LA TRANSICIÓN DE ROBERT LAMARCH (II parte)
Lamarch me llevó a un área de su mansión constituida por una enorme biblioteca repleta de estantes interminables con cientos de volúmenes, algunos notoriamente viejos y otros contenidos en urnas para su protección debido a lo valiosos y raros que eran. Había también largas mesas y cómodas sillas para que un investigador pudiera consultarlos cómodamente.
—Las Biblioteca de ocultismo más cara y completa del mundo —me dijo—; a su disposición. Acá encontrará libros prohibidos, únicos, algunos de estos libros son los últimos ejemplares que quedan y que sobrevivieron a quemas masivas de la Inquisición, otros incluso son evangelios apócrifos y otros textos sagrados secretos que logré sacar de la Biblioteca del Vaticano mediante soborno, e incluso algunas tabletas antiquísimas de Egipto y Sumeria contrabandeadas desde sus países de origen. En síntesis, la biblioteca especializada en ocultismo, magia y satanismo más completa que el dinero pueda comprar. Es toda suya. Espero que me de la traducción del ritual en un tiempo razonable.
—Necesitaré acceso a Internet.
—Lo tendrá. Evidentemente no podrá accesar a correos electrónicos ni a ninguna página que le permita contactar al exterior de ninguna forma, pues ya están bloqueadas pero debo advertirle que mis hombres monitorearan cada sitio donde navegue por si acaso y si ven algo sospechoso están autorizados en usar la fuerza física como represalia.
Y tras esto me dejó allí. Sin más que hacer me aboqué a la infausta tarea que me había sido asignada… con la cual bien podría estar ayudando a traer el fin del mundo.
Tras un disciplinado estudio logré determinar el origen del alfabeto; en efecto, una derivación del nórdico antiguo y del alfabeto rúnico, pero utilizado sólo por un grupo de misteriosas tribus germanas aisladas que habitaban en el norte de Alemania cuyo dialecto sobrevivió hasta pleno siglo XX hablado por unos cuantos cientos de personas en una aldea montañosa casi totalmente separada de la civilización. Era llamado el idioma armino y estaba casi extinto. Caminando entre los estantes y recolectando algunos de los extraños volúmenes pude consultar textos de alquimia medievales propios de Paracelso, Agripa y Johan Konrad Dipple (el hombre que inspiró el mito de Frankenstein), para luego pasar a autores más recientes como los de la era isabelina. Descubrí entonces que el famoso astrólogo de la Reina Isabel, John Dee, se había basado en el armino para desarrollar su conocida lengua “el henociano” (en inglés enochian) que se dice le fue dictado por medio de extrañas sesiones espiritistas por parte de entidades de otra dimensión que Dee identificó con los ángeles caídos mencionados en el Libro de Henoc (de ahí el nombre) y que eran usados en complejos rituales herméticos. Todos estos autores habían diseñado ceremonias para abrir entradas a otros mundos. Consulté la Cábala que hablaba sobre diez planos y la cosmología nórdica que hablaba de Nueve Mundos (diez si contamos el Gran Abismo) y todo parecía coincidir… existían otros reinos habitados por criaturas de naturaleza impensable que podían ser invocados por los medios adecuados.
Y mientras realizaba esta labor, ya mentalmente agotada y con los hombres de Lamarch presionándome constantemente, caí agotada sobre un libro de Paracelso que estaba consultando.
Y en mis sueños tuve imágenes de una extraña forma larvaria que reptaba por entre los ángulos acausales que se forman en la oscuridad, entre las esquinas e intersticios de las edificaciones muy viejas.
En mi mente se mostraron visiones espantosas de extraños mundos acuosos o tenebrosos habitados por entidades caóticas. Seres extraños, viscosos, como hechos de una materia que no es propia de este universo, con incontables ojos horrendos que nunca parpadean y muchas bocas siempre hambrientas. Otros eran como seres oscuros, sin ojos visibles, que olfateaban todo para alimentarse de lo que fuera y parecían reptar en los espacios que dividían este mundo de los otros ¿había sido alguna de esas abominaciones la que había matado a Fochalt?
Vi una forma extraña y de una oscuridad insondable introducirse a mi vientre y llenarme de maldad, inflar mi estómago y luego ser vomitada como un caldo pestilente por mi boca causando una nueva maldad amorfa más perversa que cubrió todo…
¡Desperté! Tosiendo y con náuseas, salí de la inconsciencia. Tenía el rostro lleno de sudor frío… pero más extraño aún, durante el trance somnífero había garabateado dormida sobre mi cuaderno de apuntes la traducción completa y total del Rito.
—¡Magnífico! —dijo la voz de Lamarch a mis espaldas. Me giré y lo vi, con la pelirroja a su lado. Era claro que ella estaba enamorada de Lamarch y que era su amante además de servidora. Un amor claramente no correspondido pues en la ambiciosa mirada de Lamarch se notaba su desdén por cualquier otro ser y su interés por nadie salvo sí mismo. —Tenga—; dijo extrayendo de entre su ropa un collar— tómelo como un regalo de agradecimiento de mi parte. Perteneció a mi bisabuelo. Es ese de la foto —dijo señalando hacia un retrato fotográfico en la pared. Un hombre con uniforme de la SS muy parecido a Lamarch de pie al lado de otro con el traje negro de la Gestapo. —Mi bisabuelo se llamaba Boris Lamarch y fue un colaborador francés durante la Segunda Guerra Mundial e incluso miembro de la SS. El que está a su lado es el coronel Viktor von Crowley, familiar lejano suyo de la rama alemana de los Crowley y ambos miembros de la Hermandad de Armin quienes resguardaron el Libro de Aión que terminó en sus manos. Como ve nuestras familias han estado unidas por mucho tiempo. Tenga, úselo, por favor.
El collar parecía hecho de plata y terminaba en un dije con forma de runa nórdica; la runa de Thor. Por alguna razón obedecí y me lo coloqué.
Durante mi estadía en la propiedad de Lamarch me acondicionaron una cómoda habitación para pasar las noches. La puerta no la cerraban con llave pero yo sabía que me era imposible escapar pues había gente vigilando las salidas. La mansión era muy vieja y asemejaba un castillo medieval, así mismo el cuarto que me asignaron. Aún así la cama era grande y espaciosa y gozaba de todas las comodidades. A sabiendas de que mañana realizarían el infame ritual y pensando que esa podía bien ser la última noche de la humanidad, me recosté y a pesar de los nervios crispados el agotamiento de tantas horas de trabajo hizo que me durmiera rápidamente.
Desperté a media noche en medio del fragor de una tormenta eléctrica. El resplandor de los rayos penetraba por los ventanales y en medio de las brumas con mirada borrosa divisé al pie de la cama a una figura espectral. Se trataba de una aparición, sin duda, pues se trataba de un hombre con aspecto cadavérico y horripilantes heridas en la cara que le habían ensangrentado pero la sangre lucía seca y coagulada. Abrió su boca mórbida y emitió un sollozo de ultratumba.
¡Entonces lo reconocí! ¡Fochalt!
Como si mi reconocimiento lo espantara, el espectro desapareció en medio del resplandor de un rayo dejándome sobrecogida e incapaz de conciliar el sueño de nuevo.
A la mañana siguiente dejamos la Mansión Lamarch en dirección a un antiguo templo pagano situado no muy lejos. El lugar había sido comprado por Lamarch y lo había restaurado pero los enormes dólmenes prehistóricos permanecían casi intactos. Allí, en el centro del santuario colocó una mesa de mármol con un mantel blanco y la iluminación la daban las antorchas. Doce personas vestidas con capuchas negras acompañaron a Lamarch mientras yo permanecía esposada a una pared observando todo como muda testigo.
Lamarch se colocó en la mesa. Era de noche y el santuario tenía una apertura en el techo por la cual atravesaba la luz de la luna llena. Sus acompañantes empezaron a canturrear los cánticos apropiados y eso causó que el viento se crispara y empezara a girar en círculos dentro del lugar. En las afueras azotaba aún con más fuerza la foresta y gruesos nubarrones comenzaron a formarse en el cielo y a girar en torno al edificio dejando sólo al descubierto la luna. Lamarch empezó a recitar:
Phal Ende Wodan, vuolen si holza, da wart demo Balders, thu biguolen sinthgurt, sunna era suistir, thu biguolen Wodan so he wola conda sose bevrenki sose bluotvrenke sose lidvrenki ben zi bena bluot zi bluoda lid zi geliden sose gelimida sin…
Y mientras repetía las extrañas letanías sus seguidores dibujaban los sigilos apropiados en el suelo usando sangre de borregos recién sacrificados para tal efecto. Los infortunados animales yacían degollados en un rincón al lado de cuchillos de carnicero. Los sigilos debían ser realizados con precisión matemática extrema así como debían ser pronunciadas las palabras mágicas de forma perfecta.
La luna se tornó entonces de un tono verdoso inusual y truenos emergieron de los nubarrones que cubrían el cielo. El fuego de las antorchas se volvió rojo como la sangre dándole al ambiente un aspecto mórbido y sentí como si el viento fuera tan fuerte que me arrancaría la piel. Todo el templo se lleno de escarcha que pronto se condensó en copos de nieve y hielo por todas las paredes. Los ceremoniantes se colocaron en círculo al lado de Lamarch y desde el centro en los nubarrones del cielo emergió un rayo de energía negra que penetró por su pecho. Él emitió un alarido infrahumano como el llanto de un alma en el purgatorio y sus seguidores fueron atrapados por la misma energía.
—¡Finalmente! —dijo la pelirroja en éxtasis— ¡Seremos dioses! ¡Y yo seré tu esposa inmortal!
—¡Tú no eres digna! —pronunció Lamarch con una voz ronca y tenebrosa, tenía los ojos totalmente negros como el vacío del espacio. Dicho esto los participantes en la ceremonia fueron destruidos por la energía negra en medio de un dolor insoportable como sus gritos desesperados y cacofónicos indicaban. Vi como eran carcomidos por la negrura desde adentro hacia fuera hasta desaparecer y me pregunté por qué no sufrí el mismo destino y entonces recordé el amuleto que me había dado Lamarch y que aún descansaba en mi pecho.
Los nubarrones se disiparon, el fuego volvió a su color normal y el hielo en las paredes se condensó provocando una extraña neblina. Lamarch me desató.
—No puedo expresar con palabras el poder que siento —me dijo—; y todo te lo debo a ti. Tú, Alicia, la única mortal digna de yacer conmigo, a ti te premiaré con compartir mi lecho —y dicho eso me lanzó sobre la mesa de mármol con una fuerza sobrehumana que le permitió movilizarme como a una muñeca de trapo.
—Sabías que el amuleto me protegería y mataría a los otros ¿verdad?
—Ellos no eran dignos —explicó mientras removía la ropa. Su cuerpo musculoso estaba lleno de tatuajes de runas—; ni estaban preparados como yo. Sólo yo puedo regir los destinos de la raza humana, nadie más merece el mismo honor. Pero todo dios necesita un heredero…
El sol salió a la mañana siguiente. Yo me encontraba desnuda sobre la mesa de mármol cubierta solo por el mantel que había usado como sábanas en el diabólico lecho. Lamarch se encontraba mirando por la puerta un mundo entero al que quería conquistar.
—¡Mátalo! ¡Mátalo! —decía una voz en mi interior. A lo que objeté de inmediato pensando en que no era cosa fácil terminar una vida humana. —¡Ya no es humano! —me refutaron.
Entonces le clavé uno de los cuchillos de carnicero usados para degollar a los borregos justo por la espalda. Él se giró y me miró con escepticismo como si mi gesto hubiera sido una fútil travesura y sonrió despreocupado. Sabía que era inmortal ahora. Le mostré mi cuello desnudo, sin la cadena que pendía de él, y entendió. Yo había atado el amuleto con el símbolo de Thor, el destructor de los Jotun, en el cuchillo y ahora estaba dentro de su cuerpo.
—Sólo has retrasado lo inevitable Alicia Crowley. Podrá tomarme años, siglos quizás… pero este infecto mundo sabrá de mí de nuevo algún día. Y entre tanto, mi hijo heredero regirá a la humanidad por mí… —y pronunciadas esas palabras se desvaneció en tinieblas como si fuera tragado al infierno de donde pertenecía.
Y de inmediato vomité y caí al suelo de rodillas sintiendo un dolor enorme en mi vientre y sabiendo muy bien que estaba embarazada.