DRACONIS EX INFERNIS (IV parte)
Alfredo Mazzerati encontró la muerte exactamente diez años después de ordenar el asesinato de Johnny. Pereció sobre su cama presa de una debilidad que Jackeline conocía bien.
Jackeline llegó una noche a la mansión donde otrora vivía. Vestida con una falda de cuadros y uniforme escolar, con el cabello peinado en dos coletas y chupando un caramelo.
—¿Eres la que envió la agencia? —le preguntó uno de los custodios de la entrada y ella asintió. La verdadera estaba atada y amordazada, pero segura, en un lugar lejano. —Estás un poco mayor para el jefe.
—Deberías dejar que él decida eso ¿no?
El guarda se encogió de hombros y tras registrarla concienzudamente le permitió ingresar.
Sin duda las cirugías plásticas que le habían hecho funcionaron espléndidamente si con ello quien fue su esposo por años no la reconoció. Además le habían dado un aspecto juvenil que fue suficiente para que la dejara entrar, aunque efectivamente se veía mucho mayor de lo que normalmente prefería Mazzerati.
Aquel encuentro sería el último. Para cuando los hombres de Mazzerati entraron esa noche extrañados por tanto tiempo que había pasado encontraron a su jefe desnudo con la garganta cordada y desangrado sobre la cama. La ventana por donde había escapado la asesina estaba abierta.
El siguiente en la lista fue Jason Scarotti. Estaba en prisión después de fallar en una misión causando que por su descuido la policía incautara toneladas de droga trasegada y que una ruta de tráfico fuera detectada. Mazzerati estaba furioso por lo que no lo ayudó a escapar ni sobornó jurados, jueces o fiscales como habría hecho en otra época. Fue sentenciado a cadena perpetua, pero esta se acortaría inesperadamente.
Jackeline fue a visitarlo a prisión. Cosa que sorprendió al propio Jason que no tenía familia salvo por algunos hijos ilegítimos que concibió con algunas de sus muchas amantes y que nunca reconoció, pero que no tenían interés de verlo.
—¿Te conozco? —preguntó extrañado por el teléfono viéndola a través de la ventana enrejada.
—¿No me reconoces? Bueno, es de suponer. He pasado por muchos cambios. Quizás me recuerdes por el nombre que tenía antes; Jackeline.
—No puede ser… pensé que estarías pudriéndote en un burdel chupando penes y abriendo las piernas todos los días.
—No te contaron de mi escape, por lo que veo. Descuida, que me he encargado de hacer justicia por mí y por Johnny.
—¿Entonces tú fuiste la que mató al gordo de Mazzerati? Debo darte las gracias, odiaba a ese cerdo que me abandonó acá.
—Pronto te reunirás con él —sonrió Jackeline.
—No creo que te sea tan fácil matarme a menos que tengas forma de romper paredes —dijo señalando a la estructura que los separaba.
—No cariño, hay muchas formas de pelar un gato. Acumulé una pequeña fortuna preparándome para esta venganza. Una fortuna que puede fácilmente pagar a una pandilla en prisión para que te violen y maten —señaló con cruel deleite—, en especial alguien que no tiene la protección de la mafia.
Jackeline colgó el teléfono, le lanzó un beso, y se fue recibiendo una mirada de silente furia de Jason.
Unos días después recibió el mensaje a su celular de parte del líder de las Nuevas Panteras Negras, la pandilla carcelaria que había pagado para ejecutar su venganza en prisión, confirmando que Jason Scarotti estaba muerto tras una larga noche de dolor. Y Jackeline sintió una gran satisfacción.
Su última víctima fue Jane “Ojos Locos” Cavanaugh. De origen irlandés, la rubia había optado por ingresar a la mafia italiana y no a la de su etnia por el enamoramiento que siempre tuvo de Jason Scarotti. Aunque no correspondido —Jason solo se amaba a sí mismo— fueron amantes muchas veces y ella era su devota servidora. Si él le hubiera ordenado ayudarle a derrocar a Mazzerati mismo y tomar el poder lo habría hecho sin importarle nada. Pero Jason terminó en prisión y ella se tornó al alcohol como buena irlandesa.
Jane fue la más difícil de emboscar para Jackeline. Aunque era bisexual, no caería tan fácilmente en la seducción de una extraña. Tuvo que plantear otra cosa.
Aunque criminal psicótica, Jane seguía sintiendo algo de devoción por el catolicismo en el que fue criada como irlandesa. Asistía una vez al mes a la iglesia a confesar sus pecados, y ese día no fue la excepción.
—Perdóneme padre, porque he pecado —aseguró de rodillas dentro del confesionario y escuchó un murmullo de asentimiento en el otro lado. —Quizás me recuerde, he venido antes. A lo largo de mi vida he hecho mucho mal; he matado, torturado, lastimado. No sé por qué lo que hago. Quizás, la vida que tuve. Enojada con el mundo. Crecí con un padre alcohólico que golpeaba a mi madre frente a mí desde que tengo memoria, y que me entregaba a sus amigos a cambio de una botella de ron. Hui de la casa a los 13 años para nunca más volver. Tuve que sobrevivir en la calle chupando miembros para conseguir comida, robando billeteras y sobreviviendo en las calles, durmiendo con un ojo abierto para que no me violaran los otros indigentes.
>>Esto hasta que lo conocí a él… a Jason. Había tenido una vida dura como yo, pero aprendió a sobrevivir. Me enseñó como hacerlo yo también, me sacó de las calles y me consiguió empleo dentro del crimen organizado. Gracias a él salí de las calles, le debo todo… y ahora está muerto —aseguró rompiendo a llorar.
—Conmovedora historia —aseguró una voz femenina para sorpresa de Jane. Un puño emergió del interior del confesionario sosteniendo un pañuelo con cloroformo y aferrándole el cuello. Intentó resistirse, pero fue inútil.
Para cuando despertó Jane estaba desnuda y con los brazos encadenados sobre una cama. Sobre ella sentada a horcajadas una mujer que no reconoció.
—¿Quién es usted?
—Cierto, a veces olvido que me hice cirugía plástica. Soy una chica de la que abusaste hace unos diez años.
—Tienes que ser más específica cariño —dijo con una cierta sonrisa sádica.
—Soy Jackeline Mazzerati.
—Oh ¿no estabas muerta?
—No, pero tú pronto desearás estarlo —aseguró procediendo a torturarla con un afilado escarpelo y algo de sal. Luego la quemaría con cigarrillos y le daría toques eléctricos.
—Buen trabajo —le felicitó Jane tras unas horas—, ni yo lo hubiera podido hacer mejor. Pero ¿Cuándo me piensas matar? —preguntó señalando hacia el revólver de Jackeline que descansaba en la mesa de noche contigua a la cama.
—Oh no, no te voy a matar, cariño —aseguró—, voy a devolverte un favor y dejarte con vida —aseguró Jackeline separándose de su víctima y dirigiéndose al tocador donde guardaba un celular. —Hice arreglos con el Yakuza japonés para que te lleven a un burdel en Tailandia. Así quizás experimentes por algunos años lo que experimenté yo… —pero al girarse Jackeline no pudo terminar su frase al observar a Jane liberada y apuntándole con su revólver. —¿P… pero como?
—Jason me enseñó como liberarme de las esposas hace años —aseguró—, pudo soltarme en cualquier momento pero era mejor hacerlo cuando no estuvieras sobre mí sosteniendo un escarpelo.
—¿Qué tal si hablamos esto como personas civilizadas? —preguntó Jackeline levantando las manos y haciendo la pantomima de que iba a soltar el escarpelo, pero cuando estaba por ponerle en el piso lo lanzó contra Jane. El arma le pasó rozando la mejilla obligándola a llevarse la mano a la cara sangrante al tiempo que disparaba con la otra acribillando a Jackeline a balazos.
—Y desperté aquí, en el infierno, al igual que tú —le dijo terminando su narración mientras escapaban del territorio de Bathory por entre los tenebrosos bosques que rodeaban la frontera sin pasto y repletos de árboles secos y retorcidos.
—Pero luces igual a como te conocí en vida.
—La misma razón por la que ya no tienes tatuajes ni cicatriz, las almas aparecen en el infierno inalteradas, como eran al nacer, pero con la edad en que murieron.
—Pero nosotros no somos almas ordinarias ¿o sí?
—No. Hace muchos eones —comenzó a explicarle Jackeline a Johnny— cuando Dios creó el universo una parte de las tinieblas primordiales que existían antes de la luz rugieron en dolor y tomaron la forma de un gran monstruo que fue expulsado hacia el abismo. Esto es lo que la biblia narra como la caída de Lucifer o del “Gran Dragón”. El monstruo al caer se separó en cuatro dragones primordiales; estos eran Tiamat, Apofis, Leviatán y Tifón. Yo fui Tiamat y tu Apofis. Por eso se menciona en muchas mitologías la muerte de un gran dragón para la creación del mundo; desde la biblia que dice que Dios mismo partió al Leviatán en varias partes hasta los mitos que involucran a Osiris matando a Apofis, Zeus a Tifón y Marduk a Tiamat; el orden venciendo al caos.
—¿Cómo sabes todo esto?
—No todos perdemos la memoria como la perdiste tú. Yo recuerdo todas las vidas anteriores que tuvimos, porque siempre renacemos juntos.
—Comprendo. Entonces todos éramos uno, somos un cuarto de la oscuridad primordial.
—Exacto. Después de que los primeros humanos en el infierno liderados por los nueve señores originales nos derrotaran y desterraran a la Tierra a sufrir. Es aquí donde pertenecemos y es aquí donde debemos regir.
—¿Hay forma de detenerlo? —preguntó mirándola de frente y tomándola por la cintura.
—Quizás… pero nadie lo ha intentado antes… Fuimos convertidos en humanos por un hechizo mágico realizado por Lilith, pero quizás haya forma de romperlo.
—Lo intentaremos juntos —aseguró Johnny deteniéndose, y tocándole la mejilla. Jackeline se conmovió tomándole la mano con la suya y se sumieron en un beso apasionado que luego derivó en hacer el amor.
Johnny y Jackeline despertaron horas después, juntos, desnudos y abrazados, al borde de un gran árbol de aspecto tétrico como todo lo que les rodeaba, pero que les había servido de refugio para su amorío.
—Aun en el infierno —le dijo él sonriente—, tu compañía se siente como estar en el paraíso.
Sus palabras se interrumpieron cuando una gigantesca sombra se abrió paso entre los árboles. Era un cíclope que rugió al verlos. Ambos se prepararon para correr pero el cíclope era demasiado grande y los aferró por la cintura con cada mano.
—Bonita —dijo mirando a Jackeline con su cara boba y su boca de la que emergían dos largos colmillos de jabalí. Jackeline intentó soltarse haciendo fuerza con sus brazos sobre las manoplas del monstruo, pero fue inútil. El cíclope emprendió camino hacia su reino.
El dominio de Calígula, como era de esperarse, asemejaba una versión retorcida de la Roma clásica. El cielo siempre rojo y abajo una réplica de la ciudad de Roma habitada por las almas de los pecadores comunes, con lúgubres y siniestras versiones del Coliseo y el Monte Palatino salidas de una pesadilla.
En su palacio en el Monte Palatino, Calígula se dedicaba a lo que hacía todos los días; flagelar a Jezabel quien estaba sometida desnuda con los brazos encadenados al techo. Era una mujer atractiva de piel morena, rasgos semíticos y cabello negro lacio.
—Señor —dijo un sátiro adentrándose respetuosamente al lugar—, lamento interrumpirlo.
—Está bien, ya he terminado —dijo secándose el sudor con la toalla que le alcanzó su esclava Dalila, la filistea perdición de Sansón.
Jezabel lucía agotada con la cabeza baja y la cara cubierta por el cabello, pero alzó su rostro sudoroso y miró a Calígula por sobre el hombro.
—¿Cansado ya? Después de dos milenios ya estás perdiendo tu toque —aseguró desafiante. Calígula sonrió.
En principio parecía que ignoraba a su fiel súbdito conforme se dirigió al área de descanso de sus lujosos aposentos donde lo acompañaba su harén. A lo largo de su trayectoria como señor del infierno Calígula había acumulado una colección de concubinas y esclavas sexuales producto de sus frecuentes incursiones militares, entre ellas la cruel noble rusa Darya Saltykova famosa por torturar y matar cientos de siervas, la asesina serial y terrateniente chilena La Quintrala responsable por las muertes de sus muchos maridos y de las torturas horribles y asesinatos de docenas de sus sirvientes, y la hechicera Medea, asesina de sus propios hijos por despecho.
Todas se le acercaron sumisamente a servirle. Una le dio vino en un ánfora, otra le secó el sudor con una toalla, etc.
—¿Qué sucede, Torgo? —preguntó Calígula.
—Uno de los cíclopes ha traído a dos almas, uno de ellos se asemeja a la descripción del dragón.
—Interesante —aseguró Calígula—, llévenlos al Coliseo.
Al palco imperial del Coliseo llegó Calígula acompañado de su esclava favorita Dalila y fue recibido por su bufón, Efialtes, el jorobado traidor que había entregado a los espartanos de Leónidas a los persas.
—Bienvenido, señor, bienvenido —relamió Efialtes haciendo torpes reverencias.
Calígula se abrió espacio hasta el palco principal donde fue aplaudido por una multitud de centauros y cíclopes que él mismo había confeccionado para su ejército modificando a humanos ordinarios.
Las compuertas del coliseo se abrieron y a la arena fue enviado Johnny con su esbelto torso desnudo. Se le proporcionaron armas y un escudo que estaban sobre el piso.
—Así que tú eres el legendario dragón —aseguró Calígula—, debo decir que no te ves tan intimidante.
—Baja y te demostraré que lo soy.
La sonrisa de Calígula se borró de su rostro.
—Derrota a mis campeones y será libre junto a tu amiga. Falla, y además de morir la entregaré a mis centauros por la eternidad. ¿Has comprendido?
Johnny lo miró desafiante un tiempo, pero luego asintió. Tomó una de las armas —un hacha— y el escudo.
—¿Y quiénes son estos tales campeones?
—Unos caballeros que quizás has escuchado mencionar; Atila y Goliat.
Las compuertas del coliseo comenzaron a abrirse de nuevo. De ellas emergieron un hombre de metro noventa, rasgos orientales, cabello largo y cuerpo fornido, acompañado de otro aun más alto, de al menos dos metros veinte, rasgos semíticos y piel morena cuyo cuerpo musculoso le recordaba a los físico-culturistas de la televisión.
Ambos estaban bien armados; Atila con una espada y Goliat con un pica, ambos con escudos.
Johnny se preparó. Se acercó hacia ellos con mirada decidida y preparó su hacha para el combate. Atila y Goliat se lanzaron contra él al unísono emitiendo gritos de guerra. Johnny retuvo la espada de Atila con el filo de su hacha y la pica de Goliat con su escudo y luego, rechinando los dientes, los alejó a ambos. Audazmente, Johnny combatía a los dos al mismo tiempo. Enfrentaba a Atila y lo alejaba con una patada o un empujón de su escudo, luego enfrentaba a Goliat. Se giraba sobre su eje para enfrentar a uno cuando el otro no podía. Pero esta situación no podría sostenerse mucho tiempo, así que decidió hacer algo distinto.
Fingió que un golpe del escudo de Atila lo había perturbado, mostrándose dolorido y azurumbado, y pudo sentir cuando el malvado Goliat sonreía deseoso de aprovechar la situación. El filisteo apuntó la pica a su cabeza, pero todo era un teatro. Johnny reaccionó a tiempo agachándose para que la pica de Goliat se enterrara en el cráneo de Atila.
Goliat observó esto con sorpresa y luego temor, pero no duró mucho. Johnny se escabulló entre sus piernas, emergió del otro lado y le clavó el hacha en la espalda.
Y así finalizó la contienda. Un jadeante Johnny se levantó por sobre los cadáveres de Goliat y Atila el huno cuya sangre encharcaba la arena.
La multitud de monstruos, sorprendidos, no pudieron evitar estallar con vítores al victorioso.
—¡Bien! —clamó señalando a un molesto Calígula—, he terminado. ¡Cumple tu palabra!
—Eso pretendo, pero aun falta uno —declaró Calígula. —Dije campeones, no dije cuántos. Queda uno más.
—¿Uno? ¿Quién?
Las compuertas se abrieron una vez más y de su interior, para sorpresa de Johnny, emergió Jason Scarotti; el hombre que lo había matado. Pero ahora vestía un traje de gladiador que le dejaba al descubierto su esbelta musculatura y tenía el rojo cabello suelto.
—Tú —declaró Johnny con furia efervescente señalándolo con su hacha. —¡Traidor! Mi asesino y el violador de Jackeline. Debí saber que estarías acá, pero no esperaba encontrarse tan pronto…
—¿Cómo no, hermano? —preguntó.
—¿Hermano? ¿Por qué osas llamarme así?
—¿No lo has descifrado, eh? Siempre, vida tras vida, los dragones estamos juntos… Yo soy Leviatán. En otra vida nos conocieron como Radu y Vlad, hermanos en el sentido literal. También fuimos buenos amigos cuando te llamabas Temudjin y yo Subotai…
—Y supongo que fuimos Mumio y Metalo…
—No exactamente, más bien fuimos Deio y Deyanira. Los géneros no siempre son los mismos.
—¿Y ahora te alías a mi enemigo y vienes a matarme?
—Después de lo que tu ramera me hizo en la última vida ¿Cómo no? Pero créeme que a ella no la mataré, oh no, eso sería demasiado clemente.
—Para eso deberás antes vencerme a mí, traidor… —clamó haciendo girar su hacha.
Los dos dragones se enfrentaron en un feroz duelo de esgrima, para deleite de Calígula.
Jackeline por su parte se encontraba con los brazos encadenados a una de las paredes del Coliseo, rodeada por tres lascivos centauros.
—Mmm quizás deberíamos darle una probadita —se relamió uno de los centauros.
—El Emperador ordenó que esperáramos hasta que el dragón muriera —dijo otro. Pero el primero lo ignoró acercándose hasta Jackeline y tomándole del mentón.
—Me pregunto si se enterará… —sonrió malévolamente.
—No haría eso, si fuera tú —amenazó Jackeline. El centauro la ignoró aferrándole un pecho. Para su sorpresa, Jackeline se transformó cambiando sus ojos por amarillos y sus dientes por afilados colmillos de víbora. Los tres centauros murieron calcinados.
Jason era un rival magnífico para Johnny. En buena medida era su igual. Pero un golpe de suerte movió las cosas a favor de él cuando el grito de Jackeline reverberó hasta afuera distrayendo a Johnny. Jason aprovechó estampándole un codazo en la quijada y haciéndolo caer. Luego le apuntó con su espada.
—Nos veremos en la próxima vida —sonrió presto a matarlo.
Pero del interior del Coliseo emergió entonces un monstruo serpentino que atravesó la piedra sin problemas. El dragón escupió fuego carbonizando a los cíclopes y centauros de las graderías y hubiera matado a Calígula de no haber sido porque se ocultó a tiempo, aunque las llamaradas sí llegaron a carbonizar al jorobado Efialtes que colapsó desde el balcón gritando desesperado.
El dragón pasó justo en medio de Jason y Johnny interrumpiendo el embate mortal, y Johnny —sabiendo que era Jackeline— se aferró de su cuello y se subió como jinete, dejando atrás a un Jason furioso y maldiciente.
Jackeline retornó gradualmente a su forma humana completamente desnuda. A su lado estaba Johnny velándola como quien acompaña a un enfermo que despierta.
—¿Te encuentras bien? —preguntó. Jackeline se incorporó.
—Sí… ¿y tú?
—Bueno, no siempre me entero que en otras vidas fui Gengis Kan y Drácula.
—Esas son solo dos de las cientos de vidas que hemos tenido los tres. Yo fui Borte y Anastasia, tu esposa en esas vidas, pero la combinación ha variado con el tiempo, en Grecia fui Lucio Mumio. El mismo ciclo una y otra vez de amor y muerte. Debemos ponerle fin…
—Muy bien, pero todos dicen que hubo cuatro dragones. ¿Quién es el cuarto?
—Nadie lo sabe. Nunca lo hemos visto en ninguna de nuestras vidas.
—Dijiste que había una manera de poner fin a la maldición.
—Sí. Según una antigua profecía se dice que si los cuatro mezclamos nuestra sangre y la bebemos del cráneo de Lucifer (el instigador de la rebelión original) volveremos a ser uno solo. No reencarnaremos nunca más.
—Pero para eso tendríamos que descubrir dónde está el cuarto dragón…
—Hay alguien que puede que lo sepa, pero para ello tendremos que ir al reino del Marqués de Sade…
El reino de Sade asemejaba una copia tenebrosa y lúgubre del Palacio de Versalles. En su interior realizaba una mascarada perpetua acompañada por música tocada por una orquesta y frecuentes obras de teatro de su propia creación para entretener al público, cada una más perversa y grotesca que la anterior, para infortunio de los actores que debían interpretar hasta la última bajeza que saliera de su retorcida mente.
La más reciente de sus obras que consistía en una espantosa cacofonía de violencia y perversiones sexuales terminó, para consuelo temporal de los actores, y el telón bajó.
—¡Bravo! ¡Bravo! —aplaudió Sade entusiasta, utilizaba una máscara roja que asemejaba al diablo—, ¡excelente representación! Aunque los latigazos fueron menos convincentes, esperemos que resuelvan eso mañana o tendré que retomar el papel yo mismo.
La audiencia se dispersó a continuar la mascarada mientras esclavos les servían bebida y comida. Nerón (usando una máscara similar a la cara triste del teatro) tocaba la lira para la audiencia mientras Robespierre conversaba con Tiberio, ambos con sus respectivas mascaradas aunque más alusivas a sus culturas; Tiberio una de Zeus y Robespierre una de Luis XV.
—¿No te pareció excesivo matar a los hijos de Sejano tras su traición? —le preguntó Robespierre.
—Era lo justo, Sejano había envenenado a mi hijo Druso.
—Sí, pero ordenar que violaran a la pobre hija menor, Junila…
—Inevitable, la ley romana no permitía matar vírgenes —declaró Tiberio encogiéndose de hombros—, y siempre fui muy respetuoso de la ley.
—Entiendo tu lógica. Siempre hay sacrificios que se deben tomar.
—Eso dijeron unas diez mil cabezas que ordenaste cortar —le comentó Sade llegando hasta donde ellos.
—¡Gajes del oficio, querido Marqués!
—Hablando de cortar cabezas —preguntó el Marques y luego se dirigió a una aristócrata romana cuya máscara era sostenida de su mano por una vara— Herodías, querida, ¿tu encantadora hija Salomé nos deleitará hoy con otro baile?
Todos rieron. El baile de Salomé dos mil años antes había seducido a su padrastro Herodes Antipas para que decapitara a Juan el Bautista.
—No la he visto hoy, Marqués. ¿Sabes dónde podrá estar?
—No hay de qué preocuparse, mi señora —tranquilizó el Marqués—, ya sabe que ella y Lucrecia Borgia son muy amigas, sin duda estarán juntas.
Las puertas del salón se abrieron de golpe, para sorpresa de los presentes. Al interior ingresaron Johnny y Jackeline (quien había conseguido ropas asaltando a una de las sirvientas del Marqués). Johnny aun utilizaba la ropa de gladiador que dejaba al descubierto su musculoso torso. Nerón interrumpió la música.
—¡Vaya! ¿Pero que tenemos aquí? Invitados inesperados —expresó Sade removiéndose su máscara.
—No más juegos, Sade —clamó Johnny—, sabemos que Annie Palmer se refugió aquí. Queremos hablar con ella.
—¿Y que gano yo?
—¿Qué quieres?
—Esa pregunta nunca se le hace al Marqués de Sade —expresó Robespierre.
—A cambio de Palmer, tu amiga hará lo que yo quiera por una noche —respondió con mirada malévola. Johnny suspiró, observó a Jackeline y ella asintió.
—Muy bien.
—¡Espléndido! ¡Tráiganla! —ordenó a sus sirvientes, hombres enmascarados con ropa de mosquetero francés.
—¿Para que la necesitabas? —preguntó Johnny acercándosele. —Debes ser bien versado en magia negra.
—En absoluto, siempre fui ateo cuando estuve vivo.
—¿Entonces, a quien mató?
—A nadie —respondió extrañado por la pregunta.
—Escuché que acá solo vienen asesinos y magos negros.
—Y es verdad. Me fue dada la opción de ir al cielo. Pude ver cómo era… aburridísimo. Imagine muchos filósofos, escritores, artistas, músicos, intelectuales, santos, todos hablando unos con otros, filosofando por la eternidad. Sin conflicto, sin guerra. El infierno se veía mucho más divertido. Y tuve razón.
Los guardias de Sade trajeron a Palmer, quien fue seguida por Lucrecia Borgia y Salomé con quienes se encontraba hasta entonces. Como los demás, utilizaba una máscara que le fue removida despeinándola parcialmente y denunciando su identidad.
—Déjanos hablar con ella primero —pidió Johnny—, después cumpliremos nuestra parte.
El Marqués asintió señalándoles una recámara para que pudieran conferenciar solos.
Al entrar a la cámara se encontraron con que era una sala de torturas para las perversiones sádicas del Marqués
De una celda emergió un desesperado Lavrenty Beria, el funesto director de la KGB durante el régimen de terror de Stalin y conocido depravado sexual. Parecía querer decir algo pero no podía hablar.
—Ignoren a Beria —les pidió el Marqués mientras cerraba una cortina que lo ocultaba en su celda. —Intentó removerme del poder hace algunas décadas, y aun no he terminado con él. No les interrumpirá, no tiene lengua —agregó con malicia. Luego los dejó solos con Palmer.
—¿Qué quieren de mí? —les preguntó Palmer.
—Nadie ha estudiado mejor la cosmología y la magia negra que opera en este plano que tú y Rasputín. Pero como él no está a mano… —explicó Jackeline.
—Queremos saber quién es el cuarto dragón —le preguntó Johnny.
—No lo sé —fue la respuesta de la jamaiquina. Johnny la aferró del brazo y la colocó en un cepo.
—Responde, hay mucho que podemos hacerte aquí.
—¿Y cuál creen que fue el precio del Marqués por darme refugio?
—Yo fui Vlad Tepes y Gengis Kan —le dijo Johnny con cierto orgullo en el tono— ¿en verdad crees que lo que puedo hacerte se compara con un escritor de cuentos eróticos?
Palmer se mordió el labio.
—Está bien, pero… en verdad no sé quién es el cuarto dragón, pero sé cómo pueden averiguarlo. Hay en el castillo de Hitler un espejo mágico que se los mostrará. Es todo lo que sé…
—Si estás mintiendo… —amenazó Johnny…
—¡No miento! Es la verdad…
—Muy bien —respondió liberándola del cepo.
—Ahora a pagar nuestro precio con el Marqués —expresó Johnny desalentado. Pero el pago sería interrumpido cuando se escucharon los llamados de guerra.
Johnny y Jackeline emergieron de la cámara y vieron como la mascarada se interrumpía con todo el mundo desalojando el salón apresuradamente, solo el Marqués de Sade quedaba allí mientras conferenciaba lo que parecían ser cosas importantes con Rodrigo Borgia y Cristóbal Colón. Estos asintieron y se retiraron.
—¿Sucede algo? —preguntó Johnny.
—Babur nos ataca —explicó el Marqués—, pero está muy equivocado si cree que puede derrotarme tan fácilmente.
Desde su reino que asemejaba un cuento de las Mil y Una Noches, habitando un enorme palacio semejante al Taj Mahal, los ejércitos del primer emperador mogol de la India, el sultán Babur, se aproximaban hasta la frontera del dominio de Sade comandado por el terrorífico Tamerlán.
Tamerlán había sembrado el terror por toda Asia Central y parte de Europa muy similar a Atila y Gengis, pero no estaba muy lejos de su señor Babur quien realizó sendas masacres de hindúes y sikhs en India hasta teñir de rojo el río Ganges.
Las fuerzas de Babur estaban conformadas por nagas; seres mitad hombre y mitad serpiente que blandían cimitarras. Tamerlán montaba sobre un lagarto gigantesco.
El ejército de Sade, por otro lado, era comandado por una mujer de cabellos rojos despeinados, aspecto celta y múltiples tatuajes azules a lo largo de su cuerpo y cara; la reina Boudica. Montaba un jabalí gigantesco de afilados colmillos y los soldados de su ejército eran belicosos faunos bien armados con espadas. La valiente Boudica había liderado una rebelión brutal contra los romanos que arrasó ciudades enteras donde miles de civiles fueron masacrados o convertidos en esclavos pero perecería finalmente a manos de Roma suicidándose para no caer prisionera de sus enemigos.
Las dos armadas de monstruos se despedazaron mutuamente en el justo punto medio de la frontera en medio de un ensordecedor sonido de entrechocar de espadas y alaridos.
En el medio del campo Boudica y Tamerlán se vieron frente a frente y entrecruzaron hacha con cimitarra aun sobre sus monturas.
—Ríndete, Tamerlán, el afeminado que sirves nunca podrá vencer al Marqués.
—Al menos no sirvo a un loco depravado, bruja celta.
Johnny, Jackeline y el Marqués observaban la batalla desde lo lejos, cuando sorpresivamente un alfombra voladora montada por tres nagas sobrevoló como una saeta por el cielo secuestrando a Johnny ante la mirada desesperada de Jackeline.
—¡¡Johnny!! ¡¡NOOOOO!! —alcanzó a decir extendiendo su mano a lo lejos para alcanzarlo inútilmente.