Capítulo 32

Suena el despertador a las seis de la mañana el primer finde de las vacaciones de julio. Se supone que mi rutina debía ser dormir hasta las doce y despertarme solo para ver si siguen vivos mis hermanitos, pero la cosa se complicó.

Nada parece que puede mantenerse igual después de años de seguir así.

Igual que un adulto viejo y con deudas, me pesa la cabeza apenas me siento en el borde de la cama. No solo me pesan las responsabilidades que tengo encima, también, me duelen todos los músculos del cuerpo.

Como ya fui sentenciado a hacer lo que quiera, me llegó la pena. Ni la mami ni mi hermano me hablan, tengo que mantenerme solo y ver la forma de contribuir en la casa.

Saco mi humanidad de la pieza y voy directo a la cocina a buscar el poco de café que me queda. No pude comprarme el café grande que venden en el super porque estaba muy caro y apenas me alcanzó para el torrado suave, que solo me despertará por dos minutos y tendré que tomar medio aguado porque no me puedo dar el lujo de tirar los granos de café hasta que el agua caliente pase por el filtro toda cristalina.

Vivo en mi casa porque todavía soy menor de edad, pero en cuanto tenga dieciocho estoy seguro de que la mami me va a correr. No soy el hijo que esperaba y menos alguien en quien valga la pena invertir para educación. Mientras caliento agua para mi café, doy gracias de ir a una escuela pública que solo pide el mínimo para la cooperadora a la hora de inscribirse.

Pili el cerdito es el único que sale de su cama para venir a ver qué hace su padre levantado a las seis de la mañana. Mueve su traserito y olfatea. Seguro que mi cara de amargado lo tiene un poco asombrado porque no deja de mirarme y yo no dejo de mirarlo, pronto se relame el hocico y estornuda.

Si se enferma, tendré que cavarle la tumba porque plata para el veterinario es imposible que junte y mi hermano y la mami no van a poner un peso. Es mi perro, mi responsabilidad.

Más amargado todavía, me hago mi café y me trago la amargura del día como estoy seguro de que hacen los grandes para poder vivir.

Tengo que estar en el super donde antes solo iba a comprar cosas que se olvidaba la mami, para bajar fardos de botellas, ayudar a la verdulera a sacar los cajones de verdura, reponer, lo que haga falta.

El dueño me dejó trabajar ahí durante todas las vacaciones de invierno porque se va de viaje con su familia y no habrá mucha ayuda para los empleados que quedan.

Al menos, a pesar de que no sea legal el trabajo para menores en esta ciudad, hay gente que ni bola le da a la ley.

Después de trabajar en el super, voy casa por casa a pedirles a los vecinos si quieren que les corte el pasto o lleve escombros en una carretilla que me alquila don Peloc, otro que medio se apiadó de mí y no me cobra mucho para usarla. O sea que cada día junto plata para comer y darle de comer al pilita, no me alcanza para más.

Limpio lo que ensucié y me pongo a lavar mi ropa. Al menos la pieza ya la limpié ayer.

Cuando acabo, me despido de Pili y salgo de la casa. El frío ni siquiera me asusta o me estremece. Medio me acostumbré a sentir el viento helado en mi cara. Solo con un buzo, porque los trabajos pesados me obligan a sacarme el abrigo a eso de las doce del mediodía, camino hasta el super donde seguro ya están limpiando las señoras que trabajan ahí.

Soy como los trabajadores que salen de sus casas con la cara todavía escondida al agachar la cabeza. De repente he crecido y no tengo más remedio que adaptarme porque no veo la forma de que la mami me perdone o vuelva a confiar en mí y en mi esfuerzo escolar. Mi hermano es peor, él está decepcionado y seguro que más enojado todavía porque tengo la oportunidad de ser mejor, de progresar, pero al ritmo que voy ni siquiera me quedaré en la mitad como ellos.

Al final, lo que escribí en ese papel la vez que los aliens pusieron ese afiche, es cierto hasta el último punto. Si así me veo, así soy, y no es tanto culpa de los maestros, sino mía por no poder asentar la cabeza y aprender.

Y es que es tan complicado atornillar el culo en la silla, las tareas, investigar, estar quieto en un sitio por más de una hora y tratar de pensar que lo que uno lee e intenta memorizar es útil, y aunque ahora no le sirva de nada despejar equis, es necesario porque es un paso y todos los pasos correctos dan como resultado algo bien construido.

Ángel y Benjamín lo deben de saber bien por eso se esfuerzan, por eso uno quiere las mejores notas, por eso el otro estudia inglés. Saben que eso los sacará de donde están sus papás, eso hará que su futuro sea estable.

No es tarde para mí, pero sé que si quiero tomarme en serio la escuela voy a tener que batallar tanto conmigo mismo que de solo pensarlo ya me pregunto ¿para qué? ¿qué gano con esforzarme si al final no podré ni llegar a la universidad?

Bien podría buscarme un trabajo desde ya y empezar a ganar experiencia así seré capaz de estar como mi hermano, que no acabó la secundaria, pero tiene un trabajo más o menos estable.

Al llegar al super, me saco el buzo, saludo a las doñas que están limpiando y voy a la parte del costado, donde antes era remisería, para bajar las cajas y fardos de gaseosa para reponer lo que falta.

Hay otros chicos mayores empezando a mover los fardos, otros se tiran los bidones de agua desde un metro de distancia para no ir y venir. Eso fue lo que me hizo mierda la otra vez, pero si lo tengo que hacer, lo tengo que hacer.

Uno de mis compañeros de trabajo, creo que se llama Samuel, me llama para que levantemos fardos de azúcar. Sintiendo el dolor en mi cintura y brazos, voy hacia él y lo ayudo.

En trabajos como estos no hay lugar para fifís.

Pasan y pasan los bidones, los fardos, los paquetes de fideos, hasta que me tiemblan los brazos y hay más ruido en la calle.

Con los brazos todavía sacudiéndose solos, le digo buenos días a la verdulera y saco los cajones de verduras que no pesan dos kilitos. Trato de descansar un poco mientras ella toma su mate cebado y me hago el que quiere un poco para que ella se apiade y me dé charla y así ir de a poco, pero ahora anda apurada y tengo que sí o sí moverme.

Cuando todo está en su lugar, entro al super para empezar a reponer lo que falta, decirles a las viejitas dónde están los precios de cada cosa, renegar con los hombres que se queja de los precios altos conmigo como si yo fuera el que los pone.

Aparte, no entiendo esa actitud de mierda de algunos adultos de ningunearte solo porque soy veinte años más chico. A mí me enseñaron a respetar al que es veinte años más grande, o sea, ¿me tiene que chupar un huevo esa educación cuando sea un viejo choto?

A eso del medio día, ya estoy listo para meterme en la cama, pero tengo que ir a ver al encargado del super que llega en su camioneta Hylux color azul.

Luis es un gordo medio getón que tiene sus días buenos y sus días de perro con rabia, uno ya sabe cuál día es cual porque si le decís buenos días y no dice nada es porque anoche “la mujer no lo atendió”, según comentarios de los empleados del super, y si anda dando buenos días a todo el mundo, bueno, más plata para mi bolsillo.

El encargado me da unos ochocientos pesos, cosa que no es mala ni buena, es lo que hay. Me los guardo en el bolsillo y voy a buscar mi siguiente changa.

Primero paso por la librería de la esquina para ver si René no quiere que le corte los yuyos en la vereda, pero apenas entro, me dice que no con un dedo.

Voy a la casa de los Bayón para ver si quieren que levante esos cascotes que quedaron del arreglo que le hicieron a la vereda. Don Bayón tampoco quiere que trabaje para él hoy.

Cada vecino ya me conoce, algunos me miran con lastima, pero niegan con la cabeza y tengo que seguir buscando. Hasta eso ya se hacen las dos o una de la tarde y aparte de tener mis tripas silvando, me he recorrido medio barrio y no he trabajado en nada.

Voy apenas una semana con esta vida, pero se siente como años.

Me siento en la morera de la vía para descansar un poco. Mi panza me come vivo y me duele la cabeza, pero tengo que seguir para ver si algo consigo o sino Pili no tendrá su comida y yo tendré que trabajar el doble mañana.

Abro los ojos y sonrío al ver a mi novio, metido en un tapado color beige y una bolsa ecológica en el hombro.

—¡¿Qué hacés desabrigado?! —Ángel chasquea la lengua y se saca el tapado —. Si te resfrías no vas a poder con los gastos.

Ángel deja el abrigo encima de mí y me empuja un poco para que le dé lugar. Él también se cubre contra el frío y al vernos, una sonrisa aparece en su cara y me besa.

—¿Cómo te fue hoy?

—Mal. Lo único que conseguí es plata del super. —Mi mirada se desplaza hacia la bolsa—. Hum, ¿qué es hoy?

Mi novio sonríe, y saca el táper de la bolsa ecológica color celeste. Dentro parece que hay cuatro porciones de tarta de jamón y queso, pero no como chalas, gordas y tan calientes que el vapor hace que todo lo de adentro se vea borroneado.

—Tarta de jamón y queso. Como sé que es una de tus comidas favoritas, cuando mi mamá preguntó que quería comer hoy, le dije eso.

Lo tomo por la barbilla y le doy un beso profundo y apasionado. Al apartarnos, me sonríe mientras pasa sus pulgares por mis cachetes con tanta delicadeza que de repente siento que se me cierra el pecho y mi cara se calienta.

Ángel me ayuda así desde que supo que tengo que mantenerme solo. Trafica comida desde su casa hasta este punto de encuentro. Algunas veces me deja dormir en su casa cuando no quiero estar en la mía porque dá lo mismo, nadie me habla y yo perdí la fuerza para tratar de decirles algo.

Él es el único pedacito de descanso y bienestar que tengo ahora.

Mientras como, pienso en lo distinto que hubiera sido si yo hablaba con mi novio acerca de lo que me pasó con Benjamín. No tendría comida caliente, una cama donde no estaría solo y menos alguien en quien recargar mis penas.

—¿Qué le decís a tus papás? Seguro que andan preguntando porqué de repente te comés media tarta.

—Nah, solo les digo que estoy creciendo y tengo más hambre. —Ángel frota sus manos y sopla aire caliente en ellas—. ¿No hablaste con tu mamá?

—¿En qué momento querés que lo haga? Ellos no me dicen nada, tampoco tengo tiempo ni quiero andar rogándoles que me den atención. Bastante tengo ya con andar buscando plata para vivir.

Ángel acaricia mi brazo y tapa el táper con dos porciones de tarta para que no se enfríen.

—Perdón, ya sé que andás muy ocupado y mal. Solo lo decía porque quizás lograbas que te perdonaran o arreglabas las cosas de alguna forma. No sé, algo para zafar de esto.

Mi novio me da pequeños besos y me rodea con sus brazos. Nos quedamos así por unos segundos, sin decir o hacer nada porque no la estoy pasando bien y porque de lo único que tengo que hablar es sobre mis días de mierda.

—¡Así te quería agarrar!

—¡Pa! —Ángel se sale de mi lado—. ¡Necesitaba que lo ayude!

—¡Andá ya para la casa! —El señor Gauna llega como viento zonda, levantando polvo y sacudiendo todo a su alrededor—. ¡Te vas a engripar por ese flaco escopeta ojo alegre!

—¡Papá! ¡Terminala con los apodos! ¡León es mi novio! ¡Ya sé que no te cae bien, pero soy yo el que sale con él no vo!

El papá de mi novio exhala con fuerza, arrugando tanto la frente que parece una loma de burro ahora.

A estas alturas solo quiero dejarle el abrigo a Ángel e irme a buscar trabajos. No vale la pena que se pelee con su papá por mi culpa.

—León está trabajando duro para ganar algo de plata y mantenerse. En lo que pueda, lo quiero ayudar. No me gusta verlo así, no me gusta ver que no tiene apoyo de ningún tipo.

El señor Gauna chasquea la lengua.

—Dio Santo, Ángel, ¿tanto así lo queré?

—Sí. Lo quiero tanto como para ponerle mi abrigo, darle de mi comida. Pa, por favor, aunque no te caiga bien él, dejame ayudarlo.

El papá de mi novio me evalúa de pies a cabeza, después se cruza de brazos.

—Ángel, vení para acá —ordena el señor Gauna.

—Papá, te lo ruego, no…

—¡Vení acá te digo! Te estás enfriando y seguro que te agarra una gripe de la mierda.

Mi novio camina hasta su papá que se saca su sobretodo y se lo pone. Después me mira y exhala tanto que hasta tengo la sensación de que me llegó un poco de su aliento.

—Andá a la casa mañana en la mañana, después de que hagás tu trabajo de siempre. Te voy a mandar a que ayudés a un amigo mío que también es herrero y necesita un ayudante. —El papá de Ángel prende el sobretodo que ahora tiene mi novio—. Mirá, chango, te voy a dar una oportunidad, pero que no me arrepienta, ¡¿oíste?! No te vas a acerca a mi hijo nunca más si llegás a mandarte una cagada.

—Sí, señor.

El señor Gauna se va, pero Ángel se queda unos segundos.

—¿Qué querés ahora? —le pregunta a su hijo una vez que se da vuelta al no verlo caminar a su lado.

—Ya te alcanzo, solo quiero despedirme, ¿bueno?

—Andá, andá… la puta madre que me parió. —Su papá revolea los ojos y sigue caminando—. Corriendo por el noviecito, alimentando al noviecito, mieeerdaaa.

Mi novio llega corriendo hasta mí.

—Nos vemos mañana —murmura, abrazándome fuerte.

Le doy muchos besos en su frente.

—Nos vemos, y gracias.

***

El domingo en la mañana mi familia sigue yendo a misa, solo que no voy con ellos ahora porque mi única prioridad es ir a la casa del señor Gauna para poder ver si todavía quiere darme la dirección de la casa de su amigo para tener un trabajito. Aparte, no me hablan y no quiero escuchar la voz de cierta persona, menos verla.

Apenas salgo de mi pieza, me encuentro con Carina y mi hermano tomando su desayuno en la cocina. La mami está en su pieza tratando de vestir a los gemelos.

—Buenos días —saludo, pero solo porque está mi cuñada y ella es la única que me va a responder.

—¿Cómo te va León?

Carina es no está atada a la ley del hielo que me aplican en la casa, pero por esa razón recibe una mirada un poco fastidiada de mi hermano.

—Bien —le digo, poniéndome la bufanda y saliendo de la cocina.

Cada que alguien me pregunta cómo estoy tengo que decir la mentira socialmente aceptada.

Espero que no despierte al papá de Ángel, ya bastante molestia para él es tener que soportarme como novio de su hijo. La verdad es que no sé cómo mejorar mi imagen ante ese señor, pero si quiero tener un buen progreso en la relación con Ángel tengo que intentar ser mejor chango.

Apenas llego a la reja, veo a la señora Gauna arreglando las plantas de invierno.

—Buenos días, señora Gauna, ¿está su marido?

—Pasá —me dice abriendo la reja—. Está con Ángel en el fondo.

Quería decirle que me perdone por hacer tantos líos en su familia, pero parece que ella no me tiene ninguna bronca. Me trata como siempre, ni muy bien ni muy mal, es como si no quisiera formar parte del quilombo en el que su marido quiso meterse o bien no le importa.

Caminando con mejor humor al saber que uno de los papás de mi novio no me odia, llego hasta el pasillo donde hay más plantas, algunas marrones y esperando la primavera.

De repente escucho que mi novio habla con su papá.

—Pa, gracias por darle una mano a León —dice mi novio—. Sé que no es lo que querés para mí, hasta entiendo que me quierás ver con alguien más… hum, más responsable y capaz, como siempre me decís, pero a mí me gusta mucho él y lo conozco desde hace años.

—Yo también lo conozco desde hace años y me sigue cayendo mal ese flaco escopeta. —El señor Gauna tira algo por ahí que hace un ruido bárbaro—. No sé qué le ves a ese chango, ¿por qué no pudiste elegir a uno como Gastón? Ese sí era bueno.

Se hace un silencio que me dan ganas de interrumpir, pero después escucho una profunda respiración de mi novio y me quedo donde estoy.

—Quizás Gastón era bueno en algunas cosas, pero horrible para otras.

Aparezco ante ellos y su papá frunce el ceño y pone cara de haber chupado limón apenas me vé. Ángel, al contrario, sonríe y se acerca a mí.

—Hola. —Mi novio me da un beso en la boca y sonríe—. Te estábamos esperando.

—Andá a ayudar a tu mamá —ordena el señor Gauna—. Yo me voy con este a ver a mi amigo.

Ángel rueda los ojos y gira los talones hasta encontrarse con su papá.

—Quiero ir con ustedes.

—¡Andá y ayudá a tu mamá! ¡No me hagás enojar que bastante estoy haciendo ya!

Mi novio me da una última mirada y sale del fondo.

—¡Si la mamá dice qué vamos a comer hoy, le voy a decir verduras! ¡No vamos a comer asado, ni costeleta, ni nada que te gusta!

—¡Coman aca si quieren! —El papá de Ángel niega con la cabeza y su hijo se queda pálido—. ¡Seguí faltándome al respeto vo! ¡Todavía tengo el cinto trenzao en la pieza!

Ángel sale corriendo del fondo hasta la entrada de la casa donde seguro su mamá sigue con las plantas.

—Vamo. —El papá de Ángel me indica que lo siga—. Este amigo mío vive por acá cerca.

Cuando salimos al patio de adelante, Ángel no está ni su mamá tampoco. Capaz se fueron a cocinar o a comprar algo.

Ahora que estamos el papá de mi novio y yo a solas, podría decirle que no quiero hacerle daño a su hijo, que, aunque no sea un modelo para seguir, puedo apoyar y ayudar a Ángel si hace falta.

—Mirá, chango, no me importa qué hagás o qué pensés —dice mi suegro—. No me vas a caer bien.

Se me baja el alma a los pies y no me queda más que asentir.

—No me gustan los chicos como vo. Flojos en la escuela, irresponsables y desobedientes con sus viejos.

Supongo que ahora me odia más porque piensa que terminé de corromper a su hijo. Que Ángel ahora se anime a pelear un poco con él no me parece que sea corromperlo. El señor Gauna es muy estricto, a veces hasta injusto, entonces, en algún momento su hijo el soldadito iba a explotar y a ver que la vida que ellos quieren para él es por demás aburrida.

—Yo me acuerdo cómo era tu papá, un mujeriego ojo alegre que lo único bien que hizo fue hacer hijos, pero namás. Tu mamá sufrió mucho por ese vagayo y tuvimos que ayudarle con lo que podíamos porque aparte de estar embarazada no tenía cómo mantenerse.

—Pero, señor, yo nunca conocí a mi papá, ¿por qué me compara con él?

—Nunca lo conociste, pero tenés actitudes parecidas a las de él. Aparte de que, en ve de venir a mí, hablar y decirme “mire, señor, estoy saliendo con su hijo”, tal vez me dabas otra imagen, pero lo que hiciste fue poner a Ángel frente tuyo y hacer que diga lo que vo no podías decir. —El señor Gauna niega con la cabeza—. Ya sé que mi hijo no es una china, que hubiera sido mil veces peor y a mi casa no se acercaba ningún vagayo porque lo fusilaba en la entrada, pero es sangre de mi sangre y no quiero verlo sufrir por las cagadas que le hagan otros.

El papá de mi novio toca el timbre de una casa de rejas verdes.

—Ángel me puede traer una libreta llena de nueve y diez, pero no un yerno como la gente. Yo como padre me tengo que enojar porque lo crié pensando que se daría cuenta quien es y quien no es buena gente, y me doy con que todos esos años que pasé hablándole fueron al vicio. Es frustrante, León, porque sabés que tu hijo es capaz.

De la casa sale un hombre bajito, con panza de cerveza y ojos dormidos. Eso sí, con sueño y todo, mantiene el acuyico en su boca.

Don “sí, señor”, apodo que parece le puso todo el barrio y a él no le molesta, quiere que labure de martes a sábado, desde las dos hasta las cuatro de la tarde. Voy a tener que mover las tutorías de lengua o algo, pero supongo que a la profe no le va a molestar eso.

Hasta donde veo, me va a pagar bien y no tiene problema si en algún momento no puedo porque esté muy ocupado con la escuela o algo. Al menos el señor Gauna no me buscó trabajo de esclavo.

¡Aleluya!

Después de arreglar las cosas con don “sí, señor”, nos volvemos a la casa de los Gauna. En el camino pienso en lo que dijo mi suegro y cómo tiene razón al enojarse porque es verdad que no soy lo que todo papá querría para su hijo, ni siquiera soy suficiente para mi mamá, y encima de todo los hice enojar y es como si no me importara el esfuerzo que hicieron para que yo saliera adelante.

Es como dice el papá de mi novio, su hijo es capaz, pero elije para la mierda. En cambio, yo ni siquiera me doy una oportunidad para ver si soy bueno o no y lo peor de todo es que ni me molesté en tratar de ser buen alumno y menos que menos me importó querer tener un buen futuro.

Al llegar a la casa de los Gauna, Ángel abre la reja y sale a recibirme con un abrazo.

—Pa, ¿se puede quedar a comer?

—Pero después se va a su casa, que la mía no es pensión.

Su papá suspira, negando con la cabeza. Pasa por al lado de nosotros, rezongando y renegando por lo bajo.

—Al menos está intentando —murmura Ángel—. Perdón, ya sé que es un poco jodido, pero hago lo posible para hacer que te acepte.

—No importa si no me quiere, no lo obligués a aceptarme. Mientras él deje que te vea, no tengo problemas.

Le doy un beso a mi novio, el único que está para mí cuando todos los demás ya perdieron su fe en que haga algo mejor de lo que vengo haciendo hasta ahora. Ángel es todo, mi mejor amigo, una persona que me comprende, el chico que me gusta y al que le debo más que una disculpa, pero si ya no me junto con Benjamín significa que puedo dejar todo lo que pasó entre nosotros en el pasado y empezar a arreglar las cosas, ¿no?

Al separarme de Ángel, me paralizo cuando veo a Benjamín en la esquina del frente. Como siempre, va como equeco con unas bolsas de mercado, pero su mirada es la de alguien que desaprueba totalmente lo que ve.