Capítulo 52. ¿Mejor o peor día?
—Mami, mami. ¡Mida! —Aarón grita emocionado mientras su tío lo levanta una y otra vez por encima del agua de la piscina—. Soy como un avión —continúa y hace ruidos de motor con sus labios.
Llevan así desde media tarde. Jackson y mi hijo se entretienen de tal manera que parecen dos niños jugando, en vez de uno. Mi hermano, desde que nació Aarón, se convirtió en su juguete personal, en su compañero de juegos y en su confidente de maldades. Sonrío cariñosa al ver como ambos se aman, al punto de que Jack no puede estar tanto tiempo separado de nosotros.
No fue sorpresa alguna llegar y encontrarlo muy sentado al lado de su sobrino, jugando en la consola. Había demorado mucho en hacer su estelar aparición. Creo que día y medio es un nuevo récord, nunca hemos estado muchos días sin vernos. Mi hermano llegó a mi vida para quedarse siempre.
El día en que supe todo, nuestra estrecha relación cobró sentido. Yo había establecido cierta conexión con él, al punto de la dependencia, por lo que enterarme de que éramos hermanos, fue lo mejor que pudo pasar. Ese día comprendí como el destino da tantas vueltas y nos pone en nuestro lugar. Yo siempre me sentí sola, a pesar de las excelentes muestras de cariño de mi abuela y mis tíos, había un vacío en mi vida que solo se llenó cuando conocí a mi compañero de sangre, a mi hermano. Lo increíble fue entender el porqué de nuestra estrecha relación. Los motivos por los que me gustaba estar en su compañía. Por los que confiaba tanto en él aun cuando nos conocíamos tan poco.
La historia es digna de contar y creo que algún día, no muy lejano, tendré que explicarle todo a Aiden, dado que ese mismo día, también fue el peor de todos. La impresión de al fin saber que Jackson era mi hermano, chocó con aquel horrendo momento en el que supe que Aiden siempre arrastraría su extraña relación con Estela. Además de que corrí inmediatamente a sus brazos cuando me di cuenta de que no existía ningún tipo de confianza, de que él, en esos instantes, era la única persona con la que podía contar. Pero lo más duro vino después, cuando asumí que la posición de Aiden era resultado de su desconfianza y que eso, más temprano que tarde, nos afectaría irremediablemente. Él estuvo a mi lado, secó mis lágrimas, me acompañó a cada consulta médica y se quedó despierto noches interminables cuando Aarón no quería dormir.
Jackson es un hombre excepcional, para una casa, para los niños y por supuesto, con las mujeres. Eso último no quita que sea medio picaflor, pero generalmente las relaciones le suelen durar. Lo que pasa es que no aguanta los días sin vernos y eso, le ha traído grandes problemas con su pareja de turno.
—¿Quién hubiera pensado que luego de haber pasado casi toda una vida, conocería a otro hombre que me robaría el corazón? —comenta mi abuela, al sentarse a mi lado en el columpio. La miro enternecida y sé de qué está hablando.
Contrario a lo que puedan pensar, no se refiere a Aarón, sino a Jackson. Su nieto perdido, como suele llamarlo. Mi abuela fue doblemente feliz, el día que supo toda la verdad. No compartió las ideas y criterios de su hijo, mi padre, pero entendió a regañadientes sus motivos. Creo que estuvo sin hablarle por un tiempo, hasta que mi papá se puso los pantalones de mayor y le pidió el divorcio a mi madre, demostrando así que, por una vez, decidía por sí mismo. De más está decir que mi abuela apoyó el proceso, salieron a relucir temas familiares que es mejor olvidar y que al fin, me alumbraron sobre las razones por las que me sentí tan sola toda mi vida.
—Estoy orgullosa de él —menciono, emocionada, mirando hacia la piscina donde ahora Jackson está enseñando a Aarón a flotar.
Mi abuela también los mira y sonríe cariñosa. Estamos un rato disfrutando de la estampa cuando mi abuela me hace una pregunta que me pone tensa.
—¿Cuánto más esperarás? —dice y se voltea a mirarme. Yo mantengo mi vista al frente, reprimo un suspiro de resignación y respiro profundamente antes de responder.
—Ya sé que no puedo esperar más, no por él, sino por Aarón, que se merece un padre. Pero tengo tanto miedo, abuela. —Hago una pausa, pensando cómo decirle a la abuela el futuro que se le avecina a Aiden.
Abuela Nora toma mis manos entre las suyas, sentir su delicado roce me fortalece. Las aprieta un segundo, antes de expresar otro de sus consejos.
—El miedo puede ayudarte, Maddie. Piensa en todo lo que tu silencio puede provocar de ahora en adelante. Estos años atrás puedes justificarlos con ausencia, pero ya estás aquí, hablaste con él, aclaraste la situación que los llevó a este punto en primer lugar —susurra con voz complaciente—. Mantener el secreto solo los llevará a una guerra que ninguno de los dos querrá realmente luchar. Aarón es su hijo, Maddie. Dale la oportunidad de disfrutarlo. Su futuro, aunque ya esté planeado, siempre tendrá un espacio para su primer hijo.
—Él va a casarse, abue —confieso triste y trago en seco antes de continuar—: y Estela está embarazada.
Mi abuela abre la boca, sorprendida. Frunce el ceño por unos segundos y asume una postura pensativa, dudosa.
—¿Estás segura de lo que dices? —pregunta extrañada y entrecerrando los ojos.
—Yo vi a Estela, comprando cosas de bebé y hablando de que Aiden sería un gran padre. No creo que me haya equivocado —aclaro y le cuento nuestro encuentro en la tienda.
Mi abuela se queda en silencio, pensando en Dios sabe qué, hasta que sentimos el timbre de la casa sonar. Se pone nerviosa, pero lo disimula cuando se levanta casi corriendo, para ir a abrir la puerta. Le digo que vuelva a sentarse, que yo iré para ver quién es. Por un momento abre los ojos asustada, pero respira profundo y asiente. Mientras me dirijo a la casa, siento su mirada en mi espalda.
—Mamá, mamá —escucho a Aarón llamarme y a Jackson responderle que solo iré a la cocina. Mi hijo entonces me pide que le lleve algo rico de comer, lo que secunda mi hermano con una sonrisa de niño pequeño. Ruedo los ojos ante este par de sinvergüenzas.
Entro a la casa y el timbre vuelve a sonar. Respondo con un sonoro —¡Va!—, mientras voy refunfuñando algo referente a la falta de paciencia de algunas personas. Al abrir la puerta, es como si un balde de agua fría me cayera encima.
—Aiden, ¿qué haces aquí? —pregunto nerviosa, ansiosa y a la vez, más impactada que nunca.
«¿Será que cada vez que lo vea, siempre estará más bueno?», pienso, mientras lo recorro completo con la mirada. Al conectar con sus ojos grises, entreveo diversión por mi descaro, orgullo por mi falta de criterio al no poder aguantar comerlo con los ojos y nostalgia, por aquello tan lindo que vivimos y dejamos escapar por tontos.
—¿Te gusta lo que ves? —menciona con voz ronca, alzando una ceja inquisidora y mirándome con perversa esperanza.
Esperanzas de recordar esa misma frase, pero casi diez años después, de cuando nos encontramos por primera vez. En aquella playa que fue testigo de un amor que surgió, para siempre ser recordado.
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POV: Aiden.
Mirarla me duele. Tan hermosa. Tan madura. Tan mujer.
Conectar mis ojos con los suyos y ver en ellos ese sentimiento que tanto extraño, me hace estremecer.
«Todavía la afecto», pienso con emoción, hasta que recuerdo que luce una alianza en su dedo anular y mi felicidad cae en picado.
Su reacción a mis palabras, es instantánea. Lo recuerda, aún viven en su memoria aquellos momentos maravillosos en los que fuimos uno solo, en los que fuimos nosotros mismos. En que aprendimos a amarnos sin límites.
—¿Puedo pasar? —pregunto y a mitad de frase necesito carraspear para aclarar mi voz. Ella me afecta más de lo que debería.
—Uhm..creo que... —intenta responder, pero el sonido de unas risas acompaña el ruido de pisadas corriendo. Noto en la postura de Maddie cómo se tensa. No entiendo su reacción hasta que él aparece en escena.
«Su hermano», me reclamo interiormente que ya no hay nada que deba defender ante su presencia. Necesito recordar que todo este tiempo he sido un tonto pensando que Mads me había engañado. Que me había traicionado. Solo para que, al cabo de cuatro largos años, por fin logre saber lo que de verdad sucedió y que, por imbécil, no pregunté en su momento.
«Por desconfiado».
Nuestros ojos se encuentran y, primero, reconozco la sorpresa, luego veo como en segundos, asume una protección ciega hacia Maddie. Me mira con desaprobación. Sus facciones tensas y las manos cerradas en puños.
Pero no lo culpo. Yo mismo quisiera golpearme hasta que pueda olvidar algún día, todo lo que causé con mi desconfianza. Tal vez hoy la historia fuera diferente. Tal vez hoy, al encontrarnos, estrecháramos nuestras manos, para luego abrazarnos como buenos familiares que seríamos. Tal vez en otras circunstancias yo estaría abrazado a la cintura de su hermana, sintiendo su calor, compartiendo sensaciones, con mi barbilla apoyada en su hombro, a cada rato provocándole cosquillas en su cuello y por detrás de su oreja.
La imagen que me asalta me hace estremecer. Y me entristece. No se supone que imagine ese futuro al lado de Maddie. Primero, porque ella está casada. Segundo, porque yo también estoy comprometido. Dentro de unas semanas todo en mi vida cambiará, no estamos a tiempo de arrepentirnos. No cuando las soluciones son tan radicales. Tan difíciles.
Pero a la vez, es tan duro. Tragar. Tragar todos esos sentimientos que me embargan con solo verla. Cuando al imaginar un futuro, uno no tan lejano, solo veo ojos azules a mi alrededor. Unos ojos que, hace casi diez años, me enseñaron lo que en verdad significa amar.
—¿Mamá, por qué te demoras? —susurra una pequeña voz.
Con un salto en el pecho me giro, en busca del origen de esa voz. Segundos. Solo segundos me toma entenderlo.
«Ella tiene un hijo», confirmo mis sospechas cuando Jackson toma al pequeño niño de la mano, murmurando la palabra tío.
Mi mundo se congela. Se detiene. Cuando volteo hacia ella y sus ojos llorosos, me confirman lo que mi mente no quiere aceptar. Cuando una tristeza aún mayor me embarga.
«Un hijo».
No puedo aguantar más. Tantas imágenes me vienen a la mente. Mi pecho duele otra vez. Ante el recuerdo de todo lo que pude tener. Ante la horrible convicción de que ya no hay marcha atrás.