LA MASACRE EN NUEVA INGLATERRA
Año 2093 Era Común.
Las razones que me motivan a escribir este lastimero testimonio son producto solamente de la Fundación Buckland que tan insistentemente me ha pedido que redacte mis horribles experiencias. Supongo que harán una recopilación de los turbios sucesos que empañaron nuestras vidas. Por mí, está bien.
Era yo una niña nacida en un hogar pagano por allá del 2033. Para cuando acontecieron los hechos sangrientos tenía unos 12 años y toda mi vida había sido pagana. Crecí como tal, educada en las tradiciones antiguas y recónditas extraviadas en la nieblas espesa de los tiempos, hasta que movimientos novedosos las resucitaron. Siempre conociendo las leyes más básicas y elementales de la ética pagana, honor, lealtad, laboriosidad y verdad, entre otras.
Fue por esta época precisamente que colapsaron los Estados Unidos. Recordemos que una terrible conspiración a nivel mundial fue hilvanada por las compañías petroleras que con sus fortunas amasadas se encargaron de detener el desarrollo y la comercialización de los combustibles alternativos, así como de los automóviles eléctricos. Japón, país sin petróleo y que podía amasar una fortuna convirtiéndose en exportador de autos eléctricos, fue primero sobornado con dádivas y luego amenazado con embargos de atreverse a retar los intereses petroleros.
Ante esta deliberada dependencia del petróleo, Estados Unidos siendo el país más dependiente de destilados petrolíferos en el mundo, produjo su propia entropía cual serpiente que muerde su propia cola. El petróleo comenzó a escasear y a agotarse como había sido predicho, pero mucho antes de los esperado. El conflicto en Medio Oriento y la guerra fría a baja escala entre Estados Unidos y los gobiernos de izquierda en Sudamérica, provocaron una recesión mundial. Una crisis petrolera planetaria que cavó la tumba de Estados Unidos. Claro, esto se debió a muchos factores; el conflicto metalúrgico entre Estados Unidos y la Unión Europea que terminó con la abolición de la OTAN y las desgastantes guerras entre Estados Unidos e Irán y luego contra China.
En el 2032 Estados Unidos colapsó. Se disolvió de forma similar a la Unión Soviética que ya nadie recordaba. Pero el colapso no fue de ninguna forma apacible, como no lo fue el soviético. Brotaron toda clase de conflictos étnicos y religiosos.
Por ejemplo, cuando se independizó Texas y formó la famosa República de Texas, el presidente de México (que era del PRI), reclamó Texas para que fuera anexada nuevamente en suelo mexicano. Lo cual catapultó la violencia entre los texanos de origen anglosajón y los de origen mexicano. Tras independizarse Hawaii, grupos nacionalistas hawaianos querían utilizar solo la lengua hawaiana, la religión hawaiana y restaurar la extinta monarquía, provocando disturbios y confrontación contra los blancos.
En Utah, se formó el primer Estado Mormón, tras lograr su independencia. Los mormones de todo el mundo tenían en Utah por primera vez, un país independiente donde el mormonismo era religión oficial y mayoritaria. Sin embargo, grupos fundamentalistas mormones, liderados por patriarcas con hasta veinte esposas (algunas de ellas sus sobrinas adolescentes) incurrieron en actos de violencia contra los no mormones que habitaban Utah.
De forma similar a como los cristianos fundamentalistas que tomaron control de Carolina del Sur establecieron una dictadura teocrática bajo el yugo de un pastor—presidente hasta hace poco evangelista de televisión. Purgaron su nuevo reino celestial de todo homosexual, brujo, musulmán, católico romano, judío y ateo. Las hogueras alumbraban la oscuridad nocturna durante semanas.
En el agrario sur, se creó la Confederación del Sur (¡300 años de espera! Gritaron los entusiastas sureños), y pronto, atizados por los vehementes caballeros blancos del Ku Klux Klan, las poblaciones negras estallaron en motines violentos. La guerra racial fue terrible y devastadora, repleta de atrocidades. Nueva Inglaterra también se separó, y por algún tiempo tuvo menos conflictos. El resto del país, ahora llamado la Federación Norteamericana, se mantuvo más o menos unido salvo por los deseos separatistas infructíferos de Nueva York, con otra guerra racial entre blancos, negros y latinos, donde los skinheads neonazis y las panteras negras se despedazaban mutuamente. Pero, además de los conflictos raciales se dieron los virulentos enfrentamientos religiosos entre cristianos y musulmanes, a los que luego se unieron los sikhs y los hindúes.
En general, un marasmo de destrucción.
Mi familia vivía en Nueva Inglaterra que por algún tiempo fue de las zonas más pacíficas de la llamada Ex Unión Americana, o Antiguos Estados Unidos de América. La capital en Boston tenía un Senado con representantes de los 6 Estados que comprendía Nueva Inglaterra. Teníamos relaciones diplomáticas con muchos países, y fuimos admitidos dentro de las Naciones Unidas. En general, nos iba mejor a los neoingleses que a los demás pueblos vecinos ex estadounidenses.
Yo vivía en Arkham, la mítica ciudad cerca de Salem, donde otrora la histeria colectiva de la cacería de brujas arrasó la zona. Y, como ya dije, éramos paganos.
La sombra se cerniría sobre nosotros en el 2045, cuando entraba yo en mi pubertad, y un grupo terrorista de cristianos fundamentalistas llamado la Iglesia Reconstruccionista de la Nueva Cruzada, financiado por Carolina del Sur, comenzó una serie de atentados terroristas contra las poblaciones paganas. Y cuya meta última era sencilla: gobernar Nueva Inglaterra con una dictadura teocrática que impusiera un draconiano código legal idéntico al establecido por la Biblia.
Primero fueron una serie de atentados. Disparos de metralleta contra templos paganos. Apareció muerto un sacerdote pagano quemado con gasolina. Apareció asesinada una bruja adolescente violada y torturada. Casos similares, a los que el gobierno prestaba precaria atención. Fue cuanto los reconstruccionistas colocaron una bomba en un barrio pagano matando a doce personas que la prensa internacional tomó cartas en el asunto.
Lo cierto es que desde hacía tiempo se denunciaban las acciones terribles y criminales cometidas en Carolina del Sur. Se había establecido como ley, basada en normas bíblicas, la ejecución de los ladrones, de los hijos rebeldes, de los sodomitas y de los idólatras. La brujería se castigaba con la hoguera y la blasfemia con la lapidación. El sexo premarital estaba prohibido con la prisión, y cualquier práctica religiosa no cristiana estaba rotundamente vedada. Los integristas cristianos que gobernaban Carolina del Sur aspiraban repetir este esquema político en todo el mundo. Su teoría era que, el Reino de los Cielos no llegaría a la Tierra hasta que todo el planeta fuera cristiano.
No obstante, las fuerzas violentas de los reconstruccionistas no sólo sembraron el terror entre nosotros los paganos y brujos, sino que para el 2047, contando yo los 14 años, lograron tomar el poder en Nueva Inglaterra. Se adueñaron de la capital en Boston con ayuda de los surcarolinos, y establecieron en las tierras neoinglesas su propia dictadura teocrática.
Fue el llamado reverendo Saulo, quien fuera declarado presidente vitalicio de Nueva Inglaterra. La noticia se dispersó por televisión para pavor de los paganos. Pronto, las órdenes eran claras; todo pagano sería arrestado y llevado ante un Tribunal Bíblico. Allí debería renunciar a su fe y convertirse al cristianismo, de lo contrario, se le recluiría en las llamadas Cárceles de la Fe, donde se le permitiría practicar su religión de forma separada al resto de la población de buenos cristianos.
Aquellos que se convirtieran falsamente y fueran encontrados practicando el paganismo, morirían apedreados.
Mi familia se negó a convertirse, allí, de frente al clérigo que presidía el Tribunal Bíblico.
Un sujeto abominable de aspecto malicioso y narigón. Se sentaba sobre una enorme mesa en alto, sobre un atrio, para interrogar a los brujos y paganos llevados ante él por soldados disfrazados como cruzados.
Pasaron lista repitiendo los apellidos paganos de los arrestados:
—¡Silverstar! ¡Crowland! ¡Ravenhawk! ¡Moonchild! ¡Starfire! ¡Evercraft!
Mi familia era pequeña. Estaba mi padre de largos cabellos rubios y barba incipiente. Mi madre, una madura pero hermosa mujer de cabellos rojos y rizados que recordaba a una celta antigua. Mi hermano de nueve años, y yo.
—¿¡Renuncias a la obra del Diablo y aceptas a Jesucristo como tu señor y salvador!? –preguntó el enjuto hombrezuelo.
—¡No! –respondió estoicamente mi padre. A lo largo de muchas generaciones de practicantes del paganismo y la brujería, éstos se habían convertido en credos a veces casi étnicos, practicados por largas líneas familiares. Mi padre no podía renunciar a su paganismo porque lo amaba.
—¡Yo tampoco! –dijo resonante mi madre, una bruja valiente de ojos efervescentes.
—¡Entonces serán enviados a la Cárcel de la Fe, para que practiquen su abominable culto al Diablo sin provocarle daño a la población. Sus hijos serán enviados a Escuelas Bíblicas para que sean educados, y no caiga sobre ellos la maldición generacional que pesa sobre sus padres...
En medio de llantos y sollozos fuimos separados de nuestros padres. Esa escena trágica y dolorosa aún carcome mis tristes recuerdos juveniles. Nunca más volví a ver a mis padres, aunque aún recuerdo sus imágenes valerosas como extraídas de alguna historia épica del pasado europeo.
Mi hermano pequeño y yo fuimos subidos a un autobús. Nos llevaron a unos campamentos custodiados por guardias armados en las profundidades montañosas y escabrosas de Salem. Fuimos separados –pues las nuevas leyes bíblicas establecían la segregación de los sexos en casi todo. Supongo que a él le hicieron lo mismo que a mí, o parecido.
Fui bautizada a la fuerza. Me sumergieron en agua contra mi voluntad, y casi me ahogo. Me realizaron un violento exorcismo donde me torcían el brazo y me sujetaban con dolorosa fuerza, mientras me flagelaban para expulsar al demonio.
Al día siguiente, me levantaron a las cinco de la mañana a orar junto a otras decenas de niñas hijas de paganos, musulmanes, hindúes y demás “infieles”. Incluso había hijos de satanistas cuyos padres no eran en absoluto tolerados (como lo fueron en un principio los paganos) sino que fueron ejecutados ipso facto.
Tras orar y bañarnos con agua fría, desayunamos muy poca comida, nos vestimos con uniformes de novicia de convento, y fuimos llevadas a recibir clases donde se nos enseñaba casi exclusivamente, la teología bíblica.
—No existieron los dinosaurios –decía el profesor, un pastor joven pero de mirada amargada. —Ni es real la evolución. Charles Darwin era un ebrio poseído por el Diablo. La única verdad está en el Buen Libro, la Santa Biblia. Adán y Eva, esa es la realidad...
Interrumpí la clase y debatí. Defendí la teoría científica con fervorosa convicción. En castigo, me dejaron sin almuerzo y sin cena, y me propinaron diez azotes. Pero mientras lloraba enfurecida en mi dura cama rodeada por las otras hijas secuestradas, maldecía a mis captores y juraba no doblegar mi voluntad.
La siguiente clase enseñó muy claramente cuales eran las abominaciones sexuales que debían ser evitadas por todos los medios, so pena de irse al infierno. Desde la masturbación hasta la violación en serie de niños, todo acto sexual que no fuera el coito entre un hombre (arriba) y una mujer (abajo) con fines exclusivamente reproductivos, era igual de pecaminoso y abominable (y el Estado lo castigaba con la misma fiereza).
En medio de esta verborrea puritana sobre el sexo, no comprendí como mi profesor elegía a una de sus estudiantes cada día para quedarse orando con él después de clase. Cuando me tocó a mí la desdichada selección, me di cuenta de que, lejos de orar, el profesor tenía otras ideas en la mente. Y así, con una ira que me consumía las entrañas en odio por su hipocresía, observaba al profesor hablar de castidad y abstinencia cuando el día anterior había abusado de mí en su escritorio.
Como mi espíritu no era fácil de domar, extremaron medidas y me azotaban más frecuentemente que a mis más dóciles compañeras, como forma de aleccionar.
La clases desperdigaban odio venenoso contra las demás religiones pero enfocándose desesperadamente en el paganismo europeo, como combatiendo un poderoso arquetipo presente en la sangre del europeo que deseaba salir a flote por medio de la consciencia étnica y el regreso a sus orígenes primigenios. Hablaban de cómo los paganos sacrificaban niños y se los comían, adoraban al Diablo en orgías espantosas, cometían actos de incesto y pedofilia, violaban mujeres en sus ritos y como los paganos lideraban una conspiración mundial para conquistar al Mundo y volverlo satánico. Algo virtualmente idéntico decían de los musulmanes. El odio de los niños y niñas adoctrinados era tan profundo a los paganos y musulmanes (sus padres) que comenzaban a odiarse a si mismos. Una a una mis compañeras comenzaron a convertirse al cristianismo fanático. Sus mentes lavadas aceptaban todo; odiar a sus padres satánicos, aceptar los maltratos sexuales del profesor, y convertirse en mujeres sumisas y sometidas al dominio masculino patriarcal como la Biblia ordena.
¡Pero yo no! No sabía entonces si en verdad existían los dioses paganos, pero prefería adorar cualquier cosa que no fuera esa doctrina fundamentalista e hipócrita.
Razón por la cual los administradores de la Escuela se ensañaron conmigo. Me azotaban tan frecuentemente que mi espalda quedó cicatrizada permanentemente. Permitían a los guardias armados que custodiaban las amuralladas fronteras que abusaran de mí impunemente. Me encerraban por días en oscuros armarios, donde pasaba hambre y sed, y debía obrarme en una esquina. En general, me sometieron a torturas y vejaciones horripilantes.
Cuando se convencieron que no podían domar mi espíritu fue que me llevaron a las llamadas Cárceles de la Fe, donde mis padres y otros paganos fueron recluidos hacía tres años. Sin embargo, las Cárceles habían variado ya su función. Por entre las rejas de cedazo, al adentrarme con los guardias que me arrastraban, observé hombres y mujeres famélicos y desnutridos, trabajando como esclavos. La política del Estado había cambiado. Ya las Cárceles no eran para segregar a los paganos, musulmanes o hindúes de la población cristiana general. Ahora eran medios para deshacerse de los elementos rebeldes religiosos de forma inminente. Después de todo, la ira de Dios caería sobre Nueva Inglaterra de no acabar con los cultos demoniacos en su suelo.
Pero el costo de mantenimiento de los paredones para la ejecución, de los crematorios de los cuerpos, y de la Policía Religiosa que investigaba y perseguía a los herejes, era tan elevado, que algunos meses de trabajo esclavo por parte de algunos de los reclusos previo a morir, podían darle réditos y además, brindaba a los reclusos la oportunidad de redimirse. Redención maldita que en algunos casos se dio, pero que la gran masa de paganos, musulmanes e hindúes no aceptó, pues preferían morir que traicionar sus creencias.
Mis padres habían sido asesinados de esta manera. Aunque jamás tuve acceso a informes concluyentes, hay indicios de que murieron apedreados después de padecer año y medio de cruel cautiverio.
Sabía que me llevaban al paredón, así que oré a los Dioses Paganos por ayuda. Después de todo, si iba a morir por no renunciar a mi herencia pagana, al menos que me dieran algo de paz.
Fue entonces como milagrosamente, un ataque de mortero destruyó un lado del espantoso edificio donde se ejecutaba día y noche a los paganos. Los guardias que me llevaban al patíbulo pedregoso y yo, caímos al suelo. Los guardias se incorporaron con sus armas enarboladas para defenderse, pero los acribillaron con metrallas. Una lucha feroz contra los guardias se libró, hasta que el horripilante centro fue librado de cristianos fundamentalistas.
—Hemos venido a rescatarte –dijo un portentoso pagano. De solo verlo lo reconocí como un odinista practicante, de largos cabellos y barbas rojos, con trenzas. Alto, como de dos metros, de ojos azules. Y muy robusto, vistiendo un uniforme paramilitar.
—¿Quiénes son? –pregunté atónita.
—¿Creías que los Hijos de Odín, o cualquier pagano, se iba a cruzar de brazos para que nos exterminaran una vez más? ¡Pues no! Somos el Ejército Pagano, un grupo guerrillero con paganos de todas las tradiciones; odinistas, brujos, druidas, etc. combatiendo contra este Estado fundamentalista. –Mientras explicaba, sus compañeros soldados liberaban a los esclavos y suministraban atención médica a los heridos. –Tenemos una alianza con la Yihad de Liberación, un ejército islámico, con la Fuerza Hindú e incluso con grupos de cristianos moderados opositores al gobierno. La llamamos la Red de la Libertad.
Es así como me convertí en guerrillera. Entrenada en las arduas pruebas de la Red de la Libertad, libré muchas y violentas contiendas contra el gobierno. Mientras que el reverendo Saulo continuaba recrudeciendo su odio por nosotros. Saulo vivía como un rey producto de las enormes donaciones financieras –ya que como Pastor de todo el pueblo recibía un diezmo de éste, el 10% del PIB entero y de la recaudación de altos impuestos de todo el país era suyo. –Y decían los rumores que gustaba de que le enviaran niños jóvenes a su casa a “orar” con él.
Con 18 años, en el 2051, debí luchar contra mi propio hermano. Su cerebro lavado lo convirtió en un cristiano fanático que gustaba de apedrear ancianos musulmanes y acribillar niñas paganas. Estaba totalmente perdido en el oscuro mundo del fanatismo religioso. En cuanto me vio en medio de la batalla entre los cruzados y los rebeldes, me reconoció y un odio más fuerte aún poseyó su corazón emponzoñado. Me vi forzada a matarlo con mi rifle.
Al tomar Arkham, lo convertimos en nuestra sede central. De allí comenzamos la guerra hasta llegar a Salem y destruir las Escuelas donde abusaban de los niños. Liberamos la misma Escuela donde yo era torturada hacía poco tiempo. Y al liberarla, pude recordar los años de sufrimiento. El dolor punzante del azote cortando mi piel e hiriendo mi carne. Los días enteros en la oscuridad sepulcral del armario diminuto. Aquellos tiempos en que mi profesor me quitaba la ropa, para luego acariciarme y me sometía a los más asquerosos actos de depravación. Esos tiempos funestos en que me arrodillaban sobre arroz crudo, bajo el ardiente sol, con dos cubos de agua en cada brazo, por horas y horas. O cuando me duchaban con agua helada. O cuando los guardias me violaban toda la noche...
Con ese odio integrando cada fibra de mi corazón, llegué junto a mi ejército a Boston, donde emprendimos la lucha final. Una miríada de enfurecidos hombres y mujeres que habían sufrido abusos como los míos, y cuyas familias habían sido asesinadas, como la mía. Un marasmo catártico de odio y venganza profundos y enconados en la ira más tórrida.
Fue entonces que tomamos la Catedral de Boston (ahora sede del gobierno). Encontramos al cobarde del reverendo Saulo ahorcado en su oficina temeroso de ser ajusticiado por nuestra horda iracunda. Y tras la toma de Boston tomamos el poder de Nueva Inglaterra, a pesar de que algunos reductos fundamentalistas permanecían más o menos activos en zonas rurales.
El resto es historia que ustedes ya conocen. Nueva Inglaterra restauró la democracia y las libertades civiles. Carolina del Sur mantuvo su férrea dictadura fundamentalista por mucho tiempo más. Pero no volvió a molestar al pueblo neoinglés. De hecho, enjuiciamos a muchos de los criminales de la dictadura teocrática. E hicimos lo posible por cerciorarnos que no vuelva a ocurrir una persecución de paganos como aquélla.
Ahora soy una anciana, con esposo, hijos y nietos. Todavía vivo en las mágicas tierras de la ciudad de Arkham, y soy profesora de filosofía en la Universidad Mizkatonic.