Capítulo 25

Al abrir los ojos, no solo siento que estoy cansado. Necesito bañarme. Moviéndome un poco, me acuerdo de que solo no estoy y tampoco en mi pieza.

En las novelas que veía con mi abuela, cuando la pareja se despertaba después de… eso, se miraban como si hubieran sido cegados por una luz o recién salieran de una hipnosis. Ya sé que todo era actuado, pero lo mostraban como algo glorioso. Casi como recibir la comunión por primera vez.

Lo único que quiero hacer ahora es bañarme y salir corriendo.

—León, ¿qué hora es?

Ángel bosteza, estirándose hasta que parece ocupa todo el largo de la cama.

Busco mi celu que debe haber quedado por ahí.

—Son las tres y media.

—Ah —Se ríe—. ¿Me creés si te digo que no te quiero soltar? Estoy muy cómodo.

—Tengo que acompañar a Benjamín al velorio del amigo de su abuelo. Es a eso de las cinco, pero entre bañarme y dejar a los gemelos con Teresa ya será hora.

—No puedo creer que Benjamín no fuera al acto ayer por algo como eso. Cómo quería a esa persona.

Por supuesto que la quería si terminó como un trapo mojado por la noticia. Todavía, si cierro los ojos, puedo escuchar el canto hermoso y melancólico del ruiseñor, sentir lo que él sintió por la muerte de un ser querido, ver la manera en la que sus sentimientos florecen hasta empaparlo entero.

Si me esfuerzo un poco más también puedo sentir el deseo de reconfortarlo de muchas formas, formas en las que se ayudaría a sanar el dolor a un amigo y otras tantas que solo se podrían poner en práctica con una pareja.

Vuelvo a sentirme un cochino diablo que solo mete la cola para hacer daño.

Ayer no pude ni dormir por seguir repasando el recuerdo de Benjamín cantando, su voz destrozando el silencio, la forma en la que su corazón se derramaba sobre la letra. Fue tan hermoso y a la vez, una espina clavada en la llaga.

También, imaginaba lo que hubiera pasado si, aprovechando la penumbra de su pieza, dejaba fluir toda esa mezcla amorfa de sentimientos que tengo hacia él y que estoy esforzándome por no reconocer.

Al venir a mí toda esa mezcla de cosas que me pasaron por encima, la verdad que tanto estoy tratando de negar, pero empuja y empuja en mi conciencia para quedarse y estropear todo a mi alrededor, me tuve que obligar a buscar una salida.

Me acerco más a mi novio que no tiene problemas con volver a enredarse conmigo en su cama en medio el silencio que sigue siendo el rey en su casa. Todavía queda algo de tiempo para que intente olvidar los sentimientos que me provoca hablar de Benjamín, aunque para eso tenga que hacer algo que tal vez me quite el sueño por mucho tiempo.

A mi brillante cerebro —brillante para las macanas—, se le ocurrió buscar a Ángel entre mis contactos y llamarlo para ver si estaría solo en la casa el sábado. Para colmo, cuando debería haberme salido mal la jugada, los papás de él estarían ocupados vendiendo las cosas que hizo el señor Gauna en la feria de la bomba de agua.

Mi novio estaría solo en casa para estudiar, supuestamente. Pero aquí estoy yo, desnudo hasta las patas, y con la culpa apretándome como banco al deudor.

La excusa fue pedirle ayuda para cuidar a mis hermanitos, cuando en realidad lo quería para que me quite las ganas de hacer algo estúpido como hubiera sido ponerle los cuernos.

Lo peor de todo no es que esté usando a alguien para apagar el fuego que provoca otro, sino que, al mirar los ojos brillantes e ilusionados de Ángel, no soy capaz de parar. No soy capaz de retroceder y ponerme realmente un límite porque lo único que quiero es quitarme algo que no debería provocarme estar con Benjamín.

—No quiero que te vayás —susurra él, rodeándome con sus piernas.

Revuelvo su pelo negro, sonriéndole.

—Me tengo que ir. Tengo que llevar a mis hermanitos a la Teresa, y bañarme.

Lo desenredo de mí y salgo de la cama.

Recojo mi ropa del suelo, y aunque trate de pensar en cualquier otra cosa menos en lo que acaba de pasar entre nosotros dos, sigo acordándome y no me siento bien. Todo es culpa de la maldita razón por la que lo hice.

—¿Puedo preguntar por qué de repente quisiste hacerlo?

Ángel es inteligente hasta el punto de preguntar por algo que sabe no pasaba porque sí y eso me hace tiritar un poco porque sé que si se esforzara un poco más descubriría en un dos por tres las razones que me llevan a hacer algo como esto.

—Solo… pasó —le digo sin voltear para verlo.

—Ah, supongo que así debía ser.

—¿Todo bien? Quiero decir, ¿lo hicimos bien?

Debería enterrarme vivo por preguntar eso, pero ya que soy un hijo de puta que utilizó a alguien que no merecía ser utilizado, al menos podría preguntar si él estuvo cómodo.

No siento que sea yo en este momento. Acabo de entrar en un mundo al que nunca quise entrar, y también, me torcí de pies a cabeza por calmar mis deseos en otro.

—No es lo importante.

—Ese tipo de consuelo le das a alguien que hizo algo mal.

—No, no estuvo mal. —Ángel se ríe—. ¡No me hagás decir esas cosas! Sabés que no me gusta mucho exponerme así.

—Solo quería estar seguro de que no te hice daño.

¿Por qué hice lo que hice?

Ángel sigue enredado en las sábanas de su cama. Hay una mirada nueva en su cara, una que nunca había visto. No es alegría, tampoco ilusión, es como si ahora me viera con más atención, con más gusto para con ciertas cosas… No sé explicarlo bien, pero siento que las cosas entre nosotros van a cambiar y me lo confirma una sonrisa que sostiene durante varios segundos antes de bajar de la cama y buscar su ropa.

Salimos de la pieza y entramos a la de sus papás para sacar a los gemelos de la cama.

Durante la tarde parecíamos un matrimonio cuidando de sus hijos, cosa que también construyó los ánimos para lo otro, sobre todo en Ángel que estaba feliz de poder ayudarme con algo.

—Podrías dejarlos, no me molestaría cuidarlos.

—Me dijiste que querés adelantar algunos temas para las próximas evaluaciones. No voy a estropear tu sesión de estudio, además, la Teresa está de acuerdo en cuidarlos cuando nosotros no podamos.

Salgo de la casa de mi novio con los gemelos a upa, dormidos como perezosos en un árbol, por suerte. Ángel abre la reja negra, y antes de que pueda despedirme, él se adelanta y me da un beso rápido en el cachete.

—¡¿Por qué?! Podrían habernos visto.

Mi novio se encoge de hombros, sonriendo de la misma forma dulce y secreta que antes.

—Quizás estoy pensando en que eso no sería tan malo; pero no le des vuelta al asunto, andá y ayudá a tu amigo.