Capítulo 64. Esta vez, sí es la definitiva.

Es verdad, sin ti, nunca será vida.

Reproduzco la confirmación de Aiden ante mi declaración, una y otra vez, mientras su mano me dirige hacia la casa. Estar aquí, de vuelta, me hace recordar aquella vez que me entregué nuevamente a él. Aquella noche donde la luna, el mar y su cama, fueron testigos de la profundidad de nuestros sentimientos.

«¿Es normal que sienta nervios?», me pregunto interiormente, al notar que todo dentro de mí tiembla con anticipación. No debería reaccionar así, él conoce mi cuerpo, lo que me gusta, lo que debe hacer para que yo explote de placer a su alrededor. Siempre he sido suya y nada cambiará eso a estas alturas.

Llegamos a la entrada y él se detiene, rebusca en sus bolsillos para tomar las llaves y abrir. Cuando lo hace, entramos e inmediatamente, me quedo impactada al ver lo que me espera.

La oscuridad nos rodea, pero montones de pequeñas luces, esparcidas por todo el salón, crean un ambiente tenue y romántico. Bajo la mirada y en el piso, cientos de pétalos de rosas rojas, nos guían en el camino que debemos seguir. Una mesa, con dos sillas, está dispuesta al final del salón. Me sorprende ver dos velas, ya encendidas y, una botella de vino enfriándose en la hielera.

Me giro para verlo, pidiéndole con los ojos una explicación.

—Tuve ayuda —comenta y alza los hombros, entre avergonzado y despreocupado por la situación.

Al momento desconfío de mi propia familia, estoy segura que ellos formaron parte en todo esto.

Aiden no me deja pensarlo mucho, menos replicarle nada y, tomándome de la mano nuevamente, me dirige hacia una de las sillas, para luego ayudarme a sentar como todo un caballero.

—Nunca tuvimos una cita, hasta hoy —murmura y se rasca la cabeza, apenado—. Aunque deberíamos haber comenzado por aquí.

Su comentario me saca una sonrisa, si regresamos el tiempo hacia el principio de la noche, comenzamos la cita al revés. Y casi unos minutos antes, pudimos haberla terminando sin empezar siquiera, pero de una manera más que satisfactoria.

Me divierte y me enternece la situación a partes iguales. Toda una formalidad, teniendo en cuenta que nos conocemos lo suficiente. Pero agradezco su hermoso detalle. A pesar de haber vivido nuestro romance de forma maravillosa hace años, siempre nos faltó esto. Ir poco a poco.

—Por favor, di algo —ruega, nervioso.

Él todavía está de pie a mi lado, yo levanto el rostro para mirarlo a los ojos y con una mano, toco su barbilla. Lo atraigo hasta mí, haciendo que se incline. Rozo sus labios con los míos. Cierro los ojos para sentir aún más y dejar fluir todo lo que soy por dentro ahora mismo.

Muerdo su labio inferior, con suavidad, pero aplico una ligera presión; el contacto solo hecho con mis dientes. Suelta un gemido involuntario que me hace sonreír con satisfacción. Lo beso ahora, suave, lento, luego rápido, profundo. Hasta que suelto sus labios de repente y él jadea en busca de más.

Me mira con ojos voraces, inyectados de deseo. Yo siento lo mismo, pero me sostengo en mi posición.

—Como puedes ver. —Lo jalo más cerca de mí, hasta poner mi boca en su oreja—. Me encanta —susurro con voz provocativa. Le doy un pequeño lametazo en el lóbulo de su oreja y vuelvo a mi posición—. Pero creo que deberíamos utilizar todo esto.

Él sacude su cabeza, supongo que poniendo las ideas en su lugar y recuperando su cordura. Sonríe con una promesa en su mirada y yo se la devuelvo. Ambos sabemos cómo terminará la noche.

(...)

—¿Quieres bailar? —pregunta Aiden, luego de haber resistido casi tres horas de negar puro deseo carnal entre nosotros.

Hago un asentimiento, tengo el codo apoyado en la mesa y mi barbilla descansa en mi mano. En la otra, una copa de vino me hace compañía. Lo veo levantarse y sus ojos chispean con emoción. Se dirige hacia donde está el equipo de sonido a paso lento, pero su andar es muy masculino, sensual. En lo que él prepara el ambiente, yo lo miro. No sé si el vino ya me está pasando factura, pero mi mente calenturienta lo imagina completamente desnudo, haciéndome suya como hace años no me entrego a nadie.

Y sí, aquí es donde recuerdo que mi cuerpo no siente su merecida liberación desde aquella última vez, en la que le entregué todo a él. Y él, sin saberlo, me lo dio todo también. La garantía de una unión en nuestras vidas, aunque siguiéramos caminos separados. Nuestro hijo.

Despejo mi mente cuando ya me imagino entre sus brazos. Haciendo el amor como si no hubiera un mañana. Y contrario a todo, no me imagino un contacto suave, ni tradicional. No, me imagino empotrada en la pared, con él entre mis piernas, dándome más y más rápido; más y más duro. Conforme a como yo se lo pido. Conforme a como lo necesitamos.

Una suave melodía me saca de mi nube. Reacciono y miro, a tiempo de ver cómo se gira. Se queda mirándome, intenso, profundo, como si quisiera atravesar mi piel. Extiende su mano y camina hacia mí. Yo me levanto, intento parecer sensual, acorde con su propia postura, y voy a su encuentro.

Llegamos juntos al medio del salón. Unimos nuestras manos y el contacto se siente como un choque eléctrico.

Entre nosotros ya no hay espacio, cuando sus manos se apoyan a cada lado de mi cintura. Yo subo mis brazos y rodeo su cuello. Así, bailamos. Lentamente, moviéndonos al son de la música. Pasan una, dos, tres canciones, pero nosotros nos mantenemos así, abrazados. Cada vez más cerca, cada vez más compenetrados.

De pronto, su voz se hace presente. La escucho en mi oído, sonando al compás de la música que se oye de fondo. La letra, es una muestra increíblemente representativa de todo lo que ambos, estamos sintiendo.

“No sé qué va a pasar cuando regreses,

cuando te vuelva a ver.

No sé si sentiremos aún lo mismo.

Con sus variantes incertidumbres,

el tiempo pasó.

Solo espero que tú, como yo...”

Su voz suena como los mismos ángeles. Y escucharlo, cantando directamente para mí, me hace sentir aún más.

Aún más enamorada. Aún más convencida de que esto es lo que quiero. Es lo que necesito.

Lágrimas se acumulan en mis ojos, cuando unimos nuestras frentes, sus ojos cerrados y su rostro concentrado, en todo lo que describe nuestros principales miedos.

“Todavía te mueras por estar conmigo.

Y te falte el aire cuando yo te mire.

Todavía te rías de mis tonterías,

y que aún me sientas parte de tu vida.

Todavía me muera por estar contigo,

y que aún recuerde todos tus caminos.

Todavía me pierda entre tus fantasías,

y que aún te sienta parte de mi vida.”

Abre los ojos, se cruza con los míos. La sinceridad que veo en ellos. La necesidad de saber, es clara...

“Solo espero que tú, como yo, sigamos...

Enamorados, enamorados”

—Dímelo, por favor —ruega, mientras lágrimas ruedan por sus mejillas. Pego mi rostro al suyo y noto que yo también estoy llorando.

Tomo una respiración, larga y profunda, antes de responder lo que sé, necesita escuchar.

—Siempre, Aiden. Siempre he estado enamorada. De ti. De lo que eres. De lo que soy cuando te tengo cerca. De lo que me das y lo poco que pides a cambio. De lo que produces en mí cada vez que me tocas. —Acerco mi boca a la suya, seguimos bailando, abrazados. Deposito pequeños besos en su barbilla, en sus mejillas, seco sus lágrimas con mis labios—. Sigo enamorada de ti, como aquella primera vez. Y no me arrepiento de nada.

Lo beso, suave, él me corresponde con soltura, con pasión retenida mucho tiempo. Cuando nos separamos, agitados, ya la canción acabó. Y no me queda más que declararle todo eso que he sentido por nueve años.

—Te amo, Aiden. Aprendí a amarte un día y ya no he parado de hacerlo.

Mis palabras encienden algo dentro de él. Unas ganas oscuras de hacerme suya. Baja su cabeza hasta unir nuestras bocas otra vez. Con un beso ardiente comienza entonces, nuestra verdadera noche.

(...)

Caigo de espaldas en su cama. La textura sedosa de las sábanas la siento en mi piel desnuda. El sudor perla mi piel, siento calor en cada fibra de mi cuerpo.

Levanto la mirada y lo veo. Solo vestido con su bóxer negro, detallando mi cuerpo desnudo con una expresión hambrienta marcada en su rostro. Camina hacia mí y se detiene al pie de la cama. Se inclina un poco y con ambas manos, juega, haciendo caricias en mis piernas. El roce suave y placentero me provoca de mil maneras. Cierro los ojos y abro la boca, cuando sus dedos se acercan a mi centro, la anticipación me provoca al punto de arquear mi espalda, buscando cercanía. Pero cada vez que están cerca, se detienen, regresan hasta mis pies, para comenzar de nuevo esta tortura a la que me tiene sometida.

Alzo mis brazos y toco su pecho. Su abdomen marcado me hace jadear y salivar de deseo. Una por una, acaricio cada marca, delineo esa sexy "V" que me encanta y que me indica el camino hacia el terreno peligroso, interesante.

Mi exploración lo detiene de su tarea, contorsiona su rostro cuando ve en mis ojos las ganas de investigar, de atreverme, un poco más abajo. Traga saliva y me detiene, justo cuando mis dedos se introducen por debajo de la cinturilla de su bóxer.

—Todavía no —jadea, con voz gutural—. Hace tanto tiempo, Mads, que sé duraría segundos con solo sentir tu toque. Por eso quiero acariciarte, volver a aprender de tu cuerpo. Probar si aún soy capaz de provocarte mil orgasmos.

Literal, con esas palabras, acaba de calentarme aún más. Siento mi interior retorcerse con ganas de sentirlo dentro de mí. Pero yo tampoco quiero acelerar este momento. Quiero ser suya la noche entera.

Comenzamos un juego de poder, él me acaricia, yo lo provoco. Él me besa, yo lo muerdo. Él me toca, yo le correspondo. Sus manos se pierden en mis piernas, en mis pechos. Aprietan mis caderas y se abrazan a mi cintura. Su boca está en mi piel, en cada centímetro expuesto. Sus dientes muerden ahí donde más siento, sus dedos pellizcan ahí donde lo necesito. Su lengua batalla allí, donde el calor crece y se extiende, para provocarme un orgasmo demoledor.

Con mis piernas abiertas y temblorosas, lo recibo, completamente desnudo. Lo toco y él gime, la sensibilidad de nuestros cuerpos, ya por horas contenidos, se hace aún mayor, cuando aprieto en el punto exacto. Con soltura lo llevo hasta mi entrada. Él empuja solo un poco y yo ahogo un gritito de placer. Se acomoda encima de mí, rodeo su cintura con mis piernas. Sus antebrazos se acomodan a cada lado de mi cabeza, tensando esos músculos fortalecidos y trabajados que tiene.

Me mira ahora a los ojos. La excitación está ahí, latente, pero hay algo más. Algo que brilla y que se siente como posesión, como libertad, como un sentimiento formado y sincero. Algo que se siente como la vida misma, cuando de una estocada, entra en mí. Cuando ambos gemimos de placer a la misma vez. Cuando nos movemos, al unísono, en un baile natural y tan ancestral, de posesión.

Aiden me marca, otra y muchas veces más. Pero esta vez, sí es la definitiva.