Capítulo 26
El cementerio San Antonio de Padua queda a los pies del cerro San Bernardo. Suceden dos cosas por eso: el frío te congela hasta la sangre y el paisaje es tan tranquilo que te hace pensar.
¿Cómo se sentirán los viejitos que hay entre los dolientes?
Aquí o en otro cementerio van a terminar tarde o temprano. Pensarán, quizás, cuántos seres queridos vendrás a verlos, cuántos con los que se llevaban a las patadas van a llorar sobre su cajón golpeándose el pecho porque no pudieron arreglar las cosas con el muerto.
Habrá personas que no querían ni ver desde el cajón, pero ahí estarán derramando lágrimas de cocodrilo o arrepentidos por haberse descuidado en el perdón, a tal punto de ahora tener que pedirle disculpas sin una respuesta.
Algunos pájaros vuelan de repente de un pino que está a la orilla del caminito que hay que hacer para llegar al nicho al aire libre, donde le toca estar a don Rosendo hasta el fin de los tiempos, donde, como dice, la Biblia, los muertos se levantarán de sus tumbas o algo así.
El cajón de don Rosendo va a la cabeza, llevado por los hombres y mujeres que lo querían. Como la familia del fallecido son varios y decidieron plantarse al frente, Benjamín va por atrás con sus papás de un lado y yo del otro. No va tranquilo, obviamente.
El ruiseñor tiene una cara amarga desde que no lo dejaron sentarse en el asiento del acompañante del coche fúnebre, y se puso peor cuando tampoco le permitieron llevar el cajón con los demás adultos porque decían que no tendría fuerza para levantarlo.
Cuando llegamos al nicho que corresponde, los trabajadores del cementerio deslizan el cajón en ese rectángulo profundo. Ponen las coronas encima, luego cubren la entrada con una placa de madera hasta que los dolientes se vayan y puedan taparlo con una placa de Durlock.
Las viejitas amigas de don Rosendo rezan un poco antes de agradecer a las personas que vinieron a despedirlo. Por otro lado, el hijo de don Rosendo recibe más atención y consejos de los demás adultos.
Sebastián es un hombre alto, rasgo heredado de su papá, un poco gordo y de ojos saltones. Tiene la cabeza entre negro y gris, y una barba suave sobre el mentón.
No es ni lindo ni feo, es un adulto pseudofuncional como todos.
Los papás de Benjamín están ahora con otros vecinos que se quedaron a conversar un poco antes de tener que volver al colectivo que nos trajo.
El ruiseñor, a mi lado todavía, suspira de vez en cuando y no deja de mirar el nicho donde ahora descansan los restos del que parece fue otro abuelo para él.
—Otra vez, la canción que le dedicaste a don Rosendo fue impresionante. Creo que los que no lloraron antes, lloraron después de eso.
—¿Mmm? —Benji ni siquiera me mira, tampoco eleva la voz—. Era todo lo que podía hacer.
Iba a decirle algo más, pero veo que Sebastián se acerca a nosotros.
—¿Benjamín?
El ruiseñor apenas alza la vista después de ser llamado por el hijo de don Rosendo. Su novia, Roxana, una chica de pelo largo y obsesión por el animal print, mantiene su mano enredada en la de él.
—Quería pedirte perdón. No tenía que desquitarme con vos… De verdad, te hice pasar cosas muy feas. Debía ser más comprensivo. Él era como tu abuelo, ¿no?
Muerdo un poco mis labios, mirando a Benji. Él ni siquiera le responde, al contrario, estoy seguro de que, si pudiera agarrar una piedra y tirársela a Sebastián, lo haría.
—¿Benja? —lo llama Sebastián, haciendo una mueca—. Entiendo tu enojo, de verdad.
—Entonces, ¿por qué me hablás?
Quiero silbar por lo bajo, pero me contengo. La novia de Sebas también parece incómoda.
—Es todo lo que puedo hacer…
—Vo sabés que no era todo lo que podías hacer. —Benja se eriza como un gato—. Sabías que estaba solo. Sabías que tenía una edad muy avanzada, que había días que amanecía apenas y así tenía que arreglárselas cuando yo no podía ir. ¡Sabías que se había caído dos veces ya y no te importó ni mierda! ¡Te fuiste a vivir con la yegua de tu novia! ¡Lo dejaste solo! ¡Ni siquiera estabas ahí cuando él murió!
En este punto Benja tiene la voz casi cortada y la atención de todo el mundo.
—¡Y aún así no me dejaste estar ahí! ¡¿Por qué mierda iba a aceptar tus disculpas?!
—¡Benjamín!
La voz grave y estremecedora de un hombre corta con la escenita. Guillermo se acera a su hijo con Fabián pisándole los talones y tan enojado como se ve su esposo.
—¡¿Qué es lo que te pasa?! —Es Fabián el que habla ahora—. ¡¿Por qué le decís esas cosas?! ¡¿No te habíamos enseñado a respetar a tus mayores?! ¡Disculpáte!
Benji muerde sus labios, pero el silencio no hace más que avivar la furia de sus papás.
—¡Benjamín! —Ahora es Guillermo el que se le para en frente—. Pedí perdón, dale.
—No… No me obligués —dice el ruiseñor—. ¡No pienso perdonarlo nunca!
Guillermo agarra el cuello del tapado negro de Benjamín y lo arrastra hasta casi estar pisándole los pies a Sebastián que retrocede al ver eso.
—¡Dejá de ser caprichoso! —Guillermo sacude a Benji que tiene una cara deformada por el enojo —¡Las cosas no se dicen así y lo sabés! ¡Dale, pedí perdón!
El ruiseñor es liberado y casi se cae por la fuerza con la que su papá lo empujó.
—Perdón —dice en voz baja.
Sebastián está de todos colores, pero asiente.
—Bueno, bueno, no hay problema.
El hijo de don Rosendo huye con su novia que mira a Benja como si fuera un demonio recién aparecido. Las demás personas murmuran alrededor, pero le dan la razón a Benji.
—Vas a estar penitenciado dos semanas por haber hecho lo que hiciste —sentencia Fabián—. Te hemos enseñado a ser tolerante, educado y decir bien las cosas, no así.
—Tenía razón —discute el ruiseñor—. Él es un…
—Benjamín, andá a caminar por ahí y calmate un poco —ordena Guillermo—. No se hacen ni se dicen las cosas, así; ya lo sabés.
El ruiseñor se va murmurando, lejos de la gente que le da su espacio para que pase. Sin que me digan algo, lo sigo.
Benji camina a zancadas de jirafa hasta un mansuleo que está al fondo del terreno de los nichos. Apenas llega, patea unas cuantas piedras y parece gruñir como un perro.
—Al menos pudiste decirle sus verdades al Sebastián.
El ruiseñor alza la mirada hasta que estamos casi frente a frente.
—No lo soporto, menos a las injusticias. —Vuelve a caminar con furia—. O sea, ¿ahora se quiere hacer el buenito? ¡Me chupa un huevo su perdón! ¡Es más falso que billete de tres pesos!
Ahogo una risa porque es la primera vez que oigo a Benja decir malas palabras.
—Bueno, tus papás te mandaron a calmarte, pero va a tomar más tiempo.
Benji exhala con fuerza, negando con la cabeza mientras se cruza de brazos.
—Sé que hice una escena horrible ahí en frente de todos, pero es que… —De repente el enojo es tapado por el dolor que lo obliga a tragar con fuerza—. Don Rosendo murió solo, vivía solo… No puedo perdonar eso.
Me acerco al ruiseñor y le doy un abrazo. Es la primera vez que lo tengo cerca y es también la primera vez que él me aprieta contra su cuerpo para sostenerse a sí mismo.
El viento frío me obliga a apretarlo con más fuerza porque me gusta sentir su calor, olfatear el suave perfume que quedó en su ropa y sentir sus brazos apretando mi cintura como si su vida dependiera de ello.
Un abrazo así ya no es muy de amigos que digamos, ¿verdad?
De repente, Benji es el que se aparta y me mira por un segundo. Tiene un leve ceño fruncido y la mirada un poco perdida, pero se compone lo bastante rápido como para mirar hacia la derecha y hacer una mueca al ver quien llega desde ahí.
Guillermo viene caminando, solo, pero parece que menos enojado que antes.
—¿Te calmaste? —le pregunta—. Nos tenemos que ir.
Benji esquiva la mirada, asintiendo.
—León, ¿podés ir adelantándote? —Guillermo me da una mirada rápida—. Buscalo a Fabián y vayan saliendo del cementerio.
Hago lo que me pide, pero pego una espiada mientras camino. Guillermo pone un brazo en los hombros de su hijo mientras este se acurruca a un costado. El papá de Benja parece hablarle con calma a su hijo que asiente y recibe unos cuantos mimos que un poco lo hacen sonreír.
Dejo de espiar y me acerco a Fabián que está mirando el paisaje alrededor.
—¿Vamos? —me dice apenas me ve.
Caminamos con Fabián hasta la parada del colectivo. Parece que ellos ya se despidieron de las personas que estaban por aquí porque los pasamos de largo.
Al menos tuvimos suerte, apenas asomamos por la parada llegó el colectivo que nos lleva al centro y de ahí a nuestras casas. Ya sentados, espío de nuevo a Guillermo y Benjamín. Ellos se sentaron al fondo. El papá del ruiseñor sigue diciéndole algunas cosas a su hijo mientras este se apoya en su hombro y de vez en cuando recibe un apretón en sus hombros.
Bajo del colectivo después de una tarde cargada de depresión, llanto adulto disimulado y conocer otra faceta de Benjamín.
Los papás del ruiseñor se despiden de mí y se adelantan un poco para que podamos charlar con Benji, quien parece estar un poco mejor.
—Gracias por haber venido.
—No pasa nada, necesitabas un poco de apoyo, ¿no? —Le sonrío, pero no recibo una sonrisa de vuelta; ni siquiera una media sonrisa—. Supongo que nos veremos en la escuela el lunes.
Encojo un poco mis labios y miro de un lado a otro. Benjamín me está mirando seriamente, casi parece una estatua. Sus ojos tienen algo que no sé describir, pero me pone nervioso porque además de tener mirada penetrante, no entiendo muy bien a qué viene eso de analizarme entero.
—Eeeeh, tus papás ya van muy adelante, ¿no los vas a alcanzar?
No me gusta ser evaluado, ni siquiera por él.
Benji frunce el ceño y se da vuelta para confirmar lo que digo.
—Nos vemos el lunes —dice sin ninguna emoción y sigue su camino.
Pestañeo unos segundos porque quedé un poco loco después de eso.
¿Hice algo malo?
¿El abrazo que le di en el cementerio fue mucho?
No hice nada más allá que apretarlo un poco contra mí; tampoco sentí que algo ahí abajo crecía por hacer eso.
Encojo mis hombros y sigo mi camino.
Revuelvo el bolsillo de mi campera de lluvia para sacar las llaves de la casa apenas piso la vereda, pero después me doy cuenta de que es sábado y seguro la mami ya volvió y buscó a los gemelos en la Teresa.
—¡¿Qué es lo que querés?! —Levanto la cabeza apenas cierro la puerta—. Ya te lo dijimos la mami y yo, ¡lo único que tenés que haces es estudiar y ayudar en la casa!
—¿Fran?
—¡¿Por qué no fuiste a las tutorías?!
Me siento como un bicho bolita que se encoge apenas lo molestan con un palito. Los gritos de mi hermano no son para nada débiles, estremecen, sobre todo porque tiene la voz gruesa.
Mi hermano parece más un padre que un hermano mayor ahora que lo pienso. Él es el que más está conmigo, el que se hace cargo de las cosas que yo no puedo manejar y el que me reta antes que la mami cuando hago algo muy malo.
—¿Cómo vas a vivir si no querés hacer nada? ¡¿Cómo te vas a desenvolver en la vida si no querés hacer un puto esfuerzo?!
—No es que yo quiera eso…
—¡Claro que querés vivir sin hacer nada! —Fran vuelve a gritarme, no me escucha—. ¡Alguien tiene que sacarte esa mala costumbre! ¡Esa vagancia no te va a llevar a ningún lado!
Fran se va a la cocina y claro que voy con él. Ahí encuentro a la mami con una cara de tormenta con rayos y granizo incluido, deslizándose hacia mí.
—Ma…
—¡¿Qué te había dicho?! ¡¿Eh?! ¡¿Qué es lo que te había dicho, León?!
—¡Hasta falsificó la firma en la nota que le dio la profe donde nos citaban a nosotros! Tampoco fue a los talleres que dicta el grupo de intervención en la escuela. ¡Todo lo anduvo ocultando!
Retrocedo un poco porque la mami se quita el cinto que tenía alrededor de sus jeans.
—¡Ma! ¡Quería un poco de tiempo para mí!
—¡Si tanto querés tiempo te voy a poner en penitencia! —Por los gritos mi cuerpo hormiguea hasta que siento que no me puedo mover —¡Te dije que te esforcés! ¡Tenías todo el tiempo del mundo!
—¿Todo el tiempo del mundo? ¡Fran es el que no hace nada en la casa! ¡Yo tengo que limpiarles hasta el culo a mis hermanos!
Toda la energía y coraje que podría haber juntado, huyen cuando la mami casi me da con el cinto.
—¡Vení paracá! —Ella y yo hacemos carrera hasta mi pieza—. ¡No puedo ni tener dos minutos de descanso! ¡León! ¡Tu profesora nos llamó a mí y a tu hermano para preguntarnos dónde mierda andabas que no ibas a las tutorías!
Casi me caigo antes de poder abrir la puerta de mi pieza, pero me demoro mucho en cerrarla. Choco con la mami al darme vuelta y ella me da dos cintarazos al azar.
—¡Seguí contestándome como se te da la gana! ¡Te voy a sacar esa costumbre!
—¡Ay! ¡Bueno, perdón!
Ni siquiera puedo estirar un pie para avanzar a mi cama porque la fuerza bruta de ella se eleva al cuadrado cuando está enojada.
—¡Uno les da todo y así es como le pagan!
El último cintarazo me lo da casi en la espalda antes de apartarse.
—¡Que sea la última vez que me contestaasí! —advierte—. ¡Te vas a quedar en la casa a estudiá y ayudá con todo lo que se te pida! ¡Ahora por vago e irresponsable, trabajarás el doble!
Creo que esta noche no voy a comer ni a dormir bien. No sé si el lunes pueda poner mi colita en la silla.
Apenas llego a mi cama, tiro mi humanidad al colchón mientras escucho la tele en la pieza de la mami, donde están los gemelos, y a Fran discutir con la mami. La pelea se trata de mí, obviamente. Va de quien se descuidó del problemático León y quien tiene la culpa de su comportamiento de mierda.
El único lado bueno de todo esto es que tal vez mi hermano y la mami se reconcilien para ponerse más exigentes conmigo.
***
Camino a la casa de la profe Mónica casi pisando los talones a mi hermano. Hace rato dejamos a mis hermanitos en la casa de la Teresa, que ya es como una tía de los gemelos porque siempre tiene que cuidarlos, pero a ella no le molesta porque dice que sus hijos socializan más sin necesidad de tener que gastar en una salita de tres.
No me libré de las tutorías, ni siquiera tuve oportunidad de pensar en esa posibilidad. Como había predicho el sábado, cuando terminé de recibir los azotes que merecía por niño malo, Fran y la mami se unieron para controlarme mejor y ahora soy ramiado a donde se supone que tendré que estar los lunes y los sábados por dos horas: desde las cuatro hasta las seis.
Estirando un poco más el pie alcanzo a pisar el borde de atrás de las zapatillas de Fran y reírme un rato cuando me da una mirada fruncida, pero ni siquiera eso hace que se despegue la oreja del celular.
Está hablando con su novia. Parece que mi cuñada tiene dudas sobre rendir o no unos finales en mayo y por eso le pide consejo a mi hermano. Lo más gracioso es que Fran nunca fue ni piensa ir a la universidad a pesar de que todo el mundo le dice que todavía tiene edad para eso; y a pesar de saber todo eso, mi cuñada va y le pregunta sobre esas cosas.
Acomodo mi mochila y miro para los costados porque estamos subiendo a la villa arriba de la nuestra. Tenemos que pasar por un gimnasio municipal chiquito, donde varias mujeres están saltando, levantando pesas hechas con botellas de plástico y haciendo planchas en el suelo al ritmo de la música que les da poder, además de que la profesora las entusiasma con su voz.
Llegando arriba, la que sería la villa creativamente llamada “Asunción”, tenemos que pasar por un pequeño puente sobre un canal y la escuelita al lado del centro de salud. La comisaría encargada de las dos villas está por aquí también.
—Aquí es —dice Fran, mirando hacia una casa con rejas negras que bajan de los arcos de una entrada. Hay muchas plantas y sillones de hierro encerrados por los barrotes.
Fran toca el timbre y yo cierro los ojos. En mi mente comienzo a rezar, por así decirlo:
Que no haya nadie.
Que no haya nadie.
¡Que no haya nadie!
En pocos segundos sale la profe Mónica, vestida con una remera color rosa claro y pantalones de color negro. Es raro ver a un profesor en crocs, un poco relajado en su forma de caminar y sonreír. Incluso llega a ser chocante e incómodo porque ahora conoceré su casa, y cuando uno piensa en un profesor, no conoce más allá de cómo va vestido a la escuela y algunas historias chistosas de su vida que quiera contar.
—Buenas tardes —dice, abriendo la reja—. Pasá, León.
Suspirando, me aferro a mi mochila y entro a la casa de la profe. Olfateo un poco el interior. Cada casa tiene un olor distinto. La de uno de mis vecinos, don Peloc, siempre tiene olor a humo porque usan un brasero para cocinar o a gas cuando usan una garrafa. Teresa tiene su casa olor a comida frita porque les encanta comer esas cosas y siempre el olor se hace más fuerte a eso de las tres de la tarde porque comen casi cuando estamos merendando nosotros. La casa de la profe Mónica tiene un dulce olor a vainilla con un poquito de canela.
Hay un gato gordo y negro acostado en el sillón, enroscado y relajado ante la vida. Mirando más allá, veo una biblioteca con los estantes guasanchos por los libros y una estantería vidriada llena de copas y vasos antiguos.
—León, vamos al comedor.
Señalo el gato gordo.
—¿Cómo se llama?
—Garfield.
El gato gordo mueve las orejas.
—¿Por qué un gato gordo y negro se llama Garfield?
—No soy muy buena con los nombres y cuando era chica me gustaba ver Garfield.
Es raro entrar a una casa tan grande y silenciosa. Ni siquiera escucho los pajaritos que andaban afuera. En el comedor, ella tiene algunos registros, carpetas y las hojas que creo son pruebas que estaba corrigiendo. Ella los recoge y coloca dentro de una carpeta.
—León, sé que te costó mucho venir, pero te aseguro que lo único que quiero hacer es ayudarte con la materia.
Me saco la mochila, dejándola colgada en el respaldo de la silla de madera con asiento mullido. Bueno, al menos mi cola dolorida por los cintarazos estará cómoda.
—Lo que vamos a hacer es lo siguiente: me decís los temas que no entendés y tratamos de ver en qué andas flojito. Lo único que quizás te cueste es ir al día con la lectura de los libros, pero si vas leyendo de a poco, alcanzarás a los demás —explica, tomando asiento—. Entonces, ¿comenzamos?
No recuerdo ni siquiera en qué parte de la materia vamos o qué temas son complicados. No sé ni dónde estoy parado con esta materia…
—¿León? —Alzo la cabeza hacia la profe—. Vamos, aprovechá que tenemos tiempo para ponerte al día.
—No presté atención en clase y tampoco es como si hubiera hecho las tareas, como usted ya vio, así que no sé muy bien por dónde empezar.
Siento que acabo de encogerme un metro y ahora soy un enano sentado en una silla alta. El silencio en la casa lo empeora todavía más, hasta me zumban los oídos.
—Bueno, entonces empecemos por el primer tema —dice la profe con una voz calmada y dulce—. No te preocupés, hay bastante tiempo todavía.
La profe me explica el tema que vimos la primera semana de clases y gracias a la calma en su casa es fácil entender e incluso darme cuenta de que no era tan difícil.
De vez en cuando le pido que pare en algunos conceptos que no entiendo, también pido más ejemplos, y ella, en vez de molestarse como algunos profesores cuando los interrumpen, tampoco apurada por seguir, se toma su tiempo para hacerme entender, incluso si ya vamos varios minutos con el mismo concepto.
En un momento se levanta de la silla y utiliza la pizarra chiquita que tiene en un atril y luego soy yo el que pasa a explicar el tema para ver si lo tengo asimilado. No es tan malo ni me pongo nervioso porque solo somos ella y yo, y bueno, de vez en cuando aparece Garfield para enredarse en medio de mis pies o subirse a la mesa.
Cuando menos cuenta me doy, son las seis de la tarde.
—Después de que terminés con esos ejercicios, podés irte a tu casa. —La profe Mónica se quita sus lentes de lectura y sacude su pelo suelto—. Lo has hecho bastante bien.
—¿Cuántas veces más tengo que venir? —pregunto, borrando en una parte que me equivoqué.
—Eso va a depender únicamente de tu esfuerzo.
—¿Si digo que ya entendí todo y que me bastó con una clase?
La profe niega con la cabeza, pero sin borrar su sonrisa.
—Apenas vimos el primer tema. Por lo que veo y me dijiste, estoy segura de que los demás están también en la nada.
Vuelvo la mirada hacia la última pregunta que me queda por responder.
—¿No es cansador perder el tiempo con un solo estudiante?
—No pensés en eso. Mi meta como profesora no es llegar a dar todo el contenido del programa de la materia en el tiempo estipulado, al contrario, quiero que mis alumnos aprendan, sino, ¿para qué soy docente si mi principal meta no es enseñar?
No sé cómo ver a la profe de lengua ahora que conozco cómo es su casa, que tiene un gato llamado Garfield, su forma de pensar… Debería estar prohibido saber algo más que el apellido de un profesor.
—León, ¿acabaste los ejercicios? —La profe Mónica me hace volver a la tierra con su pregunta—. ¿Puedo revisarlos?
Le paso las hojas y ella se pone a revisar.
Al menos, cuando vuelva a mi casa, podré descansar un poco si es que no está la mami y mi hermano sigue escuchando las crisis existenciales de mi cuñada.
—Por lo que veo, hiciste todo bien. —La profe Mónica deja mi carpeta cerrada —. ¿Ves? Con ayuda, nada es imposible.
—Supongo.
La profe me entrega las hojas y yo las guardo en mi mochila. Ambos nos levantamos de la mesa en silencio. No estuvo tan mal, pero tampoco estoy entusiasmado por venir una próxima vez.
Al salir de la casa de la profe Mónica, el viento fresco me relaja.
—Nos vemos el sábado —dice ella.
Me acomodo mejor la mochila, queriendo decir que no, pero sabiendo que no tengo opciones en esta vida.
—Claro, profe, porque otra opción no tengo.