Capítulo 54. Esta es mi verdad.

Abro mis ojos al sentir las caricias de mi pequeño. Sonrío agradecida por cada día amanecer de esta increíble manera.

—Mamá, tengo hambe —susurra Aarón cuando ve que me hago la dormida otra vez, me sacude con sus pequeñas manitas y vuelve a llamarme, esta vez más alto—: ¡Mamá!

Con un movimiento rápido me levanto y comienzo a hacerle cosquillas, haciendo que nuestras risas se escuchen por toda la casa. Pocos segundos después, abuela Nora pide permiso para entrar al cuarto. Cuando entra, ambos estamos tomando un descanso, con las respiraciones agitadas de tanto reír.

—Vamos, nené, a desayunar, que hoy toca paseíto con la abuela Nora —farfulla la abuela emocionada, a lo que Aarón reacciona con un sonoro ¡Siiii!

El chillido de emoción tupe mis oídos y, el cuerpo minúsculo de mi hijo, pasa por encima de mí para apurar los preparativos. Se baja de la cama y cuando se dispone a salir del cuarto de la mano de mi abuela, regresa a donde estoy yo y me da un enorme y baboso beso. Sonrío cariñosa por su detalle y le devuelvo otro igual de grande, pidiéndole además que se porte bien en el paseo.

Dos horas después aún estoy en el cuarto, pensando en todo y en nada a la vez. Durmiendo a ratos y aprovechando un poco la soledad. No es hasta que escucho el timbre de la casa sonar, insistentemente, que me doy cuenta que estoy completamente sola.

Me arreglo un poco como puedo y salgo del cuarto, me dirijo a las escaleras y vuelve a sentirse el dichoso ruidito. Un poco molesta por la impaciencia, abro la puerta de malos modos. Lo que me encuentro del otro lado no es, en ningún momento, lo que esperaba encontrar. Me recompongo del shock y con la mirada más fría que puedo mostrar, pregunto con arrogancia.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí?

La pelirroja de ojos verdes me devuelve la mirada, pero contrario a otras veces, esta no es ni presumida, ni insolente. Es una mezcla de dolor con dignidad rota. Una sensación extraña me recorre. Ver a Estela en esas condiciones no puede traer nada bueno.

—Solo te voy a pedir que me escuches —murmura con voz baja. Cuando voy a replicar, levanta una mano y me interrumpe—. Sin interrupciones, por favor, esto lo diré solo una vez.

Su conducta me deja pasmada, el tiempo suficiente para que comience a hablar y yo me interese por lo que dice. Mi curiosidad dándose a conocer cuando escucho el nombre de Aiden.

—Aiden te ha amado desde el momento en que te conoció, cambió su vida por ti. Enfrentó su mundo para ser una mejor persona y ser capaz de merecerte. No hay nadie más importante para él que tú... —Hace una pausa y añade—: Y ahora su hijo.

Por un momento pienso en su supuesto embarazo y miro hacia su vientre, ella se da cuenta de lo que estoy haciendo y sonríe con tristeza.

—El mío no, Maddie. El de ustedes —declara y mi primera reacción es negarlo. Pero ella niega divertida y, con otra sonrisa resignada, comenta—: No estoy preguntando, estoy más que convencida de que el niño que vi junto a ti ayer, es su hijo. —Sus ojos se aguan y yo trago en seco, ante su siguiente afirmación—. No lo prives de ver crecer a su hijo, es lo único que te pido.

Cierra los ojos y respira profundo, supongo que tomando fuerzas para lo que a continuación confiesa.

—Soy consciente de lo que yo significo para ti. Sé que no me soportas, y yo tampoco a ti; créeme. Te has llevado al mejor hombre de todos. Pero Aiden merece ser feliz. Y si hay alguna razón por la que él y yo seguimos relacionándonos, es porque un día tuvimos lo que tú tienes, un hijo de ambos. —Me quedo perpleja ante su confirmación. ¿Un hijo, de Aiden? La miro a los ojos, buscando la mentira conformada, pero en ellos solo veo dolor, agonía y resignación—. No voy a explicar ni el proceso ni las razones de por qué no está aquí, es demasiado doloroso y no tienes necesidad de saberlo. Pero claramente lo que sucedió, nos rompió en numerosas partes y, también, nos unió. El dolor nos unió. Y no hay nadie más en el mundo que entienda mi dolor, como él. —Sus mejillas son surcos de lágrimas a estas alturas. Entre sollozos, continúa argumentando—: Es por eso que jamás vamos a dejar de vernos; en ese sentido, somos el punto de apoyo del otro; aprendimos a ayudarnos, a superarlo juntos. Y a veces creemos que lo tenemos superado, y entonces, vemos un niño caminando de la mano de sus padres y todo vuelve a tambalearse. No puedes quitarnos lo único que nos mantiene en pie. Y no puedes hacer que él esté más condenado aún.

La pausa dura un poco más esta vez, pero yo no encuentro ni palabras ni motivos para reclamarle algo. Sus palabras me duelen, a pesar de todo lo que yo misma viví por su culpa, nada, absolutamente nada, se compara con el dolor que acarrea la pérdida de un hijo.

—Ya sufrió lo suficiente —continúa con voz segura—. No merece pasar por eso de nuevo, no si puedes evitarlo; no, si yo puedo hacer que lo evites.

Se aleja de mí, mirándome fijamente y, antes de darse la vuelta del todo, vuelve a hablar. Esta vez dejándome con la boca abierta.

—Solo quería que lo supieras. Tienes la posibilidad de hacerlo realmente feliz. Tú y una familia es lo que siempre ha querido. No le quites eso.

(...)

POV: Aiden.

—Supongo que su prometida llegará en unos minutos. ¿No es así? —pregunta la trabajadora social, mirándome por encima de sus gafas de pasta.

—Eso espero, la verdad no entiendo su demora, ella más que nadie está muy emocionada por esta oportunidad —respondo, apenado. No entiendo la tardanza de Estela.

Miro mi teléfono una vez más, esperando ver una excusa para que Estela esté ausente en este proceso.

—Si lo desea, puede comenzar con sus preguntas, cuando Estela se incorpore ella podrá responderlas también —comento, buscando una solución rápida. La mujer me mira otra vez, no muy convencida, pero segundos después asiente.

Yo ahogo un suspiro de alivio. Al parecer nos dará una oportunidad, a pesar de haber quedado muy mal.

—Solo le voy a hacer una pregunta a usted. Las demás están más enfocadas en su prometida. ¿Está de acuerdo? —pregunta otra vez, a lo que yo asiento con la cabeza varias veces—. Muy bien. ¿Cuáles fueron los verdaderos motivos que lo llevaron a tomar esta decisión?

Me atraganto con su pregunta. No me sorprende que la haga, lo que sí me aturde es que lo haga tan pronto. La verdad, no estaba tan preparado para esto como pensaba.

—Desde que tengo uso de razón... —Hago una pausa, respiro para calmarme. El dolor que me provoca el recuerdo se presenta—, he rogado por una familia, por verdadera compañía. Hace unos años atrás, Estela y yo, tuvimos la oportunidad de ser padres. Cuando supe la noticia, me volví loco, no sabía determinar si de felicidad, de miedo, de nervios o de arrepentimiento. Pero al final del día, saberlo me cambió. Al fin podría tener una familia, mi familia. Una que dependiera de mí, por la que lucharía siempre con uñas y dientes, por la que sería capaz de todo. Aunque no haya sido de la forma que esperaba.

A mi mente vienen flashazos de mis momentos con Maddie, esos increíbles momentos en los que mi mayor deseo era formar una familia con ella, pero alejo ese pensamiento.

—Nuestra situación no era la mejor, ni con nuestra relación, ni con nuestras metas propias —confieso sincero, en estas cosas, la verdad siempre es mejor opción—. En contra de nuestros deseos, el embarazo al principio fue algo duro, tuve motivos por los que estuve reacio, pero luego las prioridades se establecieron y, decidí que estaría ahí, con ella y con mi hijo —. Bajo la cabeza, ahora llega el momento más duro de todos—. Hasta que Estela perdió el bebé, cuatro meses después.

La señora ahoga una exclamación, a pesar de que debía suponer lo que pasó, no esperaba que yo fuera tan crudo.

—Nuestra relación se había establecido un poco, por lo que sufrimos juntos nuestra desgracia. —Suspiro otra vez, pero decido que ya es suficiente—. No importa lo que nos llevó hasta aquí, el camino que tuvimos que recorrer, lo más significativo es que desde entonces supimos que Estela, no podría concebir jamás. Lo que nos llevó a este punto.

—Lo siento Dr. Reed, si fui demasiado indiscreta con mi pregunta —menciona avergonzada la trabajadora social, pero ella solo está haciendo su trabajo. Yo niego con la cabeza, desestimando su malestar.

—Desde entonces sueño con consolidar esa familia que me quitaron. Ese sentimiento desconocido que nació en mí el día que supe que sería papá, no lo perdí. Persiste en mis sueños, cada día de mi existencia. De ahí la decisión de adoptar un bebé.

(...)

Estoy sentado en el salón cuando siento la puerta de la casa abrirse. Segundos después Estela hace su aparición.

—Lo olvidaste. —No es un reclamo, ni una pregunta. Ni yo mismo sé que significan mis palabras.

Estela me mira con ojos rojos, inflamados de llorar. Me levanto en un instante y, preocupado, me acerco a ella, buscando señales en su cuerpo de algún tipo de agresión.

—No te preocupes, no me pasó nada —susurra, casi sin voz. Yo no le hago caso y sigo buscando. Segundos después, ella toma mis manos y las acomoda entre las suyas. El gesto me sorprende, al igual que sus manos frías como el hielo—. Por favor, Aiden, siéntate. Necesitamos hablar.

Su declaración me pone alerta, su tono de voz, aunque bajo, me hace reaccionar. La encamino hacia el sofá y nos sentamos juntos. Ella no me mira, su mirada está enfocada en el suelo, como buscando fuerzas en algún punto inespecífico.

—No se me olvidó, Aiden. Ya no quiero adoptar un bebé. —La miro, extrañado, yo mejor que nadie conozco sus mayores deseos y ser madre, es uno de ellos—. No contigo —culmina y yo me atraganto con sus palabras. La veo y no le creo. Sus ojos me dicen otra cosa.

—¿Qué pretendes, Estela? —pregunto serio, porque ahora mismo no estoy entendiendo nada.

Ella suspira en respuesta, preparándose para todo lo que expresa a continuación.

—Aiden, yo toda mi vida he vivido a partir de los deseos de los demás. Incluso mi amor por ti, no surgió de mi interior, fue más un sentimiento autoimpuesto. Lo sabes —dice, mirándome a los ojos, sinceridad pura reflejados en ellos—. Salir embarazada, fue para mí, más que una muestra de amor, una forma de atadura. En aquel momento significó la posibilidad de tenerte.

Hace una pausa y traga duro. Su confesión no es algo fácil de soltar. Siempre lo tuve claro, a pesar de que le di un voto de confianza, siempre supe que sus motivos iban más allá de una obsesión.

—Mi vida siempre ha girado a tu alrededor. Hubo una etapa en mi vida en la que me obsesioné contigo. Aún hoy no estoy segura si fue por obligación o por verdadero interés. Lo que sí te puedo asegurar es que, en algún punto, comencé a amarte de verdad —carraspea, luego de confesar eso—. El año que conociste a Maddie, recuerdo que habíamos hecho un trato. Ambos simulábamos ser novios frente a nuestros padres, mientras cada cual vivía su vida. —Me mira, asegurándose de que lo recuerdo, yo asiento—. Aún recuerdo cómo me hizo sentir tu propuesta de ir cada quien por su lado... —murmura, ida, su mirada fija en un punto ciego, recordando—. Dolió. Dolió estar de acuerdo con tu propuesta. Dolió aceptar que verías a otras mujeres, que conmigo no sería suficiente. Pero más que todo, dolió ver tu mirada, aquella mañana en tu habitación, cuando Maddie apareció. Ese día supe lo que era el amor, no porque lo sentí, sino porque lo vi, en tus ojos.

Esta vez soy yo el que fija la vista en un punto. Ahora soy yo el que siente ese dolor. Porque ese día comenzó mi infierno personal.

—Fue duro aceptar que, en menos de una semana, una chiquilla desconocida había logrado enamorarte, había logrado convertirse en eso que yo llevaba años esperando. Pero me convencía de que pasaría, de que tú eras consciente de lo que significaba amar a quien no debes. Y fue así por cuatro años.

Siento sus manos rodear las mías. Las levanta y las besa. Las deja en suspensión, justo rozando sus labios, lo que me hace sentir cada sollozo que sale de su cuerpo.

—Estela...

—No lo recuerdas... —llora—. Lo peor de todo es que no lo recuerdas.

Frunzo el ceño, confundido. —¿Qué es lo que no recuerdo? No entiendo —pregunto, intrigado del motivo de sus lágrimas.

—No recuerdas llegar, estabas tan borracho que no lo recuerdas. Pero yo sí... —susurra entre lágrimas—. Recuerdo tus manos en mi cuerpo, tus besos ardientes, tu roce caliente en cada centímetro de mi cuerpo. Recuerdo tu forma brusca de entrar en mí, pero a la vez tan dulce que con solo una estocada me tuviste jadeando de placer. Recuerdo el vaivén de nuestros cuerpos, la cadencia de tus movimientos, el calor de tu boca...pero también recuerdo el momento exacto en que obtuviste tu liberación, dentro de mí, pensando en ella.

Alzo la vista de repente, no es posible que ella considere algo así, tal vez estaba borracho, pero no pude...

—Dijiste su nombre, Aiden. No el mío. El de ella. Lo repetiste una y mil veces mientras le decías a ella, en tus pensamientos, eso que muchas veces yo soñé que me dijeras... —Me mira llorosa, dolida—. Te amo, repetías una y otra vez, «Maddie, te amo».