La Salida

Samuel

Estaba en mi oficina esperando que la enfermera lo trajera para una revisión de sus avances. Se había recuperado y le daría pronto de alta. Muchas de las veces que me reuní con él lo hice a solas, no quería que Inés presenciara las discusiones entre hermanastros y de verdad que fueron muy fuertes, sobre todo después del evento del balcón, creo que nos sirvió de catarsis a ambos.

No puedo decir que lo quiero como a un hermano, creo que eso nunca llegara a pasar, pero tampoco siento lástima por él. Pienso que se aprovecha de esa debilidad aparente para que los demás lo amen incluyendo a María, la enfermera, si hasta ella lo defiende como si fuera su hijo.

Cuando saliera de aquí debía asegurarme de que no regresaría y debía garantizar las comodidades por ser el heredero de los Villalobos, aún lo era. Hasta Miguel Rendueles, su abogado, se sentía comprometido con él, no puedo creerlo.

Cuando Carlos, mi padre, estaba en las últimas nos llamó a los dos. Serían como las ocho de la mañana ese día domingo. Lo recordé como si ocurriera hoy, incluyendo los sentimientos encontrados de aquellos días dentro de mí.

Mi madre vivía en ese caserón con los recuerdos de los demás, sus fotos, las cosas de ella, las habitaciones iguales como si aún estuvieran vivos, todo debía seguir como si estuvieran ahí. No lo entendí, nunca lo entendí.

Mi madre, esa mujer que lo amó tanto, nunca fue elevada a su lugar como su esposa, no le peleo más, esa era la decisión que ella había tomado y debía respetarla, aunque me indignara verla con él como si siguiera siendo su secretaria.

Ya estaba viejo así que las reuniones con sus compañeros desaparecieron y muy pocos lo visitaban, solo Miguel. Él sí sabía todas sus cosas, las buenas y las no tan buenas, hasta las imperdonables. Recuerdo que ese domingo sentados en la mesa, esperando que mi madre lo trajera a comer con nosotros en el jardín, tomándonos un café bien cargado, sonreía y me dio varias palmadas en las manos visiblemente felices.

─ Me alegra verte aquí Samuel y a tu madre. Sé que Carlos no es muy expresivo, que más bien es casi un témpano en cuestiones de afecto, pero está orgulloso del hombre que eres ─ sonreía contento

─ Y no precisamente gracias a él, te aclaro.

─ Lo sé, lo sé. No me pidas que le recrimine, es casi como mi hermano. También desperdicie mi vida, estoy viejo y solo ─ tomando su taza despacio meditando su situación entristecido

─ Pero con dinero, no te olvides de ese detalle ─ le sonreí señalando con la taza de café humeante

─ Cierto, con dinero, pero solo. Al menos tienes a tu madre que te ha llenado de amor y gracias a ella has llegado a donde estas.

─ No solo a ella, gracias al dinero que tú has conseguido que me diera. Eso te lo agradezco, siempre me apoyaste y diría que casi te considero como mi tío ─ le sonreí porque era cierto.

─ Bien, gracias por esa deferencia. Sabes que no le queda mucho tiempo y debe aprovecharlo ─ recalcó mirando fijamente

─ Lo sé ya mi madre me lo ha dicho varias veces. No lo odio, de eso puedes estar seguro, pero no me pidas que lo llene de besos y abrazos porque no puedo llegar a eso ─ le aclaré dejando la taza sobre el plato en la mesa.

─ Lo sé, eso es bastante. Quiero pedirte algo más antes de que él aparezca, no quiero que se entere ─ acercó su cuerpo a la mesa para estar más cerca uno del otro y no permitir que nos escucharan

─ Recuerdas a Carlos, el hijo menor, tu hermanastro.

─ Si, él que siempre estaba cuando iba a la oficina a retirar el sobre del dinero, recuerdo que una vez lo mencionaste, pero de eso hace algo de tiempo ya ─ le respondí sonriendo, de verdad siempre lo recordaba, era un chico muy blanco, con abundante cabellera castaña y con sus rasgos, parecía el Carlos joven.

─ Si, el mismo. Vive en un edificio en las afueras de la ciudad, es un borracho, debo reconocerlo, pero tiene buenos sentimientos adoptó a un chico de la calle, no cualquiera hace eso. Bien quisiera que cuando firmes los papeles donde te hacen albacea de la fortuna de los Villalobos conserves su parte intacta y la de su hijo Daniel. Ese chico se ha portado muy bien con Carlos, mejor que cualquiera de nosotros y merece ser recompensado, tal vez le dé un mejor uso.

─ ¿Albacea? ¿Por qué, si siempre has sido tú?

─ No, no puedo. Estoy enfermo y creo que no sería bueno seguir encargando de todo esto. Ya estoy viejo para seguir sus pasos.

─ ¿Piensas seguirle los pasos también ahora?

─ Es probable. Mi próstata me está dando algunos problemas, me voy pronto, tal vez en dos meses fuera de aquí. Quisiera que me prometas que vas a cumplirme esa petición ─ imploró mirándome a los ojos esperando la respuesta, apoyando su cuerpo sobre sus brazos en la mesa.

─ Si ese es tu deseo, no puedo negarme. Siempre fuiste muy bueno conmigo, amigo ─ le dije pidiendo su mano para estrecharla en señal del pacto de caballeros que había sellado.

─ ¿Puedo pedirte algo más?

─ Claro.

─ Antes de que él muera dile que lo quieres, aunque sea un poquito, eso aliviará su carga. Sé que a nosotros nos prohíben las demostraciones de afecto, pero a tu padre más que a nadie esas palabras le aliviarán la pesada carga que lleva consigo desde que Carlos se fue de su vida y la forma que hizo que vivieras la tuya.

─ Entiendo, haré lo posible. ─ respondí viéndolo con atención

─ Gracias ─ sonrió aliviado para recostar su cuerpo al respaldar de la silla

─ ¿No sabes dónde está Carlos?

─ Sé que sigue viviendo en las afueras de la ciudad, pero hace años discutimos y me mandó a la mierda, no he querido ir a verle de nuevo. Sé que su amigo, Daniel, lo cuida y eso me alegra un poco, por lo menos no está solo. Esa enfermedad es terrible, te come en vida.

Los recuerdos me hicieron sonreír mientras revisaba su historia, hoy cuando nos reuniéramos hablaríamos de darle de alta. Debo conseguir que me prometa que se recuperará definitivamente y dejará de beber, le daría una de las casas de la familia, una pequeña cabaña en la playa porque viviendo allí estaría cerca del hospital y cualquier cosa que necesitase no tendría problemas en ayudarlo.

Como heredero iba a recibir una mensualidad para cubrir sus gastos y no tendría que volver a aquel apartamento del centro de la ciudad, donde estaba viviendo antes de regresar al hospital. Si era un nuevo comienzo debería hacerlo completo y bien, hasta pudiéramos pensar en vender esa propiedad y colocar ese dinero en un fideicomiso que lo ayudaría con sus gastos y estaría bastante holgado para pensar en reiniciar su vida. Ese lugar había que borrarlo de su vida, ya no más, había un futuro prometedor y tenía que iniciarlo en otro sitio, con otras condiciones y lograr escribir como me había dicho que hacía. Son muy buenos sus poemas, muy buenos.

En mis sesiones con Carlos muy pocas veces estuvo Inés, siempre estaba un rato y salía de la oficina sin regresar después. Tenía que lograr que entendiera que ella no regresaría con él de muchas maneras lo conversamos. No quiero recordar sus palabras. Al principio me retaba a que la llamara y que le hiciera una hipnosis para que ella misma nos dijera que lo amaba más que a mí. Dios muchas veces apreté los puños para no darle un puñetazo y tirarlo al suelo como aquella vez en el estacionamiento.

Aprendí a manejar la situación, no podía permitirle que se diera cuenta que me molestaba a tal extremo que hablara sobre ella y sus sentimientos. Sabía que Inés significaba mucho en su vida, pero ahora era mi esposa, tendría que encontrar otra mujer para él.

Tuvimos una sola sesión con ella, Carlos se confesó abiertamente que seguía amándola pero que sabía que estando casada no podía pedirle que le acompañara en esta nueva etapa. Ese día Inés lloró al verlo tan sereno y calmado decirle que estaba dispuesto a dejarla ir, que ahora sí podía dejarla ir. Le pidió disculpas porque muchas veces no podía desviar la mirada para dejar de verla, era un reto no verle de otra manera, pero que lo trabajaría. Inés le prometió entonces que procuraría no acercarse demasiado mientras estuviera aquí recuperándose. Debo decir que lo cumplió, después que Carlos estuvo en el área de recuperación no lo visitó y permaneció alejada de él.

Miguel estaba fuera del país y me dejó un contacto que se encargaría de los papeles legales de la herencia. Inicié los preparativos y revisando su historia encontré el número de Daniel Villalobos, de quien Miguel me había hablado y quien sería su heredero por haberlo reconocido como hijo. Acordé con el chico que para finales de mes Carlos sería dado de alta y que podía venir por él.

Como dijo Miguel a pesar de todo Carlos tenía buenos sentimientos, pero creo que nuestro acercamiento no podía pasar de esto: una relación médico-paciente y albacea de sus bienes.

Por mi parte había decidido que era el tiempo para que Inés y yo iniciamos nuestra familia, ya estábamos seguros de que nuestro matrimonio soportaría cualquier cosa, iba pedirle dejar de cuidarnos para que iniciar nuestra familia. Serían unos hijos hermosos, unos hijos amados y con unos padres felices de tenerlos de eso me iba a asegurar y que Dios decidiera cuántos, aunque para mi cuatro está bien. Sé que le gustara la idea y se lo diré esta noche en la cena: ¡Amor vamos a tener hijos! Pensé sonriendo imaginándome la escena y su asombro en su rostro, entonces me acercaría a ella, le ayudaría a levantarse, y tomándola en mis brazos la llevaría a nuestra cama para iniciar la tarea de procrear a nuestros hijos.

Carlos iniciaría su vida y veríamos de él, qué más podía pedir, qué mejor comienzo que este. Ahora nos tendría a nosotros y tal vez, con el tiempo, encontraría una mujer con la cual iniciar una relación y pudiéramos ser una familia realmente grande disfrutando de nuestros hijos y cuidándonos unos a otros. Con sus escritos y recuperado del todo ayudaría a otros a superar sus miedos y su odio por los suyos. Mi amigo publicista me ayudaría con eso, cuando esté en la cabaña de la playa iniciaría su escritura y nos encargaremos de publicarlos. Estoy seguro que esa idea le agradará. Esperaré que esté instalado, que me envíe el primer manuscrito para enseñárselo a mi amigo, y estoy seguro que lo publicará.

Después de su salida, tendría que venir al psiquiátrico una vez al mes para verificar la evolución por lo menos seis meses. Luego de ello, al menos que lo necesitase, una vez al año estaría bien.

Aún me quedaba la incertidumbre cada mes que regresaría que pudieran encontrarse, pero decidí entonces conversar abiertamente con ella que procurará mantenerse alejada. Eso lo hicimos días antes de darlo de alta.

Esa tarde, después del recorrido antes de irnos a casa, la traje a mi oficina para darle un presente. Quería iniciar nuestro proceso de recuperación de pareja con un presente, para que recordara cada vez que lo viera, nuestro compromiso de amarnos hasta que la muerte nos separe.

Ella se acercó a mi escritorio sentándose en la silla y sonriendo sorprendida por la petición de que me acompañara a la oficina para una sorpresa, me miraba ansiosa.

─ Dime amor, ¿qué tienes que decirme? – sentándose dejando a un lado del asiento su bolso y en el piso su maletín de cuero negro con la ropa de la guardia del día anterior.

─ Bien, debo decirte que lo he pensado mucho y aunque estamos haciendo el esfuerzo, creo que tenemos que comprometernos de nuevo ─ me separé del respaldo de la silla para mirarla más de cerca y coloqué mis manos sobre el escritorio mirándola fijamente, analizando su postura.

Estaba muy inquieta, del moño de la base de la nuca estaban sueltos varios cabellos ondulados que caían delicadamente alrededor de su cara, parecían rizos de oro contrastando con el rosado de sus mejillas. Cruzó sus piernas de nuevo y se acercó al escritorio mirándome fijamente extendiendo las manos para que las tomara.

─ ¿Qué ocurre? Cuéntame qué te pasa. ─ imploró observando con atención

─ Nada, nada amor. Sé que mi propuesta de que tuviéramos hijos te sorprendió, pero sigo pensando que estamos en el momento adecuado para hacerlo ─ tomé sus manos para besarle y sonreí.

─ Bueno lo hemos intentado, pero tal vez no sea el tiempo. Mi cuerpo debe desintoxicarse después de tanto tiempo tomando anticonceptivos. Eso lo sabes.

─ Claro, claro. Tampoco pretendo que salgamos embarazados en el primer intento.

─ ¿Entonces? ─ sonrío observando atenta mi reacción.

─ Solo quiero que sepas que te amo mucho, que quisiera hacerte feliz durante todo el tiempo que nos quede de vida. Me siento completo contigo, eso lo sabes, pero quiero que me prometas algo más.

─ ¿Qué cosa quieres?

─ Que durante el tiempo que Carlos siga en el hospital no vayas a verlo, nuestra sesión de ayer fue la última y quiero que se vaya tranquilo. No había querido hablar contigo porque debía hacerlo primero con él. Te agradezco que te hayas mantenido alejada y dejando que haga mi trabajo sin interferir ─ la miraba acariciando sus manos despacio una y otra vez.

─ Me pediste que lo hiciera después que lo colocaste en las habitaciones de recuperación y he cumplido con ello.

─ Lo sé cariño. Bueno va a salir en unos días y se irá a una cabaña en la playa cercana al hospital, una propiedad de los Villalobos. Le asignaremos un monto a sus gastos y a su hijo, Daniel, también.

─ ¿Daniel es su hijo? ─ respondió sorprendida.

─ Si, Carlos lo adoptó dándole su apellido. De eso se siente muy orgulloso.

─ No lo sabía. Me alegra, ellos se quieren mucho, su afecto es realmente sincero ─ respondió bajando su mirada al escritorio donde aún seguía acariciando sus manos.

─ Ya sabes que eso es lo que pienso hacer cuando salga. Dentro de unos días Daniel vendrá a buscarlo e iniciará su nueva etapa sin interferencia de nuestra parte. Necesito que me prometas que vas a mantenerte alejada de él. No debes buscarlo, si por alguna circunstancia llegara a llamarte, no debes ir. Es parte de su tratamiento, debe aprender a vivir sin ti. ¿He sido claro con el planteamiento? ─ la miraba a los ojos esperando que aceptara sin ningún reproche la propuesta que estaba haciéndole.

─ Si, si por supuesto que has sido bastante claro ─ levantó su rostro mirándome a los ojos para que viera que hablaba con la verdad. Cumpliría la promesa, lo sé.

─ Es por su bien, no creo que Carlos resista si vuelve a recaer. Su hígado necesita recuperarse y si vuelve a beber con la misma frecuencia de antes, lo más probable es que colapse al igual que sus riñones. Carlos está al tanto, si queremos que se recupere debemos alejarlo de todo aquello que pueda hacerlo retroceder. Ahora debe aprender a vivir para sí, ocuparse de su alimentación, mantenerse en forma, hacer ejercicios frecuentes, pero sobre todo debe alejarse de ti y tú de él.

─ Si, lo sé. ─ bajó la vista de nuevo al escritorio mientras me levanté para acercarme a besarle .

La besé con dulzura y tomé su rostro entre las manos para respirar su aroma. Nos miramos a los ojos por unos instantes, sabía que esperaba que le dijera algo más y dije entonces ─ No dudo de ti, si siquiera de él, sólo quiero evitar que recaiga y esta vez no podamos recuperar.

─ Si tienes razón. Vamos a casa, estoy cansada.

─ Claro ─ la solté para alejarnos, caminé alrededor del escritorio y cuando estaba frente a ella la tomé de la mano mientras esperaba por mí.

Saqué de los bolsillos de la bata de médico una pequeña caja forrada en terciopelo rojo y le pedí su mano, colocarlo en la palma abierta, sonreí esperando que la abriera.

Inés sorprendida sonrió y dejando su bolso en la silla procedió a abrir la caja de terciopelo rojo. En ella había un anillo de oro blanco, delgado, pero con una inscripción dentro.

─ ¿Me permites ponértelo?

─ Claro.

Cuando lo tuve en mis manos, lo saqué de la caja para mostrarle la inscripción hecha en letras cursivas: Para mí amada esposa. Inés le brillaba los ojos, sabía que le había gustado y después de colocarlo en su dedo de la mano derecha, se acercó para besarnos, luego nos abrazamos.

─ Sigues siendo mi amada esposa, para siempre. Recuerda que no dudo de ti, dudo que no te haga sentir mi amor por ti. De eso es lo que dudo.

─ No te preocupes, eso no ocurre. ─ sonreímos los dos y la acerqué a mi tocando la parte baja de su espalda.

─ Vamos a casa. ¿Quieres seguir intentando tener a nuestro hijo? ─ le dije mirándola a los ojos.

─ Claro que sí. ─ sonrió de nuevo y juntos salimos de la oficina rumbo a casa.