DRACONIS EX INFERNIS (II parte)

—Quizás estemos siendo imprudentes —le dijeron a Dieo en la Asamblea, quien hablaba era el prestigioso general Sosícrates. —El poderío militar de Roma es considerable, recientemente vencieron a la gran Macedonia, un reino más poderoso que nuestra liga.

Se escucharon voces de apoyo y rechazo entre los murmullos de los asambleístas.

—¡Deberíamos negociar la paz! —argumentó Filis de Corinto, el filósofo, un hombre ya anciano. —Los dioses saben que Roma es un enemigo formidable.

Dieo escuchaba a estos oradores sentado en su trono, presidiendo la Asamblea. Finalmente se dispuso a hablar.

—Grecia es la luz que ilumina la civilización occidental —aseguró poniéndose de pie. —Nuestra cultura es la superior. Nuestra civilización había conquistado medio mundo, había escrito tratados de filosofía, había descubierto ingenios maravillosos siglos antes de que los troyanos llegaran a fundar lo que hoy es Roma.

>>¿No derrotó el griego Alejandro todo imperio de acá a India? ¿No fueron la poderosa Atenas y la Esparta guerrera quienes expulsaron de acá al mismísimo Jerjes?

>>A veces no creo lo que oigo. Voces que nos llaman a claudicar. ¿Qué habría pasado si esto hubiéramos hecho cuando enfrentábamos al Imperio persa? ¿No seríamos hoy esclavos de Oriente? ¿No estaríamos hablando persa?

>>¡Canallas! —gritó señalando a Filis y Sosícrates—, queréis vendernos a los enemigos de Grecia. ¡A los bárbaros! A una raza inferior. No señores, no se engañen, que ya antes hemos enfrentado a déspotas con ejércitos mayores y hemos salido victoriosos, y ésta vez no será la excepción.

El salón estalló en vítores a favor de Dieo y el asunto se zanjó. Irían a la guerra. Una vez que se vació el lugar de la mayoría de asambleístas Dieo hizo señas a sus hombres quienes apresaron a Sosícrates y Filis para ser torturados y ejecutados.

Un furioso Metalo se adentró sin anunciar a la tienda de Mumio, interrumpiendo la felación que recibía Mumio de una joven esclava adolescente.

—¡Has ordenado que regrese a Macedonia! —expulsó Metalo tirando un pergamino con sus órdenes sobre el escritorio del cónsul. La joven se había detenido.

—¿Yo te dije que te detuvieras? —le preguntó Mumio y la muchacha retomó la labor. Mumio se dirigió a Metalo. —No te necesito acá, ya hiciste tu labor. El Senado me nombró a mí el encargado de tomar Corinto.

—Mis hombres vienen endurecidos de la Guerra Macedonia, no será fácil reemplazarlos.

—No serán reemplazados —aseguró alcanzando el orgasmo. La esclava se limpió la boca y se levantó colocándose de pie detrás de Mumio quien ahora encaraba a Metalo. —Ellos se quedarán acá bajo mi mando.

—¡Traidor! —exclamó.

—¡Cuida tu lengua! Puede ordenar que te crucifiquen por rebeldía.

—Sé por qué haces esto —le dijo sin intimidarse—, quieres la gloria sólo para ti.

—La gloria ya es mía de todos modos —aseguró Mumio. —Ve, regresa a gobernar Macedonia, que ya tuviste tu momento. No seas egoísta y deja que otro disfrute de conquistar griegos también.

Metalo se irguió, como si con eso estuviera recomponiendo su compostura.

—Muy bien —aseguró—, por la gloria de Roma —aseguró con el saludo romano que le fue devuelto por Mumio. Metalo subió a su caballo con su equipaje y partió.

—Señor —anunció uno de sus comandantes ingresando a la tienda—, noticias malas del campamento romano cerca de Corinto.

Mumio se dirigió junto a algunos de sus oficiales de confianza a corroborar la noticia. Para cuando llegaron a la vanguardia romana cercana a Corinto ya estaba amaneciendo. Allí encontraron un campamento romano masacrado; docenas de solados asesinados cuyos cadáveres atraían a las moscas y a buitres circulando el cielo.

—Asesinos aqueos deben haberse infiltrado por la noche y atacado por sorpresa —aseguró un oficial. Pero Mumio no lo escuchó; estaba furioso como sus puños cerrados y mandíbula rechinante denotaban.

Las fuerzas romanas correspondían a unos 23000 hombres de infantería y una caballería de 3500 ahora que se había juntado con la de Metalo y reclutas griegos. Las aqueas eran solo 14000 infantes y 600 caballeros contando algunos de los sobrevivientes de Escafia, pero aunque sobrepasados en número, los aqueos festejaban tras la reciente masacre de la vanguardia romana como si hubieran ganado la guerra. Se sentían vengados por la infamia de Escafia y el arrogante Deio no tomó medidas para proteger la ciudad de una invasión, confiado en que refrenaría al ejército de Roma. Dieo hizo el amor una vez más a su esposa esa noche.

Finalmente las tropas romanas llegaron cuando el sol clareaba en el horizonte. Ambos ejércitos se enfrentarían en una catarsis final.

Los soldados romanos arremetieron con gran poderío contra la infantería aquea como una marejada contra un muro, pero los aqueos resistieron a pesar de estar en desventaja numérica. Su valor fue fatuo pues la caballería, aterrorizada por lo mucho que los superaba la romana rompió filas indisciplinadamente y no esperó a recibir el embate. Los romanos aprovecharon el caos para matar a muchos con la arquería.

Los infantes aqueos aún así continuaron resistiendo y defendiendo su ciudad. Mumio ordenó una táctica romana muy apetecida que consistía en romper las filas enemigas por la mitad. Un grupo de 1000 romanos selectos atacaron a los aqueos por el flanco derecho abriéndose paso como un cuchillo en pan. Separados los dos lados de la infantería fue rápidamente acribillada.

Derrotados los aqueos la ciudad cayó en manos de la furia y la indignación romana. Los civiles corrían por sus vidas caóticamente mientras los soldados romanos saqueaban a placer, violaban mujeres y niñas, destruían invaluables estatuas y obras de arte y tomaban todo lo que fuera de valor.

Mumio ordenó proteger lo mejor posible las obras de arte que serían llevadas a Roma como parte del botín, quizás la parte más simbólica de la absorción de la cultura griega por la romana. También ordenó que todo hombre y adolescente por encima de los 15 años fuera pasado a cuchillo y que toda mujer y niño fueran convertidos en esclavos para su venta.

Deio fue encontrado con su mujer muerta a sus pies, el propio Deio le había clavado la espada para que no fuera ultrajada por los romanos, y se había tomado un veneno que le había hecho efecto con notoria rapidez como su cadáver exánime aún con la copa en la mano mostraba.

Mientras, Mumio observaba satisfecho desde su caballo la humarasca negra que brotaba de la destruida Corinto.

—¡Fascinante! —se relamió Rasputín. Pero la labor de Rasputín se vería interrumpida por el ruido de cañonazos lejanos.

—¡Que diablos! ¿Qué sucede? —preguntó saliendo de su laboratorio mientras atareados guaridas corrían atolondradamente.

—¡Barbanegra! —declaró uno que fue retenido de la solapa por Rasputín—, está atacando el castillo. Viene por el dragón…

Un siniestro navío de velas negras y resquebrajadas se aproximaba al reino de Iván el Terrible flotando en el aire por medio de artes mágicas oscuras. Era El Holandés Volador y lo comandaba Barbanegra mismo, el rey pirata que regía sobre un grupo de islotes tropicales atestados de caníbales, salvo por la ciudad de Port Royal ubicado en una de las islas en medio del inmenso océano de sangre.

El Port Royal infernal era una burda copia del original, pero funcionaba. Docenas de toscos piratas, corsarios y bandoleros llegaban a sus costas tras morir. Barbanegra había creado su feudo tras derrotar a su antecesor, el sangriento William Kidd.

Allí, en Port Royal, donde todos sus habitantes asemejaban a toscos piratas y prostitutas del siglo XVII, el rumor del ataque del dragón en el reino de Cleopatra llegó a oídos de su señor quien rápidamente se preparó para atacarla. Embarcó junto a algunos de sus más confiables súbditos como Francois l’Olonnais quien había sido famoso en vida por comerse el corazón de uno de sus enemigos, Black Bart quien quemaba los barcos de los negreros que no le pagaran rescate sin preocuparse por liberar a los esclavos encadenados, al igual que otros como el perro de Isabel II Sir Francis Drake, el temible y sanguinario capitán Kidd y la hermosa pero malvada pirata y prostituta china Lady Shinh.

Sin embargo, al llegar al lugar Barbanegra encontró a las fuerzas de Cleopatra diezmadas. La reina egipcia había escapado y el lugar ahora estaba siendo reclamado por Qin.

El viejo Emperador chino de cabellos lacios y que mantenía una barba de chivo y un afilado bigote en sus labios, vestía un fino hanfu de seda amarilla con elaborados dibujos aunque, como todo en el infierno, representaban criaturas demoníacas más que la fauna terrestre.

Qin ingresaba a su nuevo reino escoltado por soldados de terracota (en realidad almas de criminales ordinarios que él había convertido en estatuas de terracota vivientes) y sobre una enorme estructura móvil con ruedas sobre la cual se colocaba su exuberante trono.

Aníbal se presentaba victorioso ante Qin con las humarascas de la destrucción a sus espaldas y la cabeza de Ramsés —aun viva— que lanzó a sus pies. Los esclavos de Cleopatra ahora lo serían de Qin, pero sus vidas no cambiarían substancialmente. Qin ordenaría modificar todo lo egipcio y reemplazarlo por chino, destruiría las imágenes y estatuas de Cleopatra para reemplazarlas por la suya. Prohibiría el culto a Cleopatra y lo cambiaría por el suyo y las pirámides egipcias serían retransformadas en pirámides chinas, no muy diferentes a la réplica de la Ciudad Prohibía en donde residía en su círculo infernal.

—Encuentra a la perra egipcia —ordenó Qin— y será tuya.

Aníbal sonrió y se dio a la tarea.

Qin observó a lo lejos al Holandés Volador consciente de que Barbanegra estaba allí. Hizo uso de sus poderes mágicos para enviarle un poderoso, pero diabólico, fénix hecho de fuego.

El ave, de aspecto malévolo y hecho de flamas rojas, llegó hasta el barco.

—¿Qué te trae acá, sucio pirata? —preguntó el fénix transfiriendo ante Barbanegra la mente de Qin.

—Lo mismo que a ti, anciano decrépito —le respondió Barbanegra—, el dragón.

—Demasiado tarde, ya lo tengo.

—Miente —declaró Lady Shinh con una sonrisa malévola acercándose al hombro de Barbanegra. —Puedo sentirlo. El dragón no está aquí, ni en ningún lugar cerca —aseguró.

—Si en verdad tuviera control del dragón ya nos habría atacado con él —aseguró l’Olonnais.

—¡Traigan al Doctor! —ordenó Barbanegra. Drake y Lady Shinh abrieron una compuerta en la cubierta de donde subió lentamente un hombre negro, de anteojos y sombrero de copas.

—¡Papa Doc! —clamó Qin desde el fénix.

El dictador haitiano y experto sacerdote vudú olfateó el aire.

—Magia de transportación fue usada aquí —aseguró con tono nasal. —¡Magia de transportación! ¡Puedo sentirlo!

Barbanegra volvió a encarar al fénix que emitió un chillido de furia. Se lanzó contra el barco pero se disolvieron las flamas antes de tocarlo.

—Sólo hay un hechicero en el infierno que pudo haber estado en contacto con Palmer —aseguró Barbanegra pensando en Rasputín y ordenó a su tripulación poner rumbo hacia el reino de Iván el Terrible.

Y así llegó Barbanegra hasta las nevadas tierras del dominio de Iván. Disparaba sus cañones contra el castillo del Zar y estos contraatacaban con sus propios cañones, flechas y catapultas.

Pero El Holandés Volador estaba protegido por magia poderosa y era inmune a los ataques.

—¡Desáteme! —pidió Johnny a Rasputín conforme el laboratorio se estremecía por los golpes a la estructura. Pero Rasputín se negó por temor a que escapara. Comenzó a releer los pesados volúmenes de libros mágicos que poseía con la esperanza de poder romper el hechizo protector en El Holandés Volador.

—El escudo protector fue hecho por el mago egipcio Imhotep —murmuró Rasputín—, solo una cosa puede atravesarlo —leyó pero no pudo concluir la frase.

Un nuevo cañonazo provocó que parte del techo se desprendiera y las pesadas bigas cayeron sobre Johnny. Preso del pánico el dragón en su interior se activó antes de que los escombros le tocaran y su cuerpo se transmutó rápidamente en una criatura serpentina, humanoide al principio pero luego menos y menos antropomorfa. El recién creado dragón, aun de un tamaño menor del normal, tomó por sorpresa a Rasputín quien murió incinerado por su incandescente fuego.

Lo último que escuchó fue el alarido moribundo de Rasputín conforme el dragón emergía de la semidestruida torre en el castillo. Obteniendo así su tamaño final y normal, y sobrevolando sobre el gélido infierno de Iván.

Giró hacia El Holandés Volador para terror de sus tripulantes quienes se defendieron disparándole con los cañones, pero fue inútil, era inmune a las balas. Johnny expulsó una llamarada de fuego de su hocico que atravesó la protección mágica del barco y lo hizo alzar en llamas por el medio. El barco comenzó a descender en medio de una humareda rumbo al suelo y el dragón continuó su rapiña en el área, no solo incendiando el castillo de Iván sino también atacando las casas aledañas.

Corría el año 1218 y el Sah del Imperio Corasmio, Mohammed II estaba a punto de cometer un error tan garrafal que le costaría su imperio y miles de vidas humanas.

En su corte situada en su palaciega residencia, Mohammed fumaba de su narguile mientras bellas danzarinas del vientre lo entretenían a él y a su fastuosa corte. Todos sentados sobre cómodos almohadones en lujosas alfombras persas. Los lujos y la edad habían convertido a Mohammed en un hombre regordete.

—Excelencia —irrumpió un mensajero aproximándose hacia el ocioso emperador recostado de costado mientras observaba a las odaliscas. —Los embajadores mongoles están aquí.

—¡Ah sí! ¡Esos bárbaros! Hazlos pasar…

Tres embajadores mongoles se adentraron a la corte con respetuosas reverencias. Dos de ellos eran claramente mongoles y utilizaban ropajes de guerreros nómadas, pero un tercero parecía de aspecto turco y vestía con turbante y caftán.

—Así que vosotros sois los infieles, servidores del brutal Kan pagano del que tanto he escuchado hablar —les dijo despectivo.

—Mis colegas embajadores son seguidores de Tengri, el gran dios del cielo de los mongoles, sí —le dijo el embajador moreno—, pero yo como usted sigo la fe del profeta Mahoma.

—¡Bah! Aún sirves a un rey infiel.

—Es una muestra de la mucha diversidad y tolerancia que existe en el vasto imperio del Gran Kan, Excelencia. Habiendo tribus cristianas, judías, musulmanas, budistas y paganas por igual.

>>Nuestro señor, como usted ya debe saber, tiene los mejores deseos para Corasmia y aspira a crear saludables y mutuamente beneficiosas relaciones comerciales, como se lo expresó en una respetuosa carta que le fue enviada y nunca respondida, mi señor. Es por ello que nos extraña que una caravana de comerciantes mongoles haya sido detenida por uno de los gobernadores de Su Excelencia.

—¿Comerciantes o espías? —preguntó el Sah. —He escuchado las cosas que hicisteis los mongoles cuando invadisteis Pekín, vuestras atrocidades llegaron a nuestros oídos.

—Bueno, si la reputación de nuestro Gran Kan lo precede, entonces entenderá que enojarlo no es buena idea —respondió desafiante el embajador—, he aquí las peticiones que hace nuestro señor; la inmediata liberación de los comerciantes mongoles prisioneros, el reconocimiento del Gran Kan como su igual y al gobernador infractor para ser castigado.

Mohammed II sonrío.

—¡Insolente! —clamó—, tu rey infiel no puede darme órdenes. Mi gobernador actuó bien. —Luego se dirigió a su visir—, matad a toda la caravana de mongoles —el visir reverenció como asintiendo—, y llevadle a estas excusas de embajadores, rapad a los mongoles y devolvedlos a su reyezuelo bárbaro —al decir esto cuatro guardias apresaron por los brazos a los mongoles—, pero a éste —señaló al musulmán— por insolente, cortadle la cabeza.

También fue tomado por guardias, pero antes de partir miró al Sah con encono y dijo:

—Alá se apiade de ti, Mohammed II, porque has traído la condenación a tu reino.

Cuando Temudjin recibió la noticia en su tienda de la humillación de sus embajadores, la decapitación de uno y la muerte de sus coterráneos, se llenó de furia. Pero no la mostró. Frío y calculador, Temudjin decidió que cobraría venganza cuando el tiempo fuera apropiado. A su lado estaba su confiable Subotai; el más cercano de sus asesores, el mayor de sus generales que no era de su familia, su amigo desde la niñez.

Subotai sabía la decisión que había tomado su señor.

—Subotai —le dijo Temudjin.

—Ordena y obedezco Gran Kan.

—Envía espías a recaudar información sobre Corasmia, y prepara las tropas. Porque pronto haremos pagar esta afrenta con sangre…

—Así será, Gran Kan, se arrepentirán por siempre de haber insultado al poderoso Gengis Kan.

Esa noche Temudjin se reencontró con su amada esposa Borte. Ya era una mujer madura, pero a los ojos de Temudjin era aun la más hermosa del mundo.

Su matrimonio había sido arreglado cuando niños, pero se amaban. Y cuando la rescató de las garras de los merkets años atrás se fundieron en un abrazo que los unió para siempre. Temudjin había tenido cientos de amantes, concubinas, esclavas y víctimas, pero no importa cuantos cuerpos femeninos hubo disfrutado, nunca les hacía el amor como sí se lo hacía a Borte.

—¿Estás seguro que esta invasión a Corasmia es prudente, amado mío? —le preguntó cuando ambos, desnudos, se abrazaban entre las tupidas cobijas de piel de lobo. Siempre había sido su consejera. —Aun estás librando batalla contra los chinos en el Este.

—Los embajadores y mensajeros son sagrados.

—¿Irás a la guerra por la vida de un embajador? ¿No morirán más con eso?

—No es el embajador, es el irrespeto. Toda cadena se rompe por el eslabón más débil. Si permito que un reino no me tema y no me respete, otros lo seguirán. No, cariño, de Corasmia no quedará nada…

Mohammed II pronto pudo arrepentirse de su accionar. Pasaron tres años para cuando su imperio se desmoronaba.

Estaba en su capital Urgench cuando se enteró que los mongoles habían tomado la ciudad de Otrar donde su gobernador había cometido el insulto de arrestar a la caravana mongola. Tras cinco meses de asedio finalmente los mongoles irrumpieron en la infortunada ciudad, mataron al gobernador que había realizado el insulto derramándole oro fundido por la boca, asesinaron a casi todos los hombres adultos y vendieron el resto de habitantes como esclavos. Poco después caería Bujará; la perla de su imperio. Rodeada por desierto, el ejército mongol logró lo que se creía imposible hasta entonces y atravesó las candentes arenas sin morir, ayudados por expertos guías beduinos reclutados a la fuerza que conocían los pozos y oasis. Aparecieron como fantasmas de la nada y arrasaron la poco fortificada ciudad que confiaba en el desierto como su principal protección. Nuevamente morirían casi todos los hombres, los adolescentes varones serían convertidos en soldados y el resto de la población en esclavos. El destino de las infortunadas mujeres jóvenes era mejor no decir.

Le seguiría Samarcanda. Irónicamente la misma ciudad donde el propio Mohammed alguna vez conquistó cuando derrotó a sus enemigos kitai. Él mismo había ordenado la muerte de 10.000 personas en represalia por una breve revuelta años atrás. La fama de los mongoles les precedía y muchos soldados se rindieron. Los que no se rindieron fueron asesinados por Gengis Kan una vez que la ciudad fue tomada; no mostró piedad a uno solo.

Mohammed intentó buscar aliados. Trató de que el Califa abasí le asistiera, pero estaban enemistados desde que Mohammed se declara independiente del califato y, por el contrario, corrían rumores de que Bagdad apoyaba a Gengis Kan. ¡El líder del Islam ayudando a un pagano contra sus hermanos musulmanes!

Poco a poco las tribus aliadas de Mohammed fueron desertando, temerosas del terror mongol y China ya había sido derrotada. Estaba solo…

¿Cómo habían podido unos 90.000 mongoles derrotar a su ejército de 400.000 hombres sin contar mercenarios? Sólo un genio militar había logrado tal cosa.

A las puertas de Urgench llegó el terrible ejército mongol. Normalmente dividido en tres grandes secciones comandadas por uno de los hijos de Gengis, Jochi, por su general Subotai y por el propio Kan. Traían consigo ingenieros chinos que creaban brillantes maquinarias de guerra como balistas, arietes, catapultas y fundíbulos. Mercenarios turcos que habían desertado en Samarcanda y su letal caballería.

Pero Urgench no se prestaba para las tácticas de guerra. Su terreno rodeante era pantanoso y no permitía el uso de las máquinas de guerra ni había disponibilidad de piedras para las catapultas. Los mongoles decidieron omitir el asedio y pasar directamente al asalto. Tras varios días de ataques lograron ingresar a la ciudad. Los corasmios pelearon ferozmente, defendiéndose de los mongoles casa por casa. La contienda fue sangrienta y tomó días, con una cantidad de bajas mongolas mayor de lo usual. Pero finalmente Temudjin se irguió como vencedor desde la torre más alta en medio de una ciudad de la que se elevaban pesadas columnas de humo y sobre un mar de cadáveres que ensangrentaban las calles.

El legendario Kan moriría solo 6 años después habiéndose convertido en el emperador del imperio más grande jamás visto hasta entonces. Subotai continuó sirviendo lealmente a sus hijos.

Junto a Batu Kan pasó años viviendo en Europa recopilando inteligencia. Usualmente ignorados como si fueran simples mendigos —tal y como preferían— descubrieron hábilmente las debilidades y flaquezas de sus ciudades. Bajo el mando de Batu ahora los mongoles se disponían a hacerse de toda Rusia.

Ogodei, el segundo hijo de Temudjin, había sido elegido como su sucesor. El primogénito de Borte, Jochi, nunca se supo si era hijo de Temudjin o de los merkits que violaron a Borte durante su cautiverio, pero de todas maneras había muerto para cuando Temudjin dejó el mundo.

Batu era el kan de la Horda de Oro, rama occidental del Imperio. Arrasaron sin mucho problema con los bárbaros búlgaros, cumanos y alanos que llevaron sus historias de terror como refugiados a oídos rusos. Pronto borraron del mapa a la ciudad rusa de Riazán, continuaron con Moscú y Vladimir. El príncipe ruso Yuri II, aterrado, intentó refrenarlos siendo derrotados sus ejércitos en cada enfrentamiento contra los mongoles. Seguirían sus conquistas sobre Crimea y Moravia, derrotaría a los templarios y los teutones, y conquistaría a sus parientes lejanos; los húngaros.

Sin duda Batu Kan habría llegado al Atlántico de no ser por una casualidad del destino.

Subotai disfrutaba de una infortunada prisionera rusa en su tienda cuando fue interrumpido por el propio Batu Kan. Subotai ya rozaba los 70 años y parecía un viejo lobo, anciano y cansado, pero aun imponente.

—Lamento interrumpir —le dijo. Subotai se detuvo y la aterrada muchacha intentó cubrirse con las cobijas. —Este mensaje llegó del Este. Mi hermano ha muerto y se deberá elegir un nuevo Gran Kan.

Subotai tomó el pergamino de las manos del muchacho y lo leyó con atención, a sabiendas que el chico sería candidato a la sucesión.

Depusieron entonces su mortal campaña por Europa. Los dominios de la Horda de Oro sobre Rusia, conocidos como “yugo tártaro” durará algunos años más pero será muy tenue y se limitará a cobrar tributos dejando todo lo demás a sus gobernantes locales. Sin embargo el precio fue costoso y se calcula en al menos la mitad de la población rusa muerta.

Camino a Mongolia fallecería Subotai a los 73 años poniendo fin a la generación que forjó el Imperio que no tardaría mucho en desmoronarse por las luchas fratricidas.