DRACONIS EX INFERNIS (III parte)

—¡Doooooooooonnyyyyyyyyy! ¡Doooooooooonnyyyyyyyyyyy! —le llamaba de nuevo la voz de su amada Jackeline. Johnny tuvo imágenes en su mente de la joven siendo abofeteada y ultrajada sobre la cama en donde horas antes le hacía el amor.

—¡NOOOOOOO! —clamó Johnny despertándose.

—Cleopatra dijo la verdad —aseguró una voz masculina. Los ojos de Johnny dejaron de estar nublados y pudo reconocer el exterior. Se encontraba a lo interno de un castillo gótico propio de una película de terror, iluminado con antorchas y tétricos candelabros.

Sobre un trono cuyo respaldar terminaba en alas de murciélago y tenía el rostro de un demonio sonriente en el centro se sentaba una mujer de ropajes aristocráticos de la Europa oriental del siglo XVI. De largos cabellos rizados castaños y notoria belleza, lo observaba con mirada sardónica y sonrisa cruel. A su lado, un hombre italiano de traje y sombrero bombín de los años 30 sosteniendo un bate de béisbol operaba como su guardaespaldas.

A su lado estaba Cleopatra con una cadena amarrada al cuello y que empuñaba la mujer y sus ropas de reina habían sido cambiadas por un revelador traje de esclava egipcia que ocultaba poco.

Una tosca mano lo tomó del cabello y le colocó un cuchillo en el cuello. A su lado, un hombre con sombrero de copa y ropa de británico victoriano, con barba rasposa de pocos días y mirada maléfica le espetó al oído;

—Saluda a tu nueva ama, bastardo.

—Suficiente de eso, Jack, no seas tan mal educado con nuestro huésped —aseguró la mujer.

—¿Jack? —preguntó Johnny poniéndose de pie una vez que el hombre del cuchillo lo soltó.

—El Destripador —respondió la mujer.

—Usted debe ser Elizabeth Bathory —le dijo—, la Condesa Sangrienta.

—Veo que mi reputación me precede.

—Y su belleza también, así como el cómo la consiguió. Desangrando cientos de jovencitas.

—Todo tiene un precio. La esclavitud, por ejemplo, fue el precio que mi querida Cleopatra acá presente ha tenido que pagar a cambio de mi protección ahora que ha perdido su reino —aseguró Bathory acariciándole el mentón a una Cleopatra que se veía humillada.

—No me interesan sus repugnantes juegos e intrigas.

—Pero a mí sí me interesa dominar tu poder —aseguró ella poniéndose de pie y acercándosele hasta tocarle el pecho.

—Sí, Cleopatra ya intentó eso.

—No será mi caso —auguró—, los hombres no son lo mío. Además. Pero hay algo de ti que sí podría probar… Jack, Capone, llévenlo a mi cuarto.

La habitación de Bathory era amplia y lujosa, pero igual de macabra que el resto. Allí lo encadenaron de espaldas a un gran ventanal con cadenas que conectaba al techo.

Una espesa neblina rojiza se observaba tras el ventanal y más allá el extenso poblado que parecía brotar de la versión hollywoodense de Transilvania, cuyos habitantes vivían en constante terror, asolados por la insaciable hambre de los monstruosos murciélagos antropoides que patrullaban las calles y por la constante amenaza de tener que satisfacer la sed de sangre de su ama.

El Castillo Bathory se alzaba ominoso por sobre un lago de sangre al lado del poblado, con una catarata de sangre que emergía de sus cimientos hacia el lago, y una neblina escarlata que expiraba del mismo.

Bathory llegó hasta donde él y ordenó que la dejaran sola, luego tomó un afilado cuchillo que resplandeció con la luz de las velas y le cortó el brazo para extraerle la sangre dentro de un cáliz. Bebió del mismo y pareció estremecerse de placer.

—Nunca había probado algo así —aseguró como afectada por un narcótico poderoso.

—Entonces es cierto el rumor, usted es vampira —dijo él.

—Morí como una mujer mortal, si a eso se refiere —aseguró ella. —Si los vampiros existen nunca vi uno. En la Tierra nunca fui otra cosa que una humana. La sangre, por otro lado, siempre fue especial para mí. ¿Sabe? Un sirviente me violó cuando yo tenía 13 años. Fue la primera vez que vi sangre… la mía, en las sábanas blancas de mi cama. Tuve que probarla, fue un impulso instintivo y desde allí desarrollé un gusto por ella.

>>Quedé embarazada en esa ocasión, pero mi padre no me permitió conservar al niño. No sé qué pasó con él. Sí sé lo que hice con el sirviente años después, y su esposa, y sus hijas, en frente de él. ¿Quiere saberlo?

—No.

—Es lo mejor, quizás.

—Si efectivamente soy un dragón del infierno, ¿no teme que me transforme y la mate como hice ya con Rasputín?

—Correré el riesgo.

—¿Por qué Cleopatra aceptó ser su esclava? Ella ya se suicidó una vez ya antes de caer en manos enemigas.

—Nadie aquí se puede suicidar —aseguró Bathory extrayéndole más sangre y luego caminando por la habitación mientras bebía. —No importa cuanto lo pienses, no importa cuanto lo desees, no lo puedes materializar. Nunca nadie lo ha hecho. La única forma de morir aquí es si alguien te mata, pero los señores infernales rara vez serán tan generosos y yo era la que le ofrecía un destino menos cruel que los otros.

>>A cambio me informó de la traición de Palmer, lo que me permitió rastrear donde reaparecerías. Muchos te deben estar buscando en este momento…

—Pero ahora me tiene usted…

—Sí, pero no te preocupes —aseguró Bathory sosteniéndole el mentón—, que mi interés no es convertirte en dragón. Al menos no aún. Si no disfrutar de su deliciosa sangre —aseguró mordiéndose el labio.

—Mi señora —interrumpió Al Capone entrando a la habitación. Bathory se giró hacia atrás. —Los nuevos tributos están acá.

Bathory se relamió.

Bajó las escaleras de su castillo hasta la entrada principal. Periódicamente Bathory exigía como pago de impuestos entre la población que escogieran tres mujeres para someterlas a sus sádicos placeres, a menos que consiguiera cautivas nuevas en algunas de las muy frecuentes incursiones militares que realizaba contra los señores vecinos.

Ante ella fueron presentadas por Jack y Capone tres jóvenes mujeres.

—¿Qué hiciste para llegar aquí? —le preguntó Bathory a la primera aferrándole el mentón mientras sonreía.

—M… magia… negra —respondió ésta, era una chica gótica con ropa rockera.

—Mmm mi favorita, solía practicarla ampliamente —luego miró a Capone y asintió, por lo que se llevó a la muchacha.

—¿Y tú? —le preguntó a otra, ésta de raza negra y cabellos rizados.

—Maté al hombre que me violó —respondió con encono.

Bathory se acarició la barbilla.

—Una excelente razón —aseguró—, no puedo salvo aplaudirla. —Bathory se giró hacia sus servidores. —Libérenla. Ya he tenido suficiente —dijo. La joven mostró genuina sorpresa en su rostro.

Capone obedeció, jaloneándola del brazo y llevándola hasta la puerta desde donde la expulsó de un empujón.

—No sabes lo afortunada que eres —le dijo.

—¿Y tú? —le preguntó a la tercera—, sabré si mientes así que no lo intentes.

—Yo…maté a mi hermano —aseguró mirándola desafiante.

—¡Que delicioso! —aseguró Bathory—, pero no te salvará de mis juegos. Llévensela con la otra —ordenó. Jack obedeció.

La joven gótica fue internada en las lóbregas entrañas del castillo hasta llegar a la cámara de torturas situada en el vasto sótano. Desde el interior reverberaban los alaridos adoloridos de las víctimas de Bathory, todas ellas mujeres jóvenes. Algunas en cepos, otras en jaulas de metal, unas en potros y en damas de hierro, y otras encadenadas a la pared. Sucias y harapientas, con moretes en la cara y otros rastros de suplicios infringidos.

Sus torturas eran supervisadas por un experto; un hombre ataviado con el hábito de un monje, capa y capucha negras.

—¡Oye, Torquemada! —dijo Capone—, nuestra ama te envía la carne fresca.

—Debí quedarme con la Wicca —dijo la chica gótica al ver esto. Prontamente fue desnudada y colocada en un cepo donde se le comenzó a azotar.

—Una nueva pecadora para aleccionar por años —aseguró—maravilloso.

—¿Estando aquí en el infierno y todavía crees en Dios? —le preguntó Capone intrigado.

—Sí, en Su infinita sabiduría me envió acá a continuar mi labor aún en el infierno.

Jack trajo a la otra chica. Torquemada hizo algunas señas y le encadenaron las muñecas a unas cadenas pendientes del techo preparándose para someterla a duros tormentos.

Capone dio la espalda en busca del azote apropiado a utilizar, pero cuando se giró se dio cuenta que la mujer ya no estaba y los grilletes colgaban solitarios.

Corría el año 1444 y los jóvenes hermanos Vlad de 13 años y Radu de 7 acompañaron a su padre el voivoda de Valaquia Vlad II el Dragón hasta la corte del sultán otomano Murad.

A diferencia de otros predecesores, a menudo obesos y licenciosos, Murad era un genuino guerrero que se había dispuesto a comandar sus tropas en persona, y esto se notaba en su carácter fuerte y autoritario. Negoció con Vlad en su palacio en Edirne obteniendo el respaldo otomano para las aspiraciones del valaco, pero para asegurar la lealtad del noble habría un alto precio que pagar.

—Os quedaréis aquí —les dijo Vlad a sus hijos—, obedeced en todo al Sultán y no intentéis escapar u os cegarán.

Para ambos chicos la noticia de que ya no verían a sus madres ni a sus hermanos mayores fue angustiosa, pero más para el joven Radu que para Vlad, ya adolescente y más curtido en la vida. Su hermano mayor Mircea de hecho le había advertido que ser tomado de rehén por los otomanos para garantizar la lealtad paterna era lo más probable. Mircea le advirtió que no se dejará otomanizar, que recordara siempre su verdadero origen rumano, de la misma forma que le enseñó a montar, usar el arco y la espada.

Los ojos de Radu se humedecieron, para furia de su padre.

—¡No llores! ¡Infame! ¡Actúa como un hombre! —le gritó.

—¡Basta padre! —clamó Vlad defendiendo a su hermano menor. —Tiene derecho a llorar, es sólo un niño. Deja que vuelva contigo, yo me quedaré.

Aquellas palabras y el valor que mostraba su hijo hicieron que el voivoda sintiera algo de orgullo por su hijo.

—No, los turcos han exigido que se queden los dos, pero veo que estará bien cuidado —declaró dándose la vuelta y partiendo junto a su escolta. Los dos niños fueron llevados ante el Sultán, quien se sentaba en su trono rodeado de múltiples consejeros y ministros.

—Bienvenidos, muchachos —les dijo—, mientras estén aquí serán mis invitados —aseguró cordialmente—, serán educados en lógica, matemática, filosofía, estrategia militar e Islam. Como debe ser para futuros aliados de nuestro Imperio —aseguró. Sin embargo, Vlad notó en los ojos del sultán la señal de la lujuria.

Y en efecto no tardó mucho en llegar la fatídica visita nocturna del Emperador. A ambos hermanos les suministraron una suntuosa habitación aunque de muebles y decorado otomano. Allí llegó en la noche Murad con sus espurias intenciones hasta la cama donde yacía Radu.

El pequeño niño empezó a removerse somnoliento entre los manoseos del Sultán sin saber que pasaba, hasta que escuchó la voz de su hermano Vlad.

—¡Alto! —le dijo—, no lo toque. Yo haré lo que usted quiera, pero a él déjelo en paz —ofreció. Murad miró al chico que tenía mirada resuelta, y sonrió.

—Muy bien —dijo, y se llevó a Vlad a su aposento, como lo haría por muchas otras noches más.

Para cuando Vlad cumplió los 16 años le llegó la fatídica noticia. Una carta traída a él desde Valaquia le decía que su padre había sido asesinado en batalla y a su amado hermano Mircea le habían sacado los ojos y enterrado vivo los boyardos rebeldes.

Un furioso Vlad arrugó la carta en un puño, pero no lloró como no lloraba cuando el Sultán lo llevaba a su cama.

Vlad fue a darle la noticia a su hermano Radu. A diferencia de él, Radu había llegado muy pequeño a las cortes otomanas y casi no recordaba el ser rumano. Entabló prontamente amistad con el príncipe otomano Mehmet, hijo del sultán y de una de sus muchas esclavas, en su caso una hermosa joven serbia. Radu comenzó a utilizar la ropa y los modos turcos y parecía dispuesto a convertirse al Islam. La noticia no le afectó tanto como a Vlad pues casi no conoció a ninguno de los dos, e incluso resentía a su padre por dejarlos allí.

—El mismo padre que incumplió su juramento e hizo guerra contra el Sultán en Varna —le dijo agriamente a Vlad—, aun cuando eso nos sentenciaba a muerte. Fue una suerte que el Sultán perdonara nuestras vidas.

—Nuestro padre hizo lo correcto —reclamó Vlad que ya albergaba un odio hacia los turcos—, nuestras vidas hubieran sido un pago menor por librar a Europa del Islam como pretendían los reinos cristianos.

—Reinos que fracasaron, los otomanos fueron victoriosos. Eso te dice algo de cual lado está Dios.

Era demasiado tarde para Radu —o eso pensó Vlad—. En cualquier caso, los otomanos liberaron a Vlad para que fuera a asumir el trono de su padre, suponiendo que aquél muchacho educado en sus cortes sería un aliado preferible a cualquier otro. Poco podía saber el Sultán que estaba liberando a uno de sus más crueles enemigos quien años después crearía bosques enteros de turcos empalados y sería apodado “el demonio” por los turcos; Vlad III Drácula, el Empalador.

Vlad Dracul obtendría el trono valaco con apoyo húngaro y realizaría una genuina purga de boyardos a quienes culpaba por la muerte de su hermano. Cientos murieron durante sus primeros años de reinado, sus familias fueron ejecutadas y sus propiedades confiscadas. Fue por ésta época que Vlad conocería a su primera esposa y primer amor; Anastasia.

La bella Anastasia le llenó el corazón como nunca antes. Se amaron con intensidad y se hicieron el amor como si buscaran devorarse mutuamente. Algunos sirvientes mencionaban como Anastasia había logrado “domar al dragón”, pues irónicamente el mismo hombre que empalaba vivos a miles de desgraciados le escribía poemas de amor en las noches.

Pero una nueva amenaza se cerniría sobre Vlad, esta vez desde un enemigo inesperado; su propio hermano Radu el Hermoso.

Radu se había convertido en musulmán y se había acostumbrado a la suntuosa vida de lujos de la corte otomana.

Era amante desde la adolescencia de Mehmet II el Conquistador y tras la muerte de Murad estuvo allí cuando Mehmet (quien no estaba originalmente desinado a gobernar pero la muerte de su hermano mayor cambió su destino) ordenó la muerte de todos sus hermanos menores para evitar posibles alzamientos. Aquí y allá a lo largo del vasto palacio del sultán los niños eran estrangulados o incluso acuchillados en sus cunas.

—Piensas que es cruel, ¿verdad? —le preguntó Mehmet—, ¿es preferible que suceda como en tus reinos donde hay largas y sangrientas guerras entre hermanos rivales? ¿Dónde mueren miles de personas?

Las palabras de Mehmet lo marcarían. Radu lo acompañó cuando tomó Constantinopla en uno de los más brutales baños de sangre de la historia, donde Mehmet tras colgar la cabeza del emperador bizantino en un muro procedió a masacrar a miles de civiles inocentes.

Ahora, comandando un vasto ejército turco, se enfrentaría a su hermano por el trono de Valaquia. Pero camino a Transilvania, donde su hermano tenía sus cuarteles, Radu y su ejército encontrarían bosques enteros de turcos empalados.

—¡Por Alá! —clamaban los turcos— ¡Alá nos proteja de éste demonio!

Las batallas fueron brutales, y Vlad inició una campaña de guerra de guerrillas donde atacaba a fuerzas asimétricas turcas con escaramuzas y ataques terroristas. Incluso intentó (aunque falló) asesinar a Mehmet mismo en una de sus tiendas durante la noche, pero erró la tienda y solo logró degollar al visir.

Durante ésta época Radu logró rodear el castillo de su hermano en Transilvania. Difundió a propósito el rumor de que había dado muerte a Vlad para que su esposa Anastasia, descorazonada, se rindiera. Anastasia estaba descorazonada pero no pretendía dejar que los turcos la violaran y saltó de la torre más alta.

Y aquella muerte de su único amor cambió a Vlad Tepes para siempre, si es que cabía. El último remanente humano que quedaba en su corazón y que era el amor de Anastasia se había ido. Radu asumió el trono de Valaquia pero fue un gobernante incapaz cuyos caprichos y excesos pronto llevaron el reino a la quiebra y fue depuesto por una rebelión tras otra a pesar de ser reinstituido como títere otomano. Muy diferente de Vlad, quien era amado por el pueblo llano porque los había protegido de los boyardos y se ocultaba sin problemas entre la plebe como un campesino más ayudado por éstos. Vlad moriría en batalla contra los turcos y su cuerpo fue cortado en pedazos dado el temor que éstos le tenían, su cabeza llegó a Mehmet II. Pero Radu no podría retener el trono y éste iría a parar a uno de los muchos rivales por la corona valaca, dejando que el otrora Radu el Hermoso muriera de sífilis en el exilio en medio de la locura.

Johnny se encontraba seminconsciente, debilitado por la pérdida de sangre. Una mano tersa y suave le acarició la mejilla.

—Johnny… —dijo. Él abrió los ojos.

—Estoy soñando otra vez.

—No, amor mío —declaró Jackeline—, éste no es un sueño.

—Pero… ¿Cómo? ¿Por qué estás en el infierno? Siempre fuiste una buena persona, nunca lastimaste ni a una mosca.

—¿No lo has comprendido ya, cariño? —dijo ella y sus ojos se tornaron amarillos como los de un reptil— al igual que tú, nací acá. Mi existencia inició en este lugar. ¿No has comprendido que estamos destinados a estar juntos por siempre?

Bathory enfurecida por la pérdida iba a castigar a sus servidores Jack y Capone tan cruelmente que aun ellos se espeluznaron. Pero sus intentos se vieron interrumpidos al escuchar el chillido de los murciélagos antropoides alertándole del peligro inminente. Sólo podía significar algo…

—¡Nos atacan! —declaró dejando la cámara de torturas. Cleopatra bajo las escaleras justo cuando Bathory las subía atolondradamente. Llegó entonces al sótano y encaró a Capone y Jack el Destripador.

Bathory subió hasta la azotea del castillo donde la esperaba su montura favorita; una gigantesca y diabólica gárgola. La ensilló rápidamente y sobre ella sobrevoló su reino.

Un temible ejército de gigantes de hielo o Jotuns se aproximaba. Bestias antropoides enormes y de piel azul, como la parodia deformada de un humano.

—¡Escucha, ramera del infierno! —gritó una figura que montaba sobre un caballo infernal que escupía fuego del hocico y parecía mezclado con un reptil— nuestro misericordioso Führer te da la oportunidad de rendirte y evitarte mayores dolores. Entrega al Dragón y podrás seguir viviendo en tu reino como vasalla del gran señor ario.

—¡Ah, coronel Custer! —exclamó Bathory mientras lo observaba sobrevolando—, el fiel perro de Hitler. Ni siquiera mereces que pruebe tu sangre de vasallo.

Bathory señaló con su dedo y les lanzó su ejército de feroces gárgolas y murciélagos antropoides sedientos de sangre que sobrevolaron en masa oscureciendo el cielo rojizo.

En la frontera entre ambos reinos los dos ejércitos se asolaron uno al otro entre los rugidos de los jotuns y los espantosos chillidos de los vampiros. Aquí y allá algún murciélago le rasgaba la yugular a un jotun y bebía su sangre frenéticamente, o uno de los gigantes destrozaba la cabeza de un vampiro con sus hachas y martillos de guerra. Aquello se tornó en una carnicería.

Las gárgolas que se aproximaban a Custer eran descabezadas por la escopeta que empuñaba con destreza y que no disparaba balas ordinarias, sino de plata. Con ella también hacía cenizas a los vampiros antropoides de Bathory. Aun así la lucha entre los monstruos sería simétrica y luego de muchas horas los vampiros de Bathory fueron capaces de consumir a la mayoría de jotuns de cuya sangre hicieron festín.

La victoriosa Bathory retornó a su castillo a festejar. Pensaba darse un buen baño en sangre de doncella, un festín con la de Johnny y luego terminaría la noche con algunas torturas a sus prisioneras.

Pero al desmontar su gárgola y adentrarse a su castillo se encontró con una situación inesperada.

Emboscada por detrás, sintió la enorme manopla de Capone cubriéndole la boca al tiempo que la otra le asía de la cintura. El italiano la llevó hasta el que solía ser su salón principal, y allí le descubrió la boca.

—¿¡QUE SIGNIFICA ESTO!? ¿¡TE HAS VUELTO LOCO!? —vociferaba— ¿TIENES IDEA DE LO QUE TE HARÉ POR ESTO?

—¡Oh cállate! —fueron las palabras de Jack quien, para su sorpresa, se la acercó y le propinó una bofetada. Capone la liberó dejándola caer sobre el suelo. Bathory estaba furiosa.

—Lo siento cariño —dijo la voz de Cleopatra—, pero hay una nueva reina en el pueblo —aseguró sonriente.

—¡Maldita! —gruñó Bathory. —¿Qué le ofreciste a estos traidores además de tu cuerpo, prostituta?

—No fue difícil convencerlos, no eres precisamente la mejor ama. Tus prisioneras han sido liberadas y te esperan en el calabozo, aunque tienen instrucciones de no matarte, creo que querrán estar contigo por algún tiempo —declaró Cleopatra y rompió en carcajadas ante una Bathory derrotada que mostraba preocupación en su rostro.

Lo que Cleopatra —quien ya se planteaba el remodelar aquél castillo que consideraba horrible e insípido, más a su gusto— no esperaba era que al entrar al cuarto de Bathory a buscar al dragón éste ya no estaría y solo se toparía con las cadenas rotas.

La noche que dieron muerte a Johnny Draco, mientras su cadáver con los sesos dispersos reposaba inerte en el piso del baño, en la habitación continua el último de los secuaces de Jason terminaba de ponerse la ropa tras violar a Jackeline. Todos, incluso Jane “Ojos Locos” lo habían hecho.

La joven parecía exánime desnuda, con sangre en la boca y un ojo morado por los golpes, tirada boca abajo. No lloraba ni sollozaba, solo estaba en silencio. El último de sus agresores dejó el lugar pero no así Jason que la miraba malévolo.

—Tengo órdenes de llevarte al burdel donde pasarás el resto de tu vida —aseguró sádicamente.

Y así lo hizo. Su esposo Alberto Mazzerati quería hacerla pagar la humillación con creces y no le daría una muerte sencilla.

Por dos años trabajó forzadamente Jackeline en un sucio burdel de mala muerte regido por la familia Mazzerati donde llevaban infortunadas chicas desde algunas capturadas en redes de trata hasta otras que como ella habían caído en desgracia por diversas condiciones como ser informantes, traicionar a un miembro de la mafia o fallar en alguna misión.

La mantenían drogada y atendía diez horas al día todos los días. Pero Jackeline se juró a sí misma que sobreviviría y que se vengaría. Comenzó a hacer ejercicio en sus escasos ratos libres; realizaba lagartijas, sentadillas, abdominales tal y como se los había enseñado su amado Johnny años antes. También comenzó a urdir sus planes.

Una noche realizaba los abdominales sobre la cama, pero se detuvo —como solía hacer— cuando escuchaba que habrían la puerta, recostándose quieta sobre la cama. Allí esperaba pacientemente a que el extraño terminara. Pero ese día en particular encontró una oportunidad…

Aquél cliente era un conocido sicario de la mafia china. Pudo ser uno de los cientos que ya había atendido en dos años, pero ese en particular nunca se deshacía de sus armas; dos afilados cuchillos que guardaba siempre cerca de sí. No se permitía ingresar armas de fuego al burdel pero con las armas blancas era más permisivos, en especial porque algunos clientes tenían gustos exóticos.

El hombre de rasgos orientales comenzó a quitarse la ropa —mostrando un elaborado tatuaje sobre su cuerpo— y le sonrió.

—¿Es usted el legendario Shang Li? —preguntó. Él asintió, sorprendido de ser conocido por una prostituta.

—¿Tan famoso soy?

—¡Por supuesto! —mintió Jackeline. En realidad lo conocía porque era la ex esposa de un mafioso. —¿Puedo ver sus cuchillos? Es… bueno sería un honor para mí poder decir que alguna vez toqué tan famosas armas. Se lo compensaré, haré que valga la pena.

Li la miró dubitativo, pero en aquél momento Jackeline no parecía de cuidado, todo lo contrario, mostró rostro de ingenuidad e inocencia. Así que Li se los entregó para que los tocara. Ella pasó sus dedos por la afilada hoja y miró el mango finamente tallado…

Y luego mató a Shang Li con un fino corte del cuello. Su rostro pasó de ser ingenuo a malvado. El tipo colapsó sobre el suelo desangrándose en pocos minutos mientras ella esperaba tras la puerta.

Cuando la hora se cumplió —tal y como ella sabía— uno de los matones que administraba el lugar entraría a ver qué pasó. Así lo hizo y se sorprendió al ver el cadáver del oriental encharcando el piso, pero más se sorprendió cuando lo aferraron por detrás.

Jackeline le cubrió la boca y le cortó la yugular al mismo tiempo, recordando que aquél guardia —como todos los demás— había sido parte de quienes le habían “entrenado” en el oficio del sexo. Dejó caer el cuerpo sobre la cama para que no hiciera ruido y lo despojó de sus llaves y del arma de fuego, se colocó además la ropa del oriental que era la que le quedaba (cuando menos sus pantalones y chaqueta negra) y tomó todo el dinero y las tarjetas de crédito de ambos. Luego se escabulló hasta el diminuto baño donde había una ventana que daba a la calle pero que estaba cerrada con candado.

Probó todas las llaves y empezaba a temer que no estuviera allí… de ser así abriría la ventana con un disparo pero eso llamaría la atención y le quitaría algo de tiempo, pero era mejor que nada.

Sin embargo no fue necesario cuando la penúltima llave funcionó. Jackeline sonrió, abrió la ventana y escapó a la libertad y en busca de su venganza.

El recorrido fue largo. Jackeline usó el dinero y las tarjetas de crédito para comprarse ropa y un pasaje en tren lo más lejos posible. Sabía que los Mazzerati la buscaban así que se rapó el cabello a ras y se compró ropa nueva y algunas armas que vendían ilegalmente en las calles pero aún debía caminar con cuidado ocultándose en cada esquina y mirando siempre sobre su hombro.

Era también adicta a las drogas y debía comprar nuevas para suplir su dosis o sufriría de abstinencia. Así, su dinero pronto se agotó, pero no antes de al menos cruzar la frontera hacia México.

Ya sin dinero ejerció la prostitución para sobrevivir y comprarse drogas, gastando en lo mínimo pero sin dejar de lado su entrenamiento. Se sentía aun demasiado cerca de los Mazzerati así que continuó su trayecto hasta Guatemala. Se introdujo en una clínica de desintoxicación donde pasó meses sufriendo los dolores de la abstinencia, pero lo logró.

Una vez limpia y sobria el dinero le rendía más. Aceptaba cualquier trabajo fuera cual fuera y en las noches continuaba trabajando como prostituta, convirtiéndose luego en una apetecida call girl de lujo. Amasó suficiente como para pagarse unos documentos falsos y un pasaje de avión a Colombia. Allí entrenó con los mejores maestros en artes marciales, tiro al blanco y otras técnicas letales.

Seis años habían pasado desde su escape del burdel. Se había realizado varias cirugías plásticas, se puso pechos, modificó su cara, se tiñó el cabello de color rubio. Era irreconocible. Así regresó a los Estados Unidos donde siguió la pista de todos y cada uno.

A los primeros en matar fue a los tres matones que acompañaron a Jason Scarotti aquella fatídica noche. Uno a uno murieron en noches separadas. Al primero lo sedujo en un bar de la mafia y lo llevó al callejón lateral, mientras la besaba contra la pared le hundió el cuchillo en la espalda.

Al segundo lo encontró en bar de desnudistas haciéndose pasar por una striper más. El tipo aceptó gustoso sus acercamientos en medio de melodías de jazz ochentero y pereció cuando ella extrajo de su ropa interior una navajilla que rápidamente insertó en su yugular. Al tercero lo mató tras ofrecerle sus servicios como call girl mientras esperaba en un casino. El sujeto concertó una cita en un hotel que sería la última.

Pero quienes eran el premio jugoso eran tres: su ex esposo Alfredo Mazzerati, Jane Cavanaugh y Jason Scarotti…