Capítulo 62. Una feria diferente.

—Uhmm, creo que esto no —comento, dudosa, mientras me veo al espejo.

Estoy intentando decidir qué me pondré para ir a la feria. No es un evento muy formal, de hecho, no lo es para nada, pero quiero acertar con la elección de vestuario.

Me atacan los nervios cuando pienso en lo que me espera. Aiden, a pesar de haber sido invitado por la abuela para acompañarnos, me preguntó si quería asistir junto a él y Aarón. Mi respuesta fue, en un momento de desentendimiento, que iríamos todos. Aiden solo sonrió y con esa hermosa expresión, me puse colorada. Me miró con un brillo especial en los ojos y sin perder su gracioso descaro, me aclaró lo que quiso decir.

—Te estoy invitando, Mads. Tú, yo y Aarón. Solos. —Al mencionar la última palabra, su voz adquirió un tono diferente, masculino, grave y profundo.

De más está decir que mariposas con tamaño de dragones revolotearon en mi interior. Una felicidad instantánea me cubrió, hasta que fui consciente, otra vez, de mi papel en esta historia.

—Aiden, yo... —comienzo, dudosa de sus intenciones, teniendo en cuenta que su vida seguía avanzando y con ella, sus planes futuros.

—Shh... —Coloca un dedo sobre mis labios. El contacto me hace estremecer—. Esta noche. Mads, lo entenderás todo. Por favor, confía en mí —culmina, demostrando una vez más que estamos en sintonía con nuestros pensamientos.

Escuchar su petición fue entender que me estaba poniendo a prueba. Y no tengo claro si por ingenua, por temeraria o por loca, pero asentí, dispuesta a darle un voto de confianza. Por él, por mí y por Aarón.

(...)

Mientras bajo las escaleras, siento mucho ruido. La voz de Aarón sobresale entre todas, por supuesto, acompañada por la de su tío Jackson. Esos dos son tal para cual, igual de bulliciosos.

Llego al pie de la escalera y lo que me recibe, me hace estremecer. Aiden está ahí, también. Él aún no me ha visto, está de espaldas a mí, jugando en el suelo junto a Aarón y mi hermano. La escena me hace sonreír, porque es hermosa.

«Cuanto daría por vivirla cada día», pienso triste, pero la esperanza es lo último que se pierde y tengo fe de que la vida y el destino algún día nos sonreirá.

Incluso sentado en el piso, el porte de Aiden no se pierde. Aun vistiendo ropa casual, se ve estiloso y totalmente sensual. Viste unos jeans sencillos, una camisa de cuadros y unos tenis bajos. No es hasta que se voltea hacia mí, que veo también una camiseta blanca por debajo de su camisa abierta. Su cabello lo trae desordenado y le da ese toque juvenil que tan bien le queda.

Me quedo ahí parada, casi salivando, cuando un detalle llama mi atención. En su mano derecha, lleva la pulsera, nuestra pulsera. Después de todo este tiempo.

«¡Oh, Aiden!, ¿por qué te empeñas en enamorarme cada día más?», pienso, cuando me doy cuenta que no importan los días, los años que pasaron. Tampoco el hecho de que nuestras vidas hayan tomado rumbos diferentes, cada uno viviendo de sus propias decisiones y experiencias.

No, porque sigo sintiendo todo como aquel primer día. Como aquella primera noche en la que me hizo mujer. Cómo aquella primera y única vez en la que entregué mi corazón. Sin garantía de retorno.

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POV: Aiden.

Se hace el silencio en el salón y yo, miro a mi alrededor buscando el motivo. Muy dentro de mí lo conozco, mi cuerpo la reconoce desde que entra en la habitación. La cosquilla que siento en la nuca así me lo hace saber.

Pero nada se compara al momento en que la veo, tan hermosa, tan sensual, tan sencilla.

Comienzo por sus piernas, largas y torneadas, adornadas con unas sencillas sandalias de tiras. Una falda termina su extensión justo en sus muslos, en un único vuelo. Sigo subiendo y su estrecha cintura se observa ajustada por un cinturón marrón, a juego con el estampado floreado del vestido. Un escote modesto, pero jodidamente sexy, es lo último que veo, antes de seguir la línea de su cuello.

Trago saliva al observar su rostro. Sus labios brillosos, me apetecen de tan solo mirarlos. Desearía quitarles todo ese labial con un ardiente beso.

Supongo que mi rostro proyecta todo lo que estoy pensando y sintiendo, porque sus mejillas, ya sonrosadas, se vuelven aún más rojas. Pero llegar a sus ojos, es lo que me hace saltar de emoción.

Amor...gritan.

Esperanza e ilusión...desean.

«Todo te lo daré, Mads, te lo prometo», determino, porque hoy, sí o sí, la tendré en mis brazos.

Yo no soy nada sin ella. Y ella, si todavía soy capaz de entender sus expresiones, tampoco.

(...)

POV: Maddie

Después de la silenciosa interacción de la que fuimos protagonistas, Aiden, Aarón y yo, vamos camino a la feria.

Nadie opuso resistencia cuando comentamos que iríamos por nuestro lado, señal inequívoca de que todos, absolutamente todos, desean que estemos a solas.

Me hizo gracia la expresión satisfecha de la abuela e, incluso, de Jackson, quien antes de salir me guiñó un ojo solidario. No forzado, si no, de acuerdo con mi decisión.

—¡Papá, mamá, mira! —Me sobresalta el chillido emocionado de Aarón. Aiden y yo nos miramos, ambos nos dimos cuenta de que, para Aarón, ya se hizo normal llamarlo papá. A fin de cuentas, no le hemos rectificado el término, por lo que lo utiliza a cada momento que puede.

Volvemos a sonreír, mientras miramos el motivo de la exaltación de nuestro pequeño. Un parque de diversiones se ve a la distancia. Con motivo de la feria anual, distintos negocios ambulantes montan sus atracciones en un determinado lugar del pueblo. Esta feria atrae infinidad de personas y, por tanto, montones de comercios se distribuyen en toda una zona disponible para ese fin. Desde puestos de comida y bebida, hasta tiendas de souvenirs, adivinación, tatuajes, lotería y juegos de suerte. Pero lo que realmente atrajo la atención de Aarón, son los juegos que se ven al fondo, los del parque de atracción del pueblo. Una pequeña montaña rusa, una altísima estrella y varios otros que gritan adrenalina a voces.

El auto se llena de grititos y chillidos cada vez que Aarón ve algo que le gusta. Desde algodón de azúcar, helados y palomitas, hasta juegos donde se ganan peluches. Por supuesto, le hace prometer a Aiden que le cumplirá cada uno de sus caprichos. De más está confirmar, que en ningún momento veo dudas en sus ojos. Él se lo dará todo.

Luego de tres maravillosas horas, caminando de un lado a otro, nos detenemos en un puesto donde Aarón quiere un muñeco enorme. Para ganarlo, hay que lanzar una pequeña pelota y acertar en al menos cinco barras dispuestas, en movimiento, al final de la tienda. Por supuesto, es Aiden quien se atreve, teniendo en cuenta que yo no soy buena en este tipo de juegos.

Mientras miramos, Aarón y yo, a Aiden, estoy segura que estamos embobados por motivos diferentes. Mi niño quiere saber si podrá ganarse el juguete, yo por mi parte, no puedo dejar de pensar en lo increíble que me siento.

Verlo ahí, concentrado, procurando satisfacer a su hijo, es algo hermoso. Además de que su estampa es más que sexy, su atractivo, madurez y carisma, es algo imposible de obviar.

Un grito glorioso de Aarón me saca de mis pensamientos y es cuando me doy cuenta que me dormí, literalmente, mirando a su padre. Tanto así, que ni siquiera noté cuando hizo los movimientos. Una mirada a Aiden basta para entender que está al tanto de mi despiste. Mis mejillas se colorean con vergüenza y él, descarado como es, sonríe satisfecho.

Celebrando la victoria, de pronto Aarón sale corriendo, gritando y gesticulando con sus manos, hacia alguien que no logro ver. Me asusto en un primer momento, pero luego entreveo a Jackson, cargando con mi hijo y con su peluche gigante. Sus ojos se cruzan con los míos unos segundos, vuelve a guiñarme un ojo y se va, con Aarón en sus brazos.

Volteo a ver a Aiden y su mirada penetrante, que ya me espera, me pone nerviosa. Camina hacia mí, como un depredador, pero yo no puedo moverme. O tal vez sucede que no quiero hacerlo. Pero. en fin, no lo hago. Espero. Hasta que su respiración choca con la mía. Hasta que no puede avanzar más.

—Mads... —dice, su voz gutural.

Levanto mi cabeza para mantener el contacto visual. Sus ojos ahora son del color del mercurio, brillantes, plateados.

Así nos quedamos unos segundos de más. En medio de todo. Mirándonos solamente. Sin tocarnos, más allá de un ligero roce de nuestras manos, ahí donde se encuentran inevitablemente.

De pronto, comienza a sonar una canción. La reconocemos. La vivimos.

Mis ojos se aguan. Los suyos sonríen.

Su boca se acerca, buscando un pequeño contacto, algo que nos haga decidirnos de una vez por todas. Cuando siento su aliento en mi boca, un calor me recorre todo el cuerpo. Pero sus palabras, tan significativas y reales, son las que me hacen caer en picado.

—No sé si fue destino. No sé si fue casualidad. Pero de lo que sí estoy seguro, es que has sido y serás lo mejor que me ha pasado en la vida. La mujer de mis sueños. La que me abrió los ojos. La que me enseñó a amar. La que más me hizo sufrir. La que me dio lo más grandioso que un amor puede engendrar. Eres mía, Mads. Aunque no te tenga, lo sé. Lo siento en mis huesos, en mi piel. Mi corazón palpita tan fuerte cada vez que estoy cerca de ti, que pienso algún día no seré capaz de aguantarlo. Mi pecho retumba y mi estómago se retuerce. Todo eso lo provocas en mí, cada maldita vez que te veo, que te toco, que te he tenido debajo de mí —confiesa. Su tono ronco me lleva con él, hasta ese punto en el que existimos solo nosotros—. Cada maldita vez que te hice mía, cada maravillosa vez que te amé con todo mi cuerpo. Cada momento de mi vida, en el que creo que no sentiré nada más. Pero luego llegas, otra vez, solo para hacerme entender, que el amor sigue ahí, cada vez mayor, cada vez más fuerte. Aunque tú hayas seguido con tu vida. Aunque yo haya intentado continuar la mía. Siempre nos perteneceremos. Porque estamos hechos el uno para el otro.

No sé cuál de los dos se decidió primero, ni cuánto tiempo nos tomó hacerlo. Lo que sí recuerdo es el sabor de sus labios, el calor de su boca. Sus manos en mi rostro, provocando caricias suaves. Recuerdo su nariz, frotándose con la mía, cuando sin abrir los ojos, luego de besarnos, no éramos conscientes del deseo escondido. O sí.

—Aiden, por favor. —No sé qué es lo que le pido. Pero estoy segura que me entiende. Siempre lo hace.

—Soy tuyo, Mads. Solo tuyo —confirma y yo abro los ojos. Busco en su mirada la verdad. La veo.

«Es mío», declaro.

No tengo clara la situación. Estoy consciente de que Estela existe. Y también está su supuesto hijo que aún no nace. Pero también sé que él no miente. Estoy segura de que sus palabras son reales.

Él es mío y yo soy suya.

Me entrego a él. Hoy, después de tanto tiempo sin sentirlo. Porque confío en él.

«Totalmente».