El Infierno Capitulo 1
Samuel
Eran las seis de la mañana cuando llegué al hospital, busqué a Inés en la sala de guardias donde debería estar firmando los papeles para salir a su descanso, iba a relevarla como siempre. No la encontré así que fui hasta el cuarto de descanso y tampoco estaba, por lo que salí a buscarla al segundo piso a la habitación número cuatro, tal vez esté revisándolo antes de irse.
Entré sigiloso para tomar del extremo de la cama la hoja de seguimiento verificando que seguía igual, pensé que una dosis del medicamento le haría bien y la registré en la historia. Alejándome llegué hasta la mesa a su lado y preparé el medicamento para colocarlo en la solución que aún bajaba hasta su brazo.
Carlos reaccionó como esperaba, pero volvió a caer en el sueño de nuevo. No desperté a Inés que aun dormía recostada su cabeza a un lado de la cama y con la mano de él entre las suyas. Al darme cuenta que sus manos estaban juntas, me molesté, así que aparté la mano de Carlos de la de mi esposa que dormía aún.
No estaba muy de acuerdo que hubiera regresado del olvido donde pensé que se quedaría para siempre. Pero no, tenía que volver a aparecer, solo que esta vez no permitiré que le hagas daño de nuevo, ahora es mi esposa, mi tesoro, el amor de mi vida por lo que no voy a dejarte el camino libre. Tú ya no eres nada, eres solo un vago recuerdo en la memoria de mi esposa y allí te quedarás.
Cuando cursaba el último año en la universidad la conocí, hacía mis prácticas, era una linda joven. Era mayor que ella tres años, pero desde que la vi supe que sería para mí, sería la mujer con la que formaría mi familia.
Para poder estudiar en la universidad medicina obtuve una beca por jugar baloncesto, era delgado y alto, de cabello negro abundante ahora no queda mucho, pero me mantengo en forma para que siga enamorada de mí. Durante estos últimos dos años había conseguido que se fijara en mí, había ganado su confianza y me di cuenta que necesitaba un compañero que cuidara de ella. Para ese tiempo estaba enamorada de alguien que no la merecía, lo sabía, pero ella insistía que era el amor de su vida. Me quedé cuidándola desde lejos hasta que la oportunidad se diera, sólo esperé que las cosas estuvieran a mi favor y en ese momento me le declaré.
No la dejaría nunca, había sido mi promesa, ella era mi trofeo y estaba dispuesto a cualquier cosa para mantenerla a mi lado. Estaba dispuesto a pelear por ella con cualquier arma y sin piedad, Carlos había perdido todos los derechos porque había decidido mantenerse alejado después de todo lo que pasó.
Agradecía a Dios todos los días que llegaba a casa y él no se había presentado ni en el hospital, ni en su vida, era como un enorme peso que arrastraba en mi espalda siempre vigilando que no apareciera de nuevo. Este año cumplimos cuatro años de casados, luego de haber esperado por ella casi seis meses, me sentí seguro al lograr casarme porque con el matrimonio había asegurado su permanencia a mi lado.
Cuando revisé sus signos vitales, la presión y el pulso, me acerqué a ella colocando la mano en su hombro y después de reconocerme se levantó para abrazarme. No dije nada solo observé el cuerpo de Carlos que aún no reaccionaba, a espaldas de Inés, sentí lástima por ambos, aunque habían pasado tantos años ella seguía queriéndolo y eso era lo que más lamentaba.
Abrazados recordé que acostumbraba a perderse cuando estaba de guardia, pero siempre sabía que la encontraría en la capilla oculta en el jardín, siempre que se sentía triste acudía a ese lugar para encontrar consuelo. Recuerdo que entré silencioso a la capilla y luego de contemplarla rezar me acerqué sentándome en la banca delante de donde ella arrodillada miraba la imagen de la virgen y el niño que se encontraba en el altar y sonreí al hablarle.
─ Cada vez que te pierdes, recuerdo que debes estar aquí. ¿Ha ocurrido algo de lo que no me he enterado? ─ Colocando la mano sobre las suyas entrelazadas rezando.
─ No. Tú sabes que cuando me siento triste, siempre vengo aquí ─ me contestó sonriendo tristemente.
─ Amor, cómo quisiera que la tristeza que te sigue a todos lados desapareciera y fueras aquella linda chica, alegre y feliz de la que me enamoré.
─ Bueno, el tiempo nos hace cambiar y tú lo sabes. No te he ocultado nada, así que esa tristeza estará en mi hasta que logre enmendar mi error ─ dijo sonriendo y extendiendo la mano al levantarse para que ambos dejamos la capilla.
─ Esperas que regrese, ¿que regrese por ti? ─ le respondí rodeándola por los hombros con el brazo derecho.
─ No, no espero que regrese por mí, espero que regrese para ayudarlo a superar todo lo que nos pasó. Es mi deber.
─ ¿Tú me amas?
─ Si sabes que si, por favor no dudes de mi afecto por ti ─ me besó en los labios al salir de la capilla para regresar al hospital a continuar con la guardia nocturna.
Éramos novios entonces así que solo le ofrecía apoyo. Esas visitas se hicieron frecuentes durante unos meses y luego que nos casamos se fueron distanciando. Poco a poco rogaba también a que esa tristeza se esfumara y dejara de venir aquí a buscar consuelo. Sentía que cada vez que acudía a este lugar pedía porque él apareciera y eso la alejaría de mí.
Tengo un miedo inmenso porque descubro que no me ama lo suficiente para seguir a mi lado, que lo que siente por Carlos es mucho más fuerte que sus sentimientos para conmigo, por eso la pasión que me desborda cada vez que la tengo cerca se la hago sentir. Sé que el afecto carnal que despierta en mí es el mismo que me une a su cuerpo y que hago que sienta por mí. La pasión es la que me une a ella y sé que eso es más fuerte que cualquier otra cosa, que cualquier otro sentimiento, por muy noble que sea. La pasión es lo que la mantiene unida a mí, lo sé, cada vez que puedo la cubro con esa pasión que me desborda.
Los recuerdos desaparecieron y solo la sentía llorar abrazada a mí, me acerqué a su rostro besando sus mejillas.
─ No ha despertado aún ─ respondió atemorizada
─ Estará bien, déjalo dormir debe descansar. Sabía que estarías aquí cuando no te encontré en tu habitación ─ le acaricié la mejilla con la mano mientras Inés sonrió apenada.
─ Sabes que no puedo dejarlo solo, lo sabes.
─ Si lo sé. Ven ya lo inyecte así que dormirá todo el día. Además, debes descansar, no hay razón para que te quedes velando su sueño.
─ Lo siento amor, de verdad lo siento ─ mirándome aún con lágrimas en sus ojos listas para salir.
─ Vamos a casa, es mejor para ti, debiste pasar una mala noche ─ le respondí bajando la mirada hasta tomar su mano y lentamente guiarla hasta la salida de la habitación.
Inés me acompañó, caminaba lento viéndolo dormir, entonces cerró la puerta a sus espaldas, aún tomada de mi mano al salir de la habitación.
Había una mujer enfermera de edad avanzada en el inicio del pasillo de las habitaciones junto a la enfermera de guardia, reconocí que era María. Le dije a la enfermera de guardia lo que le había administrado, mientras Inés continuaba mirando hacia la puerta de su habitación hasta que terminé de firmar la carpeta metálica que reposaba en la pared contigua al escritorio de la entrada al pasillo de las habitaciones.
Coloque la carpeta metálica en su lugar para luego dejar en el bolsillo el bolígrafo con el que había escrito las indicaciones.
─ No creo que se despierte antes del anochecer. Cualquier cosa llama al médico de guardia, mi esposa necesita descansar así que la llevo a casa.
─ Claro doctor, no se preocupe nosotros estamos al pendiente.
─ Gracias ─ le dije colocándome al lado de Inés apoyando el brazo derecho sobre sus hombros para continuar llevándola a la salida y tomar ascensor.
Esperé que se abriera la puerta para entrar después de ella y tomarla de la mano, luego de marcar la planta baja mientras se cerraban las puertas despacio. Hoy la había rescatado de sus recuerdos y la llevaba a casa para hacerla dormir conmigo a su lado. Sabía que tenía que estar con ella, quitarle los recuerdos amándola con pasión, ese día no regresaría al Hospital. Ese día sería para los dos, para amarla hasta el cansancio y producto de ello dormir exhaustos uno al lado del otro.
No permitiría dejarla sola de nuevo, no podía permitir que los recuerdos afloraran y ella dudara de su amor por mí, no podía permitirlo. Si tenía que golpearlo de nuevo, lo haría, solo que esta vez sí se atrevía a golpearla lo dejaría en la calle casi muerto por haberse atrevido a agredir y buscaría cualquier forma de dejarlo preso. Tenía que apartarlo, alejarlo.