Los Hermanos de la Vida Capitulo 2
Daniel
Hoy es viernes, pedí permiso en el restaurante chino para llegar a verlo. Cuando entré lo encontré tirado en el pasillo que daba a las habitaciones, justo enfrente de la suya, lo ayudé a levantarse del piso para llevarlo al hospital tal cual estaba. Sabía que, si me detenía a cambiarle de ropa, y se despertaba, no permitiría que lo sacara del apartamento. Apoyé su brazo alrededor de mi cuello y con el otro lo rodeé por las costillas, logré sacarlo del edificio mientras un taxi nos esperaba enfrente. El taxista pensó que estaba realmente enfermo y me ayudó a montarlo en la parte posterior del vehículo, acostándolo.
Cuando Carlos se despertó ya habíamos llegado al hospital así que lo ayudé a salir del taxi, él solo sonrío porque creía que estaba en otro sitio, pero cuando reconoció que estaba entrando al pasillo del hospital empezó a discutir por lo que casi a empujones lo senté en la hilera de sillas metálicas ubicadas en el recibo del pasillo central. Este pasillo se le llamaba la espera al infierno, así lo llamaban los alcohólicos el primer día de su llegada y al que después llamarían la espera a la libertad, cuando salían del lugar en busca de su nueva vida.
Carlos me manoteó cerca del rostro como pudo, pero no me alcanzó, lo empujé de nuevo con fuerza a las sillas metálicas, se balanceaba sobre ellas mientras lo ayudé a levantarse de nuevo y sentarse derecho en una sola. Enderezó su cabeza recostándose en la pared y le dije que esperara tranquilo que buscaría ayuda, estaba seguro que Carlos no escuchó, estaba dormido.
Carlos miró asombrado el lugar, su cabeza giraba porque estaba borracho era realmente lamentable el espectáculo. Estoy seguro que tenía días bebiendo y había salido del apartamento ya que llevaba ropa puesta. Cuando estaba en el apartamento, generalmente dormía, se quitaba la ropa y se quedaba en ropa interior solamente.
Tenía el cabello totalmente mojado y sucio, llevaba puesta una franela blanca ya rota y con manchas de sangre que cubrían hasta la cremallera del pantalón y este a su vez, un viejo blue jean, había perdido el color y las botas estaban cubiertas de tierra, de barro negro, mojadas por la lluvia.
Su ojo derecho estaba amoratado, supuse que había tenido una pelea por una botella, además debajo de ellos unas enormes bolsas por las innumerables noches de insomnio y las continuas borracheras. Los párpados no se podían sostener abiertos y a veces cerraba sus ojos para volverlos a abrir con dificultad. Además, los labios estaban rotos y resecos por falta de líquido e hinchados por los golpes que había recibido durante la borrachera, de esto estoy seguro.
Después de las sillas había una especie de pieza de piedra, casi de un metro y medio de alto, que no permitía ver a la persona que estaba sentada delante de un escritorio, formando el módulo entrada para información. Le pedí a la enfermera que llamara a la psiquiatra Inés. Regresé a sentarme a su lado, estaba dormido, a los pocos minutos ella con dos enfermeros aparecieron al final del pasillo, empujando una silla de ruedas.
En una de esas oportunidades en las que pudo mantener sus ojos abiertos vio unas siluetas que se acercaban lentamente, nuevamente cerró sus ojos y al volverlos a abrir ya estaban dos hombres altos, morenos y corpulentos con batas blancas, hasta sus cinturas, delante de él levantándolo. Intentó zafarse, pero fue inútil eran más fuertes así que se acercaron aún más forzándolo casi a empujones a que se sentara en la silla de ruedas, y este gritó algunas malas palabras. Trataba de soltarse y con los puños cerrados repartía golpes al que fuera, a uno de ellos le pegó en la cara y este se contuvo para no regresarle el golpe también.
Inés permanecía al final del pasillo por lo que me acerqué lentamente con una profunda tristeza, ella simplemente me colocó la mano en el hombro y me dio una carpeta para llenar el formulario que lo ingresaría por ser su único familiar.
─ ¡DÉJENME DESGRACIADOS, HIJOS DE PERRA! ─ les gritó mientras trataba con dificultad de leer y llenar el formulario apoyado en el módulo de información, cerca de las sillas metálicas, procurando no dejar de verlos.
─ Déjalo Tobías, suéltalo ─ le apartó la mano del antebrazo de Carlos que oprimía con fuerza.
Carlos sonrió complacido al ver que ella estaba ayudándole de nuevo. Inés por su parte solo lo observó con tristeza, vestía su bata blanca y de su cuello colgaba un largo collar de piedras blancas muy pequeñas que contrastaba con su suéter negro y su pantalón.
─ No creí volverla a ver Doctora. Perdón, majestad blanca ─ concluyó burlonamente y escupiendo en el piso.
─ Tampoco creí volverte a ver, Carlos ─ le respondió indiferente
─ ¿Qué vas a hacer ahora? ─ le dijo Carlos hablándole como si estuvieran solo los dos.
─ Primero te irás con estos señores a bañarte, cambiarte y te llevaran a tu nuevo cuarto. Llévenlo al número cuatro ─ les indicó observando a ambos enfermeros.
─ ¿Quién te crees tú que eres? Yo no voy a quedarme aquí. ¡ESTÁS LOCA!
Los enfermeros se acercaron nuevamente a Carlos porque trató de arrojarse a Inés, de tocarla, de golpearla, para impedirlo. Ella retrocedió unos pasos hacia atrás ya que se movía violentamente en la silla de ruedas tratando de levantarse dando patadas al suelo y estirando sus brazos con los puños cerrados. A uno de los enfermeros logré leerle el nombre que llevaba bordado en la bata blanca Tobías, el enfermero, logró mantenerlo sentado en la silla de ruedas.
─ El doctor Samuel le atenderá ─ les dijo Inés con autoridad mirando a cada uno.
─ ¿Tengo un nuevo médico? ─ dijo furioso Carlos
─ Por el momento creo que sí. ─ le respondió Ines colocando sus manos en los bolsillos de su bata blanca.
Carlos se enfureció inmediatamente, se levantó de la silla y Tobías lo empujó de nuevo a ella mientras que el otro enfermero por la espalda le sostuvo sus brazos. La silla de ruedas tenía unas correas en los reposabrazos y el respaldo logrando con ellas, al rodear el pecho, mantenerlo sentado.
Se veía visiblemente con ganas de golpearla fuerte hasta matarla, tal vez. Creo que en ese instante su furia se le salió por los poros y todos la percibimos.
─ ¡ESPERO QUE NO VENGA A VERME! ─ le gritó cuando pasó cerca de ella mientras los enfermeros empujaban la silla por el pasillo, en sentido contrario a la entrada.
─ Claro que no lo haré, eso puedes darlo por hecho.
Temblaba, la escena fue dantesca, mis manos temblaban, le entregué la carpeta a Inés y me acerqué a él que respiraba con dificultad en la silla tratando de zafarse de ella. Sabía que no tendría noticias suyas hasta que terminara su desintoxicación, después que entraba en el lugar lo volvería a ver hasta su salida, si lograba salir.
Cuando me acerqué por la espalda a tocarle el hombro Carlos molesto me quitó la mano con la suya para alejarme, mientras solo le dije: ─ Es lo mejor hermano, es la única forma para que vuelvas a ser tú de nuevo ─ cruzando los brazos sobre el pecho siguiéndolo con la mirada por unos segundos y caminé al inicio del pasillo donde Inés observaba cómo lo llevaban al ascensor.
─ No está nada bien, Daniel. Me temo que será más difícil su recuperación. ─ me dijo mirando cómo las puertas del ascensor se cerraban con ellos dentro.
─ Bueno, se lo dije ─ le contesté colocando las manos en los bolsillos del jean negro. Tenía esperanzas de que viendo cómo estaba haría todo lo que estaba a su alcance para recuperarlo, lo demás vendría solo, eso simplemente lo sabía.
─ Pero haremos el intento nuevamente ─ me sonrió con tristeza
─ Sálvelo Inés, es lo único que le pido ─ le respondí, aunque se quebró mi voz
─ Ve, ve a casa y te mantendré informado. No sé cuánto tiempo nos va a tomar, espera mis noticias ─ me sonrío con la carpeta en su pecho abrazada
─ Está bien, confío en usted ─ le respondí viéndole a los ojos
Inés me sonrió y rodeó los hombros con su brazo en un gesto de apoyo moral. Tenía tanto miedo por Carlos que casi no podía ni hablar, él era lo único que me quedaba en esta vida así que habiendo perdido a mi familia Carlos había tomado ese lugar descubriendo que nos queríamos como hermanos.
De camino a la escuela pensé en todo lo que tenía que agradecer a Carlos que cualquier cosa que hiciera por él era poco, comparado con todo lo que él, a pesar de su enfermedad, me había dado. Gracias a su apoyo ya tenía un lugar para vivir, estaba estudiando y podía tener un futuro mejor que vagar por las calles consumiendo drogas, alcohol o robando cualquier cosa para poder vivir.
Carlos me había enseñado cosas que nadie había hecho antes: me respetó como persona, me enseñó valores como la responsabilidad, la honestidad, el amor al trabajo y me dio el apoyo necesario para construir un futuro, dependiendo solo de mi esfuerzo.
No entendía cómo era posible que él no hubiera podido superar sus decepciones, su profunda tristeza, sus miedos, sus fantasmas y lograr salir de esa penosa enfermedad: el alcoholismo.
Recuerdo que tenía días perdido, sin regresar a casa, estaba muy preocupado. Me atreví a llamar al Doctor Miguel Rendueles, el abogado de la familia. Ese hombre de verdad los apreciaba, era un hombre alto de grandes entradas, calvo en su frente y de una barriga muy grande. Eso fue lo que más me impresionó cuando vino al apartamento a dejarle a Carlos unos papeles que resultaron ser mis documentos pues me había dado su apellido.
Desde ese día cada cierto tiempo venía a visitarnos, siempre traía algo de comida o de dinero y sin que Carlos se enterara lo dejaba en un sobre siempre debajo del cojín del sillón de la sala, de cuero negro que ya estaba cuarteado por los años y había perdido su color. Con eso nos manteníamos cuando no conseguía nada o cuando Carlos no trabajaba para beber, no era mucho, pero nos ayudaba, hasta que un día dejó de aparecer. Imagino que discutirá con él y lo mandaría al infierno, por eso no regresó.
Durante un tiempo a pesar de vivir juntos regresó a casa de sus padres y luego volvía quejándose de las cosas, de su familia, de su hermano, de su padre, de su vida. No entiendo cómo era posible que no se diera cuenta de lo afortunado que era, tenía familia, ninguna familia era perfecta, pero él se empeñaba solo en ver lo que él consideraba malo.
Cuando su hermano murió el Doctor Miguel vino por él, tenía días que no bebía, así que se quedó un tiempo en casa con su madre. A ella también la amaba de una manera peculiar, no la odiaba como a su padre, pero con ella tenía un efecto sutil que lo exacerbaba cuando hablaba mal del comportamiento de su padre. Fue duro para él dejarla en ese caserón cuando enfermó, pero no había nada que hacer, ella decidió consumirse y desaparecerse entre las lágrimas y el dolor por la pérdida de su hijo mayor.
Eso tampoco lo entendí. Ella sabía que Carlos tenía problemas, siempre lo supo, pero estuvo más pendiente de su hijo mayor que del más pequeño. Lo amaba también en su forma muy particular. Cuando venía a casa traía cosas para hacerlo parecer más a un hogar, me decía, un hogar para un Villalobos.
Cuando Carlos tenía alrededor de veintiún años llamé al Doctor Miguel pues tenía días que no aparecía y la última vez había podido sacarlo de un bar en el centro, pero como era menor de edad no me permitían entrar. La primera vez el dueño lo había dejado recostado en la puerta donde dormía su borrachera, esta vez no me dejaron pasar a revisar si estaba ahí. Algo me decía que había pasado algo y debió empezar ahí.
Cuando el Doctor Miguel apareció y fuimos al bar aún no habían abierto al público. Era tan imponente que no cualquiera se le enfrentaba. El dueño del bar le dijo que un joven había armado una pelea y que la policía se lo había llevado. Le dijo que siempre buscaba pelear con alguien y esa noche se metió con unos marineros y le dieron muy duro, aunque él con sus amigos también destrozaron algunos rostros.
Miguel me dejó en casa prometiéndome que lo encontraría y me avisaría. Al cabo de unos días me avisó que a Carlos lo habían internado en el Psiquiátrico para desintoxicarlo. Lo más seguro es que pasaría una temporada allí así que me traería algo de dinero para que estuviera tranquilo. Y eso hizo, supe de él cuando lo dejaron salir por primera vez y me habló de una chica de la cual estaba enamorado, que la conoció en el psiquiátrico pero que tenía que recuperarse del todo para comunicarle sus sentimientos. Estaba feliz.
Durante ese tiempo trabajó en el restaurante y en una línea de taxis, dejó la bebida por completo, había recuperado peso y se veía muy bien. Fue una buena época para ambos hasta que un día me dijo que se le había declarado y ella lo había aceptado. Le propuso que vivieran juntos y ella aceptó. En ese entonces no sabía que esa mujer era Ines Márquez.
Sentí pena por él, lo quería como a un hermano, éramos hermanos de la vida; verle así destruyéndose cada día, poco a poco, me dolía y acepté que lo mejor que había podido hacer es haberlo llevado nuevamente al hospital, al psiquiátrico. Estaba seguro que allí con la ayuda de Inés lograría salir nuevamente y como aquella vez lo acompañaría.
En clase le recordé con tristeza, en esa maraña de recuerdos, aquella noche que llegó borracho y con un moretón en su rostro pidiéndole que lo ayudara a recoger las cosas de Inés para dejarlas en el Hospital, además de sacar sus cosas de la casa de la playa para regresar al apartamento olvidado en aquel rincón de la ciudad. Después de ese incidente nunca volvió a ser aquel chico feliz que regresó del psiquiátrico a sus veintiún años, vivieron juntos solo tres años.
Inés Márquez, la psiquiatra, era la hija de un prominente ministro de salud pública la cual dirigía esa institución. Era delgada, tenía el cabello rubio y los ojos acaramelados que resaltaban porque sus pestañas eran abundantes y oscuras acompañadas con unos labios rosados pequeños. Nunca los vi juntos, pero estoy seguro que se veían llenos de amor el uno por el otro. Ese día recogiendo sus cosas, llenando esa maleta, no paró de llorar, golpeó varias veces la pared de piedra que formaba el pasillo de la habitación hasta que las hizo sangrar.
Dios cómo era posible que amándola tanto la dejará ir, le regresará sus cosas y se llevará las suyas dando por terminada esa historia. En ese entonces no entendí lo profundo de sus sentimientos hasta que lo leí en sus líneas. Había sido el centro de su existencia, pero la había dejado ir, la había alejado pero tal vez ahora sería el momento para reencontrarse y aclarar las cosas que en aquel entonces quedaron sin decirse uno al otro.
Tengo fe Carlos, tengo fe en ti y en ella, en la única persona que sé que puede ayudarte a salir de ese abismo al que te has entregado con tanta facilidad.