Despertando los recuerdos dormidos Capitulo 1

Carlos

Soñaba, esos medicamentos me atontan, pero me permiten soñar, tener largos y placenteros sueños. Recordé que al llegar la noche nos sentamos en la sala en un sofá azul cubierto de colchas tejidas con las cuales nos cubrimos sobre todo cuando llovía, disfrutamos ver por las ventanas cuando la lluvia mofaba la arena blanca y las olas furiosas bañaban la orilla.

Para disponer del mayor tiempo posible juntos creamos una lista de tareas, para ella era importante hacerme partícipe de las labores porque así tendríamos más tiempo para los dos. Nunca lo había hecho antes, en casa siempre hubo sirvientes y cuando salimos de vacaciones llegábamos a hoteles donde siempre había personas que se encargaban de esas cosas. Aprendí a hacerlas cuando me tocó vivir solo, cuando decidí que era mejor así, no hubo una madre que me enseñara, la vida lo hizo. Tal vez era necesario que todo pasara de la forma que había ocurrido, ahora lo entiendo.

Cada uno tenía unas labores que cumplir, generalmente preparaba la cena y la esperaba al llegar. Mientras ella se cambiaba de ropa en la habitación, arreglaba la mesa esperándola para después de lavar los platos, secar y colocarlos en su lugar, nos sentábamos en el sofá azul, uno al lado del otro, para platicar sobre las cosas del día.

Usaba bermudas, franela y camisa abierta, el clima en la playa no era caluroso, pero tampoco frío, era fresco. Me sentaba primero en el sofá, extendiendo el brazo sobre el respaldar para esperar que ella se sentara a mi lado, vestida con una falda corta con franela blanca. Sentada a mi lado la acercaba a mi pecho para colocar la cabeza delicadamente sobre la de ella y cerrando los ojos respirar el aroma de su cabello, cubriendo la cabeza con la mano para tenerla a mi lado.

Entonces ella se acomodaba plácidamente y colocaba su mano sobre mi pierna acariciando despacio la piel desnuda que salía de la bermudas y también cerraba sus ojos, respiraba profundo y disfrutaba el tenernos, sintiéndonos dueños uno del otro. Dios y pensar que fuimos tan felices en esos instantes, era amor lo que se respiraba, amor del bueno lo que compartimos en aquellos días, pero no lo supe entonces.

Los fines de semana salíamos de la ciudad y viajamos a los pueblos cercanos, amándonos como nunca. Al principio todo parecía espléndido, era mi primera experiencia de vivir en pareja, era la emoción de la primera vez, de descubrirnos juntos, de sabernos el uno del otro.

El tiempo no tenía sentido para nosotros era simplemente el hecho de estar juntos lo que nos complacía y la necesidad de amarnos todo el tiempo que podíamos, era maravilloso, era perfecto.

Aquella casa de la playa tenía dos habitaciones, una de las cuales tenía una enorme ventana por la cual podías observar la playa, el amanecer que la inundaba de luz. El atardecer que con sus tenues colores pasteles entristecía la llegada de la noche, pero también el enorme reflejo de la luna llena en el agua era un espectáculo digno de admirarse y lo aproveché muchas veces de inspiración. Escribía poemas entonces en un cuaderno nuevo que había comprado para compartirlas con ella y luego las pasaba al computador, que ella compró para trabajar en casa hasta que con mi trabajo logré comprar uno para mí.

En esa, la habitación, nuestra cama quedaba viendo a la ventana, una pequeña biblioteca y una mesa con el computador donde pasaba escribiendo sobre todo cuando ella se encontraba en el hospital. Los escribía en un cuaderno y los compartía con ella a la hora de cenar, antes de irnos a dormir y luego de amarnos.

Todas las mañanas me despertaba primero, me levantaba despacio muy lentamente para no despertarla, corría a la cocina para preparar café y luego regresaba a la habitación sentándome sigiloso en el lado donde ella dormía para acercarme. La observaba dormida y detallando cada uno de sus rasgos, respiraba profundamente por la inmensa alegría de saberla mía. Cerraba los ojos para acercarme a su rostro con suma delicadeza, para colocarme sin apoyar la frente en la de ella, respirar su aroma y luego casi como un suspiro le decía ─ Te amo ─ acercando los labios para besarle.

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Inés se despertaba y abriendo lentamente sus ojos me encontraba cerca de su rostro, esperando que me viera, entonces luego de estirar sus brazos rodeaba mi cuello para acercarme a su rostro y me decía: ─ Buenos días, amor.

En aquella casa de la playa pasamos los días más hermosos que habíamos vivido ambos, pero las ausencias de Inés empezaron a ser frecuentes sobre todo por las noches para irse al psiquiátrico. Busqué trabajo para que no tuviera que irse, pero lo que conseguí no me permitía ganar lo suficiente. Para no estar en casa solo, acepté dos empleos de medio tiempo de manera de estar en casa cercano a las seis cuando ella regresaba.

Una de esas noches de lluvia, luego de la cena y mientras acomodamos los platos, decidí hablarle sobre colaborar con los gastos de la pareja, pero en realidad lo que buscaba era que ella no tuviera que ir más al hospital.

─ ¿Habrá alguna forma para ayudar con los gastos? He estado revisando el periódico y hay algunas vacantes que puedo ocupar para obtener dinero y comprar un auto y así no depender del tuyo ─ le dije al dejar sobre sus manos los vasos que acaba de lavar para que ella los secara.

─ ¿De verdad quieres trabajar? ─ respondió sonriéndome

─ Claro ya lo habíamos discutido, eso es bueno, ¿no es así? ─ respondí cerrando la llave y tomando de su mano el paño para secarme las manos.

─ Claro que es bueno, es estupendo, mi amor ─ sonreía al mirarme feliz,

─ Sé que no puedo ser más que un empleado de baja categoría porque no terminé de estudiar, pero puedo tener varios empleos para ocupar mi tiempo mientras no estás.

─ Me parece muy bien. Aunque tal vez podrías evaluar estudiar, ¿no crees?

Inés me sonrió acercándose tomándome de la mano y llevarme al sofá para sentarse de nuevo viendo las olas por la ventana. Aún no anochecía y los rayos del sol se despedían en la arena, a ella le encantaba esta hora del día contemplarla. Entendí el mensaje así que tomando su cintura con delicadeza la levanté y la llevé al sofá.

Luego de besar la dejé sobre el sofá recostada y colocándome sobre ella despacio, mientras sonreímos, pues ese siempre era el preámbulo para amarnos.

─ No sabes lo que me arrepiento de no haber estudiado, de no ser un profesional como tú para darte todo lo que te mereces. Comprar una linda casa, un auto, llevarte de vacaciones, en fin, hacerte feliz ─ internándome en su cuello para besar despacio

─ ¿Quién te dijo que no era feliz? ─ dijo mientras con sus brazos rodeaba mi cabeza y me separaba de su cuello para verla, apoyándome en los brazos.

─ ¿De verdad eres feliz conmigo? ─ le pregunté mirándole a los ojos para saber si era cierto lo que me respondería

─ Claro que sí, no necesito nada más ─ mirándome a los ojos y sonriendo.

─ Sé que necesitas otra cosa, sé que amas el hospital y tus enfermos, que los necesitas igual que a mí. A veces pienso que no te llenó lo suficiente y que huyes de mi…. ─ bajé la mirada recostando la cabeza en su pecho mientras ella comenzó a acariciar los cabellos lentamente besándolos después.

─ ¿Por qué dudas de mí? ─ dijo lentamente.

─ No dudo de ti ─ le respondí levantándome para verla a los ojos ─ Dudo de que puedas encontrar a alguien que llene tus expectativas, que te llene con aquello que no puedo darte: una conversación interesante, hablarte de temas que solo tú puedes entender, viajes, propiedades, invitaciones que no puedas rechazar porque estimulan tu intelecto, cosa que yo no puedo hacer

─ No cambiaría nada de lo que tengo contigo por estar con otra persona. Créeme que es así ─ respondió segura de sus palabras y me acercó hacia ella para besarme despacio y luego con pasión para terminar amándonos en el sofá cuando la noche cayó oscureciendo el lugar pues no habíamos encendido las luces antes.

Muchas veces el tema de sobremesa era su carrera, la necesidad de estar en el hospital y que disimulaba discutiendo sobre los gastos o la necesidad de aumentar los ingresos para dejar de vivir en esta casa de sus padres.

A pesar de ser difícil para mí comprendí que debía continuar desarrollándose profesionalmente, las guardias que debía cumplir en el psiquiátrico, así que poco a poco esa situación influyó para que fuera perdiendo la seguridad en mí y en los sentimientos de ella. Muchas veces discutía conmigo mismo, hablando solo por la casa, explicándome las circunstancias y evaluando los eventos, pero siempre terminaba con la duda de poder llenar sus expectativas.

Sabía que hablaba con la verdad, pero ya no estaba con ella en aquel hospital, su tiempo lo tenían los demás. ¿Y si encontraba a alguien mejor que yo o se enamoraba de otro? Los celos me consumen, no quería pensar en eso. Durante ese tiempo dejaba la casa de la playa luego que ella se iba al hospital y pasaba todo el día afuera hasta las cinco de la tarde, a esperar que regresara. La soledad me molestaba, no me dejaba en paz, me perseguía y las dudas con ella.

Una tarde decidí ir por ella al Hospital, salí temprano del trabajo en la librería y llegué caminando cercano a la hora de salida. Busque su auto en el estacionamiento, había comprado unas rosas rojas para dárselas pues cumplíamos un año de vivir juntos, quería llevarla a cenar. Había ganado una buena propina, no podría llevarla a un restaurante muy fino, pero podía invitarle una cena decente.

Llevaba la mochila al hombro, el viento acariciaba el rostro y alborotaba mi cabello sobre la frente. Caminaba despacio hasta que encontré el vehículo, dejando la mochila en el piso y las flores sobre la capota para acomodar la camisa dentro del pantalón y arreglarme un poco. Cuando me vi en el espejo lateral necesitaba lavarme la cara porque la piel brillaba, entonces decidí entrar.

Tomé las flores y caminé a la edificación entrando al pasillo principal, la recepción estaba vacía, así que atravesé el corredor hasta llegar al baño de la entrada principal. Estaba solo y era el típico baño de hospital blanco con un espejo de pared a pared y unas luces sobre cada lavamanos rodeadas de mármol blanco pareciendo una mesa alrededor de ellos.

Me acerqué colocando las flores en un extremo, luego saqué de la mochila el cepillo de dientes, un poco de pasta dental y la colonia, me lavé las manos primero con el jabón líquido y luego el rostro observando al espejo. Había engordado, ya no estaba tan delgado, las mejillas estaban bronceadas por el sol de la playa y la barba empezaba a crecer. Peine el cabello luego de mojarlo un poco y me perfume. Despacio tomé las cosas para guardarlas en la mochila y salí del baño tomando el camino de nuevo al estacionamiento. La recepción seguía vacía, nadie me vio entrar ni salir, llegué al estacionamiento ocultándome entre los árboles, quería sorprenderla.

Al cabo de unos minutos Inés salía de la edificación quitándose la bata, había cortado su cabello hasta sus hombros, desapareciendo con ello su moño de la base del cuello. Sonreí al verla imaginando su cara al descubrirme, pero mientras ella caminaba un hombre le seguía los pasos hasta alcanzarla entregando un sobre.

Ambos sonrieron, a pesar de estar lejos de ellos los vi hacerlo. Debía ser aquel médico que tanto mencionaba en sus conversaciones sobre el hospital, tenía rabia al ver que se le acercaba pues colocaba su mano sobre su cintura y le besó en la mejilla al despedirse de ella.

Miré al suelo, pisando las hojas con rabia para desquitarme con ellas la impotencia. Mis sospechas eran ciertas, había alguien más, alguien con la posibilidad de alejarla de mí, de llevársela lejos.

Sentí que la rabia se apoderaba de mí, pero en un instante recordé las palabras que siempre decía, que sólo yo era importante en su vida. Respire profundo varias veces y escondiéndome espere que llegara hasta el auto, pero dejé las rosas sobre la capota antes de que me viera. Así que cuando Ines se acercó se sorprendió de verlas, miró a todos lados, pero no identificó a nadie, las tomó entre sus manos y leyó la nota escrita a mano: Para el amor de mi vida, por un año más de vida juntos. Carlos

Sonrió acercándolas a su rostro para respirar su aroma, luego buscó a su espalda tratando de ver entre los árboles, pero no identificó nada. Cuando quiso entrar en el auto una mano le tomó la suya para abrir la puerta con la llave que estaba entre sus dedos.

─ Feliz aniversario ─ le respondí besándola en la mejilla

─ Feliz aniversario, amor ─ respondió ella visiblemente feliz abrazándome fuertemente y besándome luego.

Luego de besarla bajé mis manos hasta la cintura en su espalda y la atraje hacia mí, apoyé la frente en la suya y mordiendo el labio inferior deseándola más que nunca, guardando las ganas dentro de mí, luego abrí los ojos mientras ella solo respiraba profundamente rodeándome el cuello con sus brazos.

Inés se acercó a mis labios besándome de nuevo y después sonrió para decirle

─ No sabía que vendrías por mí ─ sonreía visiblemente feliz

─ Es una sorpresa. ¿No te agrada que venga aquí?

─ No es eso, es solo que no sabía que estabas aquí. ¿Tienes rato esperándome? ─ respondió aun con la sonrisa en el rostro.

─ No mucho, mejor entramos a la auto señorita ─ le respondí mientras le abría la puerta y ella se acomodó frente al volante.

Cuando cerró su puerta y caminé alrededor del auto pude ver al hombre con su bata blanca observándonos. Nos observaba, debió ver que nos besábamos así que lo miré desafiando, sonriendo porque sabía que ella me pertenecía y no iba a dejar que se la llevara. Abrí la puerta del copiloto y me senté mientras ella seguía oliendo las rosas entre sus manos. Luego me las entregó para que las llevara y me besó de nuevo en los labios.

─ Vamos a casa amor

─ ¿Quién fue ese hombre que se acercó a ti cuando salías? ─ pregunté tranquilamente, controlándome para que no notara que me incomodaba.

─ ¿Quién?

─ El hombre de bata blanca que te entregó el sobre que tienes en tus piernas, amor ─ le dije viendo el sobre sobre su pantalón negro.

─ Ah, es Samuel un nuevo médico que hace sus prácticas. Son unos informes sobre sus casos, quiere que le ayude un poco, es todo.

─ Bien, pero tendrá que esperar porque esta noche es solo mía. Voy a llevarte a un restaurante cerca de la playa para que cenemos y luego a casa para amarnos hasta el amanecer. ¿Qué te parece?

─ Me parece una magnífica idea ─ respondió visiblemente feliz y sonrió mirándome directamente a los ojos.

Tal y como dije la llevé a un restaurante a comer pescado y luego nos amamos hasta el amanecer. Cuando se quedó dormida entre mis brazos la acomodé despacio para levantarme de la cama besar su frente, Inés se volteó dejando al descubierto su espalda desnuda, entonces tomé de sus pies la sábana y despacio la cubrí con ella.

Levanté del suelo el pantalón de dormir y me lo puse, caminé hasta la mesa de la computadora y me dejé caer lentamente apoyando la espalda a la pared hasta lograr que una pierna quedara extendida por completo mientras la otra permanecía doblada. Sentí rabia, llevé la mano al rostro para morderme el dedo índice fuertemente, quería tenerlo enfrente para decirle que la dejara en paz, que ella era mía y que jamás la tendría. Hoy la había amado hasta que mi cuerpo me doliera igual que el suyo. Miré al techo blanco mientras las lágrimas salían de mis ojos cerrados desesperadas por el miedo de perder.

Cuando el otro hombre no tenía rostro era solo el miedo sin forma que se disipaba recordando que ella me amaba. Pero después de haberlo visto, de ver su rostro, las dudas se acrecentaron y empecé a deprimirme poco a poco. Ese rostro, esos rasgos me parecían conocidos, pero no atiné a identificarlo con nadie conocido.

No podía aceptar que un médico cualquiera pudiera quitármela. Samuel era un médico como ella, tenía dinero y las posibilidades de ofrecerle un futuro mejor, cosa contra lo cual no podía luchar, no tenía cómo.

Empecé a dudar de ser lo mejor para ella y poco a poco aceptar la idea de que aquel medicucho pudiera estar buscando acercarse a mi Inés con otras intenciones, porque Samuel era quien pasaba a recogerla algunas veces a la casa de la playa y eso no me agradaba, pero nunca le dije nada a ella.

Esos días fueron realmente duros, el miedo comenzó a aparecer poco a poco y las dudas a acosarme por toda la casa cada vez que pensaba que él tenía la libertad para acercarse, hablarle, quitarle el tiempo, mi tiempo que no quería compartir con nadie. Todas las noches le preguntaba si me amaba y todas las noches me respondía que sí, solo entonces lograba dormirme con ella en brazos. Cuando venía por ella para llevarla al hospital pasaba una terrible noche, pero al otro día inventaba cualquier cosa y nos amábamos como locos. Sé que ella lo disfrutaba tanto como yo.

Una tarde después del trabajo cuando fui a comprar la comida me detuve frente al pasillo de los licores, muchas veces pasaba y no me atraía nada. Era como si no supiera cómo sabían, como si nunca los hubiera probado, como si no me interesara conocerlos, eran indiferentes. Pero ese día me detuve y los revisé uno a uno, pensé en cuál comprar, vi la lista de nuevo para validar si me alcanzaba lo que tenía dispuesto a gastar y esa tarde lo dejé pasar.

La noche del sábado caminando por la playa solo porque Inés estaba de guardia encontré un grupo de chicos que bebían cerca de una fogata. Me acerqué a ellos y esa noche después de tanto tiempo volví a beber, me controlé y no me emborraché. Descubrí que podía detenerme cuando quisiera. Había dominado a la bestia dentro de mí, ahora tenía el control, era yo quien daba las órdenes y esa noche la encerré de nuevo en el sótano de mí ser, en lo más profundo para que Inés no se diera cuenta que había vuelto a pelear con ella liberándola y que había ganado.

Pasaron varias semanas, pero ese lunes pasando de nuevo por esa área del supermercado compre a escondidas licor dejándola oculto de Inés, a pesar de que me había prometido que no lo bebería de nuevo.

Cuando me quedaba solo, sentado en la entrada de la casa luego que ella se alejaba en el auto, ese monstruo que había olvidado, que ya no lo escuchaba llamarme tocó de nuevo la puerta de mi cerebro y así comencé a beber mientras ella no estaba en casa, sobre todo aquellas largas noches de sus guardias que me parecían interminables.

En esas noches quería ser otro, tener un futuro mejor que ofrecerle que ser un enfermo en recuperación, esa sensación de derrota antes de haber empezado la batalla era la que me ahogaba y de sorbo en sorbo comencé a beber a escondidas durante aquellas noches de soledad.

A pesar de todo me sentía fuerte pues me controlaba, sabía cuándo detenerme, no podía dejar huella alguna, ella no debía saberlo. Eso le daría el motivo perfecto a ese médico de llevársela. Fue silencioso, lentamente, discreto cada una de las visitas de ese monstruo. Era una batalla que libraba cada noche mientras ganaba porque sabía que podía detenerme, alejando de los labios la botella sin vaciarla por completo, fueron pequeñas dosis, pero día tras día, cada vez que ella estaba ausente, cada vez un poco más.

Ese sábado sentado en el sofá bebiendo recordé cuando teníamos catorce años y nos vimos en aquella fiesta familiar. Estaba solo en el patio y cada cinco minutos entraba buscando más ponche, siendo en realidad alcohol. Qué ironía mi vida siempre estuvo unida a la de ella.

Era la fiesta de cumpleaños que no recordaba de quién. Inés notó que entraba y salía de la casa así que me siguió sigilosa y luego que me senté detrás de los arbustos que bordeaban el camino para la piscina me dijo:

─ ¿Carlos, por qué lo haces?

─ Eso ─ recuerdo que me limpie los labios porque aquel sorbo se resbaló por la boca ─ No es tu problema.

Ella permaneció inmóvil mirándome y entonces me enfurecí y me le arrojé encima hasta hacerla caer a la hierva, la botella cayó cerca rompiéndose en mil pedazos y bañándonos del líquido. La música del salón llegaba hasta el patio por lo que sus gritos no los escucharon, le tomé la cara entre mis manos y le dije con rabia

─ Si llego a enterarme que le has dicho a alguien lo que viste, te mato.

─ ¡Suéltame! ¡Déjame!

Me levanté del suelo y mirándola me reí a carcajadas con locura. Inés como pudo se puso de pie, me gritó e inclusive me empujó cayendo entre los arbustos que adornan el camino para la piscina mientras ella se dirigía al salón y seguía riéndome a carcajadas.

Desde entonces esa pregunta carcome mi memoria ¿Por qué lo haces? Esa misma pregunta me la hice durante muchos años recordándola. No lo sé, lo único que sé es que bebiendo le hago daño, haciéndole escenas me burlo de su etiqueta y de la perfección que lo persigue, cada vez que me ve borracho lo destruyo, cada vez hasta que dejó de verme, hasta que desaparecí de su vida y desperdicié la mía.

Fui un niño feliz, eso no puedo negarle, ese tiempo lo hicieron muy bien. Tal vez en ese entonces se querían y se tenían el uno al otro. Pero cuando llegó la adolescencia al igual que la de mi hermano, mi padre se ausentaba por días y cuando llegaba a casa full de regalos para nosotros eran peleas continuas siempre entre ellos.

Mi madre empezó entonces a decirnos todas las veces que podía que él se había convertido en un mal hombre, que un hombre no le hacía eso a su familia, que nos abandonaba por estar con otras personas, que su vida era un desastre por su culpa, que si nosotros nos convertimos en unos fracasados era por su culpa, que nunca le perdonó que nos dejara tanto tiempo solos y yo no le perdoné que nos cambiara por otras mujeres primero y luego por otra familia.

Si descubrí que sus ausencias eran por una de sus secretarias, esa que siempre estaba con él en la oficina cada vez que venía a verlo para que me diera dinero. Ella, aquella mujer morena de cabello negro y ojos pequeños, que siempre me decía que me portara bien que mi padre me amaba mucho.

Mis abuelos decían que yo era idéntico a él y que sería igual a él cuando creciera, un excelente abogado. Qué decepción, no pude serlo. Decían además que heredaría su patrimonio, antes de morir me dejaron la vieja edificación donde me mudé para librarme de mis padres, mientras Javier vivía con ellos en su nueva casa. Sé que ellos hicieron lo posible por rescatarme, pero ya no tenía remedio, ya había algo mal que no me permitía estar satisfecho con nada ni con nadie.

Ellos sabían que algo ocurría, pero nunca les dije que mi problema era su hijo, mi padre, que me había decepcionado a tal extremo que no quería saber de él más nunca en la vida y por eso me emborrachaba para olvidar que llevaba dentro de mí una parte de él, a todos lados, a toda hora, a cada rato. Tenía que destruirlo y para ello debía destruirme primero. ¿Cómo podría hacerlo si cada vez que me veía al espejo era a él a quien descubría?