Capítulo 61. Arreglando el mundo, nuestro mundo.
Aarón duerme plácidamente, pero yo no puedo hacerlo. Me desvelé y ahora no puedo conciliar el sueño. Lo único que hago es pensar, pensar y pensar en todo lo que sucede. En todo lo que me dijo él, justo después de depositar a nuestro hijo en su cama.
—Gracias, Mads. Aunque el destino no nos haya unido de la forma que siempre deseé —susurra, mientras toma mi mano y delinea la alianza que aún llevo en el dedo anular—. Me has dado lo mejor y más maravilloso que alguna vez soñé tener. No te tengo como quiero, pero me conformo con un pedacito de ti. De nosotros.
Repito sus palabras una y otra vez. Intento entender su verdadero significado, porque estoy muy confundida.
Él está comprometido. Según tengo entendido, Estela puede estar embarazada. Por lo tanto, no tengo claro qué quiso decir.
Cansada de mi desvelo, me levanto, con cuidado de no despertar a mi pequeño y me dirijo hacia el primer piso. Ya la abuela está preparando café cuando entro a la cocina. Se sorprende al verme, pero me sonríe amorosa.
—Buenos días, mi niña —expresa, con voz cantarina.
—Buenos días, abue —respondo, dándole un beso en la frente.
Nos sentamos a la mesa, ambas con un tazón enorme de café con leche. Mientras desayunamos, cada una está metida en sus pensamientos. No es hasta que la abuela llama mi atención, que me doy cuenta que había vuelto al mismo punto de antes: Aiden.
—Ayer se me olvidó decirte, que Michael me pidió que te comentara algo —dice, en voz baja. Levanto la vista y en sus ojos veo tristeza, pero ya me imagino lo que tiene que decirme—. Él se está quedando en el Hotel Realto. Trajo consigo los documentos finales del divorcio, por lo que te espera hoy, para finalizar el proceso. Solo falta tu firma.
A pesar de todo, me duele esta situación. Plasmar mi firma en ese papel, significa que no pude devolverle a ese maravilloso hombre, todo lo que me ofreció.
—¿Te dijo sobre qué hora? —pregunto con un suspiro. La abuela niega con la cabeza.
—No —reafirma.
Me quedo pensativa unos minutos. Debería ir temprano, para no alargar más esta situación. Le pido a la abuela que esté al tanto de Aarón, en lo que yo resuelvo todo esto. Ella me comenta que no me preocupe, que mientras estemos aquí, ella se ocupará de su único bisnieto. Sonrío cariñosa ante su afirmación.
Me arreglo y voy a su encuentro. No es solamente que necesite firmar los papeles, es que necesito aclarar las cosas con Michael. Pedirle perdón por mis dolorosas palabras y recordarle que siempre, será Papá Michael para mi hijo.
Llego al hotel y pregunto en la recepción por él. Lo llaman a su habitación y me comunican que puedo esperarlo en el bar, que no tardará.
Diez minutos después estoy sentada en una pequeña mesa, esperando. Me pedí un café fuerte para pasar el tiempo, porque los nervios no me permitían esperar tranquilamente. Algo en esta formalidad, me hace entender que Michael está muy decepcionado de mí.
—Buenos días. —Su voz me sobresalta, tan metida en mis cavilaciones no lo sentí llegar.
—Buenos días —respondo, sonriendo levemente, pero él no me la devuelve.
Sus ojos se ven cansados, la seriedad de su rostro me confirma que nada está bien entre nosotros.
—Aquí tienes los papeles del divorcio, solo falta tu firma —dice, mientras coloca frente a mí un sobre color manila.
Lo tomo con dedos temblorosos, pero antes de abrirlo, no puedo evitar soltar todo esto que llevo dentro.
—Michael, yo sé que ahora mismo no quieres escuchar nada de mí, pero necesito hacerlo —murmuro afectada, aún más cuando veo que endurece su mirada y tensa su mandíbula.
—No es necesario que intentes redimir tus acciones, Maddison. Ya entendí mi papel en todo esto —responde él, con voz grave, enojada.
—Sí, tengo. Y debo —replico, no le doy paso a su supuesto desinterés, lo conozco y sé que es un mecanismo de defensa—. Michael —susurro y tomo sus manos entre las mías, él se sobresalta, pero no se aleja—. Perdóname. Por todo.
Conecta sus ojos con los míos y veo en ellos mucho dolor. Pero también sorpresa.
—Necesito explicarte. No es justo que pienses lo peor de mí, cuando ni yo misma tengo claro lo que ha sido de mi vida estos pocos días.
Él lo piensa por unos segundos y luego asiente. Suspiro, aliviada y le cuento todo. La petición de Leo, el descubrimiento de la verdad por parte de mi abuela. El deber de decirle la verdad a Aiden y los motivos por los que aún no le decía. La visita de Estela y su extraña intervención. Y, por último, el encuentro que tuvimos y las razones de que Aiden ya estuviera allí.
—Yo sería incapaz de hacerte daño, Michael. O al menos, no lo haría consciente —comento, afligida, por sus dudas, por su reacción al verme junto a Aiden aquel tormentoso día—. Pero, de todas maneras, quiero pedirte perdón, por esas palabras horribles que te dije, porque no pensé en las consecuencias. Porque tú no las mereces. No tú.
Bajo la cabeza, avergonzada. Tomo un respiro y vuelvo a hablar.
—Nunca pienses que me arrepiento de todo lo que vivimos, de lo que me ofreciste. Por eso necesito explicarte, antes de firmar. —Michael ahora me mira, intrigado de lo que yo podría decirle—. Tú fuiste mi salvación, cuando pensé que no podría seguir adelante. Tú fuiste mi refugio, cuando sentí que el mundo se me venía encima. Fuiste mi compañero, fuiste padre. Sé que lo hiciste sin pedir nada a cambio, aun cuando merecías más de lo que yo estaba dispuesta a entregar.
Hago una pausa, para evitar las lágrimas que se acumulan en mis ojos. Michael aprieta mis manos, levanto la vista y encuentro sus ojos. Esos pozos negros que reflejan un alma pura y merecedora de cosas maravillosas.
—Yo lo intenté, Michael. Lo intenté con todas mis fuerzas —ahogo un sollozo, al recordar todo lo que hice por mantenerme firme, por devolverle a él al menos una parte de lo que había entregado y, estaba entregando—. Pero el corazón no entiende de razones —murmuro, llorando.
Me duele decirle todas estas palabras, porque comprendo el tamaño de su dolor. Sé que otra vez, lejos de aliviarlo, sigo lastimándolo.
—Maddie... —me interrumpe, cuando intento seguir, pero los sollozos no me lo permiten—. Déjalo así. Sé que no es tu intención, pero lo empeorarás aún más.
Lo miro, confundida, él sonríe, una sonrisa hermosa, una que me recibía cada mañana, y que hoy agradezco haberla podido disfrutar.
—Yo siempre supe lo que era para ti. Yo mejor que nadie entendí tus luchas internas. Nunca fuiste mía. No del todo. Compartimos casi cuatro excepcionales años, pero siempre tuve claro lo que para ti signifiqué.
Baja la cabeza y respira profundo. Cuando vuelve a levantarla, sus ojos brillan.
—Me diste los mejores años, porque sé que lo intentaste. Si no hubiera sido así, podría haber tenido razones para decir todo lo que dije, pero no es así. Así que, perdóname, Maddie. Porque tú tampoco mereces que alguien, mucho menos yo, que te conozco, hable así de ti —confiesa y ahora soy yo la que aprieta sus manos, como señal de que todo está bien. Está olvidado—. Te amo, Maddie. Pero precisamente por eso, sé que tú felicidad no está conmigo. Aarón necesita a su padre, al igual que tú. Él es tu eterno amor. No sigas perdiendo el tiempo.
De más está decir, que sigo llorando durante todo el rato que pasamos juntos. Incluso mientras firmo los papeles siento como si estuviera renunciando a una parte de mi vida. Nos despedimos con un abrazo y Michael, afectado, apoya su frente en la mía, para luego depositar un pequeño pero significativo beso en ella. Cuando salgo del hotel, lo hago triste, pero completamente segura de que tomé la decisión correcta.
No puedo engañar a más nadie, fingiendo un amor que nunca sentiré. Pero mucho menos, puedo mentirme a mí misma.
(...)
—Aarón salió con Aiden —comenta mi abuela como si nada.
Mi reacción no puedo definirla. Es una mezcla de estupefacción, con sorpresa, con alegría infinita. Si mi hijo se fue con él, sin estar yo presente, es porque reconoce en Aiden a su padre. Al hombre que lleva esperando durante toda su corta vida.
—Y...¿se fue bien, así no más? —pregunto, por salir de dudas.
Abuela Nora sonríe enternecida, supongo que reproduciendo en su mente el momento.
—Aarón es muy inteligente, Maddie. Él sabe. Lo ve en ti. Lo ve en él. Solo falta que dé el paso definitivo.
Me quedo pensando en las palabras de mi abuela. Reconozco que lleva razón. A Aarón siempre le llamó la atención Aiden. Cada vez que lo vio, se quedaba reparando cada movimiento de él, incluso llegó a asimilar como iguales el color de sus ojos.
«Sería increíble que nuestro hijo le diera esa satisfacción a Aiden», pienso, porque sé que Aiden sueña con escuchar la palabra "papá".
—¿Sabes a dónde fueron, abue? —pregunto, porque de un momento a otro me entraron las ganas de compartir esa dicha. Y tal vez, acelerarla un poco más.
La abuela vuelve a sonreír. Y con picardía en su mirada, murmura el destino de ambos. Cuando me dispongo a salir, me detiene.
—Maddie, hoy es la feria anual. No demoren, queremos ir todos juntos. Invité a Aiden también.
Asiento, de acuerdo con su invitación y con la extensión del grupo.
(...)
El parque en el que se encuentran, es el mismo donde estuvimos ayer. Al parecer no les bastó una tarde para disfrutar de cada uno de las bondades que brinda.
Los busco por todos lados, pero no los veo. Voy rodeando el lago, mientras miro a mi alrededor. Ya creo que se fueron a otro lugar cuando siento voces a lo lejos, llamándome.
¡Mamá!
¡Maddie!
Miro hacia todos lados, buscando el origen de las voces, pero no los encuentro. Comienzo a sonreír, nerviosa y emocionada a la vez. No es hasta que miro hacia el lago, que veo dos siluetas en un bote, haciendo movimientos extravagantes para llamar mi atención.
Mi pecho se llena de orgullo, al ver a mi pequeño junto a su padre. Mariposas revolotean en mi interior mientras los veo sonreír. Divertidos. Felices.
Desde que los vi, hasta que llegan al rústico muelle donde se amarran los botes, mi expresión se mantiene intacta. Una sonrisa sincera. Ojos brillosos de emoción.
Pero no es hasta que escucho a mi pequeño hablar, mientras corre a mi encuentro, que un temblor me recorre y las piernas se me vuelven gelatina.
—Mamá, mamá. Pude montar en el bote. —Llega a mi lado, sofocado por la carrera, hace una pausa para respirar y añade—: Mi papá me cuidó, no me dejó caer nunca.
Alzo la vista y conecto con sus ojos.
Dos lágrimas gruesas, ya corren por sus mejillas.