cuando llego a la entrada principal, un cordón rojo, atado al llavín de la puerta, llama mi atención. No puedo evitar sonreír cuando me imagino lo que viene a continuación. Tomo el hilo rojo y sigo el camino que indica.

No he dado ni tres pasos cuando encuentro un sobre amarrado al propio cordón. Lo abro y dentro lleva una postal. Pero no una cualquiera. Es una imagen de la playa donde nos conocimos, en aquel hotel majestuoso varado en una isla no muy lejos de aquí. Al dorso, lleva una nota.

“Una noche, justamente en un lugar alejado de toda mi realidad, el destino te puso en mi camino. De eso, hacen nueve años.

Tus ojos, tan azules como el mar del fondo, fueron los culpables de que, con solo un encuentro, cayera hechizado a tus pies.

Tocar tu mano, aquella primera vez, fue tanto una sorpresa como un misterio. Pero que, desde entonces, no pude dejar de sentir una y otra vez…”

Aiden se refiere a nuestro encuentro, aquella primera vez en que lo tuve a mis pies, arrodillado en la arena, sin siquiera conocernos. La imagen de la primera vez que vi sus ojos todavía me visita en sueños. Y aquel primer choque eléctrico que creí sentir con su toque, hoy puedo asegurar, ante las dudas del momento, que fue real.

Sigo caminando y me encuentro otro sobre. Dentro encuentro la invitación a la fiesta de despedida, también de la misma semana.

“Nunca supe lo que era vivir, hasta que bailé junto a ti toda la noche. Mientras las letras de una canción nos unían, no era capaz de determinar si eras un capricho del destino o pura casualidad. Pero de lo que estaba seguro, era de que conocerte, me había cambiado la vida…”

Recuerdo nuestro baile, escuchando aquella hermosa canción, y la emoción que sentí cuando decidí lo que, a partir de ese día, cambiaría mi forma de vivir.

Sigo adelante y otro sobre me espera. Este tiene dentro el pequeño papel donde me dejó una hermosa frase, aquella mañana en la que todo cambió.

“Plasmar mis sentimientos de esta forma nunca fue tan necesario, tan significativo. Mirar tu cuerpo, después de tan increíble noche y pensar que ya nada volvería a suceder, me hizo abrir mi corazón, para demostrarte todo lo que te habías llevado de él…”

Lloro. Por los recuerdos que llegan tan nítidos a mí. Por revivir todo aquello que nos trajo hasta donde estamos hoy.

Sigo avanzando y cada dos pasos, encuentro un nuevo sobre, todos, de una forma u otra, representan algún momento, vivencia o sentimiento propio y único de lo que vivimos y lo que fuimos.

“Verte ahí, frente a mí, y no aclararte todo lo que sucedía, me rompió de mil maneras, pero en ese momento, creí que te hacía un bien. Una persona, que no era capaz de dirigir su propia vida, no era digna de ti.

Intenté por cuatro largos y eternos años, mantener la cordura. Hasta que caímos sin remedio otra vez. Tenerte entre mis brazos, luego de tanta distancia, fue decisivo para mi bienestar personal.

Por ti, fui capaz de abandonar todo eso que me hacía daño. Por ti, intenté llenar ese vacío que apretaba mi pecho. Tu fuiste la protagonista de todas mis decisiones, porque todo lo hice pensando en ti.

Vivir nuestro amor, fue maravilloso. Sentir tu cuerpo cada día era algo que había anhelado por bastante tiempo. Pero fui tonto, en algún punto pensé que faltaba algo. Y tal vez así fue. O tal vez no. Solo resultó que, vivir sin ti, por cuatro años más, me demostró que lo que llevaba, no debía llamarse vida.

Encontrarte otra vez, fue un regalo. Una señal de que todavía existían esperanzas. Pero mi mayor sorpresa, fue encontrarme de frente con unos ojos pequeños, copia de los míos propios y saber, muy en el fondo de mí, que el destino después de todo no nos había fallado…”

El último sobre me espera, justo sobre el acantilado, en aquel punto donde, con ojos profundos, Aiden me miró, el día que supe que se mudaría aquí.

“Justo aquí deseé decirte que mi mundo giraba a tu alrededor. Verte admirar todo esto por primera vez, saber que significaba más por la importancia de este lugar para ti, me llenó de júbilo. Mientras tú considerabas de hermosa la vista, yo no podía despegar mis ojos de ti. Ese día hace tantos años, decidí que, en algún momento, te miraría otra vez y lograría decirte todo aquello que callé…”

Mientras leo la nota, siento sus brazos a mi alrededor. Las lágrimas de emoción corren por mis mejillas. Él las limpia, silencioso, con sus dedos. Apoya su barbilla sobre mi cabeza. Para luego depositar pequeños besos.

—Ese día, además, decidí que en algún momento me atrevería. Tenía que hacerlo. Sí o sí. Llevaba muchos años negándome a mis propios sentimientos —murmura, muy cerca de mi oído—. No fuiste consciente de todo lo que provocaste cuando entraste a mi vida. Nunca. Por eso quiero que hoy, por fin, lo sepas.

Aiden se separa de mí. Yo me doy la vuelta, buscando su contacto de frente. Cuando lo hago, mi corazón comienza a latir con fuerza. Mi estómago se retuerce y mis piernas flaquean.

Él está de rodillas, justo frente a mí. En su mano una cajita. Blanca. Con un lazo negro.

Sonrío ante cada detalle, supo hilar perfectamente cada espacio recorrido todo este tiempo, desde que nos conocimos.

—Siempre supe que eras tú. Sé mía, por favor. —Sonríe. Sus ojos brillan justo antes de hacerme una propuesta—. Cásate conmigo, Mads.

No me pregunta, tampoco hay dudas. Yo cierro los ojos en cuanto lo escucho. Su voz es como música para mis oídos. Me pongo a su altura, arrodillada a su lado. Y con los ojos llorosos otra vez, respondo.

—Me entregué a ti un día. Y desde entonces, no he dejado de ser tuya. Todo lo que me provocabas, lo vivía solo dos veces al año. Pero, aun así, era suficiente. Ser tuya ahora, cada día de mi vida, será maravilloso. Te amo, Aiden. Y sí, quiero ser tu esposa. Para siempre.