Capítulo 59. Ha pasado mucho, pero no ha cambiado nada.
Ahora mismo no entiendo nada.
Aiden está arrodillado frente a mí, abrazado a mi cintura. Su frente apoyada en mis muslos y sus labios, rozan suavemente mi piel. Todo pasó muy rápido. Algo hizo clic en su cabeza, en sus memorias. Algo que lo hizo caer a mis pies, sin previo aviso.
Todavía siento la humedad en mis mejillas y mis manos tiemblan. Pero, ahora, lo hacen por un motivo totalmente diferente. ¿Lo toco? ¿Seré capaz de acariciarlo? ¿Él lo aceptará? Las ganas de sentirlo me atormentan. Me decido en un segundo y, con mucho cuidado, poco a poco, deposito mi mano sobre su cabeza. El tacto de su cabello en mi mano se siente familiar. Se siente bien. Correcto.
Él levanta su cabeza y conecta su mirada con la mía. Nos quedamos así unos minutos, solo se siente a nuestro alrededor el ruido de la naturaleza.
—Ya no más, Maddie. Por favor —pide y yo cierro los ojos. Mi otra mano ahora toca su mejilla, mi dedo pulgar acaricia su incipiente barba. Sus labios.
Un estremecimiento lo recorre cuando siente mi toque. A ciegas, todo lo que hago es sentirlo. Mi respiración se normaliza. Mi corazón se asienta y las mariposas dejan de revolotear.
Él se mueve. Se levanta. Mis manos entonces caen, como en cámara lenta, a mis costados. Pasan unos segundos y yo siento su aliento en mi rostro. Ahora sus dedos son los que me acarician. Los que dibujan en mi piel.
Lo que estoy sintiendo me abruma. Todas mis emociones están a flor de piel. Sinceramente, no sé cómo reaccionar. Tengo ganas de llorar, esta vez por motivos diferentes. Tengo ganas de reír, por la felicidad que me llena, al sentir otra vez a Aiden junto a mí, luego de cuatro largos años. Tengo ganas de...todo.
—Mads —suspira junto a mi boca.
El calor de su aliento, me provoca un escalofrío, un cosquilleo delicioso me recorre por toda la espalda. Ahora mismo soy víctima de mis deseos más oscuros. De mis necesidades físicas más intensas. Mi cuerpo ruega por su toque. Mi corazón pide su compañía.
«Ya no aguanto más».
—Por favor, Aiden.
No necesita más. Toma mi rostro entre sus manos y, con lentitud, me besa.
Sus labios están calientes. Y se sienten suaves, como la seda. Con destreza, chupa mi labio superior, luego el inferior, para después morderlos suavemente, una y otra vez. Introduce su lengua en mi boca, la mía también lo acompaña. Bailan juntas, en una secuencia repetitiva, deliciosa.
Sentirlo, luego de todo este tiempo, me hace sentir increíble. El contacto de su boca con la mía me transporta a esos días en los que amarnos era simple. Cuando no hacíamos más que profesar todo lo que sentíamos el uno por el otro.
Sus manos poco a poco van tomando confianza. Rodean mi cintura, me aprietan suavemente en las caderas. Sus pulgares ociosos presionan lo justo para hacerme estremecer. Por último, una de sus manos se mueve hacia mi espalda, mientras la otra, perezosa, roza mi costado, moviéndose peligrosamente hacia mi trasero. La yema de sus dedos solo alcanza a rozarlo, cuando yo, despertando de un letargo, interrumpo sus intenciones.
—Aiden, no podemos —farfullo, sin aliento, después de nuestro intenso beso—. No tenemos derecho de dañar a nadie más.
Me cuesta trabajo detenerme. Ni siquiera estoy segura de cómo fui capaz de hacerlo. Pero ya es suficiente de complicaciones, de hacer daño a los demás. Por más que me duela, Aiden tiene una vida planificada. Y aunque la mía no haya resultado del todo, todavía le debo respeto a Michael.
Aiden suspira. Derrotado, apoya su frente en la mía. Me mira entonces desde cerca, sus ojos son dos pozos tormentosos, oscuros y brillantes. Su boca entreabierta, sus jadeos casi imperceptibles, me dan señales de un deseo persistente. Cierro mis ojos, cuando reconozco en mi propio cuerpo, las mismas reacciones.
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POV: Aiden.
«Necesito hacerlo. Necesito saber».
Es lo que pienso, justo antes de rendirme ante ella. Antes de fundir nuestras bocas en un beso visceral. Lo hago y es como si el tiempo no hubiera pasado. El sabor de sus labios sigue siendo tan dulce como siempre, el calor de su cuerpo sigue siendo intenso, mientras entra en contacto con el mío.
Sentirla así, conmigo, otra vez, luego de cuatro eternos años, donde me negué a siquiera soñar con volver a vivir esto, se siente especial. Único. Más que disfrutar el placer de sentirla entre mis brazos, esto es una prueba de fuego. Una prueba para mí mismo.
Saber que Maddie todo este tiempo me había mentido, rompió algo dentro de mí. A pesar de todo lo que fueron estos años, todavía guardaba a Maddie en mi corazón, en un lugar que, hasta hace poco, escondía por resignación.
Tuve años de pensar en todo y jamás pasó por mi mente, que Jackson y Maddie fueran hermanos. Nunca lo imaginé porque es algo tan increíble, que cuesta aceptarlo. Supongo que en algún momento lo entenderé todo. Pero mientras vivía en la ignorancia, aunque creía lo que no era, nunca fueron suficientes motivos para olvidarla, para sacarla de mi corazón. Por lo que intentaba obviar esos constantes recuerdos que venían a mi mente una y otra vez.
Comprender, de la peor forma, todo lo que me perdí, me llenó de sentimientos encontrados. Por un lado, la felicidad que me embargó fue infinita; mis mayores deseos se vieron resueltos de un segundo a otro. Pero, por otro lado, dolió. Como nunca jamás, algo me ha dolido.
Me dañó. Todo.
Darme cuenta que la mujer de mi vida, la única que me ha hecho sentir vivo, me ocultó algo tan importante, siendo sincero, me decepcionó. A primera instancia, fue desestabilizante. Me fui de allí, con el alma en trozos y el corazón en un puño. Tenía un hijo. Un hijo con Mads. Y hasta ese día, después de tres años, yo ni lo imaginaba.
Por otro lado, estábamos yo y mis constantes metidas de pata. Sin darme cuenta arrastré mi pasado, ese que decía ya no formaba parte de mí, todo este tiempo. Asumí el rol que desde mi nacimiento me encomendaron, creyendo que no, que lo que hacía era por decisión propia y no por imposición. Pero en algún punto me adoctrinaron tanto, que ni siquiera fui consciente de mis actos hasta que me explotaron en la cara.
Mi pasado fue un fantasma entre ella y yo. Mi pasado nos trajo hasta aquí. Hasta este punto, en el que intentamos averiguar qué sucede. En el que estamos cansados de negarnos. En el que, incluso rotos, cada uno con sus razones, no podemos dejar pasar la oportunidad de probar. Probar que ha pasado mucho, pero no ha cambiado nada.
No tenemos derecho de dañar a nadie más.
Las palabras de Maddie me devuelven a la realidad. Entre tanto pensamiento, entre los deseos oscuros que afloraron mientras disfrutaba de su sabor, es como si el tiempo se hubiera detenido.
Nos miramos a los ojos, con mi frente apoyada en la suya. En los de ella veo expectativas, esperanzas, después de nuestro beso. Y me gusta. Es un alivio. Porque lo que antes me mostraron, esa mezcla de culpa con desesperación, me hizo sentir muy mal. No es mi deseo, mucho menos mi objetivo, hacerla sentir así, de mantenerla en ese estado en el que no sabes qué hacer, ni qué decir, para solicitar un perdón, que tal vez a otro le costaría dar. Pero no a mí. Yo no puedo culparla a ella, ni reclamarle nada.
Ella se equivocó, pero yo también.