La Salida Capitulo 2

Inés

Me alegra verlo tan recuperado, era un buen síntoma, Samuel había logrado lo que no pude hacer: prepararlo para la vida. Acaricié mis labios despacio recordando el beso que nos habíamos dado, una despedida tan sentida me causaba dolor y tristeza, pero verlo así tan dispuesto a empezar de nuevo, me alegraba. ¿Cómo era posible esta mezcla de sentimientos? Bueno con Carlos siempre fue así de un extremo a otro, una especie de balancín emocional de la tristeza a la alegría.

Tal vez sí sería la despedida que debimos darnos después de lo ocurrido en la playa, aunque debo confesar que, de haber regresado, si él me hubiese buscado después, tal vez, hubiéramos regresado a vivir juntos de nuevo.

No debo engañarme, no ahora. Si Samuel no hubiese estado tan consecuente y preocupado por mí evitando que regresara con él, recordando la violencia con la que me había tratado, la historia sería otra. Escuché la voz de mi padre dentro de mí pidiéndome que lo dejara, que no regresara, que sería una equivocación mayor, un error inadmisible e imperdonable para un psiquiatra: caer en las propias mentiras de querer corregir a alguien que no quería corregirse, ni aceptarse a sí mismo.

Me estremecí, ¿para qué engañarme? No puedo dejar de llorar, es mucho el dolor que me causa verle alejarse de nuevo. Recuerdo el día que regresé a la casa de la playa a verificar que se había ido, cuando revisé cada rincón se había llevado todo lo que habíamos tenido juntos, solo los recuerdos quedaron en mi memoria. Esa soledad tan fría recorriendo la que creí que era nuestra casa, aquel sofá azul solo esperando por un nosotros al atardecer que jamás volvería, rompió mi corazón.

Encontré en la cocina, en el lavaplatos, la botella de whisky vacía, ella había aparecido de nuevo para llevárselo consigo. La tomé colocándole en la basura, cuando levanté la tapa del basurero pequeño de plástico estaban marchitos los girasoles que estaban esa noche en el jarrón que arrojó al piso destruyéndose como nuestra relación.

No podía quedarme aquí, no tenía sentido sin él, se había encargado de recoger todas las cosas incluyendo las mías. Cuando entré a nuestra habitación las puertas del closet de madera estaban abiertas de par en par, las gavetas vacías fuera de lugar indicaron que tenía prisa cuando sacó todas las cosas.

Sobre nuestra cama estaban unos papeles arrugados y una toalla del baño olvidada sobre ella. Me senté en el borde revisando cada rincón, cada espacio para atesorar cada momento vivido en este lugar, en este lugar que habíamos hecho tan nuestro. Acaricié el cubrecama despacio y cuando llevé la mano al rostro aún su olor estaba en él. Levantándome apagué la luz que seguía encendida y salí de la casa. Mandaría a limpiarla para alquilarla, no tenía sentido conservarla así, cambiaría los muebles para borrar los recuerdos y las huellas que solo existirían para mí, pero no regresaría de nuevo.

Días después cuando Daniel había llevado mis cosas, en aquella maleta, al psiquiátrico me encontré con la sorpresa de una nota sobre la ropa que apilada con rapidez había sido guardada en ella. La nota escrita con su puño y letra decía: Te traje tus recuerdos. Y eso realmente significó para mí porque cada ropa tenía sus huellas y su olor. Todas esas prendas las regalé, no quería que, al usarla, sus recuerdos me acariciaran de nuevo la piel.

Todos estos días habían sido una tortura, verle, saberlo cerca y recuperándose solo, sin mí, sin mi compañía, pero le había prometido a Samuel mantenerme alejada y sin intervenir en esta etapa de su tratamiento. Sin embargo, a pesar del dolor que me causaba debía ser fuerte y dejarlo solo, ya que esta vez debía ayudarlo a que fortalecido reiniciará su camino.

Caminé hasta la ventana, el sol de la tarde inundaba de nuevo con vida la oficina. Entonces vino a mí el momento que lo tuve entre mis manos, observando atentamente su hermoso rostro: su piel blanca, sus labios rosados, las cejas pobladas, los lunares en su mejilla izquierda y encima de la ceja aquella cicatriz, ahora en su mejilla derecha había otra por la herida de la noche de las pesadillas y ese aroma y calidez de su piel que irá conmigo a donde vaya, aunque ya no lo tenga para mí.

Sintiendo pena y un profundo dolor, regresé a sentarme teniendo frente a mí la foto de Samuel el día de nuestra boda y acariciando el borde del porta retratos sonreí imaginándome que en lugar de Samuel hubiese sido Carlos. Ese Carlos del que me había enamorado desde que tenía catorce años y que aún latía en un rincón escondido en el corazón, maltratado por la separación, por esta nueva separación. Sonreí nuevamente comprendiendo entonces que ya no había oportunidad para nada más y que a partir de ahora en adelante debía continuar viviendo con la diferencia que ahora esa etapa de mi vida había tenido un final, aún sin gustarme, aunque me doliera y no quisiera desprenderme ni de sus recuerdos, ni de mis sentimientos.

A pesar de todas las cosas horribles que habían pasado, del tiempo transcurrido y de la profunda tristeza que experimentaba cada vez que lo recordaba o que sus sentimientos afloraron, supe que jamás se iría y se quedaría porque era parte de mi vida.

Ahora la vida con Samuel podría ser diferente, tal vez ahora no se sentiría tan inseguro, no dudaría de mí y de sus sentimientos. Durante este tiempo aquella incomodidad que le perseguía había desaparecido, estaba tranquilo, sosegado, ya no se sentía amenazado por ese recuerdo pues ahora lo habíamos enfrentado.

Desnudar mi alma frente a él no me agradaba y dejar que lo encontrara oculto como un niño que temeroso se esconde por los rincones, no era buena idea; pero si quería continuar casada con él debía decidir si vivir sólo de ese recuerdo o vivir en el presente con Samuel a mi lado.

Definitivamente eran muy diferentes, mis afectos por cada uno eran igual de diferentes que ellos. En mí estaban desde que desperté con Samuel a mi lado, después de esa discusión en la playa que inició nuestra separación, no había que buscar la explicación de mis sentimientos porque cada uno tenía su espacio dentro de mí. Terminé siendo cada uno de ellos: una irreverente, despreocupada, llena de vida y de libertad como Carlos; y la otra llena de normas y de conceptos, llena de esperanzas adormecidas por ser calladas y sensatas pero tranquilas y serenas como Samuel.

Sonreí de nuevo, tal vez sería el tiempo para empezar otra vez, debía hacer el esfuerzo por mantener el matrimonio a flote, recuperar el tiempo perdido y lograr crear un hogar para ambos, ahora que no había secretos y que Carlos había tomado un rumbo diferente alejándose de nuestras vidas.

A pesar de todo y de mis cicatrices entendí que las cosas debieron suceder como ocurrieron, sino tal vez esos hombres seguirán odiándose uno al otro y el alma de su padre seguiría atormentada, porque sus hijos estarían peleándose cuando había más cosas que los unían que las que los separaban, incluyéndome. Todo indicaba que la paz tal vez vendría de visita para quedarse en casa.

Tal vez era el momento de iniciar un nuevo capítulo en nuestro matrimonio, debía intentarlo con él, iniciar nuestra familia. Tenía miedo de dar ese paso, pero a la vez ya en mi existía la necesidad de ser madre, de probar esta nueva etapa, iniciar lo nuevo cuando ya mi pasado había tomado el camino para quedarse allí y no despertar de nuevo los fantasmas dormidos pues ya descansaban en el pasado para no atormentarme. Carlos iniciaría su vida de nuevo y yo la mía confiada que la que iniciaba sería llena de alegrías y esperanzas.

Sentada me acerqué al escritorio y comencé a revisar las historias para completar la labor del día. Dentro de unas horas Samuel vendría por mí para cenar y luego salir a pasear por la ciudad, para tener una noche solo de nosotros.