El Infierno
Inés
Llegué a la oficina para firmar y sellar las hojas que correspondían a Carlos Villalobos. Debía entregarlas en la administración de manera que con el diagnóstico que elaboré le asignarán al Doctor Samuel Villalobos, otro de los psiquiatras, para su atención.
Las cortinas de mi oficina estaban abiertas, a esta hora de la mañana siempre las abría para contemplar los pájaros llegar a las ramas altas y ver desde arriba las nuevas flores que aparecían a diario.
No era fácil para mi verlo llegar de nuevo, verlo así tan destruido. Habían pasado casi cinco años desde nuestro último encuentro. Estaba acabado, parecía un hombre de más edad, un hombre de cincuenta años cuando apenas llegaba a treinta. Sentí tanta pena por él que no sé cómo me contuve para no llorar, para no ayudar a limpiarlo, cambiar esa ropa sucia y rota, llenarlo de amor, de cuido, a ese cuerpo que en algún momento representó tanto para mí.
─ De acuerdo Carlos, lo intentaremos de nuevo ─ las lágrimas me ahogan y la luz enceguece mis ojos, el dolor había quebrado mi alma de nuevo.
Mi vida estuvo signada de altibajos después que nos separamos, antes giraba en torno a esta edificación, al Psiquiátrico, era más simple y sencilla casi sin emociones fuertes. De niña acompañaba a mi padre los sábados para darles de alta a los que iban a dejar el hospital. A mi padre y a mí nos gustaba asomarnos por esta ventana enorme a contemplar el jardín desde arriba y esa costumbre aún la conservo.
Debo darle gracias a Dios que me dejó crecer en una familia hermosa y llena de amor, especialmente con mi padre. Nos amábamos incondicionalmente, compartimos la vocación por ayudar a los demás por lo que había decidido que la mejor forma era ser médico psiquiatra como él.
Mi padre se sentía orgulloso no solo de la edificación, que había ayudado a construir, sino que con su esfuerzo y el de sus compañeros había hecho de la institución una organización de renombre en recuperar los casos más difíciles. El Hospital Psiquiátrico había sido construido alrededor de los años cincuenta, de color gris plomo ennegrecida por su antigüedad, pero rodeada de una espesa vegetación localizada a las afueras de la ciudad. En esta institución todo aquel que por su propia voluntad llegaba era atendido ofreciéndole ayuda, de todo tipo, mientras duraba su tratamiento para su recuperación.
Después que nos separamos, que regresó mi maleta con las cosas que teníamos en la casa de la playa, no nos habíamos vuelto a ver. No tuve las fuerzas para buscarlo luego, tenía mucho miedo y una culpa muy grande se apoderó de mí. Debo reconocer que mi error no solo me causó daño a mí, sino que lo afectó de tal forma que lo llevó a donde está hoy.
Samuel, en aquél entonces, mi compañero en el Psiquiátrico, comenzó a cuidar de mí y ayudándome a recuperar mis heridas, no solo físicas sino también emocionales. Iniciamos una relación amorosa que duró casi dos años tiempo después me propuso matrimonio para inicios del siguiente año. Samuel Valbuena me convenció poco a poco, con atenciones, con presencia, con compañía y con mucho afecto que me debía otra oportunidad para amar. Pensé que era posible iniciar de nuevo, comenzar la vida que me merecía al lado de un hombre que valoraba mi compañía, no sentía celos por mi carrera y nos complementamos muy bien.
Supongo que al enterarse de mi boda la soledad lo invadió y terminó entregándose al alcohol hasta no poder dejarlo, hasta llevarlo y convertirlo en lo que es hoy: casi una piltrafa humana.
Definitivamente la descripción de Daniel se había quedado corta. Comencé a llorar y la culpa que creía borrada se levantó de nuevo de la tumba buscando salir con desesperación. Cuánta falta me haces padre mío, cuánta falta. Tal vez si en aquel momento en el que decidí irme con Carlos hubieras estado vivo, me lo habrías impedido, me habrías hecho recapacitar y tal vez ahora la historia fuera otra.
Nuestros padres eran grandes amigos, muchas veces sentados los dos en esta oficina me contaba sobre el padre de Carlos y de su amado hijo. Éramos compañeros en la escuela, aunque nunca fuimos amigos, siempre estaba solo alejado de todos. En ese entonces no tendríamos más de catorce años cuando su padre lo trajo a la consulta con mi padre y desde entonces fue su paciente, su padre confiaba que su amigo lo ayudaría mejor que otro a recuperar a su hijo.
Muchas veces inició el tratamiento, tenía altos y bajos, pero siempre recaía hasta que lo traté yo. Fue uno de mis primeros pacientes, ya mi padre había fallecido, una muerte inesperada, y creo que eso me llevó a depositar mis esperanzas y fe que podía tratarlo y recuperarlo en su memoria.
Recuerdo desde niña que mi madre discutía con mi papá porque no le dedicaba tiempo, todo el tiempo libre era para mí. Desde niña fui egoísta con su afecto, tanto que me peleaba con mi madre por él. Recuerdo que me sentaba en sus rodillas y se reía conmigo cuando secreteábamos y mi madre nos encontraba, su rostro cambiaba de color, de verdad le molestaba. Cuando crecí y fui descubriendo mi vocación la relación se estrechó aún más, es que nuestras conversaciones eran casi eternas, compartimos muchas cosas, teníamos los mismos gustos inclusive por la música. Mi madre repetía cuando le llevaba la contraria, muy pocas veces, que de qué se quejaba si era su versión, pero hecha mujer.
No tuve hermanos así que crecí sola prácticamente, aunque mi madre tuvo un hijo fuera del matrimonio, pero él siempre estuvo con su padre, casi no lo conocía. No es que no me llevara bien con mi madre es que mi padre era mi mundo. Éramos muy afines, éramos como la uña y la mugre, éramos dos mitades de un mismo hueso, hasta la manera de caminar era la misma. Te extraño un montón.
Cuando Samuel me propuso matrimonio sabía que no lo amaba lo suficiente, no podía evitar compararlos y son tan diferentes. Carlos es el fuego y Samuel el agua, Carlos es la pasión desenfrenada y Samuel el amor maduro, Carlos me robaba el aliento Samuel me da el oxígeno que necesito para vivir.
Recuerdo que el día de la boda, frente al altar, cuando el sacerdote preguntó quién se oponía a este matrimonio pensé por unos instantes que se aparecería y haciendo un escándalo mayúsculo gritaría: ─ Me opongo porque esa mujer aún me ama ─ pero solo ocurrió en mi mente.
Mis padres apreciaban a Samuel, se ganó su confianza y cariño. Realmente mi padre lo admiraba, decía que él era como las hogueras que usan los herreros para fundir el metal, con una fuerza indomable. Tenía un espíritu incansable, cada prueba lo hacía más fuerte y se retaba a sí mismo esforzándose cada vez más hasta lograrlo.
No entendí las razones de su fuero interno, era como si siempre estuviera en combate, pero a la vez era más por no fracasar lo que lo impulsaba. No era muy dado a demostrar afecto, de hecho, casi no tenía amigos entonces, pero conmigo siempre fue diferente. Mi padre murió antes de que Samuel declarara su afecto hacia mí, tal vez hubiésemos discutido esos temores internos que lo hacen permanecer en batalla todo el tiempo y que, a mí, particularmente, me agotan.
La muerte repentina de mi amor más grande, mi padre, me había devastado, estaba muy débil emocionalmente. Me dediqué en cuerpo y alma al psiquiátrico y cuando apareció Carlos se convirtió en mi salvavidas
Comprendí años después que mi error fue enamorarme de él de esa forma tan total. Carlos se convirtió en mi primer y único amor verdadero. Ese que te arropa, por el que pierdes el aliento, por aquél que te llena de tal forma que cuando no estás cerca te falta no solo la mitad, te falta todo. No es que no quiera a Samuel, no es eso, tengo claro mis sentimientos por él, pero es que Carlos sacudió mi vida de tal forma que la cambió por completo. Mi vida se divide en dos períodos: antes de Carlos y después de él.
No sé cuántas veces he tenido estas charlas internas conmigo misma. Siempre llegué a la misma conclusión: me equivoqué con Carlos y me arrepiento así que la única forma es enmendarlo, es ayudarlo a recuperarse y que aprenda a vivir sin mí.
Los días pasaron, pero Carlos no reaccionaba al tratamiento, estaba muy preocupada, pero Samuel repetía que era normal su reacción, estaba muy intoxicado. Cada vez que Samuel iba a verle le acompañaba para estar a su lado y ayudarlo ante cualquier arrebato que pudiera padecer por su grado de intoxicación y de desnutrición.
Para la cuarta noche tenía guardia me acerqué hasta el piso donde estaba y al llegar a revisar las indicaciones la enfermera de guardia, una mujer de edad avanzada y cabello grisáceo, me sonrió.
─ Doctora vaya a descansar, estaré pendiente del joven, se lo prometo.
─ Gracias ─ le respondí sonriéndole con tristeza.
─ Aún lo recuerdo, es un buen chico ─ respondió tomando mi mano apoyando la suya sobre la mía varias veces para consolarme y reconfortarme.
─ No se inquiete, voy solo a darle una vuelta.
─ ¿Está segura? El Doctor Samuel me indicó que estuviera al pendiente de usted esta noche.
─ Él siempre pendiente ─ le respondí.
─ Doctora Inés recuerde que la última vez que Carlos estuvo aquí fui su enfermera. No busque problemas con su esposo, voy a acompañarla, ¿le parece?
─ Bien, María vamos las dos. Si ya recuerdo, eras amiga de Samuel, él fue el que te trajo y de verdad que eres una muy buena enfermera y una gran persona. Muchas gracias ─ le respondí aún con sus manos entre las mías.
Entramos las dos a la habitación, revisamos cuidadosamente todo, el oxígeno, sus signos vitales y la solución que le administramos. María se quedó conmigo contemplándolo desde el pie de la cama.
─ Parece increíble que ese cuerpo sea el mismo joven de hace seis años atrás, no puedo creerlo. Estaba tan lleno de vida cuando dejó este lugar y ahora parece otro.
─ Lo sé María, no es ni la sombra del hombre que fue
─ Sé que no va a dejarlo solo esta noche. Quédese con él, cualquier cosa le aviso si el Doctor Samuel aparece.
─ De todas formas, muchas gracias, aunque no creo porque ya se marchó.
Me quedé cuidándolo casi al pie de la cama mientras que a Carlos le rodeaban tubos y máquinas que le ayudaban a mantenerlo controlado. Su cabello había sido cortado casi al ras de su piel por temor a que lo arrancara y vestía camisa y pantalón celeste, ropa de los enfermos del hospital, además una colcha de cuadros rojos que cubría su delgado y maltratado cuerpo. Su rostro lucía cadavérico, casi sin vida, su piel estaba amarilla y la poca piel de sus manos marcaba cada uno de los huesos.
Por un momento el sueño me venció fue cuando Carlos me tomó de la mano mientras le sonreía tímidamente aún con los ojos entreabiertos para poder verme. Trato de decirme algo, pero no se lo permití colocando los dedos sobre los labios resecos y Carlos los besó tiernamente con suma dificultad.
─ Duerme, descansa tranquilo ─ le dije susurrando y limpiándole el rostro surcado de lágrimas ─ Estoy a tu lado y permaneceré contigo hasta que estés bien y puedas regresar a casa totalmente recuperado
Carlos balbuceó algo que no alcancé a comprender y cerró los ojos apretando con fuerza mi mano sobre la cama y el silencio casi sepulcral que nos rodeaba.
Así pasaron las horas sosteniendo su mano entre los delgados dedos. Había dolor en su semblante, a pesar de estar dormido por los sedantes, lo sentía, como siempre había pasado esa conexión extraña entre los dos. Sonreí con tristeza y por un instante pensé que podía no sólo recuperarse sino arreglar las cosas que dejamos pendientes por resolver y nuestro reencuentro fuera posible. Al cabo de un rato, cuando sentí que dormía, solté su mano, le revisé la frente tocándolo con suavidad y acerqué la silla para dormir un rato cerca de la cama.
Estaba sumida en un profundo sueño, los recuerdos me atormentan, haciendo que recordara lo que había vivido con Carlos desde que lo conocí. Así en sueños era como si nada hubiese cambiado, todo siguiera igual por eso me vi en la habitación de entonces junto a él.
─ Inés ─ dijo Carlos ─ ¿Tú crees que de verdad pueda dejar de beber? ─ preguntó estando aun acostado en la cama del hospital mientras me acercaba para tomar la presión arterial sonriendo amablemente al verle.
─ Al menos lo intentaremos ─ sonrió de nuevo, él tomó mi mano y levantándose de la cama la trajo hacia sí besándola suave para decirme sin apartar su mirada de mi rostro, lo rodeaba los aparatos como ahora, tenía una máscara para respirar y un medicamento en la vena con solución para mantenerlo sedado ─ Gracias por todo. No tendré jamás el tiempo para pagarte lo que haces, lo que has hecho para salvarme de mi tormento.
─ Claro que sí ─ le sonreí
─ ¿Cómo? ─ preguntó incrédulo.
─ Simplemente curándote y ayudándome a hacerlo.
Todo estaba pasando como en una película ante mis ojos cerrados, en ese sueño salí dejándolo solo en aquella habitación. Los recuerdos fueron bastante vividos, durante aquella época había superado la crisis, estaba casi curado y eso me complacía bastante, pero sabía que parte de ello se lo debía a las atenciones más personales que médicas. Teníamos veintidós años cumplidos solo que yo me preparaba para presentar la tesis para graduarme.
Mi padre quería y apreciaba al padre de Carlos, un respetable senador con mucho dinero, así que bajo la mayor de las discreciones le pidió que le ayudara con su hijo internándose en el psiquiátrico confiando que su amigo podría salvarlo de sí mismo y lograr su recuperación. Carlos llevaba a su hijo a las sesiones con mi padre, solo lo internó una vez porque mi padre le recordaba a su amigo que, si le dedicaba un tiempo a su hijo, a estrechar su relación, efectivamente su relación mejoraría y dejaría la bebida; sin embargo, eso nunca lo logró.
Al padre de Carlos la angustia y la culpa lo consumían ya que su hijo más amado se había convertido en un alcohólico. Aunque lo había ocultado desde que tenía catorce años, él lo sabía, sabía que su hijo estaba realmente enfermo. En ese entonces mi padre estaba en el extranjero en su chequeo de rutina, así que sugirió que lo llevase a la casa de la playa para que pudiera terminar su recuperación, si llegase de nuevo a recaer para mantenerlo alejado de su familia.
Cuando Carlos fue dado de alta tomé la decisión de ofrecerle un sitio diferente a su casa, alejado de sus padres, ellos estaban pasando por una situación difícil, su hermano había fallecido en un accidente de tránsito de manera violenta y su madre estaba en tratamiento para los nervios, con atención médica domiciliaria. No era un buen ambiente para él, necesitaba paz y tranquilidad además de compañía que le ayudarán a mantenerse sobrio y no un ambiente que propicia la soledad y el dolor.
Mi padre nunca supo de mi relación con Carlos, no lo hubiera permitido, era un error muy grande y de saberlo lo hubiera impedido puesto que para un padre descubrir que el primer amor de su hija era con un alcohólico estaba destinado al fracaso y a causarle una herida muy profunda.
A pesar de saber muy dentro de mí que no estaba bien, decidí llevarlo a la casa de la playa, la casa de mi familia donde pasábamos el verano, pero aún no se lo había comunicado a Carlos, ese era su regalo.
Era una hermosa tarde, el cielo estaba despejado, muy azul y brillante. Carlos recogió sus pocas pertenencias llenando el bolso verde para colgarlo en su hombro y luego de firmar varios papeles en la administración del hospital caminó por el pasillo hasta llegar a la entrada.
Vestía un jean negro y una camisa a cuadros roja y blanca. Cuando las puertas de vidrio se abrieron al acercarse respiró profundo varias veces, temblaba, el miedo lo paralizó unos instantes. Se aferró con su mano a su bolso que colgaba de su hombro y luego de unos instantes volvió a respirar profundo para salir y caminar despacio hasta el estacionamiento. La puerta de vidrio se cerró a sus espaldas, se volteó para confirmar que nadie lo seguía esta vez, no había ningún enfermero siguiéndole los pasos y sonrió. Por primera vez se sentía libre, se veía libre y aliviado.
Regresó la mirada a la calle, justo enfrente había una redoma con una fuente de agua en medio, que permitía a los vehículos llegar, estacionar en la entrada para dejar a los enfermos y luego girar de nuevo para la salida sin estorbar a ninguno. Después había un largo camino cubierto de hermosos árboles con mucho follaje y hojas verdes que bailan al compás del viento.
Miró hacia delante, solo tenía que atreverse a dar un paso a la vez, como le repetía muchas veces y lo hacía decirlo: ─ Solo un paso a la vez ─ repitió para sí en voz alta, acomodándose el bolso de nuevo en su hombro, respiró profundo y dio un paso y luego otro, otro y otro más hasta que salió del camino para llegar a la calle donde los autos la recorrían una y otra vez en ambos sentidos.
Siguió caminando, el sol brillaba y jugaba con las hojas que se mecían con el viento, marcando el camino mientras repetía una y otra vez: ─ Solo un paso a la vez.
Estuve viéndole desde que estaba en el área de información y salió de la edificación, en ningún momento se percató que estuve cerca. Salí de la edificación hasta el estacionamiento y despacio di la vuelta hasta detenerme a su lado en el auto azul que había recibido de regalo de graduación, tocando la bocina para llamar su atención.
Al verlo bajé el vidrio del lado del copiloto y le dije: ─ Carlos, sube el camino es muy largo para que vayas caminando ─ le sonreí inclinándome al volante para que me viera.
Estaba dejando la guardia y tendría el fin de semana libre, me cambié al terminar pues sabía que su alta era hoy me arregle para él, llevaba el cabello recogido con el acostumbrado moño posando delicadamente en la base del cuello, le sonreía mostrando los dientes alineados y estiré la mano para abrirle la puerta. Ese vestido azul resaltaba lo blanca de mi piel y el color de los ojos. Estaba sin mi bata blanca, brillaba, aunque el sol estuviera fuera del auto, parecía que lo reflejaba en la piel. Me sentía igualmente libre como él lucía.
Había revisado su historia, la que llevaba mi padre, y en ella sugería que Carlos debiera primero iniciar un tratamiento para que dejara el alcohol y luego, con la ayuda de un especialista, trabajar su relación con el padre para luego enfrentarlo. Considere una opción viable llevarlo a la cabaña que mi familia usaba para las vacaciones o los fines de semana largos. Después de la muerte de mi padre casi estaba abandonada. Hice los arreglos para que la limpiaran y pensé que era el sitio adecuado para que completara su recuperación.
Carlos sonrió y bajó a la acera para acercarse al vehículo azul que esperaba por él, solo por él. Cuando entró dejó su bolso a sus pies mientras me sonreía de nuevo.
─ No sabía que seguías aquí, pensé que te habías marchado a casa.
─ No, recordé que era tu día de salida y vine a llevarte a la casa de la playa.
─ ¿Eres tú quien va a llevarme? Pensé que mi padre enviaría a su chofer o a Miguel, para que le confirmara que estaba sobrio antes de llevarme a mi nuevo refugio.
─ Bueno en realidad eso era lo que a mi padre le parecía cada vez que venías a pedir ayuda, que debías irte a otro lugar, que estuvieras por un tiempo alejado de tu familia. Esa casa solo la usamos para las vacaciones así que es un buen lugar ─ me sonrió de nuevo, encendí el vehículo y tomé camino a la playa.
─ De verdad tu padre es un buen amigo. No todos hacen lo que él ha hecho por mi padre, mantenerme oculto de todos.
─ Debes recuperarte, eso es lo más importante ─ le respondí sonriendo para que se sintiera seguro.
─ No creo que eso sea. A mi padre solo le interesa que no aparezca en los diarios por otro escandaloso incidente. Siempre está en campaña ─ respondió viendo al camino y acariciando su cabello para recostarse a la ventana.
Durante el viaje no cruzamos muchas palabras, encendí la radio mientras Carlos miraba cuando movía los dedos al ritmo de la música. Eso era otra cosa más que compartimos el gusto por la música. Estaba feliz en su compañía, ya no estábamos en el hospital, éramos libres, podíamos ser nosotros mismos, encontrarnos realmente.
Estaba finalizando la tarde y empezando a caer la noche cuando llegamos al lugar, luego de abandonar la carretera principal bajamos por una delgada calle de apenas un canal hasta llegar casi a la orilla de un risco desde donde se veía la playa, se escuchaba el sonido de las olas acariciar la orilla y las casas una al lado de la otra. El camino nos llevó a la entrada de la urbanización y un adolescente de piel tostada por el sol de la playa nos abrió la puerta de ciclón que iniciaba la entrada a las casas. Estaba construidas una cerca de la otra, pero con el espacio suficiente para que dos vehículos se estacionaran sin dificultad uno al lado del otro a un lado mientras que del otro se iniciaba la construcción de la siguiente vivienda.
La casa de la familia era casi la última muy cerca del pie del risco, tenía un pequeño jardín y un camino de piedras bordeaba la entrada. Todas las casas estaban pintadas de verde oscuro en el techo y las paredes de blanco con ventanas de vidrio que dejaban ver lo que ocurría adentro si no se cubrían con cortinas. Tenía una pequeña cerca de madera blanca. Cuando llegamos le entregué la llave para que abriera la puerta y estacioné el auto.
Era una brisa suave la de esa noche, el cielo se desnudaba de su azul para recibir a la luna con su manto negro del otro lado. Salí del auto al igual que Carlos y nos recostamos en el maletero viendo las olas. Había que caminar por un pasillo para llegar a la orilla que daba a la parte de atrás de la casa. Lo invité a dar un paseo antes de entrar, juntos, sin tomarnos de las manos uno al lado del otro, y me quité los zapatos. Me encantaba llegar y mojarme los pies en el agua tibia.
Caminamos por la orilla de la playa mientras el sol desprendía sus últimos rayos, casi moribundo, cada canto de las olas era maravilloso y Carlos lucía mejor y recuperado. Se aventuró a tomarme la mano y acepté deteniéndose por un instante, Carlos se acercó lo suficiente para apartarme los cabellos del rostro que la brisa había liberado y me acarició la mejilla, pero lo interrumpí diciéndole ─ Quien llegué de último le toca lavar los platos ─ corrí hasta la casa para alejarme mientras me observaba llegar, dudo unos segundos, pero luego corrió detrás de mí.
Cuando logró alcanzarme estaba adentro, en la cocina bebiendo agua y él en el umbral de la puerta observaba atento cada movimiento. Le miré sonriente ofreciéndole el vaso que contenía agua aún, él se acercó y bebió, pero me miraba a los ojos, aunque trataba disimuladamente de no verle.
Me alejé de él llegando hasta la sala acercándome a la ventana, vi el mar inquieto que jugaba con la luz de la luna, estaba realmente asustada porque había descubierto lo que realmente sentía por él y tuve miedo. No podía mantener la mirada, estaba aterrorizada.
Carlos se acercó sin hacer ruido y se paró a mi lado observando igual que yo por la ventana al mar y la luna. Luego despacio acercó su mano acariciándome los dedos y tomando su mano con la mía.
No me atrevía a mirarle, mi corazón latía a mil por segundo, estaba como petrificada, él esperó tranquilo mientras meditaba la escena de hace algunos minutos. Estaba claro que debería alejarme y no dejarme dominar por los sentimientos, pero la necesidad me ahogaba.
─ Lo siento Carlos, tú mejor que nadie sabe que no puede ser. Sabes que no podemos tener otra relación que ser médico y paciente. Por el bien de ambos y sobre todo por tu bienestar ─ le dije girando para verlo directamente a los ojos.
─ Pero ya no soy tu paciente, ahora te necesito es a ti como mujer no como médico.
─ Por favor, no digas cosas de las cuales podemos arrepentirnos después.
─ No lo hago. Me gustas mucho y creo que eres la única con la que me gustaría empezar de nuevo.
─ No entiendo a lo que te refieres con empezar de nuevo.
─ Sí que lo entiendes, lo que pasa es que no quieres aceptarlo ─ Se acercó lo suficiente y me atrajo hacia él para levantarme la barbilla besándome y diciendo con voz muy baja ─ Te amo.
─ No creo, tal vez sea solo la afinidad, el tiempo que hemos compartido. Solo eso.
─ No, no lo es. Sé que tú lo sabes, lo sientes. Dime, si fuera otra persona, otro paciente ¿le ofrecerías tu casa? ¿Hubieses esperado por él para acompañarlo a su destino?
─ Tal vez buscaríamos otra solución.
─ Nuestros padres fueron buenos amigos, tú y yo nos llevamos muy bien, ahora entiendo la razón. Te debo mi recuperación, quiero empezar una nueva vida y contigo a mi lado todo es más simple, más fácil.
─ Pero debes reconocer que tu recuperación fue por tu empeño en salir de ese hoyo donde habías caído, solo por tu esfuerzo, no por mí, por ti.
─ Gracias a ti ─ me acarició el rostro con sus manos que ya no temblaban y mirándome a los ojos fijamente dijo despacio ─ Dime si no sientes nada por mí, dime si te soy indiferente, si soy como cualquier otro.
─ Bien sabes que no lo eres, es solo que no puede ser.
─ Bueno ya no soy tu paciente, deje de serlo esta tarde, te libere de toda responsabilidad cuando firmé los papeles en la administración. Es mi decisión haber venido contigo, ya no eres mi médico ahora quiero que te conviertas en mi amor.
Se acercó a mí para besarme de nuevo en los labios que temerosos respondieron a sus caricias. Reconocí esa tarde que lo que sentía por él era mucho más fuerte que los deberes, mucho más fuerte que el compromiso, mucho más fuerte que yo misma, mucho más fuerte que todo lo que había sentido por otra persona nunca antes. Era el primer hombre con el que pensaba hacer una vida juntos.
Nos quedamos quietos con los ojos cerrados y tomados de la mano, luego Carlos me acercó a él rodeándome con sus brazos para abrazarnos uno al otro. Sonreí abrazada a él, estaba enamorada profundamente de Carlos y sabía que él también. Escuchaba los latidos de su corazón al recostar la cabeza en su pecho mientras él besaba mi cabello y soltó el moño para liberar la larga cabellera sobre los hombros y acariciarlos.