DRACONIS EX INFERNIS (I parte)

Johnny Draco había servido a la mafia italiana desde que tenía edad suficiente para atarse los zapatos solo. Habiendo crecido en un barrio pobre de Nueva York, desde niño asistía a la mafia en pequeñas labores a cambio de algunas monedas, como espiar para ellos o silbar si venían los polizontes. Su padre y su abuelo habían también servido a la mafia aunque en roles pequeños.

Cuando tuvo la edad suficiente para ingresar formalmente lo hizo, sirviendo como guardaespaldas y rufián de poca monta. Sin mayores funciones que dar golpizas a deudores o abofetear prostitutas rebeldes. Aún así, su dedicación a la familia Mazzerati a la que servía y su excelente labor lo llevaron a subir meteóricamente la escalinata de la jerarquía, llegando a ser consigliere (capitán) a una edad inusualmente corta; 30 años.

Sin duda, de no haber cometido la imprudencia tabú de meterse con la esposa de su jefe, Johnny pudo haber llegado incluso a ser el propio Don de la mafia de haber llegado a viejo. Pero lo que inició como una labor de custodia y protección de la atractiva mujer derivó en un inevitable romance prohibido.

Johnny le hacía el amor a Jackeline esa noche, una de muchas noches desde hace años en que había disfrutado de aquel cuerpo perfecto de la joven siciliana. Su belleza mediterránea era un deleite para todos los sentidos, desde su larga cabellera castaña y ondulada, sus ojos azules y su piel cobriza.

Pero Johnny no era nada feo tampoco. Su corpulencia producto de años de riguroso entrenamiento le había dejado un torso musculoso y bien marcado, el tatuaje de un dragón que le recorría la mayor parte de la espalda y una cicatriz en el pecho producto de una riña en la adolescencia. Su rostro era —como acostumbraba decirle Jackeline— como el de un dios griego; perfecto, refinado, simétrico, con un mentón partido y una abundante cabellera.

Culminaron el mutuo orgasmo y ambos descansaron. Se habían devorado por horas toda la noche. Johnny encendió un cigarrillo…

Pero la calma duró poco. La puerta del barato cuarto de hotel en que se hospedaban fue abierta de par en par por una patada. Cinco colegas mafiosos incluyendo su superior inmediato el subjefe Jason Scarotti entraron al lugar. Eran cinco en total.

Johnny intentó asir su arma que descansaba en uno de los pomos de la cama pero no llegó a ella a tiempo. Un par de disparos al respaldar de la cama le disuadieron de tomar el arma.

Jason Scarotti —un hombre musculoso, pelirrojo, de edad similar a Johnny y cuyo cabello largo sostenía en una coleta— lo miró con decepción. Señaló a sus hombres quienes se aproximaron a la cama. Johnny intentó defenderse pero entre dos lo sometieron aun densudo sosteniéndolo uno de cada brazo y otro comenzó a darle una paliza. El matón remanente sostuvo a la también desnuda Jackeline al colchón.

—Traidor, ¿Cómo pudiste? —le preguntó con encono Jason. Johnny tenía ya el rostro ensangrentado y un ojo cerrado por los golpes. Escupió algunos dientes.

—¡Déjala ir! —rogó— ella no ha hecho nada malo.

—No puedo, órdenes del jefe estimado —aseguró Jason chasqueando los dedos— llévenlo al baño mientras le doy una lección a esta ramera.

—¡NO! —gritó Johnny pero fue inútil. Lo llevaron al baño del hotel donde le introducían la cabeza al excusado para ahogarlo por intervalos mientras escuchaba los gritos de Jackeline.

Cuando Jason finalizó su crimen, otro rufián continuó y Jason ingresó al cuarto de baño donde torturaban a Johnny.

—Descuida, tenemos órdenes de darle una larga noche aun —declaró y los otros hombres se rieron—, pero en algún momento se reunirá contigo en el infierno —aseguró extrayendo una pistola de su saco y apuntándole a la cabeza.

—Nos veremos allí, mal nacido, y allí me vengaré —juró Johnny. Jason disparó.

Lo último que Johnny sintió en vida fue una incontrolable rabia que le consumía como el fuego. Lo siguiente que supo es que esa misma furia incontenible parecía estar brotando de su boca en forma de fuego. Se vio a sí mismo sobrevolando por lo que parecía ser un vasto desierto incandescente. Su sombra dibujada en el piso y que atravesaba las dunas a gran velocidad era serpentina y con alas de murciélago, pero además, gigantesca. El cielo, sin embargo, no era azul sino rojizo.

Loco de ira y rencor llegó hasta lo que parecía ser una antigua civilización. Una ciudad enclavada en el desierto pero cerca de un océano de color rojo y un enorme y caudaloso río. Allí desató su furia sobre las humildes casas de adobe y techo de paja. La población aterrada emergía de las viviendas carbonizada o escapaban del fatídico fuego consumidor exclamando aterrados.

—¡Apofis! ¡Apofis! —gritaban algunos y clamaban hacia la única diosa permitida de adorar en su mundo cuyas estatuas e imágenes resaltaban en el paisaje, y a quienes rogaban llamándole “Madre”.

Johnny, en su forma de dragón, descendió hasta el piso de lo que parecía ser el centro de la ciudad, justo al lado de una esfinge con rostro femenino. Aun enloquecido por la ira, continuó vomitando llamaradas incandescentes, hasta que una figura sobrevoló hasta su locación.

Montando sobre una esfinge real, una mujer de piel blanca y cabellos negros lacios lo rodeó esquivando como pudo la arremetida de fuego. Su quimérica montura descendió sobre el piso arenoso y ella inmediatamente saltó dirigiendo una potente invocación en contra del monstruoso reptil.

Johnny comenzó a sentirse aturdido, obnubilado, al punto que su ira se apaciguó y su mente empezó a perder el control. Sintió como su cuerpo se transmutaba lentamente devolviéndose lentamente al tamaño que tenía siendo humano y perdió completamente el sentido.

—¡Doooonny! ¡Doooooonny! —decía la voz de Jackeline. Johnny pudo verla como una imagen fantasmal clamando hacia él y extendiendo su mano.

—¡Jackeline! —gritó Johnny intentando aferrarla pero ella se desvaneció.

Cuando Johnny despertó se encontró en lo que parecía ser un palacio de tipo egipcio. Estelas con jeroglíficos decoraban las paredes de unas palaciegas estancias localizadas al lado del río sanguinolento que había visto antes y del cual, algunas veces, emergían tentáculos negros de algún monstruo marino.

Johnny intentó tocarse la aturdida cabeza, pero no pudo. Sus brazos estaban atados a dos grandes pilones, y se encontraba desnudo. Idéntico a como murió excepto por la ausencia total de tatuajes y cicatriz.

—Así que éste es uno de los dragones —dijo una voz femenina. Hablaba en una lengua gutural y siseante que nunca había escuchado antes pero que de alguna forma comprendía.

—Así es, Ama —respondió otra voz femenina en el mismo lenguaje. La mirada de Johnny se despejó lo suficiente y pudo ver que quien hablaba frente suyo era una mujer de ropajes egipcios y peluca negra, ataviada con bellas alhajas, ropa de seda blanca y una corona de oro.

—¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? —preguntó Johnny hablando la lengua de las mujeres, para su sorpresa.

—¿Quién es? —respondió la mujer europea a su lado—, nada menos que la más sublime y portentosa de los Nueve Señores del Infierno y señora de este su vasto reino; Cleopatra. En cuanto a donde estás… pues, bienvenido al Infierno.

A Johnny le tomó algo de tiempo asimilar aquella información. Aun incrédulo, pensando que quizás se había vuelto loco por las torturas de Jason y sus compinches.

—Deben estar bromeando…

La mujer lo abofeteó.

—No dañes a este tan apetecible ejemplar, querida Annie —regañó Cleopatra.

—No mi señora —aseguró. Cleopatra le hizo señas a otra mujer que estaba detrás de Johnny, esta también tenía aspecto europeo y vestía ropa del siglo XIX. Cargaba un hacha en sus manos y con ellas destrozó las cadenas de Johnny quien colapsó sobre el suelo.

—Toma —le dijo Cleopatra lanzándole algo de ropa que Johnny se colocó, aunque las prendas egipcias le mantenían al descubierto el torso.

—Tienen que explicarme que está pasando acá —rogó Johnny poniéndose de pie. Cleopatra lo miró de reojo. —Por favor —solicitó esta vez reverenciando.

Cleopatra se sentó en un enorme trono y Johnny reconoció que era su rostro el que estaba en la esfinge. No muy lejos pudo observar a esclavos trabajando incesantemente en la construcción de monumentos y estatuas en honor a Cleopatra fustigados por hombres chacal gigantes similares al dios Anubis.

—¿Qué quieres saber?

—Para empezar, como le entiendo. ¿No debería usted, de ser realmente Cleopatra, estar hablando griego antiguo?

—Veo que es un hombre culto, que sabe que mi padre era griego, aunque mi madre era egipcia.

—Por supuesto, lo sé. Podré haber sido un rufián y un mafioso toda mi vida, pero nunca fui estúpido. De hecho la historia era mi pasatiempo.

—Quizás más que un pasatiempo una necesidad instintiva —recalcó Cleopatra. —La lengua que hablamos es la lengua del infierno y todos la sabemos automáticamente al llegar acá.

—Si esto es el infierno ¿Dónde están los diablos rojos con tridentes mortificando pecadores en calderos y entre llamas?

—Sí, sé que esa es la versión que les enseñan en su cultura. Mis dos asistentes acá presentes Lizzy Borden y Annie Palmer me lo dijeron. ¿Ha escuchado hablar de ellas?

—Sí, Lizzy Borden mató a sus padres con un hacha cuando dormían, pero no recuerdo a Annie Palmer.

—Fue la reina del Vudú de Jamaica —aseguró Cleopatra con cierto orgullo y Annie sonrió malévolamente. —En mi cultura la idea que teníamos del infierno —continuó Cleopatra— era muy distinta. Nos comía un cocodrilo gigante si habíamos sido malos. Todas son representaciones erróneas de la realidad metafísica que es este plano.

>>El infierno está dividido en nueve círculos o reinos, cada uno gobernado por un señor. Entre más malvado fue alguien en vida más poder acumula acá, así que quien gobierna cada reino varía con el tiempo. Actualmente los nueve señores somos además de mí, Calígula, el Marqués de Sade, Iván el Terrible, Adolf Hitler, Elizabeth Bathory, el Emperador Qin, el Sultán Babur y el último de los originales, Nimrod. Pero puede cambiar en cualquier momento. De hecho hace unos 2000 años Calígula derrotó a Jezabel, muy para desgracia de ella.

>>Pero eso no es lo importante —interrumpió Cleopatra—, lo importante es que ahora tengo una nueva arma que me convertirá en la única regente del infierno.

—¿Arma? ¿Cuál?

—Tú.

Annie Palmer había nacido en Inglaterra en 1802. Emigró junto a sus padres a Haití donde éstos morirían de fiebre amarilla cuando ella tenía 10. Criada por su sirvienta haitiana experta en el vudú, fue iniciada en los artes de la magia negra.

Palmer, aunque originalmente de apellido Patterson, emigra a los 17 años a Jamaica donde —según dicen algunos— por medio de la magia logró encantar a su futuro esposo obteniendo de él su apellido. El hombre moriría envenenado poco después. Heredaría así la vasta propiedad conocida como Rose Hall donde sería conocida como la bruja blanca por sus muchos esclavos.

Se casaría dos veces más; al segundo marido lo mataría a puñaladas cuando le encontró tocando a una esclava negra (lo que hizo a la joven es mejor no decir). A su tercer marido lo mataría estrangulándolo una noche a raíz de una extraña rabieta.

Pero sus maridos rara vez lograban satisfacerla tanto como los muchos esclavos negros que llevaba a su cama. Annie hizo de estos sementales su principal compañía nocturna. Si bien era una mujer hermosa, los esclavos no tenían opción y los torturaba si fracasaban en complacerla, o los mataba si se cansaba de ellos. Se dice que acondicionó el sótano de su hermosa mansión para preparar allí las feroces torturas que les infringía a sus esclavos. Pero los supersticiosos esclavos le temían más a sus poderes mágicos que a sus tormentos.

Finalmente, los esclavos se cansaron de la crueldad de Annie y se vengaron otorgándole una lenta y dolorosa muerte y poniendo fin así al reinado del terror de la Bruja Blanca. El lugar quedó maldito, con fama de estar embrujado, y pronto quedó en la decadencia. Pero, aunque el rumor de que el espíritu vengativo de Annie aun espantaba el sitio, la verdad es que Annie misma había reaparecido en el infierno y desde entonces servía a la poderosa Cleopatra. Sin embargo, Palmer albergaba una ambición en su corazón…

Observó por entre los pasillos del palacio, desplazándose sigilosamente, hasta asomarse con precaución por entre las cortinas de la habitación de su reina. Allí, Cleopatra montaba con fervor a Johnny Draco sumida en lujurioso idilio.

Finalmente Cleopatra alcanzó el éxtasis pocos segundos después de Johnny, tras lo cual colapsó a su lado en la cómoda cama de almohadones.

—Tan magnífico como lo esperaba —aseguró sonriente.

—Muy bien —aseguró Johnny—, ya hice lo que quería, ahora dígame a qué se refería con que yo era un arma.

—Vamos, no estuvo tan mal ¿o si? —preguntó acariciándole el pecho.

—Por supuesto que no, es usted muy hermosa, pero quiero saberlo.

Cleopatra se encogió de hombros y se sirvió algo del vino a su lado.

—Como puedes ver, aunque hay fauna en el infierno nunca hemos visto nada similar a un Satán, Lucifer o cualquier otro ente por el estilo, ni a demonio alguno. Todos los monstruos que ves fueron humanos alguna vez y fueron alterados acá por nosotros.

—Entiendo.

—Pero sí hubo algo parecido una vez. Hace eones los nueve círculos eran dominados por cuatro dragones poderosos. Los primeros señores infernales se rebelaron contra ellos y los destronaron tomando su lugar. Ellos fueron Caín, Lilith, Cam, Enoc, Lamec, Tubalcaín, Javal, Tubal, Semiramis y Nimrod. Los cuatro dragones tomaron forma humana y fueron expulsados a la Tierra donde constantemente renacen. Tú eres uno.

Johnny la miró escéptico, intentando asimilar la información.

—Si soy uno ¿Qué hago aquí?

—Cada cierto tiempo los dragones del infierno regresan, hasta ahora nadie ha logrado domar uno, pero yo seré la primera. Claro que mientras tanto, te disfrutaré.

—Quemé a varios de tus súbditos ¿eso no te importa?

—No significan nada para mí. Son almas menores, de criminales comunes.

—¿Qué le pasa a alguien cuando muere acá?

—Nadie lo sabe. Quizás se va a otro infierno peor y esto es solo el purgatorio. Quizás renace. Quizás desaparece de la existencia del todo. Pero suficiente plática; a partir de mañana iniciaremos los experimentos alquímicos para determinar cómo explotar tu potencial y controlarlo querido mío.

—¿Experimentos alquímicos? ¿Era así como llamabas a cuando probabas tus venenos con tus esclavos?

—Oh, vaya, alguien está juzgándome. ¿Me juzgarás también porque maté a mi hermana? ¿O me case con mi hermano? Ya estoy en el infierno ¿sabes?

La conversación fue detenida por el sonido de un cuerno que alertó a Cleopatra.

—¿Qué sucede? —preguntó Johnny.

—Alguien viene… probablemente se enteraron de tu ataque y vienen por ti… la pregunta es quien…

Cleopatra emergió de sus aposentos rumbo al balcón de su palacio, seguida por Johnny. A lo lejos podían verse los ejércitos de lanudos yetis blancos aproximándose. Bestias furiosas con afilados colmillos que rugían monstruosamente, pero que tenían también un pesado, si bien rudimentario, armamento.

—Qin… —murmuró Cleopatra—, el primer emperador de China. Su comandante Aníbal debe estar a la cabeza de la horda.

Cleopatra se giró en torno al palacio. En el interior se guardaba un sarcófago que abrió y de él emergió tétricamente el resplandor de dos ojos rojos que se abrieron al interno.

—Despierta, oh Ramsés, que tu pueblo te necesita —mintió Cleopatra. Ramsés había sido el previo Señor local hasta que ella lo sedujo y envenenó. Pero no lo mató, sino que lo convirtió en un muerto viviente.

La momia de Ramsés emergió de entre el sarcófago y le heló la sangre a Johnny. Ramsés parecía un cadáver reanimado con el pellejo apergaminado y algunas vendas. Sin embargo, seguía siendo un diestro estratega militar.

Ramsés comandó en persona el ejército de hombres-chacales de Cleopatra y las dos fuerzas se enfrentaron en la ribera del falso Nilo de sangre destazándose mutuamente. Lizzy Borden —ataviada con un traje de guerrera— contribuyó a la lucha enfrentando a los yetis con un hacha descomunal y muy afilada.

El ejército de Qin era comandado por el cruel Aníbal montado sobre un diabólico remedo de mamut de ojos rojos incandescentes y colmillos afilados terminados en púas. Qin le había prometido el cuerpo de Cleopatra para su disfrute si triunfaba.

—Ahora sería un buen momento para que te convirtieras —le aseguró Cleopatra.

—No sé cómo hacerlo…

—Entonces deberemos iniciar la experimentación antes de lo esperado —aseguró llamando a Annie quien traía consigo diversos brebajes.

—No —declaró Johnny—, no me prestaré a tus sádicos experimentos…

Cleopatra lo encaró furiosa e hizo un llamado a dos de sus monstruosos guardias chacales. Las bestias se aproximaron hasta tomar a Johnny por los brazos quien se resistía.

—¡Apresúrate! —ordenó Cleopatra. Annie se acercó a Johnny con un brebaje burbujeante en la mano y parecía dispuesta a hacérselo beber… pero entonces lo derramó sorpresivamente en los chacales haciendo que se deshicieran en medio de aullidos sonoros. —¿¡QUE!? —clamó Cleopatra, pero fue tarde. Annie aferró a Johnny y quebró una botella en el suelo desapareciendo en medio de brumas.

Cuando Annie y Johnny reaparecieron lo hicieron en un oscuro y siniestro laboratorio, repleto de botellas burbujeantes y tubos de ensayo.

—Bienvenida —dijo una voz siniestra conforme Johnny y Annie salían del letargo en que el hechizo les puso al reaparecer dentro de un círculo rojo en el lugar. —Veo que cumpliste tu parte —aseguró una siniestra figura. Vestía como monje y tenía una larga barba negra al igual que su cabello.

—Así es, Rasputín —contestó Palmer. —Ese era el trato…

Rasputín llevó a ambos ante su amo el Zar Iván el Terrible, quien gobernaba uno de los círculos del infierno desde un castillo de arquitectura rusa en medio de una ciudad de casas de madera. Era un anciano siniestro de barba blanca y dedos huesudos como los de un buitre. Vestía un caftán bordado y sostenía un báculo como el que usó para matar a su hijo de un golpe en la cabeza.

—¡Ah, bienvenido! —expresó relamiéndose al ver a Johnny. —Veo que has realizado tu cometido, bien hecho Rasputín. Por eso eres mi mejor consejero.

Rasputín reverenció. Había estado intercambiando mensajes con Annie gracias a una criatura similar a un cuervo, aunque más diabólica, que se sitúo en su hombro.

—Debo suponer que nuestro invitado ya sabe su naturaleza tan especial —expresó Iván, a lo que Palmer respondió.

—Sí, pero no tiene memoria de sus vidas pasadas.

—Eso puede arreglarse. ¿Cuál es, mi estimado Rasputín, el mejor método para liberar su memoria?

—La hipnosis por supuesto —aseguró Rasputín.

—Bien, llévalo a tu laboratorio.

—¿Qué hay de mi pago? —preguntó Annie Palmer altivamente.

—Ah sí —aseguró Iván—, la bruja traidora que más de una vez usó sus poderes en nuestra contra… creo que mi confiable comandante de armas tiene el pago adecuado —aseguró haciendo sonar su báculo sobre el piso. Al poco tiempo ingresó al lugar una extraña criatura que parecía ser un gigante metálico de unos dos metros. Aun así eran perceptibles sus rasgos que incluían un bigote y una cabellera abundante.

—¡Camarada Stalin! —anunció Iván—, el hombre de hierro.

Johnny lo miró con repugnancia.

—Me temo que el camarada Stalin no fue tan buen revolucionario en la muerte como lo fue en la vida —aseguró Rasputín leyendo sus pensamientos— y este es su castigo por haber intentado destronar al gran Iván.

>>Llévate a la chica al calabozo y demuéstrale porque nuestros campesinos temen nuestras torturas más que la muerte…

Stalin la miró como un golem ferroso, y pareció disfrutar con la orden. Se le acercó.

—¡Nunca! —renegó Palmer e hizo una invocación que la transformó en una especie de ave. Sobrevoló el salón y escapó por la ventana.

—¡Bah! Demasiado tarde —aseguró Iván—, pero hagan que la busquen, no puede ir muy lejos así. Por ahora, devuélvele la memoria al dragón, Rasputín.

—Sí, amo.

Johnny fue llevado por los guardias de Iván hasta una camilla y atado a ella por duras cadenas en el laboratorio de Rasputín.

—Hasta la fecha —le aseguró Rasputín— hemos llegado a precisar que solo dos tipos de personas llegan al infierno: aquellos que usan la magia negra y aquellos que matan.

—¿A dónde van los demás?

—Tú suposición es tan buena como la mía.

—¿Eso quiere decir que el sacerdote que me hacía cosas cuando era monaguillo no estará acá?

—Suena injusto, lo sé. Pero es probable que otros sitios de castigo existan para ellos en otros lugares. Ahora, ¿es cierto que no recuerdas ninguna de tus vidas pasadas?

—Sí. Sólo recuerdo la vida que tuve en el Nueva York del siglo XX antes de venir acá.

—Bien, relájate… esto no dolerá —aseguró Rasputín e inició el proceso de hipnosis…

Era el año 146 a.C. y una encarnizada batalla entre griegos y romanos se libraba en las tierras de Escarfia. Allí, bajo el ardiente sol mediterráneo, los gemidos de los heridos por las afiladas espadas, el retumbar del hierro en los escudos, y el sonido de los cuerpos colapsando sobre la verde hierba y empantanándola de sangre, llenaron el ambiente.

La República Romana se encontraba desde hacía meses en guerra con la Liga Aquea. Las fuerzas al mando del general romano Metalo Macedónico, campeón de la victoria romana sobre el Reino de Macedonia, habían asestado un duro golpe al estratego aqueo Critolao de Megalópolis, atacándolos por sorpresa como un relámpago en medio de la noche.

Critolao estaba en la región sofocando la revuelta de Heraclea cuando supo de la avanzada romana. Poco preparado para el evento, Critolao escapó con sus tropas pero fue interceptado en Escarfia donde Metalo llevaba por mucho la delantera.

Al principio los griegos prestaron batalla honorablemente, pero pronto la superioridad romana quebró la moral. El caos cundió entre los griegos y sucumbieron al pánico. Acá y allá algunos huyeron, otros se rindieron, no pocos se suicidaron antes que caer prisioneros de los romanos, otros tantos fueron ultimados sin piedad. Su líder, Critolao, estuvo entre los que escaparon y nunca se le volvió a ver.

Metalo observó complacido la batalla. El resultado había sido el esperado, solo lamentaba el escape de Critolao. Sólo esperaba que se hubiera suicidado por honor o muerto en las arenas movedizas del pantano vecino donde muchos soldados se refugiaron o perecieron de tal forma.

La noticia de la ferocidad del ejército romano cundió velozmente entre las polis griegas y al paso triunfal de Metalo una tras otra se rendía. Metalo mostraba absoluta clemencia cuando esto sucedía y pronto se granjeó una buena reputación entre los griegos al punto que las ciudades rendidas lo recibían como un héroe lanzando flores frente a su caballo y celebrándolo por las calles.

Pero la Liga Aquea con capital en Corinto se había endurecido ante la derrota y rechazó las propuestas de paz nombrando como su nuevo estratego al predecesor de Critolao, Dieo.

Dieo era un hombre cruel e inflexible. Odiaba a los romanos con fervor y prefería ver destruido el mundo griego antes que someterlo al poder romano. Su primera labor fue ordenar a todos los simpatizantes de Roma o de lograr la paz arrestados y ejecutados. Docenas de intelectuales, políticos y filósofos fueron retenidos en medio del terror y los inútiles ruegos de sus familiares.

—¿No estarás siendo demasiado duro, cariño? —preguntó su esposa Deyanira. Una hermosa mujer de origen nobiliario. —Puedes provocar una rebelión.

—Es el trato que ameritan los traidores —aseguró mientras bebía vino observando desde la ventana de su mansión entre las columnas dóricas como los soldados cumplían sus órdenes y pasaban a cuchillo a todo aquél sospechoso de ser pro-romano, incluidos ancianos y jovenzuelos.

Aquello le entusiasmó. Dieo sonrió y tomó a su esposa de la cintura, como enardecido por el odio a Roma. Deyanira reaccionó complacida y juntos se besaron para luego hacer el amor.

Mientras en Beocia las fuerzas convergían en su contra. El cónsul y general romano Lucio Mumio al mando de 600 hombres de caballería y 14000 de infantería llegó al encuentro de Metalo.