Capítulo 53. Desvelando secretos.

Ver en primera plana a Aiden conociendo la existencia de Aarón, me desordena de mil maneras. No sé cuál reacción es la más predominante.

¿Miedo? ¿Alivio? ¿Nervios? ... ¿Amor?

Observar la forma en que sus ojos se encuentran, se conectan, me provoca infinidad de sensaciones. Un temblor me recorre ante la incertidumbre de si lo reconocerá o no. De si será capaz de encontrar esa prueba que certifica la verdad. Si verá, en los ojos grises de mi hijo, la copia de sus propios ojos.

Aarón se encuentra tomado de la mano de Jackson, mirando con curiosidad hacia el joven hombre que le devuelve la mirada. Tal vez sea un llamado de la sangre, o una fiel sensación de reconocimiento, pero ambos están encerrados en una burbuja, donde el otro es lo único que importa.

Cuando Aiden voltea a verme, sé que las lágrimas no derramadas han hecho acto de presencia. Él lo ve en mis ojos. Mi desesperación. La culpa. Pero en el corto lapso de tiempo en que nos miramos, logro ver en él una profunda tristeza, derrota. Eso me descoloca. No es lo que esperaba ver. No entiendo los motivos que lo llevan a sentirse así.

Él tiene que haberse dado cuenta, no puede ser que sea tan ciego. Mira alternativamente de mí a su hijo. Una y otra vez. Hasta que colapsa.

Una lágrima solitaria corre por su mejilla. Con profunda vergüenza se voltea, para disminuir la exposición de sus sentimientos encontrados. Pone sus manos sobre su rostro, ocultando su frustración. Camina hacia mí, pero luego se detiene, la indecisión de sus actos me confirma que está perdido.

«Ahora sólo falta asegurarme de que se dio cuenta de todo».

—Aiden... —murmuro su nombre, indecisa.

Al escuchar mi voz, él me mira. El dolor que siento más que veo, al cruzar nuestras miradas, es insoportable. Intento continuar, pero él me interrumpe.

—Lo siento, Maddie. Lo siento... —La desesperación en su voz lo ahoga, pero aun así prosigue—: Yo sé que fui un tonto. Te dejé ir. Y hasta hoy no supe en realidad el coste de mis actos erróneos. —Vuelve a hacer una pausa. Respira profundo, mira a Aarón, mira a mi hermano, a mi abuela que está bien al fondo del salón y, por último, a mí—. Lo siento de verdad. Yo no soy nadie para venir a interrumpir tu mundo.

Conforme susurra esas últimas palabras, da media vuelta y se va. Estoy tan sorprendida que no me da tiempo a detenerlo. Pasa por mi lado casi corriendo, dejando un halo de su olor a mi alrededor. Por unos instantes no sé qué hacer. ¿Seguirlo? ¿Aclarar las cosas? ¿Dejarlo correr? Está claro que Aiden no entendió nada. La última mirada que dio a mi anillo, ese que aún llevo por razones desconocidas, me lo demostró. Él cree que yo soy feliz, con mi matrimonio, con mi hijo. Y aunque sí soy feliz, no estoy completa. No de la forma que él cree.

Mis ganas de decirle la verdad flotan en mi piel. Me debato si salir corriendo detrás de él y, casi estoy convencida, cuando Aarón toma mi mano. Lo miro. Me sonríe. Y esa sola expresión me hace fuerte. Me hace reaccionar. Lo tomo de la mano y salimos, rumbo a presentarle a su verdadero padre.

(...)

«Me rindo».

Estoy cansada de dar vueltas. Fuimos a la consulta, a la casona, a los lugares que recuerdo Aiden frecuentaba, pero no lo veo por ningún lugar. Solo me faltaría pasarme por la cala, pero es muy arriesgado llevar a Aarón conmigo.

Disimulando mi frustración y, buscando una forma de entretener a mi hijo, hemos paseado por todo el pueblo, preguntando cada pocos pasos si alguien ha visto al cardiólogo. Muchos me devolvieron la mirada preocupados, por lo que necesité explicar que no era una emergencia. El suspiro aliviado de muchos me provocó un poco de pena.

Aarón, lejos de estar cansado por nuestro recorrido, está más que entusiasmado. Su sonrisa así lo muestra. Solo hubo un momento de seriedad en su aniñado rostro. La respuesta del mío, ante su postura, fue de total sorpresa.

—¿Quién es ese señor, mami? —pregunta mi niño inocentemente. Mi respiración se atasca en mi garganta por tan inesperada interrogante. Sin embargo, Aarón, ajeno a mis nervios, sonríe otra vez y añade—: Sus ojos se parecen a los míos.

De más está decir que en ese momento, justo cuando salíamos de la casa, me morí. Mi niño, aun siendo pequeño, es muy observador. A veces, demasiado. Precisamente por eso, es que creo en la necesidad de aclararle las cosas a Aiden. Si un niño de solo tres años, fue capaz de notar las similitudes entre ellos, cómo es posible que su padre no se haya dado cuenta.

Cansada de andar y con Aarón pidiendo algo de comer, nos detenemos en una pastelería. Mientras esperamos en la cola para ser atendidos, siento la campanilla de la puerta sonar, señal de que alguien más ha entrado. No me volteo porque justo en ese momento Aarón llama mi atención.

—¿Mami, me comprarás muchos dulces? —pregunta mi pequeño, sonriente. Yo le devuelvo la sonrisa y, cuando levanto la vista, me encuentro con los ojos verdes de Estela, que me miran llorosos.

Un sudor frío me recorre al ver el reconocimiento en su mirada. Mira de Aarón a mí, una y otra vez, supongo que sacando conclusiones.

«Aarón es idéntico a su padre», pienso y estoy segura que mi pensamiento es un reflejo del suyo.

Detallo su reacción y no logro entenderla del todo. Su labio inferior tiembla. Su respiración se nota acelerada. Por último, y es lo que me hace fruncir el ceño, una lágrima pequeña hace acto de presencia. Ante mi expresión ella reacciona y, con apuro, sale corriendo.

«No entiendo nada», pero supongo que su desconcierto está relacionado con su futuro a corto plazo y mi aparición, con un niño que, además, es idéntico a su prometido. Y al padre de su propio hijo.

(...)

—¿No pudiste dar con él? —pregunta Jackson, con cautela. Yo lo miro y niego con la cabeza. Él resopla en respuesta.

Estamos sentados a la mesa, ya terminamos de comer y solo quedamos nosotros dos. Mi abuela hace unos minutos subió con Aarón, quien ya estaba bostezando después de un intenso día.

—Tuve frente a mí la oportunidad de decirle toda la verdad. Y la desaproveché —comento con profunda tristeza. Con mis manos oculto mi rostro, el cansancio del día también pasándome factura.

—¿Quién iba a imaginar que Aiden sería tan tonto de no darse cuenta de lo que tenía justo frente a sus ojos? —pregunta Jackson otra vez, con un deje de estupefacción—. Toda la verdad se le puso en bandeja de plata.

—¿De qué verdad hablan? —interrumpe Leo, entrando al comedor. Jackson y yo nos exaltamos con su presencia, no lo escuchamos llegar.

—Leo... —murmuro nerviosa—. ¿Qué haces aquí?

No contaba con esto. Hasta hoy Leo estaba al margen de todo lo que pasó entre Aiden y yo. Sé por Andrea y tía Aurora, que mi primo desde que salió del pueblo cuatro años atrás, no ha tenido vínculo alguno con su vida anterior. Él realmente cree que yo soy feliz en mi matrimonio, que Aarón es hijo de Michael y que Aiden y yo lo dejamos por acuerdo entre ambos.

—¿De qué están hablando? ¿Y por qué incluyen a Aiden en la conversación? —Su voz ahora es más grave, desconfiada. Nos mira con el ceño fruncido, a ambos. Alza una ceja inquisidora, esperando que alguno de los dos se digne a responderle.

—Yo creo que es hora de que tu familia sepa la verdad, Maddie —susurra Jackson, decidido. Yo lo miro estupefacta, por su traición. Él me mira y niega con la cabeza, diciendo sin palabras que ya fue suficiente de secretos—. No lo hagas por ti, hazlo por Aarón.

Mi hermano sabe qué fibra tocar para convencerme. Y no lo culpo si ya no quiere seguir cargando con mis secretos en su espalda. Bajo la cabeza, avergonzada con lo que a continuación diré. Respiro lentamente antes de comenzar a contarle a Leo, todo lo que se perdió en estos últimos años.

(...)

Un rato después estoy junto a Leo, sentados en mi columpio. Luego de contarle todo lo que mi vida ha sido y que Jackson se retirara a dormir, decidimos trasladarnos aquí, donde nadie nos escucha.

—No puedo creer lo que me dices —susurra apesadumbrado, mis palabras provocando en él un sudor frío. Se inclina hacia adelante y apoya sus codos encima de sus rodillas, sus manos tapan su rostro, mostrando su frustración ante lo que acabo de informarle.

—No existe constancia de la anulación, Leo. ¿Estás seguro de que el trámite se completó? —comento, preocupada por la situación que se le avecina.

—Yo lo firmé, Maddie. Dejé todos los papeles listos, solo quedaba que Mary completara su parte —explica Leo, aún sin creérselo. Baja sus manos de sus ojos de repente, pensativo—. Aunque podría ser... —se interrumpe nuevamente, dejándome intrigada con lo que acaba de ocurrírsele—. No, no. A ella eso no le convenía.

Miro a Leo y no comprendo nada, es como si estuviera hablando solo.

—¿Puedes explicarme lo que estás pensando, Leo? —reclamo un poco desubicada. Pero Leo me ignora totalmente, se levanta y murmurando palabras ininteligibles, se va.

Me quedo en mi lugar sin saber cómo reaccionar. Por una parte, entiendo a Leo, si yo estuviera a punto de casarme y alguien me dice que no puedo hacerlo, porque mi matrimonio anterior aún está vigente, creo que me volvería loca. Por otro lado, tal vez si Leo me explicara bien como sucedió todo, yo podría ayudarlo. Al fin y al cabo, no le llegué a contar lo de Mary y su hija.

«Por favor, que todo sea un malentendido», ruego en silencio, para que mi primo pueda desarrollar su vida y su futuro matrimonio en paz. Pensando además en que la hija de Mary, pueda ser algo más para nosotros, teniendo en cuenta que su edad, coincide con el tiempo en que todavía ella y Leo mantenían una relación. Hay escasas probabilidades, teniendo en cuenta que ella siguió su vida con normalidad y bastante rápido, luego de la ruptura con Leo.