EL SEÑOR CORTESANO

CAPITULO XII.

EL SEÑOR CORTESANO.

Marco Antonio y sus amigos continuaron tomando cerveza. Al rato, apareció un hombre de unos sesenta y cinco años, estatura mediana, delgado y vestido de blanco. Lucía un sombrero del mismo color, mochila, pulseras y un collar de origen “Wayyu". Calzaba sandalias de cuero, gafas con lentes tipo John Lennon, pelo largo y canoso que sujetaba con un colero elástico. Completaba el conjunto su bigote y una chivera larga que le daban la apariencia de monje chino.

Lo saludaron como, señor Cortesano.

El hombre se acercó exhibiendo una gran sonrisa y saludó a los presentes muy cortésmente. Federico se dirigió a él y presentó a Marco Antonio como un amigo que ya hacía parte del clan en Palomino.

Miró fijamente a Marco Antonio y le manifestó que era bienvenido a ese territorio de paz, de encanto y magia ancestral. “Mi nombre es Albert Cortesano, me siento halagado de su visita a nuestro territorio y espero pronto poder disfrutar de su talentoso y psicodélico arte”. -Le dijo-.

Marco Antonio se sorprendió. Se cuestionaba cómo aquel hombre enigmático sabía que él era artista. Para su tranquilidad el caballero le contó que había tenido la oportunidad de verlo en alguna ocasión y conocer su obra.

Albert le dijo que hacía muchos años había llegado de paseo con su familia a Palomino, se enamoró del lugar y se quedó a vivir allí para siempre.

Que la primera vez en territorios de Palomino, quedó cautivado de lo que veía a su alrededor. Preguntó por el dueño de aquellas tierras y le informaron que el propietario de los terrenos era un hombre que diariamente, muy de mañana, pasaba por la playa con una mula en la que cargaba garrafones con agua.

Esa noche con su familia decidieron quedarse en un humilde hospedaje y al día siguiente, al amanecer esperaron en la playa a que apareciera el hombre. Tal como les habían informado la persona pasó con su mula y le preguntaron acerca de los terrenos que le pertenecían.

El campesino les dijo que todas esas tierras las había heredado de un gran terrateniente para el cual trabajó durante mucho tiempo. Se las había escriturado antes de morir, que si querían conocerlas con mucho gusto se las enseñaba.

Recorrieron parte del terreno y uno de los lugares que más le atrajo fue el que tenía la mejor vista a la “Sierra Nevada de Santa Marta”. Quedó deslumbrado por la belleza y se imaginó ahí sembrando todas las variedades de frutales y maderables.

Cuando regresaron a la casa, el hijo de aquel hombre se encontraba observando con gran curiosidad el automóvil en el que se transportaban.

El muchacho estaba deslumbrado por el automóvil. Le manifestó a su padre que deseaba un vehículo así para cuando fuera a estudiar a la universidad en Santa Marta.

Ante la solicitud del hijo, el propietario de las tierras le propuso un negocio a Albert. Le daba veinte hectáreas, es decir, 200 mil metros cuadrados de terreno a cambio del nuevo automóvil. Albert dijo que sí y toda su familia se sorprendieron por el negocio, pues habían comprado un carro cero kilómetros para estrenarlo en aquel viaje por la costa y lo cambió por unos terrenos en el lugar más lejos de Colombia. “Nuestro padre se enloqueció”. -Dijeron-.

Albert le dijo a su esposa y a sus tres hijos que debían devolverse a la capital en bus, pues él se iba a quedar para realizar los trámites necesarios para cerrar el negocio y que luego regresaría con ellos a la ciudad.

Pasó el tiempo y Albert nunca volvió a la capital. Se quedó a vivir para siempre en Palomino, donde construyó su proyecto de vida "Una reserva natural en La Guajira".

En la entrada de la reserva colocó una frase tallada en madera del filósofo y matemático Blaise Pascal que decía: "El universo es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna".

Vio la oportunidad de crear un importante servicio ambiental con un sistema estratégico que ayudara, de alguna forma, a proteger el planeta en aquel lugar que era refugio para monos y aves.

Se dedicó a sembrar árboles maderables como la Ceiba, el Caucho, el Almendro, el Guayacán, el Gualanday, la Acacia y muchas Palmas de Coco. También plantó gran variedad de árboles frutales como: Mangostinos, Limones, Naranjas, Bananos, Cocos, Guayabas, Mangos, Papayas, Mandarinas, Toronjas, Marañones, Carambolas, Pomarrosas, Guanábanas, Tamarindos y Maracuyás. Además, tenía grandes cultivos de Yuca, Plátano y Aguacate.

El mayor de los atractivos de esa reserva natural era poder observar la gran cantidad de aves que llegaban de paso en su recorrido de migración y que se entremezclaban con algunas que vivían en ese lugar como: Periquitos, Colibríes, Carpinteros, Copetones, canarios, Oropéndolas, Tucanes y Guacamayas,

No era raro ver a los Monos Colorados y Monos Aulladores. En cada ocasión que su esposa y sus hijos tenían vacaciones viajaban a Palomino para disfrutar momentos de tranquilidad y paz en armonía con la naturaleza. Con el tiempo terminaron dándole la razón a Albert por haber realizado el mejor negocio de su vida.

Después de unos años su esposa se pensionó y se fue a vivir con él a Palomino; allí encontró la verdadera felicidad, mientras que sus hijos terminaron sus estudios universitarios y emigraron al exterior para ejercer sus profesiones.

Luego de varias cervezas y anécdotas y ya entrando la noche, decidieron irse a sus casas. Federico y Albert se dirigieron a la cabaña en la cual Marco Antonio, se quedaría varios días a vivir. Federico hizo entrega a Marco Antonio de las llaves de su nuevo hospedaje y acompañó a Albert hasta la entrada de la reserva natural.

A la mañana siguiente Marco Antonio salió a caminar por la playa. Vio como varios pescadores preparaban sus lanchas para irse mar adentro a atrapar peces, mientras otros se encontraban a orillas del mar lanzando su atarraya, una forma más artesanal de pescar.

Decidió bañarse en las frescas aguas del río Palomino. Uno de aquellos pescadores artesanales se acercó a él para ofrecerle un estupendo bagre de mar que acababa de capturar. Marco Antonio lo compró con la intensión de obsequiarlo al señor Cortesano.

Se fue directo a la casa de Albert a entregarle el pescado. En la reserva natural observó la gran cantidad de árboles maderables y frutales, además del cultivo de yuca y grandes platanales que todavía estaban en proceso de desarrollo.

Le recibió Cortesano. Agradeció la gentileza de Marco Antonio, y le presentó a su esposa Angelita, mujer de unos sesenta y cinco años, piel blanca, altura mediana, cabello negro con algunas canas, y de muy agradable tratado.

Marco Antonio fue invitado a almorzar y él aceptó complacido por la atención que le estaban prestando.

Se sentó en una mecedora muy confortable junto a la biblioteca que poseía Albert, mientras Angelita preparaba el almuerzo.

Elogió la biblioteca y entre todos los libros le llamó la atención los de culturas orientales como el "Tao Te Ching Lao Tse" y el "Budismo Zen".

Albert le comentó que estos libros eran instrucciones sistemáticas sobre la meditación; que por ejemplo el libro del "Budismo Zen", enseña que se debe desarrollar la capacidad intelectual hasta comprender el universo. Además, practicar el amor y la bondad hacia todos los seres sin distinción, pues son acciones que tienen un solo fin para la humanidad “Ser Feliz”.

Le contó que llevaba bastantes años estudiando las culturas orientales, la meditación, porque hacía mucho tiempo, en Palomino, había vivido un maestro budista y se quedó gran tiempo hospedado en la reserva natural. A cambio le enseñó varios secretos de los misterios de la vida.

Aprovechó esa conversación para confesarle a Marco Antonio que él ya sabía el motivo por el cual había ido a esas playas. También le dijo que jamás lo había visto ni lo conocía antes, pero que el universo tiene la particularidad de permitirle al ser humano, mediante la meditación, poder conectarse con la energía vital del cosmos y ver muchas cosas que otras personas común y corriente no ven.

Le dijo que un día, antes de conocerlo en aquella tienda, ya lo había visto en una meditación, pero que no podía contarle sobre ello sino a su debido tiempo. Que lo invitaba todas las veces que quisiera ir a su casa para que leyera algunos libros que le iban a cambiar la vida. Por ejemplo, -le aseguró-, en el "TAO TE CHING LAO TSE", encontraría muchas reflexiones con enseñanzas que enfocan la mente hacia la esperanza que se debe tener luego de cada caída, gracias a la fuerza y la energía vital que está presente en todo ser humano.

"La vida es un viaje, la muerte el retorno”, nunca hay que dejar que el dolor le haga odiar y nunca hay que dejar que la amargura le robe la dulzura. Hay que abrazar el camino de la felicidad. -Sentenció-.

El alma sabe cuál es la medicina que necesita, hay que aprender a escucharse a sí mismo, conectarse con el maestro interno y abrirse a todas las señales que llegan del universo. El alma sabe cuál es el camino que se debe abrazar.

“Las dificultades son parte del proceso de vida", en el Tao "no existe ni el bien ni el mal, solo existe la situación del momento”. A pesar de no alcanzar la plena felicidad, siempre se tendrá la paz total que se encuentra en reconocer el dolor. Luego el aceptar el dolor, después la cesación del dolor y por último la liberación del dolor.

Según una frase del Tao, -continuó-, esta paz total se define así: "Algunos le llaman paz de Buda y todos con el tiempo algún día estaremos de acuerdo que no es la paz de un iluminado, si no la paz que alcanzó el iluminado que eres tú mismo". Cuando se logra obtener esa verdadera paz, el alma se desplegará en permitir recibir la ayuda de sus semejantes y repercutir esas buenas acciones para con otras personas en todas las futuras actividades realizadas trayendo consigo “La Felicidad”.

Después de una larga tertulia, Marco Antonio quedó muy sorprendido e intrigado con aquellas palabras que le había dicho Albert. Estaba ante la presencia de una persona muy sabia y le interesaba aprender varias cosas que le enseñaran cuál era su propósito de vida.

Angelita los llamó para almorzar. Disfrutaron un delicioso viudo de pescado con exquisita yuca, blanca, blandita, tierna y cremosa, cultivada en esas tierras Guajiras.

Cuando terminaron, Marco Antonio se marchó para el hotel a sacar sus pertenencias. Luego debía pasar nuevamente por la reserva natural para llevar algunas yucas que le habían obsequiado Albert y Angelita.

Realizó esas actividades llegando por fin a su nueva morada. Se sintió feliz y emocionado de estar en su nuevo hogar; no era lujoso, pero si confortable.

Se recostó a descansar en la hamaca que había colgado a la entrada de la cabaña, cuando escuchó un maullido. Observó que se acercaba un gato blanco con aspecto de callejero. Parecía hambriento. El animal se sentó frente a la hamaca a mirarle. Marco Antonio, se dirigió a la cocina para buscar un poco de comida para el felino, pero se llevó una no muy grata sorpresa: todos los víveres que había comprado habían sido tomados por los monos colorados y las zarigüeyas. Quedaban únicamente, tirados sobre el piso: un frasco de aceite, un recipiente con algo de sal, y varias panelas llenas de hormigas. Se sentó en el piso muy triste y aburrido de correr con el infortunio de quedar sin víveres para alimentarse durante un tiempo. El gato se acercó a él y con ronroneos lo regresó a la cruda realidad, entonces fue por las yucas para cocinarlas con sal y freírlas haciendo croquetas, tener algo de comer y darle a su nuevo compañero al que llamó “Chonguito”.

Estaba descansando en la hamaca, cuando de repente escuchó el gato en un alboroto como de pelea. Se levantó para ver qué era lo que sucedía: una gran serpiente, enfrentada al "Chonguito". Tomó una escoba y valientemente logró que la serpiente se fuera a la selva.

Pasaron cinco días y su estado de ánimo estaba por el suelo, cada vez lo invadía más la depresión. Los pensamientos de querer partir de ese mundo se apoderaron de él. Quería pintar para pensar diferente, pero no tenía materiales de arte y llevaba más de un día sin comer, pues no tenía una moneda y las yucas se agotaron.

En la tarde se fue a la orilla del rio Palomino en la desembocadura con el mar Atlántico. Las aguas del océano con gran fuerza golpeaban en el lugar y formaban un remolino en el rio. Los lugareños le habían advertido que por ningún motivo se dejara llevar por la fuerte corriente, pues las personas que se habían dejado arrastrar por la ferocidad del torbellino, ninguna había salido viva. Todo lo negativo de ese día fue compensado por la maravillosa vista de la puesta del sol de color rojizo, entremezclado con el amarillo en tonalidades naranjas.

Después de que se ocultó el sol empezaron a acumularse nubes negras por los lados de la Sierra Nevada de Santa Marta. Rápidamente los fuertes vientos trajeron nubes de lluvia y la atormenta no se hizo esperar.

Regresó a la cabaña en medio de la impresionante tormenta, acariciando en su mente un pensamiento suicida. Se dejaría llevar por la corriente del río Palomino, mientras observaba la majestuosidad del paisaje de la “Sierra Nevada de Santa Marta”.

Caminó en la oscuridad orientándose solamente por la blanca espuma del agua, hasta que al fin llegó a su vivienda en medio de aquella aterradora tormenta.

Al día siguiente lo despertó el maullido estridente de su gato, asustado ante la presencia de una enorme serpiente que se deslizaba por el suelo. Marco Antonio se bajó de la hamaca y enfrentó al reptil, mientras le decía que, si pretendía picarlo, que lo hiciera, que no tenía ningún temor, pues ese día se iba a entregar como ofrenda al universo para terminar con el suplicio de su vida de la cual quería desprenderse. Cuando terminó la perorata la serpiente se irguió sobre su cuerpo en posición de ataque. Él se acercó al animal hasta quedar al alcance de su cabeza para facilitarle el ataque. La miró fijamente a los ojos esperando la mordida del reptil. La culebra se dio la vuelta y se fue hacia la selva.

Vistió una pantaloneta y una camiseta blanca, se despidió de su amigo felino y se dirigió hacia la desembocadura del río Palomino.

Cuando llegó vio los estragos causados por la tormenta la noche anterior. Había cantidad de troncos, ramas y árboles caídos sobre la orilla del río.

Agradeció al universo y a la energía vital todas las cosas buenas que le había permitido vivir. Se iba a entregar, en ese momento, como ofrenda para la naturaleza, pues el cuerpo material es creado de muchos elementos que componen el cosmos y al morir nuevamente todos esos componentes vuelven a la tierra, para crear así un ciclo de vida y muerte.

Sabía que su alma trascendería a otra dimensión, pues es eterna y evolutiva. Aquello pensaba, mientras se adentraba en las aguas del río. Se acostó boca arriba y se dejó llevar por la corriente que le arrastraría hasta el mortífero remolino. Sentía que las olas golpean su cuerpo, pero no que fuera absorbido por aquella espiral de aguas dulces y saladas.

Flotó, no supo cuánto tiempo, esperando que el agua con furia, se apoderara de su cuerpo, le diera rápidas vueltas y le hundiera en su espiral de muerte. Esperaba aquel desenlace fatal, pero nada ocurría.

Decidió colocar su cuerpo en forma vertical para ayudarle al río. Entonces descubrió que aquel hoyo profundo creado por las fuerzas de las corrientes, había sido cubierto totalmente por la arena arrastrada la noche anterior por la tormenta.

Marco Antonio se puso de pie y el agua escasamente le llegaba a la rodilla. Podía pasar caminando todo el ancho del río de un extremo al otro como si fuera un pequeño riachuelo.

Le invadió una inmensa alegría, pues el universo no había aceptado su ofrenda. Le había dado una gran lección: hay que ser valiente, afrontando las dificultades y los tropiezos, para engrandecer el alma, enaltecerla con vivencias buenas, pero también resistir las circunstancias duras y amargas.

Llegaron varios pescadores en sus lanchas por el río para pasar al mar y no les fue posible debido al fenómeno ocurrido. Entre todos empujaron las lanchas para pasarlas por el pequeño cauce y sortear la arena que obstruía el paso hacia el mar. Marco Antonio les ayudó a empujar y les preguntó que si aquello pasaba con frecuencia. Es la primera vez que esto sucede. En todos los años que llevamos pescando no habíamos visto algo semejante. -Le dijeron-.

La noticia de aquel extraño suceso viajó hasta los oídos de varias personas de la pequeña población y en poco tiempo, el lugar estaba inundado de mucha gente caminando por la desembocadura del río. Pasaban de un extremo al otro corriendo, saltando de alegría y emoción, pues decían que aquello era un milagro.