REGRESO A COLOMBIA

CAPITULO XI.

REGRESO A COLOMBIA.

Cuando Marco Antonio llegó a Colombia se comunicó con Anna para concretar la legalización del divorcio. Ella le dijo que por nada del mundo quería separarse de él y que deberían darse otra oportunidad, pues todos los seres humanos cometen errores y se pueden corregir empezando de cero.

Marco Antonio sabía que no podía volver a caer en el mismo juego de antes perdonando la traición y el engaño. Quería separarse legalmente de ella para terminar cualquier tipo de lazo que los atara.

Ante la negativa, Marco Antonio, le hizo una propuesta muy tentadora: que firmara los documentos de separación y podría quedarse con todos los bienes materiales que adquirieron juntos durante su convivencia. Anna aceptó, realizaron los trámites del divorcio y quedaron cada uno legalmente separados.

Empezaría nuevamente libre de ataduras. Había decidido radicarse otra vez en Bogotá e iniciar sus labores artísticas y combinarlas con las ventas.

La vida da muchas vueltas y por casualidad un día se encontró con un amigo de Ibagué quien le felicitó por el nuevo estado de soltería. Le comentó que Anna, no le convenía, y que después que él viajó fuera de Colombia, ella salía con un hacendado y en muchas ocasiones, cuando él pasaba por la casa de Marco Antonio, veía la camioneta de ese hombre estacionada allí; que esto le producía mal genio porque le parecía que ella no tenía nada de escrúpulos, pues le faltaba el respeto al hogar que él le había brindado cuando eran esposos.

Para Marco Antonio esa noticia cayó muy mal y desestabilizó la tranquilidad y positivismo que estaba viviendo esos días. Comenzó a sentir que nuevamente brotaba de su corazón el rencor y el odio hacia Anna; no solamente por su traición, sino por la acción irrespetuosa de entrar a su amante a la casa que juntos compartieron, señal de que ella nunca lo amó y solo estuvo con él por tener una buena posición económica.

Ahora Marco Antonio estaba muy escaso de dinero, pues su viaje por Suramérica lo había dejado en un estado económico crítico y aparte de eso le había entregado todos los bienes materiales a Anna para lograr la separación.

Sus nuevos ideales y pensamientos de empezar desde cero en las ventas se fueron al piso, todo se le derrumbó y su estado de ánimo quedó muy bajo de nivel. Sus deseos de volver a surgir se esfumaron y lo único que pensaba era estar lo más lejos posible de aquella mujer que le hacía tanto daño.

Como el dinero no le alcanzaba para viajar a otro país, entonces tomó la decisión de irse a vivir al norte de Colombia, a la costa caribe, en Palomino, lugar de gran encanto muy cerca de “La Sierra Nevada de Santa Marta”.

“La Sierra Nevada de Santa Marta”, es un sistema montañoso, con picos muy elevados con unos 5.775 metros sobre el nivel del mar. Ubicada en el litoral colombiano, se eleva desde las costas del océano Atlántico, y es considerado el sistema montañoso del litoral más elevado del mundo y el más alto de la zona tropical a nivel mundial. Allí se encuentran todos los pisos térmicos desde el cálido caribe, hasta el frío glaciar de su cumbre, tiene aproximadamente 17.000 kilómetros cuadrados de superficie y fue declarada por la UNESCO, reserva de la biosfera en 1979, pues allí hay cantidad de ecosistemas con diversas formas de vida. Es habitada por varias comunidades indígenas entre ellas los Koguis, Arhuacos, Wiwas, Kankuamos, Wayyu y es considerada la cuna de los Tayronas.

Es un sitio sagrado para los pueblos indígenas de la Sierra Nevada denominada "Ciudad Perdida". En sus montañas nacen más de 30 ríos, entre ellos el más corto que desemboca en el mar Atlántico: el río Palomino.

Este precioso río, no muy profundo de aguas claras y algo corrientoso, separa dos departamentos colombianos: el de La Guajira y el del Magdalena. La distancia que hay entre Santa Marta y Palomino es aproximadamente de dos horas por carretera e igualmente el mismo tiempo de Riohacha a este lugar.

Allí se encuentra una de las poblaciones más pequeñas del país llamada Palomino, un lugar privilegiado, pues se ubica frente al “Parque Nacional Sierra Nevada”, donde está el resguardo indígena. Muchos de ellos bajan de la montaña a esta pequeña población que posee varias playas y es un sitio ideal para los surfistas.

Marco Antonio llegó a mediados de agosto muy temprano a Santa Marta, para salir a primera hora por carretera hacia Palomino, lugar que le habían recomendado para desintoxicarse de la ciudad y compenetrarse con la naturaleza.

Palomino es un sitio al que concurren gran cantidad de mochileros de todo el mundo y parejas que viajan hasta allí para tener paz y serenidad. Uno de los principales atractivos del lugar es la tranquilidad.

Tan pronto arribó a este pequeño corrimiento se hospedó en una cabaña frente a la inmensa playa de arena blanca y cálida, se dispuso a realizar una actividad muy placentera que le recomendaron hacer tan pronto llegara al lugar; el "Tubing", que consiste en deslizarse, montado en un neumático gigante, por las corrientes del río Palomino.

Luego de esta experiencia magnífica y placentera, decidió caminar desde allí hasta la desembocadura del río San Salvador. Durante la caminata pudo disfrutar de la tranquilidad y paz que allí se sentía.

Al regreso encontró un típico restaurante frente a la playa en el que cocinaban con leña. En el caribe la gastronomía tiene un gran contenido de frutos del mar, gran variedad de pescados que acompañan de patacón y arroz con coco. Degustó un espectacular pargo rojo acompañado de aquellos ingredientes costeños.

Después se paseó por la playa y pudo observar algunos surfistas y varios extranjeros que disfrutaban del tranquilo ambiente.

El espectáculo al caer la tarde fue excepcional y diferente a las puestas del sol que había visto en Punta Ballena Uruguay, en Montañita Ecuador o en otras playas. Aquel esplendente ocaso dio la bienvenida a Marco Antonio en ese paraíso terrenal.

Cuando llegó la noche, algunos turistas se reunían en torno a una gran fogata acompañados de tambores, maracas y otros instrumentos musicales autóctonos de la región.

Marco Antonio se integró al grupo para compartir con aquellas personas esos momentos de alegría y diversión. Consumían licor y contaban anécdotas, entre ellas escuchó las historias que relataban sobre un grupo de indígenas que se encontraban a unos metros más arriba realizando un ritual ancestral de "Poporo".

Le preguntó al hombre que había hablado sobre el tema acerca de la posibilidad de asistir a aquel ritual. Él le dijo que era muy amigo del “Mamo”, el sabio indígena de la tribu y que trataría de que le permitieran asistir a esa reunión.

Iniciaron el recorrido hacia el lugar. A lo lejos se veía una fogata y varios indígenas vestidos con sus ropas típicas sentados alrededor de ella. El hombre que lo guiaba saludó al "Mamo" habló con él y fueron invitados a sentarse junto a los otros integrantes de aquel ritual sagrado.

El "Mamo" hablaba muy bien el idioma español, les dijo que aquella noche se realizaba un viaje de “Mambe y Coca”, que utilizaría los elementos típicos de su cultura indígena como el "Poporo". Marco Antonio quiso saber que era el “Poporo” y cómo funcionaba.

El “Mamo” explicó: el “Poporo" es un calabazo endémico de la Sierra Nevada. Lo secamos y en el interior colocamos polvo de conchas de mar trituradas mezclado con hojas de coca tostadas "Ayu", que es una palabra indígena Arhuaca y además utilizamos un palo largo llamado "Sokunu", para sacar del interior del calabazo el polvo de las conchas tinturado con una flor amarilla denominada "Moroche", que lo llevamos a la boca mezclándolo con más hojas húmedas de coca y masticamos esa mezcla formando una bola dentro de los cachetes, pues la alta alcalinidad del polvo triturado de las conchas reacciona químicamente al tener contacto con las hojas de coca en la boca y estimula sus principios activos, luego cada vez que sacamos el madero de la cavidad bucal con el polvo sobrante de esa combinación de saliva, hojas húmedas de coca y polvo de conchas, se restriega y se unta contra la parte superior del calabazo dejando allí esa masa de color amarillo verdoso que se adhiere y crece en volumen a medida que se repite este proceso una y otra vez.

Una de las cosas que notó esa noche durante el ritual sagrado fue que solo había hombres y no veía presencia de mujeres ni niños. Le manifestó al “Mamo” su inquietud y la respuesta fue que el "Poporo" estaba prohibido para las mujeres y los niños. “El “Poporo” se debe ganar y solo es entregado a un indígena cuando se lo merece" para poder realizar rituales de pagamentos en honor al sol, al agua, al viento y a la tierra.

Según los indígenas, utilizando el "Poporo" se tiene el derecho a discutir problemas de la comunidad, reflexionar sobre el universo y ser respetados por todo el clan. Además, el "Poporo” es único y personal, no se presta, ni se intercambia, es para toda la vida y se cuida como a un ser vivo.

El "Poporo" es la representación de la tierra mezclándose con el mar. Las hojas de coca representan la "Tierra" y el polvo de las conchas marinas son atribuidas al "Mar". Para cada grupo indio hay un "Poporo", ya que son cuatro culturas indígenas las que lo utilizan: los Arhuacos, los Koguis, los Kankuamos y los Wiwa.

Marco Antonio tenía una gran duda, pues el "Mamo" hablaba de la hoja de la coca y el cultivo de esta planta es totalmente ilegal en Colombia y en otros países en los que se produce. Entonces aquel viejo sabio le respondió que lo más triste para las comunidades indígenas, es que la planta de coca representa la sabiduría, sin embargo, la sociedad actual la estigmatizó como una planta maligna, que conlleva a la criminalidad y se ha tratado de erradicar definitivamente con fumigaciones de químicos.

La planta de coca endémica de Colombia es de la variedad "Erythroxilum Novogranatense" y el uso de la hoja de coca en la Sierra Nevada tiene su origen en la cultura de San Agustín en el siglo I después de Cristo. Hace miles de años varias culturas indígenas de Suramérica consumen diversas variedades de coca.

La Sierra Nevada, Amazonas, Nariño, Putumayo y Cauca, son lugares donde los indígenas todavía cultivan la planta para su consumo. Para ellos es sagrada y medicinal, sin nada que ver con el alcaloide ilegal producido como cocaína por narcotraficantes. Su uso, para ellos, es ancestral, cultural y religioso.

El consumo de las hojas de coca en los indígenas, calma el hambre, ayuda y mejora el estado físico. También puede lidiar el mareo y la fatiga por la altura. Los indígenas guardan la hoja de coca en sus mochilas y se la intercambian entre ellos, a manera de saludo. Por un puñado que se entrega a un familiar, amigo o conocido, se recibe de vuelta otro puñado, en señal de que la otra persona es merecedora de lo sagrado.

Comprendió entonces que desconocía todo sobre las tradiciones culturales de los indígenas. Supo también que por muy tradicional que fueran esas prácticas, Marco Antonio jamás probaría ningún tipo de estas sustancias alucinógenas por respeto a la promesa que le hizo algún día a su tía Esther.

Algo que sí notó sobre los indígenas que durante años habían realizado este ritual del “Poporo", fue que su aspecto físico desmejoraba. Se les veía ojerosos, la piel pálida y los dientes cariados, por el efecto que producía la mezcla en sus bocas.

Luego del ritual, regresaron donde los del grupo fiestero y musical, además de Ron, estaban bebiendo, un licor tradicional de ese territorio llamado "Chirrinchi”.

Uno de los presentes le dijo que era “el licor del desierto Guajiro", un preparado artesanal y de gran importancia para los indígenas Wayyu. No producía daño al organismo, pues en su elaboración solo se usaba agua y panela. Es la bebida tradicional en los velorios. Cuando fallece alguno de los miembros, la familia entrega a cada visitante una botella de "Chirrinchi" para que beban de ese licor durante el acompañamiento al velorio.

Marco Antonio cuando escuchó la descripción de ese artesanal licor, dijo que él “sí se tomaba un traguito”, pero después que todos los que estaban ahí también tomaran. Rieron ante su salida y le dijeron que era muy desconfiado, que en el grupo estaba el dueño del alambique que producía la bebida.

El aludido se paró, tomó una botella de licor, sirvió un trago a cada uno de los presentes y por último le sirvió a Marco Antonio. Hizo un brindis y tomó su copa de un solo golpe. Marco Antonio tomó el suyo, mientras era aplaudido y le gritaban: “acabas de perder la virginidad en La Guajira”, haciendo alusión a que por primera vez había probado el "Chirrinchi".

El hombre del alambique se sentó junto a él y le dijo que su nombre era Federico Araya Tuki, que, de parte suya, y de todos los demás, era bienvenido a esas playas de Palomino, un paraíso terrenal. Le contó que había llegado de Chile 10 años atrás y que fue tanto el encanto que sintió por estas tierras Guajiras, que decidió quedarse a vivir allí para siempre.

Marco Antonio le preguntó a Federico sobre la preparación del "Chirrinchi". La elaboración se inicia colocando agua en un tanque, -le explicó-, al que se agrega un bulto de panela. Se deja reposar durante seis días para que obtenga la debida fermentación; luego se pasa a un alambique y se cocina a fuego lento evaporando su contenido y obteniendo gota a gota el "Chirrinchi" que va cayendo destilado en un recipiente.

El precio económico se debe a que de la mezcla de un tanque de agua y de un bulto de panela se obtienen 25 botellas de licor y como se empaca en los envases reutilizados de aguardiente o a veces en las botellas de whisky, los guajiros le dicen a este licor artesanal "Cuerpo Ajeno", por ser envasado en botellas que ya fueron usadas lo que permite que sea vendido a precios muy económicos.

En la región el "Chirrinchi" es utilizado para todos los eventos sociales, pero también es usado como medicina disolviéndolo con marihuana para curar dolencias en las articulaciones, lesiones del cuerpo, golpes y dolores de cabeza. Las pláticas continuaron alternando, historias, música, fuego y "Chirrinchi".

Los contertulios se fueron a descansar y Marco Antonio quedó solo en la playa con una botella de "Chirrinchi" que le obsequió Federico.

El alcohol ingerido le trajo recuerdos de todas las vivencias que había pasado con Anna, y las lágrimas brotaron. Decidió ahogar sus penas con más licor y cada vez que el alcohol aumentaba su efecto, tenía alucinaciones: veía a su amada correr hacia él por la playa y de un momento a otro desaparecía. Entonces bebía otro trago para volver a verla. Así transcurrió mucho tiempo hasta que el sueño le venció.

La luz del día llegó. Marco Antonio abrió los ojos y se dio cuenta que estaba tirado en la playa con una botella vacía en su mano. Tenía un fuerte dolor de cabeza, y poco recordaba de lo sucedido la noche anterior. Miró su mano izquierda para ver la hora, pero su reloj no estaba. Buscó su celular y su billetera, pero tampoco los tenía. Se asustó, pues en la cartera tenía el dinero que le quedaba; en el hotel había dejado una muy pequeña cantidad, que no le alcanzaría para subsistir ni una semana. Lo habían despojado de sus únicas pertenencias y la culpa era exclusivamente suya.

Se fue al hotel y se acostó a dormir. En horas de la tarde se despertó y tomó una ducha, pero el dolor de cabeza persistía.

Preguntó dónde podía conseguir unas pastillas para la jaqueca. Le informaron que la única tienda donde se conseguía de todo un poco, estaba a la orilla de la carretera vía a Riohacha, a unos dos kilómetros de allí.

Caminó bajo el ardiente sol soportando el más terrible "Guayabo", ese malestar que produce el licor luego de una parranda extrema.

Llegó a la tienda. Desde afuera se escuchaba música a gran volumen. En el lugar había varios hombres consumiendo licor.

Escuchó una fuerte voz que saludaba: ¡Hola Marco Antonio! Miró e inmediatamente se dio cuenta que era Federico, le saludó y fue invitado a acompañarlos en el grupo.

Les dijo que había venido hasta el lugar a buscar una pastilla, pues tenía mucho dolor de cabeza por el guayabo. Pidieron para él una cerveza bien fría, diciéndole que ese era el mejor remedio para quitar el malestar.

Marco Antonio le contó a Federico sobre la pérdida. Se había tomado la botella de "Chirrinchi” quedándose dormido en la playa, y que ahora le tocaría devolverse a la capital.

Federico le dijo que no lo iba a dejar desamparado, que se quedara un tiempo más, que él le ofrecía hospedaje totalmente gratuito por algunos días.

Había una cabaña no muy lujosa a un kilómetro de la playa, la cual estaba ubicada por la vía que conducía al mar, entre una espesa vegetación. Tenía cocina, hamacas, una habitación con una cama y un toldillo para evitar los zancudos. Era la vivienda de unos amigos españoles que no vendrían a Colombia hasta dentro de unos meses. Marco Antonio aceptó el ofrecimiento.