Epílogo.

Tres meses después...

POV: Maddie.

—Estás hermosa —declara Andrea, con voz emocionada, cuando termina de arreglar el bajo de mi vestido.

Yo aún no me decido a mirarme en el espejo. Me siento bien, cómoda, pero los nervios son tan intensos que me hacen temblar.

—Estás increíble —secunda Mary—. De seguro Aiden no podrá quitarte los ojos de encima —continúa, dándome ánimos.

La miro y en su expresión se manifiesta un poco de anhelo. Su vida no es tan fácil de sobrellevar, tiene muchos problemas y necesidades, pero independientemente de ellos, decidió que no podía negar la invitación. Estos últimos tiempos hemos formado una bonita amistad, por lo que fue algo natural pedirle que fuera, en conjunto con Andrea, mi madrina de bodas.

—Vamos, ya casi es hora —apura Andrea con una sonrisa conocedora, para que me levante y me vea al fin.

Suspiro y le hago caso. Me cuesta un poco acostumbrarme a los zapatos altos, de tanto rato que llevo sentada. Pero cuando logro pararme delante del espejo, lo que veo me hace querer llorar.

Mi traje, un sencillo vestido blanco de encaje, entallado al cuerpo, con escote de corazón y corte de sirena, resalta con mi piel blanca. Mi cabello cae suelto en ondas rubias. Solo un detalle lo complementa, una corona, trenzada con una fina y delicada cinta blanca, que se une al velo y cae por debajo de mi cabello, hasta llegar al suelo. Mi maquillaje es sencillo, natural, pero reafirma mis rasgos y delinea mis ojos, acompañado de un color coral para los labios. El ramo que sostengo entre mis manos, es el único toque de color en mi atuendo, pues escogí para la ocasión una mezcla de alcatraces blancos con tulipanes violetas.

—No, no, que te arruinas el maquillaje —reclama Andrea cuando nota mis ojos aguarse.

—No lo puedo evitar —respondo, medio sonriendo. Levanto la cabeza y abanico con una mano mis ojos, en un vano intento de no derramar las lágrimas.

—Esta vez sí, Maddie. Todo estará bien —expresa Andrea, con expresión solemne. Yo cierro los ojos, angustiada por sentirme así en estos momentos.

Ella conoce mis mayores miedos y, aunque entre Aiden y yo ya no hay secretos, siempre queda la incertidumbre de si todo irá bien.

Mary se acerca, colocándose justo a nuestro lado. Toma mis manos entre las suyas y las aprieta, tomando así fuerzas para lo que a continuación dirá.

—Maddie, no estés así. El amor que Aiden y tú se tienen, es invencible. Muestra de eso, son todos esos años que pasaron separados, amando en silencio, pero sin perder nunca eso tan fuerte que una vez llegó, para quedarse siempre —murmura con una sonrisa cálida y añade—: Si lo piensas de una forma, nada cambiará. Hoy solo será una ceremonia, donde aceptarán ante Dios y ante todos, lo que ambos sienten. Será fácil, porque ya tienen medio camino recorrido. Serán felices, porque lo merecen.

Pestañeo con rapidez para evitar las lágrimas. Las palabras de Mary son reales. Nada cambiará.

—Sí cambia algo —interrumpe Andrea, intentando secar sus ojos, a la vez que sonríe caprichosa—. El apellido —dice y enarca una ceja—. Ya no serás Maddison Cadwell, ahora serás la señora Reed.

De más está decir que nuestras risas, ligadas con alguna que otra pequeña lágrima que al final logra salir, son capaces de relajarme. Mi miedo es irracional. Yo estoy preparada para esto, porque merecemos vivir nuestro amor.

Hoy voy a casarme con el hombre de mi vida. Y no tengo dudas de que valdrá la pena.

Diez minutos después, Andrea y Mary salen delante de mí, cada una con su vestido a juego con las flores de mi ramo de novia. Yo espero mi turno impaciente.

—¿Estás lista? —pregunta mi padre, cuando me toma del brazo. Su rostro es una mezcla de satisfacción, con nostalgia y felicidad.

Lo miro a los ojos y están aguados. Verlo así me sorprende, a pesar de que la relación entre nosotros mejoró, todavía quedan algunas lagunas que resolver.

Asiento con la cabeza, afirmando a su pregunta. Justo entonces comienza a sonar la marcha nupcial, señal de que nuestro turno comienza. Comenzamos a caminar y, cuando llegamos al punto donde inician las decoraciones, le hago una importante petición a mi padre.

—Solo no me dejes caer.

—No lo haré —afirma, mientras con más fuerza, se dispone a entregarme.

(...)

POV: Aiden.

Por fin llegó el día tan esperado. El día definitivo. Por fin podré gritar a todo pulmón que Maddie es mía.

Miro a mi alrededor, todavía no creo que esto esté pasando. Las personas que se agrupan para ser testigos de nuestra unión, me miran emocionados. Admiran la decoración del lugar y la vista maravillosa que tiene.

Porque sí, para casarnos, escogimos este lugar que es tan importante para nosotros. Volteo a ver el mar que se extiende. Su azul es tan brillante y el sol incide sobre sus olas para crear un espectáculo aún más hermoso. La brisa que corre refresca el ambiente y la sombra que proyectan los árboles de los alrededores, terminan por darle el toque de intimidad necesario.

«No podíamos hacer esto en otro lugar», pienso, complacido con nuestra decisión.

Jackson llega a mi lado, junto con Leo, ambos vestidos de esmoquin. Por supuesto, ellos son mis padrinos de boda, no podía ser de otra manera.

—Bueno, cuñadito, hoy comienza tu tormento —exclama divertido Jack, mientras me da sendos golpes en la espalda, simulando un abrazo—. A partir de hoy, Maddie tendrá todo el derecho de hacerte la vida imposible.

Ruedo los ojos ante su declaración.

—No voy a cambiar de opinión, Jack —respondo, mientras sonrío conocedor—. Yo sé que no puedes vivir sin tu hermana. Pero desde ya te digo que no te quiero en mi casa si no es estrictamente necesario.

Jackson resopla, porque sabe que capté sus intenciones. Leo me sigue el juego y comenta también, molestándolo.

—Primo, ya valiste —declara riendo a carcajadas—. Estás jodido.

Nos la pasamos riendo por varios minutos. Gracias a estos dos locos, logro calmar la creciente ansiedad en mi pecho.

De pronto, Leo se queda embobado, mirando hacia un punto a mi espalda. Me llama la atención, por lo que me doy la vuelta y veo que ya Mary y Andrea están en posición. El organizador que contratamos para el evento, se acerca a nosotros y explica que ya es hora. Nos acomoda nuevamente en nuestros lugares, ubica al notario justo detrás de mí y a los padrinos a mi lado.

Los invitados ocupan sus puestos poco a poco. No son muchos, pero al menos cien pares de ojos nos observan con atención. Algunos miran con interés hacia el camino que guían las decoraciones y por dónde la novia hará su entrada triunfal, esperando ver el momento en que ella aparezca para hacer más feliz mi día.

Hace dos días no nos vemos. Y ya creo que me volveré loco. En un primer momento me pareció ridículo que, viviendo juntos ya, tuviéramos que cumplir esa supuesta tradición de no vernos por no sé cuántas horas. Pero Maddie me convenció de hacer las cosas bien, de cumplir las tradiciones, para garantizar un matrimonio satisfactorio. Por supuesto, su convencimiento vino acompañado de una mini despedida cuerpo a cuerpo, que me garantizó, al menos por unas horas, poder soportar mis deseos de ella.

Comienza a sonar una música suave. Andrea y Mary comienzan su desfile, ambas luciendo espectaculares con sus trajes a juego. Noto a Leo removerse a mi lado, pero estoy tan ansioso por ver a Maddie, que no hago caso de su alteración.

Justo detrás viene nuestro pequeño, luciendo un esmoquin a juego con el de los padrinos, mientras se ocupa de traer los anillos. Le sigue Lianny, la hija de Mary, vestida como toda una princesa, llevando una cesta repleta de pétalos, los que deja caer a medida que avanza por el pasillo.

Estoy sonriendo feliz, por cómo se está desarrollando todo, pero nada se compara a lo que siento cuando la veo.

La marcha nupcial comienza a sonar, acelerando los latidos de mi corazón. No logro apartar mis ojos de ella, de su hermosura.

Su vestido blanco, pegado a su cuerpo, la hace lucir impresionante. Más bella. Más pura. Su cabello rubio ondulado brilla por los escasos rayos del sol que inciden sobre él. Sus finas y delicadas manos, sostienen un hermoso ramo, donde logro identificar sus flores preferidas; alcatraces y tulipanes.

Su padre la guía con soltura, con seguridad. Se aferra a ella, orgulloso de la nueva oportunidad que le dio la vida de disfrutar a su única hija, de ser partícipe y protagonista, de un hecho tan importante. Incluso, sin haber merecido tal derecho por su inexistente labor de padre.

Admirar su cuerpo, su vestido y su apariencia en general, no se siente tan importante como cuando conecto mis ojos con los suyos.

Azul contra gris.

Adoración. Devoción. Amor.

Los siento picar. Señal de la emoción que me llena. En el pecho me revolotean mil mariposas. Las piernas me flaquean y la boca se me reseca.

Pero todo eso dura hasta que ella, conocedora de mis reacciones, sonríe. En ese momento, sé que mi felicidad es completa, porque la escogí a ella, la mujer más hermosa, increíble y maravillosa del mundo.

No separo mis ojos de los suyos. Nos miramos fijamente hasta que ella llega a mi lado. Su padre me la entrega y cuando unimos nuestras manos, un reflejo de aquella corriente que sentí cuando la conocí, vuelve a recorrer mi cuerpo.

No puedo hablar. Trago duro para poder decirle al menos lo hermosa que está, pero no logro articular palabra. Ella vuelve a sonreír, sabe cómo me siento porque ella se siente igual.

La tomo con más fuerza y nos dirigimos al altar. Uno frente al otro, tomados de las manos, esperamos por las palabras del notario.

Durante toda la ceremonia, puedo asegurar que no escucho nada, ensimismado como estoy con la profundidad de sus ojos azules. No es hasta que el notario pide nuestra intervención, que al fin reacciono.

—Sí, acepto. —La voz de Maddie es fuerte y segura. Mi corazón se salta varios latidos.

Espero con ansias que me pregunten a mí y, cuando al fin el notario menciona mi nombre, no puedo evitar sonreír, porque llegó la hora.

—¿Puedo decir otras palabras? —pregunto, el notario asiente, sonriendo. Vuelvo mi mirada hacia Maddie. Su expresión es de sorpresa, con una mezcla de intriga y ansiedad—. Maddie, desde que te conocí, no ha habido día en que no te piense. En que no haya intentado ser mejor, solo por ti. Todos estos años que han pasado, han aportado algo a nuestra historia. A veces doloroso, a veces maravilloso. Pero hoy, no existen palabras que expliquen lo que siento. Lo que significa para mí que me aceptes, que quieras vivir junto a mí todo eso que nos negó la vida este tiempo. —Hago una pausa, porque ver sus lágrimas de felicidad, provocan las mías—. Te amo, Mads. Y más que un orgullo, es un honor que, al fin, seas mía. Acepto, mi amor.

No puedo aguantar más y me acerco a ella. No la beso, no aún. Pero apoyo mi frente en la suya y bien bajito, repito eso que llevo tan dentro de mí.

—Te amo.

Ella suspira, y a la vez que escucho al notario decirme que puedo besar a la novia, ella me responde, con su voz rota de emoción.

—Te amo.

Unimos nuestras bocas en un beso visceral. Lento, suave, pero intenso, profundo. Segundos después, al escuchar los abucheos y aplausos de los invitados, nos separamos, riendo.

—Ahora sí eres mía —declaro, orgulloso.

—No, Aiden —niega ella, sus ojos brillan otra vez—. Siempre lo he sido.

FIN