Despertando los recuerdos dormidos
Inés
El tiempo se hacía más largo cada vez, los días eran interminables y las horas casi eternas. Cada vez que podía pasaba por el cuarto número cuatro para verlo, contemplarlo, tratando de adivinar sus pensamientos mientras se encontraba dormido por los sedantes. Entré a la habitación y me senté en la silla cerca de la cama, para acercarla lo más que pude a su cuerpo
─ Carlos ─ murmuré cerca de él ─ sé que puedes oírme, ten fuerzas para salir de ese trance. Te necesito como tú a mí ahora. Ayúdame a ayudarte, por favor, regresa conmigo.
Cuando me levanté de la silla me alejé de la cama lo suficiente para darme cuenta que también libraba una pesadilla entre la realidad y el pasado. Sonreí con tristeza y viéndolo inmóvil sin fuerza ni siquiera para parpadear, las lágrimas se asomaron y recorrieron mi rostro hasta perderse entre los cabellos.
Los recuerdos me atormentaban y el tenerlo cerca en esas condiciones tan parecidas como la primera vez me afectaba mucho, recordaba constantemente lo que había vivido antes. Había tratado de olvidar los sentimientos, pero ahora descubrí que había sido infructuoso, inútil, porque el corazón seguía latiendo por Carlos.
En aquella época mi padre estaba enfermo y junto con mi madre se fueron al extranjero. Solo estaba trabajando en la última parte de mi práctica para certificarme como psiquiatra.
Una tarde antes de su viaje, sentados mi padre y yo en su oficina recibió una llamada, el Doctor Carlos Villalobos o. Eran buenos amigos, siempre lo fueron, pero de un tiempo para acá aún más cuando le pidió que ayudara al menor de sus hijos. Sabía que había caído en el alcohol, pero no estaba seguro si podría recuperarse, era muy joven.
Mi padre al recibir la llamada lo colocó en altavoz para que le escuchara también.
─ Amigo, ¿cómo estás? Supe que vas a un chequeo médico en Canadá.
─ Si Carlos no me queda de otra. Allí hay un especialista que tal vez pueda ayudarme con este dolor que viaja conmigo desde hace años. Ese dolor en la parte baja de la columna no me deja ni trabajar. ¿Cuéntame?
─ Necesito que me ayudes. Sé que has tratado a Carlos y te lo agradezco, pero necesito que le veas de nuevo.
─ ¿Qué hizo? ¿Hablaron?
─ No, es imposible conversar, a mí me cuesta y él me huye así que no hemos coincidido.
─ Debes hacerlo Carlos, es necesario. Sabes que su problema radica en el rechazo que siente hacia ti. Haz las paces con tu hijo. Hasta que él no se abra contigo y no te diga lo que siente, seguirá igual. Una vez más fuerte que otras, pero siempre volverá a beber.
─ Por eso te llamo. Creo que voy a intentarlo, está muy mal, sigue peleándose en los bares de mala muerte y bebe todo el día.
─ ¿Está con ustedes?
─ No, nos dejó a lo que cumplió sus dieciocho años. Desde entonces vive en ese apartamento de mis padres, en los suburbios. Ahora está peor desde que murió su madre y bueno, la muerte trágica de Javier creo que también lo afectó.
─ Bien como quieras, pero mañana salgo para Canadá así que si quieres puedes traerlo aquí hay buenos especialistas.
─ Ya lo mandé a buscar, no tengo idea dónde esté. Cuando lo encuentre lo llevo para que lo ingreses y lo desintoxiquen. Eso es lo mejor.
─ Bien como quieras. Cuídate mucho amigo mío. Sigo pensando que debes sincerarte con tu hijo.
─ Lo haré. Que te vaya bien y nos vemos a tu regreso.
─ Así es.
─ Te espero para tomarnos unos wisky.
─ Bien, no puedo rechazar esa invitación.
Pensándolo bien ahora reconozco que sabía parte de la historia de Carlos, no a profundidad, pero sabía algunas cosas. Esa vez que lo recibimos la primera vez que se desintoxicaba ya mi padre no estaba con nosotros, había fallecido, me hice cargo de él. Hice todo lo que pude por ayudarle, mucho del empeño lo hice en nombre de mi padre para que se sintiera orgulloso de mí.
Luego de calmarme un poco me le acerqué y coloqué la mano sobre la de él para acariciarla con ternura, llorando de forma silenciosa, porque recordaba la conversación en el jardín del psiquiátrico, en aquellos años perdidos entre los recuerdos.
En el extremo occidental del psiquiátrico había un lugar muy especial que me gustaba. En el jardín oculto entre los árboles había una pequeña capilla hecha de piedra y rodeada de enredaderas verdes y flores silvestres especialmente flores de colores amarillo, rosado, violeta claro y blanco.
Cerca de ese lugar encontramos unos bancos de hierro, cuatro, sembrados en el camino de piedras que llevaba a la entrada de la capilla, colocados uno frente al otro señalando el camino. Esa mañana estaba especialmente claro, el cielo estaba despejado y muy azul, una brisa agradable nos rodeaba, para este tiempo ya Carlos vivía en la casa de la playa y había venido a su última consulta para que le diera de alta definitivamente.
Después de su revisión médica caminábamos tomados de la mano en esta área solitaria del jardín nos sentamos en uno de esos bancos debajo de un frondoso árbol. Carlos no dejaba de mirarme con ternura mientras que me sonrojaba cada vez que nuestros ojos se encontraban.
─ Sabes Inés ahora que ya estoy curado voy a ser fuerte y a hacer cosas que jamás pensé que podría hacer ─ afirmó con certeza mirándome a los ojos acariciando las manos suavemente.
─ Ya creo que si ─ coloco mis manos sobre las de él acariciándolas y mirándole a los ojos esperando atenta a su conversación.
─ Y tú siempre estarás ahí junto a mí. Te amo como nunca a nadie amé. Si algún día llegase a acabar tu amor por mí, dímelo y entonces te dejaré para que sigas tu camino; pero ahora que estamos aquí, tú y yo, vamos a querernos mucho.
─ ¿Carlos? ─ pregunté confundida por la forma tan segura que hablaba acerca de sus sentimientos, de sus afectos, pero sobre todo para asegurarme de lo que pudiera decirle. No sólo era un síntoma más de su recuperación, era una manifestación de la seguridad en sí mismo, que habían estado trabajando para expresar sus sentimientos más claramente.
─ Si tú también lo sientes como yo, quisiera que viviéramos juntos. ¿Quieres acompañarme a comenzar mi vida de nuevo?
─ Para eso tenemos que estar seguros de nuestros sentimientos. Creo que debemos pensarlo muy bien ─ fue lo único que atiné a decir desviando la mirada al suelo. Era un paso muy difícil para dar, tenía que sentirme segura que era lo correcto. Sin embargo, sabía que lo que sentía era mucho más fuerte que cualquier otra razón o principio que esgrimiera para mantenerme alejada
─ Los dos queremos, lo sé. Nadie va a quererte como yo lo hago.
─ Tengo miedo de que sea una ilusión por lo que hemos vivido, por el tiempo que hemos estado juntos por tu tratamiento ─ dije mirándolo a los ojos mientras estábamos sentados uno frente al otro, aún tomados de la mano.
─ No creo que sea eso.
─ ¿No?
─ No. Estoy seguro de mis sentimientos por ti ─ Se acercó a mi rostro acariciando el cabello, entonces tomé su rostro entre mis delgados dedos y estando ambos muy cerca, observándonos a los ojos directamente, Carlos me besó cada centímetro de los labios despacio con suma ternura. Sentí una paz y una seguridad que me agradaba, saberme querida y amada por aquel hombre era ciertamente una nueva emoción, era embriagador y fascinante.
Nos habíamos besado en otras oportunidades, pero esta vez sentía la seguridad de que era lo correcto, porque nunca antes había querido a un hombre como había empezado a quererlo. Carlos era verdaderamente mi primer amor.
─ Ven, ven conmigo a la casa de la playa allá podemos estar juntos y estoy seguro que pronto te darás cuenta que lo que te digo es verdad. Vamos a intentarlo y si estás de acuerdo, nos casaremos.
─ ¿Casarnos? Creo que es muy pronto para decidir.
─ Entonces ven a la casa de la playa y quédate conmigo quiero intentarlo, es muy difícil para mí dejarte ir cada atardecer, verte salir de la casa y esperar a que me llames cuando llegas a la tuya. No quiero eso de nuevo. ¿Debo hablar con tus padres para pedir permiso?
─ No, no es necesario ya tomo mis decisiones. Mi padre falleció Carlos repentinamente y mi madre vive lejos de aquí, está cuidando a los hijos de mi hermanastro.
─ No sabía que el Doctor tuviera otro hijo
─ Bueno es hijo de mi madre, lo tuvo antes de casarse con papá, pero no vivió con nosotros él vivió con su padre.
─ La muerte de tu padre no lo sabía. Ocurrió durante mi tratamiento, ¿cierto? ─ respondió mirándome a los ojos
─ Si. Por eso es que no vino a verte. No quise decírtelo, pensé que no era bueno para ti saberlo. ─ le sonreí con tristeza en la mirada
─ Fue un buen hombre, creo que nadie ha querido a mi padre como él lo hizo. Además, me tuvo mucha paciencia y de verdad confiaba en mi recuperación. Ahora entiendo muchas cosas, mi padre tenía razón cuando me dejó y me dijo que aquí encontraría una buena razón para cambiar. Confiaba en tu padre.
─ Si, ellos se querían mucho
─ Dime qué piensas sobre lo que te dije ─ dijo bajando su cabeza hasta colocarse casi delante de mí mirando las manos entrelazadas.
─ De acuerdo, vamos a vivir juntos entonces ─ le sonreí.
Carlos se acercó para abrazarme y decirme al oído: ─ No te arrepentirás de ello, voy hacerte la mujer más feliz de la tierra para que nunca te alejes de mí.
El siguiente fin de semana después de esa conversación, me mudé con lo necesario para la casa de la playa y poco a poco la adecuamos para ambos. Estaba viviendo el primer amor, estaba viviendo con el hombre que amaba y eso me mantenía alegre y feliz todo el tiempo.
Pensé que todo había empezado a mejorar, todo iba muy bien. Había logrado graduarme, completando las prácticas en el psiquiátrico y mi primer paciente, y el más importante, estaba en plena recuperación. Además, la muerte de mi padre la había superado con su ayuda, me sentía llena de esperanza y con un futuro seguro a su lado.
Cuando llegaba a casa eran momentos sumamente especiales, caminábamos por la playa al atardecer, leíamos juntos y Carlos descubrió que tenía facilidades para escribir así que poco a poco teniéndome como inspiración comenzó a escribir poemas. Muchas veces juntos sentados en la arena y con un termo con agua, algunas galletas y libros, Carlos leía mientras atentamente lo escuchaba.
Una nueva imagen regresó a mi mente tan clara como si fuera una película frente a mí: recordé cuando despertaba, luego de habernos amado, cómo los rayos de sol inundaban la habitación y cómo sus cabellos destellaban la luz al posarse sobre ellos. Respire profundo cerrando los ojos y sorprendiéndome al sentir su aroma, aquel aroma tan suyo, tan particular que me hacía estremecer cuando lo sentía acercarse pues sabía que sus labios me acariciaran pronto.
Abrí los ojos descubriendo que ese aroma solo estaba en mi memoria, despacio deslicé los dedos sobre la cabecera plástica de la cama y viéndolo por última vez dormir, salí de la habitación cerrando la puerta despacio para no despertarlo.