La Salida Capitulo 1

Carlos

Aunque pocas veces Inés estuvo presente en las últimas sesiones con Samuel siempre salía, sabía que iba a llorar porque al regresar sus mejillas estaban rojas al igual que su nariz, la conocía muy bien. Es que durante ellas siempre conversábamos sobre mi futuro y en ninguno de los planes ella estaba. Aunque acepté que debía dejarla ir debo confesar que no puedo, pero hice muy bien mi actuación, convencí a Samuel que me mantendría alejado de su esposa, de la esposa de mi hermano.

Para nuestra última sesión Samuel la llamó para que estuviera presente y nos despedimos, dos días después saldría de este lugar. Daniel vendría a buscarme y sabía que entre las condiciones estaban: irme a una cabaña de la playa, una propiedad de los Villalobos, asistir frecuentemente a mis sesiones y además Daniel y María me acompañarían en esta aventura. No me negué, me pareció buena idea.

Bien, hoy es el día de mi alta. Hoy Daniel vendría por mí para sacarme del hospital y te juro que esta vez no debo regresar de nuevo, esta vez haría el intento por mí y para mí.

Mis compañeros de soledad, María y Daniel, estaban listos para mudarse conmigo, aunque con él no había conversado previamente estaba seguro que diría que sí. Hoy María estaría instalada en la cabaña de la playa de manera que cuando llegáramos, los tres, tuviéramos nuestra primera cena.

Daniel debía llegar primero a la oficina de Samuel para que le diera la llave de la casa y otras instrucciones entre las cuales estaba que debía abrir una cuenta bancaria a su nombre donde se le asignaría un monto mensual por ser un Villalobos, además recibiría mensualmente una cantidad razonable que me permitiría cumplir con el tratamiento y cubrir las necesidades. Cuando estuviera listo me otorgaría una carta para que el banco pudiera abrir una cuenta a mi nombre y así comenzar a manejar mis finanzas. En todo caso no estaba autorizado a pedirle a Daniel que viviera conmigo, de eso me encargaría yo al igual que ya lo había hecho con María.

Cuando Daniel llegó a la habitación y abrió la puerta, estaba sentado en la silla de ruedas viendo por la ventana hacia el jardín, con un libro en las piernas. Sonreí al verlo, vestía un jean negro con una camisa a cuadros, alegrándome de verle.

─ Hola. ¿Estás listo? ─ dijo cerrando la puerta

─ Hola, Daniel. Me alegra que estés aquí ─ le dije extendiendo la mano para que se acercara, me levanté de la silla y nos saludamos dándose un fuerte abrazo y unas palmadas muy sonoras en la espalda.

Al ver su expresión en su rostro al separarnos comprendí que estaba sorprendido del cambio que tenía. Había ganado peso ya no lucía como un muerto viviente, el cabello estaba corto y limpio, así como la barba pues estaba recién afeitado.

─ Veo que estás fuerte, has ganado peso. Me alegra que estés bien ─ dijo agarrando mi brazo para probar que había algo más que huesos en él.

─ También yo, aunque aún me tiemblan las manos un poco ─ le mostré que tenía un leve temblor en ellas, las oculté en el bolsillo del desgastado jean, había recuperado peso, los huesos ya no se marcaban especialmente los del pecho y de los largos dedos, igual que las bolsas debajo de los ojos habían desaparecido ─ pero pronto ya dejaran de hacerlo.

─ Tengo todos los permisos y las indicaciones de tus medicinas ─ sonrío de nuevo muy satisfecho de verme recuperado, lo sé. Daniel es como un libro abierto para mí.

─ ¿El Doctor Samuel habló contigo? ─ le pregunté mirándole a los ojos.

─ Si, ya me dio la dirección y la llave de la casa. Me alegra que hayas recuperado parte de tu herencia, por lo menos no tendrás que preocuparte por un trabajo mientras terminas tu tratamiento.

─ Espero que me acompañes. No me siento del todo seguro aún.

─ ¿Qué te acompañe? No te entiendo ─ dijo Daniel ayudándome a sentarme en la silla de ruedas mientras se sentaba en el borde de la cama frente a mí para hablar del tema.

─ Sé que no hemos conversado sobre el asunto, pero necesito compañía y creo que tú eres el único que no me ha dejado, así que quién mejor que tú, así podrás dejar de trabajar en el turno de la noche y estudias con más holgura porque no tendrás dos trabajos. Además, con la mensualidad para tus gastos que te darán, tendrás lo necesario para tu colegiatura para la escuela de Medicina. No tendrás que pagar ningún alquiler y pues tendremos como mantenernos. ¿Qué te parece? ¿Estás de acuerdo?

─ Bueno tu oferta no es mala, así que…─ dijo mirando hacia la ventana donde estaba cerca con la silla de ruedas, viendo hacia el jardín ─ No hay problema Carlos, vamos a hacernos compañía otra vez.

─ Quisiera que me ayudaras a despedirme de alguien antes de irme.

─ Bien, tú dirás.

─ ¿Cómo te enteraste de mi alta? ─ sabía que Daniel estaba distraído así que desvié el rumbo de la conversación.

─ Inés me llamaba todos los días para contarme sobre ti. Siempre me mantuvo informado, creo que eso hacen con todos los familiares ─ dijo sin temor a que lo tomara mal, sonreí sabiendo con ello que seguía preocupándose por mi, aunque tuviéramos tiempo que no nos veíamos.

─ Cuando hablaste con Samuel, ¿Inés estaba con ustedes?

─ No, estuvimos conversando solo nosotros a ella no la he visto. Aunque debo decirte que me habló de una cuenta que debo abrir para que disponga del dinero, eso me alegra mucho. Estoy sorprendido porque jamás pensé en recibir una herencia cuando mis padres me abandonaron, es increíble.

─ Bien. El acuerdo era que debía plantearte que me acompañaras y que recibirías tu herencia por ser un Villalobos. Siéntete orgulloso por ello, aunque yo nunca lo hice, solo que ahora veo que ese dinero puede ayudarnos a reconstruir una vida totalmente nueva.

─ Si, así lo creo. Bien, si ya no tienes nada más que hacer, vayámonos de aquí. Tu nueva vida espera por ti ─ sonrió levantándose para ayudarme empujando la silla para salir al pasillo.

El pasillo estaba despejado cuando salimos, tomamos el ascensor para dirigirnos a farmacia a retirar las medicinas antes de irnos y pasaremos cerca de la oficina de Inés. Me pareció buena idea que al regreso le pediría que me dejara despedirme de ella. ─ ¿Te molestaría si me llevas a despedirme de ella?

─ ¿Despedirte de quién? — Carlos se colocó frente a mi para verme la cara.

─ De Inés, por favor sólo quiero que hablemos por última vez — le sonreí

─ Bien, si eso quieres, vamos a verla — me sonrió compartiendo conmigo la travesura que estábamos a punto de cometer, se colocó a mi espalda para empujar la silla y seguir por el pasillo hasta su oficina

─ Debo aclarar algunas cosas. No hemos podido conversar a solas y lo que necesito decirle no quiero que nadie más lo sepa.

─ Entendido ─ respondió acercándose a mí para que viera su mirada pícara pero feliz, sabía que entendía que seguía enamorado de ella, él lo sabía.

Se detuvo frente a la puerta, pasó a mi lado dejándome en la silla, y la tocó suavemente, abriéndole un poco pudo observar si Inés estaba en la oficina. Cuando la abrió por completo la vi sentada en su silla detrás de su escritorio lleno de papeles, le pidió permiso para entrar conmigo en la silla de ruedas.

─ Siento llegar sin avisar, pero Carlos quería despedirse de ti. Creo que ustedes necesitan hablar sin testigos ─ sonrió Daniel observándola atentamente.

─ Si claro ─ dijo tratando de disimular su asombro de verme delante de ella.

Había cumplido su promesa de mantenerse alejada de mí al igual que yo de ella, pero no podía irme sin despedirme. Estoy seguro que ella lo sabía y lo quería igual que yo.

─ Solo quiero darte las gracias a solas sin que Samuel nos esté observando como en un experimento ─ dije dejando las manos que aún temblaban sobre las piernas.

─ Bien. Ahora te toca continuar a solas para que sigas mejorando ─ nos sonrió tímidamente a ambos. Estaba nerviosa, sabía que no se esperaba que viniera a despedirme, estábamos rompiendo el pacto hecho frente a Samuel, pero debo reconocer que me siento muy bien haciéndolo. Valió la pena verla de nuevo.

─ Bueno, en vista de que esta conversación debe ser sin testigos, los dejos solos. Estaré afuera vigilando por si algo pasa ─ dijo Daniel sonriéndome saliendo de la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas.

El escritorio de madera se encontraba justo al frente de la puerta y detrás de este una ventana cubierta con una cortina gruesa que impedía que la luz entrase libremente al recinto, pero hoy la tenía corrida y la luz de la mañana invadía la habitación. Recordé su oficina, muchas veces venía a verla en mi primer ingreso, la primera vez que me trataba y aquí me enamoré de ella, en realidad, reconocí que la amaba.

La silla de cuero negra había sido de su padre al igual que el escritorio de roble y el pequeño librero donde lucía los tomos de diversos tratados de psiquiatría azules, rojos y vino tinto. Al lado derecho del escritorio había un sofá color vino tinto donde podías sentarte libremente inclusive recostarse, ella lo utilizaba cada vez que hacía terapia con sus pacientes. Muchas veces me recosté en él para hablarle de mis temores, de los gusanos que aparecían en las noches de insomnio y en el dolor que sentía por la decepción que había causado el comportamiento de mi padre.

En el lado izquierdo del escritorio encontrabas una mesa redonda con tres sillas de madera para cuando se reunía con su personal o cuando discutía los casos con el especialista.

─ Gracias ─ dije observando cuando Daniel cerraba la puerta y viéndola atentamente dije en voz baja ─ Sabes que sin ti es difícil, pero voy a intentarlo ─ le sonreí con tristeza.

Muy despacio y con cierta dificultad me levanté de la silla para acercarme al escritorio donde aún permanecía sentada Inés solamente observando. Cuando logré levantarme apoyado en el escritorio le extendí la mano, ella se levantó de su silla y se acercó a mí para tomarla al estar enfrente.

─ He venido a agradecerte que me ayudaras a recuperarme, de verdad lo agradezco.

─ No hay nada que agradecer. Eso te lo debía.

─ Gracias ─ le sonreí ─ ahora entiendo que lo que haces es porque de verdad lo sientes, te sientes comprometida y responsable por cada uno de tus pacientes.

─ Si, así es ─ estábamos uno frente al otro y sonreímos manteniendo las manos juntas, las de ella sobre las mías, que temblaban levemente.

─ Y pensar que mi opinión era esa hace años atrás, antes del incidente de la casa de la playa. Tuve celos, muchos, me carcomía y lo peor era que no quería reconocer que eras lo más importante en mi vida, lo único importante. Dime y ¿para ti quién era entonces?

─ Tú eras lo más importante ─ sonrió con tristeza revisando mi rostro con sus ojos

─ ¿Cómo pude estar tan ciego? ─ le respondí recorriendo el suyo con mis ojos dibujándolos. Una de las cosas que más me gustaban de ella era verme reflejado en sus ojos, saber que solo a mí me miraban de esa forma.

─ Esas cosas pasan, a todos nos pasa. Es parte de la vida el equivocarse, el empezar de nuevo.

─ No a todos. Bueno quiero decir que somos afortunados, muy afortunados.

─ ¿Por qué lo dices? ─ preguntó confundida por mis palabras.

─ Porque tuvimos nuestro momento de locura ─ le sonreí levemente.

─ ¿Crees que de verdad fue un momento de locura? ─ bajo la vista al suelo apenada, estoy seguro que para ella no solo fue un momento, fueron varios desenlaces de locura. Vi que no entendía mi planteamiento y me apresuré a explicarlo ─ Rompimos todas las reglas, desafiamos la lógica de este mundo y lo disfrutamos.

─ Si lo disfrutamos ─ sonrío había entendido mis palabras y me veía a los ojos tranquilamente

─ Recuerdas cuando te pedí que me acompañaras a empezar de nuevo.

─ Si.

─ Recuerdas lo felices que fuimos en ese tiempo, los planes que teníamos, cuánto disfrutamos estando juntos uno al lado del otro. ¿Lo recuerdas?

─ Si, cómo olvidar.

─ Eso pensé. ¿Quieres saber por qué regresé con ese monstruo?

─ Te escucho

─ Eso te lo debo. Bien porque descubrí que mi amor por ti era lo más importante de mi vida maltrecha, pero sabía que no te merecía y por no saber cómo manejar, la posibilidad cierta, de que te alejaras de mí empecé a beber. Fue poco a poco, casi sin darme cuenta. Era un reto controlarme, saber cuándo detenerme, saber cuándo dejarlo sobre la mesa o cuándo guardarla sin esa necesidad de dejarla vacía mientras mi cuerpo con ansias seguía pidiendo más. Lo logré, eso lo logré, pero sabes con qué no pude ─ pregunté llevándola a sentarse en el sofá que estaba al lado derecho del escritorio.

─ ¿Con qué?

─ Con la certeza de que me dejarías por otro.

─ Pero no fue así, no te cambié, tú lo hiciste.

─ Entonces no lo entendí, pero ahora sí. Es cierto fui yo quien inició todo, te cambié por una botella, te cambié por mis miedos, te cambié por mis inseguridades y te cambié porque las decisiones de no seguir estudiando empezaron a alejarme de ti. Nunca iba a poder alcanzar tu nivel, tu madurez, tu cordura, nunca.

─ Eso no me importaba.

─ A ti no, pero a mi si me importaba. Ahora comprendo que ha sido difícil para ti todo lo que ha pasado desde que regresé a tu lado. Al principio pensé que era tu venganza por todo lo que pasó, luego que era el mejor castigo mostrar que te interesaba y luego esconderte de mí ─ me detuve viéndola atentamente y luego de un silencio de unos minutos continúe, se merecía que le explicara lo que había pasado ─ Estos días luego que las pesadillas desaparecieron me permitieron entender la profundidad de tu tristeza porque ahora soy yo el que la siente. Es muy duro querer a alguien y no poder estar con esa persona, verla y no poder hablarle, estar cerca y no poder tocarla, querer besarle y conformarse con solo verla alejarse, querer tenerla para amarla y conformarse con un tenue recuerdo de cuando pudo hacerlo ─ le sonreí de nuevo y despacio tomé ambas manos

─ Me alegra que tu actitud sea otra ─ respondió serena.

─ No ha sido fácil nada de esto y lo sabes.

─ Si lo sé ─ respondió bajando la mirada al suelo mientras mis manos temblorosas sostenían las suyas, entonces despacio entrelacé mis dedos con los de ella.

Lo aceptó mirándome con tranquilidad al rostro, estaba relajada como esperando que eso ocurriera, entrelazar nuestros dedos como hacíamos antes.

Sabía que estaba asombrada de mi actitud porque no pudo decir ninguna palabra, esperaba que le reclamara porque en los últimos días, en esas sesiones, no había estado, había dejado a Samuel solo conmigo. No era necesario discutir ni hacerle ningún reclamo, debía enfrentarme a Samuel con nuestros fantasmas y ella sencillamente no lo hubiera permitido.

Quise en esas sesiones levantarme de la silla y caernos a golpes, así como cuando en el bar alguien decía algo que me molestaba y nos peleábamos con lo que encontrábamos al alcance, buscaba molestarlo cada vez que le hablaba de ella y de sus sentimientos hacía mí. Sabía que ella me amaba más que a él, simplemente lo sé. De esa manera quería hacerlo, romperle la cara de seguridad y me llevaré ese secreto conmigo. Inés podrá vivir con él cada día, pero cada noche, al acostarse, son mis besos los que añora al igual que mí ser cerca de ella. Estamos separados en la distancia, solo los cuerpos, porque nuestras almas siguen juntas.

Tomados de las manos me recosté al respaldar del sofá con ella, en silencio, observándola, luego ambos mirábamos al frente esperando que ella dijera algo, pero sus palabras no pudieron salir. Sabía que sentía un nudo en la garganta, igual que yo.

Conversar ahora no tenía sentido, sentía que era nuestro momento a solas, como en el balcón unas semanas atrás. Como había dicho, tantas veces, entre nosotros las palabras sobraban, siempre fue así.

Pasados unos minutos sentados Inés se recostó en mi hombro, aferrándose a mi brazo y manteniendo nuestros dedos entrelazados, luego hice lo mismo. Era como cuando lo hacíamos en la antigua casa de la playa, en el sofá azul. No era necesario decir nada más, todo estaba claro debíamos despedirnos, los corazones seguían latiendo el uno por el otro, pero quedaba un vacío en ambos, era como si cada uno se quedara con la mitad del corazón del otro.

Inés comenzó a llorar mojando mi hombro, sentí cómo temblaba su rostro, dejé caer mis lágrimas en silencio mojando su frente así que nos besamos con los ojos cerrados y el rostro surcado de lágrimas. Luego le besé la frente mientras ella recostaba su mano en mi pecho acariciándolo lentamente.

─ Perdóname, amor ─ dije recostada la cabeza aún en la frente de ella y con sumo dolor ─ Me duele haber desperdiciado nuestra oportunidad de estar juntos. Descubrí que le he hecho daño a quienes verdaderamente quiero, casi como lo hacía mi madre. Para ella solo existía el amor por ese hombre con el que había tenido dos hijos, pero nos anuló porque solo vivía por él. Ahora lo comprendo. Lo siento, de verdad. Dejarte vacía por dentro es mi mayor remordimiento porque sé, que, aunque estés con él, sigo dentro de ti como tú en mí, aunque llegue a encontrar a otra persona, siempre serás tú.

─ Lo que vivimos fue muy importante para ambos ─ susurró ella aun con su mano aferrada a la mía y apoyando su cara en mi hombro.

─ Aún estuviéramos juntos si yo no hubiese sido tan egoísta. Si hubiese pensado en ti. Lo siento mucho, de verdad que lo siento mucho. Estaré contigo y tú conmigo hasta que la muerte nos llamé ─ ambos nos miramos a los ojos, tomé su rostro entre mis manos para besar de forma tierna y luego decirle con tristeza, acercándome a su oído, casi como un susurro que solo ella escuchó ─ Adiós, amor. Te amo, como siempre lo haré, aunque ya no seas para mí.

En ese instante la detallé su pequeña nariz con sus pecas, las largas pestañas, sus manos finas y su cabello con su olor tan particular, respirarlo era un éxtasis dentro de mí, era su aroma tan suyo y tan mío que no quiero olvidar, respire profundo varias veces para atesorarlo y no olvidar. Además, esa suavidad de su piel, de sus dedos y sus pequeñas uñas, aún con su anillo de oro blanco en su mano que me recordaba que estaba unida a él, pero no me importó.

He descubierto en este instante, teniéndola en mi regazo, con su mano en mi pecho, acelerando los latidos del corazón, que no me importa en nada que esté casada solo quería llevármela lejos, donde nadie nos conociera, donde pudiéramos empezar la vida de nuevo, comenzar una nueva historia.

Acaricié sus mejillas suaves y rosadas, vi sus ojos buscando en ella el afecto que sentía, estaba seguro que seguía ahí. Mordió su labio inferior y recostó su frente en la mía aún con su rostro entre las manos que ya no temblaban, no mientras la tuviera entre las mías.

─ Quisiera tenerte, amarte como lo hacíamos antes, en nuestra cama, en aquella casa de la playa escuchando las olas luego de encontrarnos ─ dije casi como un susurro

─ Lo sé, también quisiera ─ respondió

─ Imagino que hubiese sido de nosotros si mis inseguridades no nos hubieran separado, tal vez hubiésemos tenido hijos luego de casarnos.

─ Si tal vez así hubiese ocurrido.

─ Voy a estar contigo mientras mi corazón siga latiendo, lo sabes ¿verdad?

─ Si

─ Sé que ahora no podremos vernos, luego que salga de aquí, porque no habría razón alguna para ello. No podré verte.

─ Podemos vernos, aunque sabes que solo…─ la interrumpí colocando los dedos de la mano izquierda sobre sus labios.

─ Como amigos, lo sé. ─ Nos miramos con tristeza ambos, pues la sonrisa luchaba con la comisura de los labios que querían llorar en lugar de sonreír.

Daniel tocó la puerta y entró viéndolos sentados aún en el sofá, le sonreí para levantarnos y con pasos lentos me acerqué a la silla de ruedas con las manos de Inés entre las mías.

Cuando logré sentarme le besé la mano sonriendo para decirle suavemente

─ Cuando necesites de mí, ya sabes dónde encontrarme ─ le sonreí liberando sus manos

─ Así es ─ dijo Inés sonriendo a Daniel que se acercó

─ Gracias doctora por todo ─ le dijo Daniel sonriendo y empujó la silla hasta salir de la habitación, cerrando la puerta con sumo cuidado.

Cuando recorrimos los pasillos me despedían de todo esto, no volvería de nuevo, era una promesa no solo para ellos, era una promesa para mí mismo. Era el comienzo de mi nueva vida, de mi nuevo yo, como si este fuera el inicio, ya no sentía rabia ni decepción por mi padre, él había pagado con su vida los errores que había cometido. Comprendí que nunca supo cómo manejarle y cómo enfrentarme para decirme que se había equivocado, que tenía un hermano además de Javier pero que no quería que sufrieran por ello.

El problema era cómo decirle a mi madre que también amó a otra mujer, aunque nunca la cambió por ella. ¿Cómo podría amar a dos mujeres a la vez? ¿Cómo dejar de sentir esas sensaciones especiales de una y de la otra en personas diferentes? Decididamente no era como los demás, no podía, estaba como seco para ver a otra mujer como la veía a ella, a pesar de ser parecidos físicamente, mi padre y yo, había otro material en mí y todo le pertenecía solo a ella. Por eso no busqué a otra, no pude, era traicionarla y traicionarme porque solo con ella me sentía completo.

Me sentí ligero, liviano, ya no sentía aquel peso en mis hombros, sabía que lo había dejado con las pesadillas, las visiones, las terapias y las lágrimas, todo ello había contribuido a que la pesada carga desapareciera de mí. Adiós psiquiátrico, debo dejarte hoy para no regresar.

Cuando nos montamos en el auto sonriéndome Daniel, visiblemente feliz de verme recuperado, le palmé la pierna de la misma manera que había hecho mi padre el día que me dejó internado la primera vez. Sonreí y me volteé a ver, por el vidrio de atrás, la estructura mientras nos alejábamos camino a la cabaña de la playa.

Bien Carlos, bienvenido a esta nueva etapa, una etapa en la que debía aprender a vivir sin ella, sin mí amada Inés. Sonreí recordando nuestro beso, no creo que nadie logre besarme cómo ella lo hace, así como estoy seguro que nadie la besa como yo. Te amo amor, con cada respiro y con cada latido de mi maltrecho corazón.