Capítulo 58. Te pido perdón.
Las olas rompen en la orilla, justo frente a mí. El agua salpica mis pies y la arena se adhiere a mis dedos desnudos. El calor, que incide sobre mi cuerpo, se siente por unos segundos menos asfixiante.
Espero, mientras miro el horizonte. Mis gafas de sol y un sombrero sencillo de playa, son el complemento perfecto para este día. El calor me hace sudar, mucho más, al estar en contacto directo con el sol. Los nervios no me han dejado estar tranquila.
Intenté mantenerme sentada a la sombra, pero la ansiedad me pudo y decidí matar el tiempo viendo el vaivén constante del mar.
—Maddie...
Dejo de respirar. El corazón me va a mil, lo siento justo en mi boca, el estómago se me retuerce y las piernas me tiemblan. Todavía siento el agua chocar en mis pies descalzos, pero ya no la noto fría. Todo dejó de sentirse a mi alrededor. Solo puedo verlo a él. Y sentir cada partícula de mi cuerpo a la expectativa, porque ya está aquí, porque lo que deseé siempre decir, está por volverse real, y me doy cuenta que nunca tomé dimensión de mis anhelos. Mientras lo pensaba se sentía fácil decirle a Aiden la verdad, y no lo es, y lo voy a lastimar en numerosas formas; nos voy a dañar, pero, debo asumir las consecuencias y esto tiene que acabar. Tiene que saberlo todo y entender el porqué de mis elecciones, aunque si lo pienso; no tengo justificación.
—Aiden...
Intento hablar, pero no sé qué decir. Y toda la resolución que tenía hace unos segundos, se esfumó. Trago una, dos, tres veces. Cada una más difícil de pasar que la anterior. Su mirada me quema, aún más que los rayos de sol que inciden sobre las partes descubiertas de mi cuerpo.
Miro sus ojos, que me escrutan. Y, por primera vez en años, lo que veo en ellos no me gusta nada.
No veo la mirada de decepción que me dio aquella lejana tarde, llena de malentendidos. Ni un atisbo de esa mirada indiferente que me atravesó el día que lo visité en su consultorio. Ni siquiera, aquella mirada de dolor cuando le dije que Jackson es mi hermano y él, comprendió lo que eso significaba.
No. Es un vacío.
Un vacío que puede significar mucho y a la vez nada.
—¿Por qué? —pregunta, serio, severo.
Está a dos metros de distancia, pero es como si sintiera su aliento en mi rostro, de tan intensa que me resulta esta situación.
—Puedo explicarte, Aiden... —comienzo, temerosa.
—Pues explícate —pide, exigente. Su voz no se ablanda en ningún momento. Y su rostro, está aún más inescrutable.
—No intento justificarme, porque lo que hice no tiene justificación —continúo y él alza una ceja ante mi afirmación. Su gesto me pone más nerviosa—. Pero, nunca creas, por favor, que quise hacerlo.
Repite el gesto con la ceja. Pero no habla.
Yo bajo la cabeza. Suspiro y hago una seña para ir hacia los árboles. Sin esperar respuesta, paso por su lado.
El toque caliente de su mano, en mi antebrazo, me hace saltar, sorprendida. Me giro para verlo de frente y me encuentro con sus increíbles ojos. Al instante, extraño todos los sentimientos que era capaz de ver con solo una ojeada en esos pozos reflejo de su alma. Pero lo lastimé. Demasiado. Yo provoqué este vacío que ahora llevan.
—Es mi hijo, Maddie. ¿Cómo fuiste capaz de algo así? —pregunta, mientras mantiene su mano sobre mí. Y ahora sí. Veo un atisbo en sus ojos del dolor que está sintiendo—. Fueron tres años que me perdí de su vida. Perdí todas sus primeras veces. Y no porque quise, Maddie. Tu no me dejaste disfrutarlo. ¿Nunca pensaste en todo lo que nos quitarías a ambos? —culmina, atormentado.
Su pregunta me provoca lágrimas de dolor. Duele. Corren por mis mejillas, sin parar. Sollozos salen de mí, de forma involuntaria. Ya empecé y ahora no puedo parar.
«Todo, absolutamente todo, es mi culpa», pienso avergonzada.
Aiden nos guía hacia la sombra, no mantenemos mucho contacto, pero contrario a lo que creo, no me suelta, ni me aprieta más de la cuenta, me dirige con cuidado, incluso diría que, con ternura, hacia donde podamos sentarnos y hablar con tranquilidad.
Mi estado no mejora, así pasan los minutos, las horas y, todavía yo, no logro sacar de mi cuerpo esa desazón que me martiriza.
—Aiden —menciono su nombre para llamar su atención. Él está ensimismado mirando hacia al frente. Mi voz lo hace reaccionar y se gira para mirarme.
Al verme, su expresión cambia. Su mirada dura, se enternece.
«Así estará mi rostro de tanto llorar», pienso, al notar lástima en sus ojos.
Nos mantenemos la mirada. Suspiramos. Yo, al menos, resignada de todo lo que ha sido mi vida hasta el día de hoy.
—Perdóname.
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POV: Aiden
La veo así, en ese estado de desasosiego y me duele el alma.
Cuatro años pasaron. Cuatro largos e interminables años. Y yo sigo donde mismo.
Amando. De la misma forma. Con mayor intensidad.
Mi cuerpo, al contrario de lo que sé estoy proyectando, está lleno. Lleno de felicidad. También hay dolor. Hay desilusión. Y un poco de decepción. Pero el sentimiento que predomina, es el amor. Puro y duro.
La vida me sonrió hace tres años, aunque no lo supe hasta ayer. El destino me entregó la garantía de un eterno recuerdo. Ese que llevo constantemente conmigo.
Maddie.
—Perdóname —susurra.
Su voz, el tono desahuciado que utiliza, muestra fiel de su pena, me deshace.
Mi pecho duele por ella. Porque muy a mi pesar, comprendo sus decisiones. No las justifico, pero las comprendo. Yo, aunque cueste aceptarlo, la llevé a este punto. Nunca la escuché. Nunca le di la oportunidad.
«Pagamos todos, justos, por pecadores».
Ella con sus motivos. Yo con los míos.
Regreso en el tiempo y recuerdo. Su voz. Su petición. Su ruego.
Luego yo. Mi despecho. Mis palabras en su contra. Mis ganas de lastimar. Y, por último, recuerdo colgar el teléfono, mientras ella me pedía que le diera una oportunidad.
Evoco sus palabras antes de salir de mi consultorio. La pregunta con doble intención. El recuerdo de su forma tácita, de decirme que algo necesitaba ser dicho, necesitaba ser aclarado.
Pero que yo, repleto de dolor, no supe ver. No supe entender.
—Por favor, di algo —pide, su mirada me transmite mil emociones. Todas crudas. Todas dolorosas.
—Maddie, yo... —comienzo, pero es difícil poner en palabras todo lo que soy, ahora mismo, interiormente—. No sé qué decirte —confieso, luego de unos segundos de indecisión.
Maddie intenta aguantar el tipo. Veo en sus ojos que la mata esta incertidumbre. De no saber. De imaginar.
—Yo... —dice y hace una pausa—, quisiera explicarte todo, Aiden. Por favor —murmura y me mira suplicante.
Yo aún no sé qué hacer ni cómo reaccionar, por lo que asiento, de acuerdo con su petición. Me preparo mentalmente para escuchar, en primera plana, su dolor.
—La última vez que... —carraspea—, estuvimos, no nos cuidamos —su rostro se colorea con un delicioso rubor, la vergüenza que siente al hablar de nuestra anterior intimidad, me hace sonreír— no fui consciente de las consecuencias que eso podría traer, hasta dos meses después, cuando todo parecía encauzarse hacia el mismo destino.
Baja su cabeza y una lágrima solitaria corre por su mejilla. Un sollozo lastimero sale de sus labios, de forma involuntaria y sé, que lo que viene a continuación, no es fácil de confesar.
—Mientras fue una sospecha, todavía mantenía las esperanzas. No solo de lo que podría resultar, sino de todo lo que estaba sucediendo entre nosotros. —Me mira y veo en sus preciosos ojos azules, lo que para ella significó la distancia—. Llegó un punto en el que necesitaba verificar la situación y pues, me decidí, pedí un turno con el ginecólogo. Un día antes de la consulta, Andrea me llama —confiesa.
Baja su cabeza otra vez. Sorbe por la nariz e intenta secar sus mejillas con el dorso de su mano.
—Tú, habías seguido tu camino. Dos meses solamente, fueron suficiente para que olvidaras todo, y siguieras tu vida.
Escuchar eso, me confunde. Frunzo el ceño y Mads nota mi duda.
—Dos meses después... —comento, dudoso. Rebuscando en mi mente el momento exacto al que ella se refiere.
Regreso a esos días, de dolor y frustración constante. Donde no fui yo mismo. Al punto de que tuve que pedir vacaciones, porque no mantenía la concentración en mi propio trabajo. Regreso a aquella fatídica noche en la que, cansado de sufrir, de culparme, me fui de copas. Con Estela. De esa noche no recuerdo mucho, para no decir que nada. Solo tengo claro lo que sucedió la mañana siguiente. Cuando desperté en su cama, con ella envuelta en mis piernas. Totalmente desnudos.
Bajo la cabeza, tapo mi rostro con ambas manos y niego, descontroladamente. Todo fue un maldito error. Una maldita confusión. Pero de la que fue testigo, al parecer, la prima y mejor amiga de Maddie.
Esa fue la única vez que me entregué a mis deseos más primitivos. Y no es que haya sido muy consciente.
Pero fue suficiente, solo eso, para que otra vez yo alejara de mí a lo único que alguna vez he querido en la vida.
—El doctor me confirmó lo que yo, ya sabía. Estaba embarazada, con poco más de dos meses —continúa y, a pesar de que ya no me quedan dudas, la expectativa me pone nervioso—. Aarón es nuestro hijo, Aiden —confirma y en mi pecho revolotean mil sensaciones. Lo sabía. Pero al confirmar mis sospechas, se siente diferente, se siente real. Ahogo un jadeo involuntario, resultado de lo que su afirmación me hace sentir—. Yo no quería llegar a esto, a mantener este secreto que se sintió eterno todos estos años, pero cada día se complicaba más hablarte, ponerte al tanto. Nunca dudé de lo que sería para ti, de lo que harías aun, si habías continuado con tu vida. Fui una egoísta, sin quererlo realmente, pero mis dudas, mis miedos, mis reservas contigo me llevaron hasta aquí.
Hace una pausa. Su silencio llama mi atención, por lo que levanto mi cabeza para encontrarla mirándome fijamente. Sus ojos proyectan sufrimiento, pero a la vez alivio.
«Ella no quería esto. No de esta forma», recuerdo.
—Te pido perdón, Aiden. Por todo. Yo sé que nunca podrás recuperar lo que mis decisiones erróneas te quitaron. Pero puedo asegurarte un futuro hermoso —murmura y sonríe. Una sonrisa maravillosa, orgullosa—. Aarón es increíble. Y para él será un honor, llamarte papá.
Mi pecho se llena de amor y, nuevamente, después de tantos años, caigo de rodillas, esta vez a sus pies.