Capítulo 63. Somos uno, tú y yo.

Caminar de nuevo de su mano se siente como estar flotando sobre una nube. Estos años extrañé tanto su tacto, su calor, que estar así me parece un sueño. A nuestro paso, todo se pierde; las personas, los negocios. Solo existimos él y yo.

Luego de nuestro beso y de la declaración de Aiden, decidimos que todo fluyera. Esta vez, disfrutaremos de cada segundo. No es que no lo hayamos hecho antes, es que, después del tiempo transcurrido, debemos ser cuidadosos e ir a nuestro tiempo.

Un paso en falso esta vez, no solo nos dañaría a los dos. Aarón ahora está de por medio.

—¿Te gustaría ir a otro lado? —pregunta Aiden, de repente.

En un primer momento pienso que no quiere exponerse, a fin de cuentas, medio pueblo sabe que él está comprometido. Dudo, solo por unos segundos, pero él lo nota. Sonríe. Contrario a la reacción que pensé tendría, él solo sigue sonriendo. Ahueca mi rostro con sus dos manos y deposita un suave beso en mis labios. El beso me sabe a poco, porque se retira rápidamente. Pero al levantar la mirada y encontrarme con la suya, sus ojos me derriten.

—Soy tuyo, Mads. Tuyo solamente. Y cuando lleguemos a donde pretendo llevarte, te lo explicaré todo —murmura, con deseo contenido. Una mano curiosa se abraza a mi cintura y me acerca a él—. ¿Nos vamos?

Su pregunta viene acompañada de un beso. Un beso más largo ahora; me aturde tanto que no hallo qué hacer, más que asentir a su propuesta.

(...)

Atravesamos el portón y yo frunzo el ceño. Cuando tomamos el camino hacia aquí me extrañé, pero realmente creí que no vendríamos a este lugar.

—No, Mads. No es lo que estás pensando —dice, muy seguro de sus palabras, luego de notar mi expresión. Su sonrisa de sabelotodo me hace rodar los ojos.

—Y... ¿qué se supone que estoy pensando? —pregunto, entre molesta y divertida. Aún no defino bien lo que siento al estar aquí otra vez. Mucho más después del tiempo que ha pasado.

—Hace exactamente cuatro años, que nadie vive aquí —exclama y yo me confundo aún más—. Luego de que te fueras, no fui capaz de dormir en las sábanas en las que tantas veces te amé. Y esa declaración duró hasta hoy. Juré que, si alguna vez volvía a dormir en esta casa, sería a tu lado —farfulla y sonríe. Su rostro manifiesta una expresión de júbilo varonil. Satisfacción cavernícola—. Y lo haré.

Voltea a verme con esa última declaración y solo con eso, mi cuerpo se enciende. Trago en seco. Sus ojos no dejan de observar los míos, mis labios, mi cuerpo acalorado.

Cuando se hace demasiado intensa la silenciosa muestra de poder, que pienso no podré aguantar más, Aiden hace amago de abrir la puerta. El clic me hace reaccionar y con exceso de valentía, lo detengo.

En un movimiento rápido, me coloco a horcajadas sobre él. En sus ojos veo sorpresa y, aceptación. Sus manos no pierden tiempo y aprietan mis caderas, para hacer presión ahí donde él lo necesita. Su excitación ahora es palpable, no estoy segura si ya estaba así antes o mi arrebato lo llevó a tal punto, lo que sí sé, es que se siente jodidamente bien.

Acerca su boca a mi cuello. Antes de tocarlo siquiera, roza su nariz en él, provocándome de mil maneras diferentes. Mis gemidos, con solo ese simple contacto, llenan el auto. Cuando al fin sus labios me tocan, es como regresar en el tiempo. Sus dientes salen a mi encuentro y raspan mi piel, ahí donde recuerda es mi punto débil.

—Ahhh... —gimo de satisfacción, cuando pasa su lengua por toda la extensión de mi cuello, chupa el lóbulo de mi oreja y luego, deposita pequeños, pero calientes besos, por todo lo largo, hasta llegar a mi boca. Nos unimos en un beso intenso, atrevido. Caliente como el infierno y canalizador de nuestros más profundos deseos.

Sus manos bajan hasta mis muslos y los aprietan. Sus dedos impacientes cosquillean en el borde de mi vestido, buscando el contacto picardioso. Cuando se acercan peligrosamente a ese punto sin retorno, un pensamiento llega a mi mente.

—Aiden... —susurro. Mi voz sale débil.

Él levanta sus ojos y en ellos veo su necesidad de mí. Un deseo ferviente acalora su mirada; el gris se ha vuelto casi negro. Mantiene su boca entreabierta y jadeos silenciosos hacen acto de presencia. Su pecho sube y baja, en un reflejo involuntario de respiración sofocada.

Cierra sus ojos, cuando comprende a donde casi llegamos. Apoya su frente en la mía y me pide disculpas con un susurro ronco.

—Fui yo la que provocó esto. No te disculpes —murmuro, levantando su cabeza gacha y volviendo a besar sus labios—. Yo solo...necesito saber.

Callo, porque no quiero arruinar el momento. Pero, aunque confío en él, necesito asegurarme de que nadie más sale dañado en esta historia de nunca acabar.

—Mads, entre Estela ya no hay nada. —Ahora es él quien levanta mi rostro. Una sonrisa suave me espera cuando lo miro—. Terminé mi compromiso.

Dejo salir un suspiro de alivio. Pero luego recuerdo la visita de Estela a la tienda de niños y termino aún más confundida. Aiden puede haberse equivocado mil veces, pero es un hombre respetuoso. Si Estela no mintió, respecto a que esperaba un hijo de Aiden, entonces hay algo que todavía él no me cuenta.

Espero, le doy la oportunidad de hablar, antes de pensar algo que no es.

—Maddie, yo... —comienza, pero hace una pausa y suspira. Cierra los ojos y recuesta su cabeza al asiento. Todavía mantiene sus manos sobre mis muslos, pero ahora la fuerza de su agarre ha disminuido—. Yo intenté hacer lo correcto. Tú... tú te fuiste. Y yo, de estúpido, te dejé ir. Por mis dudas, por mis inseguridades, pero lo acepté. Aun cuando nunca dejé de sentir, quise avanzar en mi vida. Me obligué a ello, porque tenía que vivir, Mads —murmura, apesadumbrado.

Sus ojos, intermitentemente, me miran, se cierran. Buscan en los míos comprensión.

—Yo, me rendí. Hubo algo hace años que nos hizo unirnos, a pesar de todo lo que eso representaba. Por lo que, si tú no estabas, no había motivos para negarme a un camino que ya conocía. Estela, tuvo complicaciones hace años y…no puede tener hijos. Íbamos a casarnos, para poder adoptar un bebé.

Ahogo un jadeo de la impresión. No me esperaba algo así.

—Sí, ella... perdió un hijo, hace años... —susurra, afectado. Me mira a los ojos y con pena, aclara—: Un hijo mío.

Cierro los ojos. Ya lo sabía, pero que él lo confirme me duele horrores. Se siente como si rasgaran mi pecho con algo afilado.

—Yo cometí un error, Mads. En aquella época en la que aún yo no había decidido por mí mismo. Esas fueron las consecuencias. Estela quedó embarazada y yo, tuve que asumir —habla triste, su voz apagada—. Tú debes recordar.

Con esa última frase me mira, yo frunzo el ceño, sin entender.

—Tú fuiste una de las consecuencias —explica, pero yo aún no capto—. Ese año nos decidimos. Aceptamos que caímos sin remedio. Y compartimos, luego de cinco años, varias noches increíbles —continúa y yo creo que logro entender—. Que fácil fue tenerte entre mis brazos otra vez —recuerda y pasa su mano por mi rostro, coloca un mechón de pelo detrás de mi oreja.

Yo cierro los ojos ante el contacto suave. Y ante lo que sus palabras me provocan.

—Estaba dispuesto a todo por ti, pero necesitaba renunciar, Maddie. Aunque me doliera en el alma verte destruida. Aunque me doliera hacerte daño una vez más. —Sus dedos nunca dejan de acariciar mi rostro, se detiene en cada centímetro, en cada minúscula parte—. Siempre fue fácil tenerte entre mis brazos. Porque ese es tu lugar. Porque somos uno, tú y yo. Y no podemos vivir sin el otro.

Asiento ante su afirmación, comprendo cada palabra, cada significado.

—Sí podemos, Aiden —replico, con una sonrisa leve—. Pero eso, no sería vida.